Europa inquieta Europa inquieta

Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

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Giacometti y la fragilidad europea

Una de las tallas de Giacometti que fotografié en la expo.

Una de las tallas de Giacometti que fotografié en la muestra.

Giacometti ejerció su arte de vanguardia, desde su mítico y casi místico taller, en la Europa de entreguerras y, sobre todo, en la Europa de después de la caída del nazismo. Sus esculturas conservan cierto espíritu arcaico, y me recuerdan a aquellos divertidos exvotos de las civilizaciones antiguas; sus bocetos a lápiz o a bolígrafo son, por su parte, nerviosos y minimalistas, y aspiran a envolver su mirada triste y perpleja del mundo.

He aparcado, como véis, el círculo de tiza podemístico, que ya empieza a cansar(me). El fin de semana visité —os animo a que lo hagáis, permanecerá hasta el 31 de mayo en Madrid— la exposición sobre Alberto Giacometti que alberga la Fundación Canal. Giacometti, ya sabéis, es el autor de esas figuras alargadas, de una rara fragilidad que las convierte paradójicamente en sólidas. Un clásico.

Si se quiere ver así, su obra es ejemplo de cómo el arte del siglo XX europeo reflejó la desolación de la guerra, la pequeñez del hombre y las tribulaciones del individuo en soledad. Puro patrimonio nuestro. Tan inestables. En la muestra de Canal no están sus esculturas más famosas ni cotizadas, pero sí un selecto puñado de aproximaciones a sus íntimos temas predilectos y alguna pequeña y leve maravilla, como podéis ver en la foto que malamente tomé.

Es curioso, el día que fui a la exposición vi mucha gente y muy interesada en Giacometti y su melancólico magnetismo. Hasta vi a lo que supuse que era un estudiante de Bellas Artes copiando a boli, en una libreta, algunos de los bocetos del suizo. A pesar de su aparente y desganada sencillez, no parece fácil llegar a imitarle.

 

Ridruejo y los riesgos de idealizar Europa

ridruejo470A pesar del empeño angustiado, casi angustioso, de algunos por rescatarla, la figura política e intelectual de Dionisio Ridruejo se desvanece como hace casi cuarenta años lo hizo su vida: sin ditirambos ni reverberaciones, solo un desgaste silencioso, como tímido. Hoy es un milagro que alguien menor de 40 años sepa decir quién fue o las razones por las que sigue mereciendo biografías, seminarios, documentales y, por qué no, modestos post como este.

Del inflamado falangista al cabal demócrata sin democracia, del propagandista vehemente al poeta de intimidad casi enfermiza, hay ridruejos para todos los gustos. Yo me quedo con el perfil de hombre frágil y honesto que dibujaba hace unos años Jordi Gracia en una biografía conscientemente parcial, aduladora y, a pesar de todo, deliciosa:

Un iluso tan saturado de razón y fe en su juventud fascista que hubo de aprender a perder ambas para ya no llegar nunca a sentirse dueño absoluto de nada, ni de ilusión fogosa alguna, y hacerse sin más enemigo de la mitología pueril de cualquier final feliz.

Qué tiene que ver, diréis, Ridruejo con Europa. Para ser un español educado en el franquismo, un intelectual público primero de la dictadura y luego del exilio interior, Ridruejo fue un lúcido comentarista –sobre todo en sus últimos años de vida– de la cosa europea. Participó destacadamente en el Congreso del Movimiento europeo en Múnich –para el franquismo, contubernio–, pero hubo bastante más.

Parte de ese bastante más lo leí este verano en un librito titulado Entre literatura y política, editado por Hora H en 1973, dos años antes de la muerte del propio Ridruejo. Digo librito porque se compone de artículos sueltos, aparentemente sin enjundia, con los que el autor confiaba en redimirse de pasadas y fallidas publicaciones, envueltas todas en un maléfico “silencio de consigna”, manera sutil de referirse a la censura, que también a él le rondaba.

Los riesgos de idealizar Europa

Dos de esos artículos tratan Europa y de los peligros que le acechan. Ambos lo hacen en el mismo tono preocupado. Ridruejo escribe, y yo que soy un antiguo es algo que agradezco, con un estilo severo, con su poco de old-fashioned castellano y su otro poco de punzante melancolía, que no le abandona ni cuando se encara con sus meditadísimas reflexiones liberales.

Para Ridruejo, los europeos de los años setenta corrían el riesgo de “idealizar” Europa. De, según sus palabras, “llegarse a creer que, al trascenderse las naciones a un ámbito superior, se habrán resuelto sus conflictos internos”. Al tiempo que alertaba de esta estetización política, de la que muchos hoy siguen sin darse cuenta, el autor de Diario de una tregua hacía una defensa cerrada Estado nación como “el único instrumento con que cuentan los humildes para reducir a los poderosos”.

Ridruejo, que era lo que lo que hoy llamaríamos un europeo-crítico-con-la-deriva-de-la-Europa-realmente-existente, era ya consciente de que un continente unido solo por su economía siempre estaría huérfano de algo. “Una Europa reducida al aparato de su integración económica puede responder al para qué de su subsistencia, pero no responderá a un para qué histórico de mayor alcance”.

Por opinones como estas, por haber nacido en una España cainita y por haber soportado con estoicismo el pecado original del franquismo, no hay ni rastro del nombre de Ridruejo en Bruselas. Ningún edificio oficial lleva su nombre (no es un Altiero Spinelli, qué más hubiera querido). Fue un observador lúcido, pero a quien ya nadie cita en ningún debate. Hacemos mal. Nuestro “elaborado escepticismo”, que para él era un logro puramente europeo, le debe mucho.

FOTO: Fundación Banco Santander