Estoy dramatizando Estoy dramatizando

"... no me despiertes, si duermo, y si es verdad, no me duermas". (Pedro Calderón de la Barca, 'La vida es sueño')

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Buenas maneras

Aprendí la lección la primera vez que fui al Auditorio Nacional. El programa constaba de tres obras de Beethoven, las dos primeras más breves, sin divisiones; la tercera, el Concierto para piano nº 5. Al acabar la orquesta de interpretar el primer movimiento de esta última, el público empezó a aplaudir.

Ya venía yo sospechando entonces (lumbreras que es una) que nuestro sistema educativo no nos proporciona ni siquiera las herramientas básicas para que aprendamos a consumir cultura en vivo. Pero todavía pensaba que los espectadores de las ciudades grandes, con más fácil acceso a una oferta también más amplia y variada, sí tendrían por lo general un comportamiento adecuado en este tipo de eventos y de recintos.

Aprendí la lección, como decía: no necesariamente.

MBIG

El elenco de MBIG. (La Pensión de las Pulgas)

Recuerdo cómo en la sala principal del Teatro Español, años después, un buen número de personas comenzaron a cuchichear sin disimulo al desnudarse los actores en Escenas de un matrimonio / Sarabanda. Y, hace solo un par de meses, pasó tres cuartos de lo mismo en la función de MBIG a la que asistí en La Pensión de las Pulgas durante el encuentro sexual de Macbeth y Lady Macbeth. Con la agravante de que, al tratarse de una sala tan pequeña, molesta sobremanera, y no me quiero imaginar cuánto a los actores.

Pero peor aún fue en septiembre de 2012 en la ‘hermana’ de La Pensión de las Pulgas, La Casa de la Portera, cuando a un par de señoras (que me hicieron sentir una mezcla de rabia, lástima y vergüenza) les dio por increpar o animar, según correspondiera, a uno de los personajes de Petición de mano.

Pues sí. Saber estar en un espectáculo pasa por aspectos como guardar un escrupuloso silencio o aplaudir cuando corresponde (me gusta esta miniguía de Radio Clásica que me descubrió Mirentxu Mariño).

También en resistirse a silbar una melodía, algo que hace años no logró un compañero de patio de butacas durante una función de Coppélia del Ballet Nacional de Cuba, no sé si movido por su pasión musical o por un absurdo ánimo de demostrar que conocía la composición de Léo Delibes. O en intentar hacer el menor ruido posible comiendo si se ha sucumbido a la tentación de comprar palomitas de maíz. Claro que en este caso cabría discutir si el productor debería renunciar a los ingresos que le reporta su venta… Pero eso ya es otra historia.

Una (clásica) baza segura

4estrellasLa cortesía de España

A medio camino entre el truco y la manía, cuando encadeno una serie de funciones flojas o poco epatantes suelo bucear por la cartelera teatral en busca de alguna baza segura, de algún autor, director, actor, de alguna compañía o sala de los que funcionan siempre para que me quite el mal sabor de boca.

Una de esas bazas seguras es la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con piezas en mayor o menor medida de mi agrado, con repartos más o menos atinados, pero siempre elegante, siempre encontrando ese difícil equilibrio entre el respeto a la obra y la innovación.

En esta ocasión he recurrido a su ‘cantera’, la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, que ha dejado la sede temporal (sin comentarios) de la CNTC para instalarse en las Naves del Español con La cortesía de España.

Definitivamente, el texto no se encuentra entre mis favoritos. No me termina de convencer la forma en que se combinan drama y comedia, encuentro precipitado el desenlace y considero que no es el Lope al que mejor le ha sentado el paso del tiempo (no descarto ir al infierno de los teatrófilos por haber escrito esto). Sin embargo, disfruté mucho, y fue gracias al sello de la compañía que ahora tiene al frente a Helena Pimenta.

El equilibrio del que les hablaba más arriba está aquí por partida triple. Primero, en la fina versión, de Laila Ripoll. Después, en la dirección de Josep Maria Mestres, impecable, ni una réplica fuera de lugar, magníficas las transiciones (con la ayuda de una buena composición musical, por cierto). Por último, en la contraposición entre vestuario y escenografía.

