Europa inquieta Europa inquieta

Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

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Bruselas y el absurdo principio de “si no duele, no puede ser bueno”

Por hacer un poco de pedagogía. Hay quien piensa que la obsesión, tan insana, de Bruselas por la austeridad y el sacrificio es una cuestión reciente, una especie de morbus merkeliano, cuando no es así. Cuando alguien echa mano del latiguillo “Alemania impone…” está olvidando, a veces deliberadamente, que el rigor calvinista, el puritanismo (que traspasa lo económico) se viene aplicando en la UE desde hace décadas.

Activistas protestan en Bruselas, en 2014. (EFE)

Activistas protestan en Bruselas, en 2014. (EFE)

Tengo en casa un fondo de armario muy prudente para ilustrar estos casos. Este fin de semana, hojeando revistas ya antiguas (pero nunca obsoletas) para otro asunto, me topé con una entrevista impagable que un joven Charles Powell le hizo a mediados de 1994 a Ralf Dahrendorf en Claves de Razón Práctica, nº 43 (como veréis, mi fondo de armario es casi tan severo como el estricto código de honor bruselense).

El politólogo (esa definición se le queda un poco corta) Dahrendorf falleció hace unos años, y aunque en España no es muy conocido, en Reino Unido –donde llegó a ser rector de Oxford y político– y en su país natal, Alemania, fue toda una institución.

De fuerte impronta liberal y de pasado familiar socialdemócrata (su padre fue diputado de la SPD en Weimar y uno de los que atentó contra Hitler), Dahrendorf también se caracterizó por su lucidez en lo relativo a los análisis sobre la entonces Comunidad Económica Europea.

En 1994 Europa, y España con ella, atravesaban una crisis económica que amenazaba con marchitar el naciente proyecto (sobre el papel de los tratados) de la moneda única. Maastricht se había firmado apenas dos años antes, dejando un poso de insatisfacción en bastantes de los firmantes y un legado de enfrentamiento que entonces se creía iba a ser duradero. No fue así, en parte porque la crisis –mucho menos severa que la actual– dio paso a unos años de prosperidad en los que los países de la UE, impulsados por el horizonte de la moneda única, crecieron lo suficiente como para esconder bajo la alfombra sus desavenencias.

Pero gente como Dahrendorf nos recuerda, con su lucidez, que algunas de las cuestiones que hoy tanto nos preocupan (crecimiento económico, desafección ciudadana, hegemonía del algunos Estados miembros sobre otros, etc.) no son cuestiones ex novo. En esta charla Dahrendorf critica ese afán, “muchas veces innecesario”, de exigir y vejar hasta límites grotescos a los países candidatos. Una lógica un tanto macabra que él resume con el eslogan que encabeza este post: “Si no duele, no puede ser bueno”. Algo que creo que nos suena bastante…

Pero hay más. En la entrevista también se critica que “se construya la casa europea por el tejado” y la falta de visión de los dirigentes que aprobaron Maastricht, un tratado “que sólo tiene sentido desde la perspectiva de la guerra fría y que no aportó nada sobre los problemas de la Europa central y oriental y no sobre los desafíos económicos de los noventa”. Dahrendorf, que pese a lo que pueda parecer fue un cabal europeísta, dice también esta frase con la que quiero acabar, y que merece volver a la vida: “Lo más negativo del proceso de construcción europea sigue siendo el enorme contraste que se produce entre la retórica europeísta y una praxis a todas luces insatisfactoria”.

Jacques Le Goff, gran medievalista europeo

En una extensa y reposada entrevista publicada inesperadamente en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, el historiador Jacques le Goff, que acaba de fallecer en París a los 90 años, decía que las secuelas de las Cruzadas  —de aquel arrebato de intolerancia religiosa— siguen siendo visibles todavía en nuestra Europa unida.

Le Goff, en su casa de París (www.papalepapale.com)

Le Goff, en su casa de París (www.papalepapale.com)

Le Goff, fiel a la tradición historiográfica aprendida de sus maestros de Annales, fue un estudioso entusiasta de la ‘larga duración’, una de las escuelas que revolucionó los métodos y la investigación histórica en el siglo XX. Frente a la importancia concedida hasta el momento al acontecimiento aislado, Lucien Febvre, Fernand Braudel y compañía reivindicaron una historia omnicomprensiva, de largo alcance, ambiciosa en el tiempo y rigurosa en los aspectos metodológicos, con la apertura a otras ciencias humanas, como la sociología.

