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Respeto por los miserables

Nunca creí que fuera a ganar los 3.000 euros del concurso: Jerjes, que estaba en la ceremonia, me llamó por teléfono para anunciármelo:

-Tío ¡Qué has ganado! ¿Dónde estás?

Yo estaba en un taxi: aun no había conseguido llegar: se me saltaron las lágrimas de emoción ¡Había ganado!… Me cagué en todo por no poder estar en la ceremonia en esos momentos (el avión salió con dos horas de retrazo, el viaje Fuerteventura-Madrid dura 2 horas y media, el cambio horario suma una hora nada más llegar, la persona que me dijo que me iba a ir a buscar al aeropuerto no pudo esperar y se fue para no llegar tarde también y, por si fuera poco, como paleto que acaba de llegar a la gran ciudad, me perdí en el metro).

Por supuesto, no falté a la promesa que me había hecho a mi mismo: doné los 3.000 euros del premio a una asociación que cuida de niñas violadas ¿Por qué? Porque mis lectores me habían dado todo el dinero que necesitaba para autoeditar mi libro: yo tenía trabajo en un hotel, 500 euros en mi cuenta bancaria, tenía derecho a la prestación para el desempleo durante 6 meses (pedí que me despidieran del hotel, necesitaba tiempo para terminar de escribir mi novela) ¿A qué podía dedicar el dinero mejor que a eso? ¿A comprarme ropa y un Ipod? No soy tan glamuroso ¿Y no me vendrían bien esos 3.000 euros para tenerlos de ahorros? Tengo dos brazos y salud, gracias a Dios: yo puedo cuidar de mí: trabajar un tiempo en lo que haga falta pero ¿Quién cuidaba de esas niñas?

Tuve la sensación de que la fiesta duró 10 minutos. Yo estaba como si me hubiera metido 1.000 rayas de cocaína: flipado, muerto, sobre una nube. Y súper borracho de vino tinto. No me lo podía creer ¡Había ganado! Ricardo Villa, director de 20minutos.es y un señor con perilla me pidieron que escribiera algo para la crónica que estaban realizando sobre la celebración: lleno de nervios, borracho y poseido por el espíritu de Paulo Coelho, escribí esto:

“Lo que está claro es que los sueños se cumplen. Todos tenemos dos opciones: dejarnos llevar por la vida o agarrarla por los cojones. Yo sé que esto no es el premio Nobel, pero es una demostración que cualquiera, si le echa valor, puede conseguir lo que se proponga. Quiero dar un abrazo a cada uno de mis lectores”.

-Falta el “de” en “demostración de que” –observó el gran Bob Pop.

-Ya me había fijado –dijo el señor de la perilla.

-Si este chico va a escribir en “20 minutos” vamos a tener que ponerle un corrector ortográfico –dijo alguien.

-¿Me van a dejar escribir con dos puntos? –pregunté yo.

-Sí –me dijo Ricardo Villa- Tú no te autocensuras nunca. Dale duro. Nosotros cuidaremos de ti.

En esa fiesta le dije, a todo el mundo, que iba a donar el dinero en cuanto me lo dieran. No podía parar quieto: no paraba de conocer gente, de besar, de abrazar: me sentía Dios bajo los efectos del LSD: nunca sentí tanta felicidad en una misma noche: ni siquiera en mi primera época de la discoteca: esa noche no hubo en el mundo nadie más feliz: estoy seguro: porque la felicidad por conseguir tus metas se hace más intensa cuando la compartes con alguien que necesita ayuda.

Al día siguiente, recibí mil insultos:

-Llegaste tarde a la entrega de premios porque quisiste: te querías hacer la estrella ¡Un grupo de amigos y yo te vimos desde las 7 de la tarde dando vueltas por las proximidades!

-No estuviste conmigo más que 5 minutos ¡Después de todo lo que te ayudé! ¡Eres despreciable! ¡Orgulloso!

La gente me gritaba, me escribía indignada:

-¿Cómo te atreves a pregonar qué has donado el dinero? ¡Eso se calla! ¿Qué quieres? ¿Publicidad? ¿Que te admiremos? ¡Eres una mala persona! ¡Asqueroso!

Entonces sí que me avergoncé mucho: recordé lo que dice la buena educación: cuando se hace algo por los demás te lo debes de callar: no presumir de ello nunca ¡Pero es que yo estaba orgullosísimo! ¡A mi me encantaría oír a más gente decir que dona dinero! ¡A esta asociación, a otra o al pobre que está debajo de su casa! ¡Hay mucha gente que lo necesita!

Y trato de entender: ¿Por qué por buena educación debemos mantener en secreto nuestras acciones altruistas? Creo que ya lo sé: no hay que molestar a quien nunca hace nada por los demás: hay que guardar silencio por los agarrados, respetar a los miserables, a los egoístas, a los envidiosos: a todas esas personas hay que dejarlas tranquilas en sus agujeros, en sus blogs, en sus mundos frívolos de corbatas y egoismo.

No. Paso: prefiero ser un mal educado y un impresentable que ser como ellos: HE DONADO EL PREMIO: ESTOY SUPER ORGULLOSO DE MI MISMO Y, A QUIEN LE JODA, ES QUE ES UN HIJO DE PUTA.

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