Europa inquieta Europa inquieta

Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

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Europa: ni amigos con los que discutir ni enemigos con los que reconciliarse

La gran desgracia de nuestra Europa es que carece de enemigos. De tenerlos, podría intercambiar con ellos apretones de manos, proclamar con solemnidad “el fin del conflicto” acaparando portadas y decirse a sí misma y al mundo: “¡Esto es histórico!”.

Mogherini en La Habana, en visita diplomática para favorecer el deshielo de las relaciones. (EFE)

Mogherini en La Habana, en visita diplomática para favorecer el deshielo de las relaciones. (EFE)

Pero no es así. Mientras grandes potencias siguen resolviendo los conflictos como antaño (el encuentro entre Obama y de Raúl Castro tiene un evidente aroma, no sé si buscado, a siglo XX), Europa ha renunciado tanto a la escenificación del conflicto como a la escenificación de su fin. ¿Diplomacia líquida? Pues seguro que alguien lo ha llamado así ya.

Es fácil ganarse enemigos hablando de Europa. Pero es mucho más difícil que Europa vea a alguien —te llegue a ver— como un verdadero enemigo. Incluso en la más adversa de las situaciones y con los sujetos más despreciables, la UE es capaz de mostrar un neutro, a veces desquiciante, tono notarial.

En la Taberna del Irlandés, vieja y entrañable película de John Ford, los cumpleaños entre camaradas se celebraban a puñetazo limpio. Eran golpes sonoros, francos, regados con alcohol, que trasmitían sentimientos a la vez banales y profundos.

Justo lo que le falta a Europa, y lo que constituye su logro a contracorriente del teatro del mundo, un triunfo de otro siglo, todavía inexplicable: carecer de viejos enemigos a los que tender la mano tras una pelea… y de nuevos amigos con los que discutir para más tarde reconciliarse.

‘Antici’: los encargados de anotar lo que hablan en secreto los líderes europeos

Hay una extraña mezcla de tradición y modernidad en la forma en la que la Unión Europea transmite sus decisiones. Junto a una voluntad encomiable de comunicación (los que hayan tratado con instituciones de la UE y con instituciones nacionales pueden dar cuenta del abismo que las separa) coexisten prácticas un tanto rocambolescas, conservadas en formol por la costumbre. Una de estas prácticas las llevan a cabo los antici.

Merkel y Rajoy conversan durante una reunión comunitaria (EFE).

Merkel y Rajoy conversan durante una reunión comunitaria (EFE).

Los antici son diplomáticos nacionales (de cada estado miembro) que se encargan de tomar notas mecanografiadas de lo todo que se habla en las cumbres de los jefes de estado y de gobierno de la UE. Ellos no tienen acceso directo a las conversaciones de los líderes, pero sí a un relato fiel transmitido por boca de un diplomático comunitario (conocido como debrief), que cada 15 minutos sale de la sala de reuniones. Un método con sus inconvenientes, pero que se lleva usando desde los años setenta.

De hecho, los embajadores permanentes ante la Unión que toman las notas se los conoce en la jerga bruselense como antici por el nombre del inventor del sistema, Paolo Antici, diplomático italiano recientemente fallecido que fue quien alumbró en 1975 este sistema. Los antici, aunque en España no sean muy conocidos, tienen una función muy importante en el engranaje comunitario, si bien –y ahí residen las críticas– sus transcripciones de las reuniones son secretas. Por ejemplo, el actual embajador de España en Turquía Cristóbal González-Aller ejerció de antici.

Precisamente ha sido este 2014 cuando los antici han salido de su relativo anonimato diplomático a raíz de un libro publicado en Alemania y que recoge las transcripciones oficiales y secretas de las cumbres de líderes europeos entre 2010 y 2013. El libro, que el periodista J. M. Martí Font, a quien entrevisté recientemente, traduce como Los que mueven los hilos en Europa, y no ha sido publicado aún, aunque debería serlo, en España. Esta obra no es la primera que analiza con una mirada crítica lo que sucede en Bruselas, de hecho en en el número 204 de la revista Le Monde Diplomatique (2012) hay un artículo que anticipa en parte lo que parece que sale en este libro.

Lo que dan a conocer Cerstin Gammelin y Raimund Loew, corresponsales en Bruselas para varios medios de habla alemana, es básicamente lo que en las crónicas periodísticas de los Consejos Europeos se vislumbra y lo que muchos creen con fe ciega: que durante los años de la crisis del euro la Alemania de Merkel, rocosa negociadora, se salió casi siempre con la suya, y cuando no, sus gestos de generosidad le sirvieron para luego ganar otras batallas más decisivas.

Supongo que algún día todas estas transcripciones dejarán de ser secretas y los historiadores que accedan a ellas podrán usarlas para mejorar el conocimiento de lo que pasó –y de cómo pasó– durante estos años decisivos para Europa. Mientras tantos los antici seguirán haciendo de escribas de las decisiones políticas debatidas a puerta cerrada.