Le Goff era toda una institución en Francia, más allá del mundillo, a veces un pelín miope, de la investigación histórica. Era un humanista, un erudito respetado, alejado del habitual perfil del intelectual francés, combativo y cizañero. Su magisterio y su huella en las nuevas —ya no tanto— generaciones de historiadores de todos los países ha sido extraordinaria.

El primer libro suyo que yo leí, al comenzar la carrera, y que recuerdo con afecto, fue su entretenido El hombre Medieval (luego vinieron otros, no demasiados y ni tan siquiera sé si los mejores, mi fuerte no es la Edad Media: Mercaderes y banqueros y La civilización del Occidente medieval…).

Pero Le Goff, y aquí la razón de este post de urgencia, fue un testigo a la vez que un hacedor de Europa. Primero conoció durante su infancia de las terribles consecuencias de la Primera Guerra Mundial; más tarde, ya en su juventud, luchó en la resistencia contra los nazis. Aquella experiencia fue la brecha biográfica que le condujo, inmediatamente después, al estudio de la historia, gracias a sus excepcionales dotes intelectuales.

Le Goff maduró, además, una idea de Europa donde el pasado seguía teniendo una importancia capital en el presente (una perogrullada que no es tal). Las mentalidades colectivas, el desarrollo de la individualidad a lo largo de los siglos, la economía, etc. Algunas de sus obras, como Europa contada a los jóvenes o ¿Nació Europa en la Edad Media? son pequeñas joyas. Le Goff tenía la modestia del sabio. “Yo no tengo una cabeza filosófica ni me gusta la filosofía de la historia”, decía en aquella entrevista que citaba al comienzo.

Defendía el oficio desde el rigor, pero dudaba de su condición de ciencia. Descanse en paz.

 

¿Por qué no una asignatura de Historia de Europa en los programas escolares?

En su Segunda Intempestiva, Nietzsche contrapone el sentido histórico, que mata la vida, con la capacidad de olvido (lo no histórico), inherente al hombre y que eleva su ser vital. Con lo que ha pasado estos días a propósito del fallecimiento de Suárez, algunas chuscas metáforas amnésicas comparando su enfermedad con la cultura de la CT y simplificaciones un tanto gruesas, estoy por darle la razón al solitario de Sils-María.

Pero tranquilos, esto no pretende ser un obituario más de Suárez (los ha habido lamentables, como este de Luis García Montero, pero también justos, preciosos e inteligentes) y la Transición, sino un comentario al hilo de la enseñanza educativa de la Historia. Porque, si todos –y yo lo recuerdo– estudiamos La Transición como un hito y le dedicamos horas y horas de aprendizaje, no sucedió lo mismo con la historia reciente de Europa.

Un aula de Instituto de Educación Secundaria, en una imagen de archivo

Un aula de Instituto de Educación Secundaria, en una imagen de archivo

En los programas escolares, la historia de la integración es una historia hasta cierto punto ajena. Sí, se hace mención a los principales acontecimientos del último medio siglo y a cómo España se incorpora a la CEE, pero se hace desde la lejanía profiláctica de una historia que no es propia. A los escolares se les introduce en el relato europeo igual que en el relato de la Secesión americana: sin polemizar.

La prueba de ello es que, al contrario que sucede con determinados episodios de nuestra historia como país (la guerra civil, la misma Transición de franquismo a la democracia), no ha habido un debate, ni lo hay, sobre cómo enseñar la historia de Europa… lo que en España se traduce en que a nadie le importa la manera en que se haga. La UE sigue siendo un ítem ajeno en los libros de texto porque se explica como un añadido, no como el núcleo (y el futuro) de nuestra historia.

No sé de qué forma se podría revertir esta situación, afortunadamente no soy un pedagogo, profesión de riesgo, pero quizá la mejor fuera la más drástica: introducir directamente una asignatura que llevase por título ‘Historia de Europa’ e incluir en ella, como un apartado más, la reciente historia de España (o de Italia o de Alemania…). Hoy, mientras tanto, en los programas educativos Europa sigue estando considerada una historia en fragmentos.