Europa inquieta Europa inquieta

Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

Archivo de abril, 2014

El mapa de los prejuicios europeos: de los vagos del vino a los trabajadores de la birra

Defiendo los prejuicios hasta donde creo que es razonable –éticamente– defenderlos: como un modo de aproximación al otro, como una toma de contacto primigenia o como simple conocimiento fragmentado. Los prejuicios solo dejan de ser algo bueno cuando quien los invoca se considera libre de ellos: puro.

Debemos aceptar nuestras limitaciones y pensar que nuestras formas de conocimiento no son siempre tan ideales como creemos. Lo malo del prejuicio es quedarse en él, no ir más allá, pero como origen de nuestras incertidumbres o curiosidades humanas, demasiado humanas, tiene cierta validez empírica… aunque sea solo usándolo desde la ironía.

atlas de los prejuiciosLos europeos, a pesar de que ya no nos odiemos ni matemos, seguimos teniendo prejuicios. Era así antes del Romanticismo y lo fue todavía más luego, cuando las divisiones nacionales y el  presunto volkgeist particular de cada uno, lo vino a enturbiar todo. Creo, además, que los europeos no nos hemos desprendido del todo de aquellos antiguos prejuicios. Hemos aprendido a convivir con ellos, a relativizarlos, a domesticarlos –el proceso de civilización, que diría Norbert Elias– de manera inteligente y sensata.

Pero los prejuicios (nacionales, se entiende) son la salsa de las relaciones internacionales. Y aunque unida, Europa sigue presentando divisiones extraordinariamente fuertes que, correctamente analizadas, ofrecen pistas sobre qué políticas, qué costumbres o qué leyes funcionan mejor en según qué territorios. No hace mucho oí a alguien mencionar, a propósito de la PAC, la brecha entre los países del aceite y de la mantequilla. Una de las divisiones europeas culturalmente más profundas… y sabrosas. Aunque hay más.

Existe un fenomenal y heterogéneo atlas de los prejuicios. En el caso de Europa, los estereotipos son tan variados que resultaría complicado resumirlos en un solo post. Hace poco, a través de Twitter, supe de la existencia de un mapa (el de la imagen) que reúne algunos de estas divisiones, hasta veinte, que van desde la Europa del vino y la cerveza, la Europa que come sentada y la que lo hace de pie, la que necesita un fontanero y la que no o la muy subjetiva Europa laboriosa en contraposición a la vaga.

Los prejuicios no tienen por qué, indefectiblemente, conducir a coleccionar odios y fobias como hacía Ferdinand Céline, odiador profesional, en sus ratos libres. Como en el caso del mapa que adjunto, son una aproximación a cierta realidad que quizá, sin caer en demasiados determinismos (aunque yo adoro cierto determinismo bien entendido), es más real de lo que a veces nos pensamos.

Jacques Le Goff, gran medievalista europeo

En una extensa y reposada entrevista publicada inesperadamente en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, el historiador Jacques le Goff, que acaba de fallecer en París a los 90 años, decía que las secuelas de las Cruzadas  —de aquel arrebato de intolerancia religiosa— siguen siendo visibles todavía en nuestra Europa unida.

Le Goff, en su casa de París (www.papalepapale.com)

Le Goff, en su casa de París (www.papalepapale.com)

Le Goff, fiel a la tradición historiográfica aprendida de sus maestros de Annales, fue un estudioso entusiasta de la ‘larga duración’, una de las escuelas que revolucionó los métodos y la investigación histórica en el siglo XX. Frente a la importancia concedida hasta el momento al acontecimiento aislado, Lucien Febvre, Fernand Braudel y compañía reivindicaron una historia omnicomprensiva, de largo alcance, ambiciosa en el tiempo y rigurosa en los aspectos metodológicos, con la apertura a otras ciencias humanas, como la sociología.

Le Goff era toda una institución en Francia, más allá del mundillo, a veces un pelín miope, de la investigación histórica. Era un humanista, un erudito respetado, alejado del habitual perfil del intelectual francés, combativo y cizañero. Su magisterio y su huella en las nuevas —ya no tanto— generaciones de historiadores de todos los países ha sido extraordinaria.

El primer libro suyo que yo leí, al comenzar la carrera, y que recuerdo con afecto, fue su entretenido El hombre Medieval (luego vinieron otros, no demasiados y ni tan siquiera sé si los mejores, mi fuerte no es la Edad Media: Mercaderes y banqueros y La civilización del Occidente medieval…).

Pero Le Goff, y aquí la razón de este post de urgencia, fue un testigo a la vez que un hacedor de Europa. Primero conoció durante su infancia de las terribles consecuencias de la Primera Guerra Mundial; más tarde, ya en su juventud, luchó en la resistencia contra los nazis. Aquella experiencia fue la brecha biográfica que le condujo, inmediatamente después, al estudio de la historia, gracias a sus excepcionales dotes intelectuales.

Le Goff maduró, además, una idea de Europa donde el pasado seguía teniendo una importancia capital en el presente (una perogrullada que no es tal). Las mentalidades colectivas, el desarrollo de la individualidad a lo largo de los siglos, la economía, etc. Algunas de sus obras, como Europa contada a los jóvenes o ¿Nació Europa en la Edad Media? son pequeñas joyas. Le Goff tenía la modestia del sabio. “Yo no tengo una cabeza filosófica ni me gusta la filosofía de la historia”, decía en aquella entrevista que citaba al comienzo.

Defendía el oficio desde el rigor, pero dudaba de su condición de ciencia. Descanse en paz.