En esto me detengo. Se ha optado por un vestuario de época, acertado por lo general y con alguna preciosidad como la chaquetilla y falda con tul de Lucrecia, creo recordar que en la escena del acto segundo que transcurre por la noche en la venta. Con un solo pero: hay algo en la vestimenta de Don Juan (¿las espuelas?) que produce un sonido impertinente cada vez que se mueve, juraría que en la segunda mitad del primer acto y en la primera mitad del segundo; no creo que compense.

Y, como decía, el vestuario tiene su contraposición en la escenografía, con su propia área delimitada dentro del escenario, a la antigua usanza, pero que no ahorra en elementos modernos —proyecciones, líneas sobrias…—. ¡Ya hay que tener arte para atreverse con el anacronismo y que resulte a las mil maravillas! Resuelve los cambios de escena, da agilidad a la función, funciona en el aspecto plástico… ¿Se puede pedir más?

Last but not least, que diría un anglohablante, siempre es una gozada ‘descubrir’ talentos interpretativos como los de Natalia Huarte, que clava a Lucrecia; Francesco Carril, excelente cuando Don Juan se debate entre la moral y el deseo, pero también en el aspecto cómico; o Álvaro de Juan, que sabe sacar provecho del (casi siempre) agradecido papel del gracioso —ahora que reparo, ¿lo será por una cuestión léxica?—. Y otros en papeles secundarios pero no menos brillantes como Sole Solís e Ignacio Jiménez.

They all made my day…, que diría un anglohablante.

 

Autor: Lope de Vega.

Versión: Laila Ripoll.

Dirección: Josep Maria Mestres.

Reparto: Elsa González, Sole Solís, Manuel Moya, Jonás Alonso, Alba Enríquez, Natalia Huarte, Borja Luna, Guillermo de los Santos, Francesco Carril, Álvaro de Juan, Júlia Barceló, Laura Romero, Ignacio Jiménez, José Gómez.

Composición musical: Lluis Vidal.

Escenografía: Clara Notari.

Vestuario: María Araujo.

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Sala: Naves del Español (sala 1), Madrid.

 

¿Repetimos?

Este fin de semana veré de nuevo el La vida es sueño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Lo decidí en cuanto me enteré de que la iban a reponer. Si no lo hice ya la pasada temporada, fue solo porque para cuando la hube visto, para cuando me hubo vuelto loca el Segismundo de la Portillo –me gusta anteponerle el artículo de las grandes– y quise repetir, quedaban funciones… pero localidades disponibles, ni la primera.

Total, que hace unos meses, en cuanto salieron a la venta, L. y servidora nos tiramos en plancha a comprar nuestro par de entradas centradas de fila 7 –porque una pide y acepta invitaciones cuando va a trabajar, pero los vicios (por lo general) se los paga–. Hicimos bien en no dejarlo pasar: ahora, como cabía esperar, están agotadas.

Time al tiempo

Álvaro Tato e Íñigo Echevarría, de Ron Lalá, en una escena de ‘Time al tiempo’. (DAVID RUIZ)

No será la primera vez que repita montaje. Vi en sendos pares de ocasiones, por ejemplo, La omisión de la familia Coleman y Tercer cuerpo, de Claudio Tolcachir, y las vería encantada por tercera vez si las repusiesen, igual que repetiría El viento en un violín. Cayeron tres veces cada uno –y caerían una cuarta– el musical Spamalot de Monty Python dirigido por Tricicle y Time al tiempo de Ron Lalá, dos espectáculos muy diferentes pero igual de desternillantes. Mi récord, eso sí, lo tiene Los miserables: he asistido a cinco funciones y pronto tocará la sexta.

Me consta que hay gente para la que seis son incluso pocas y que cuenta por decenas las veces que ha visto su obra favorita…

Y también sé que hay quien no entiende que con una función no nos baste. “¿Acaso va a cambiar en algo la próxima vez?”, me han llegado a preguntar. Pues no en sentido estricto, pero sí teniendo en cuenta que una representación de un espectáculo en directo nunca es exactamente igual que la anterior. En cualquier caso, no se trata de eso, sino de volver a vivir una experiencia que, por un motivo u otro, te ha llenado y de descubrir cosas –en las buenas obras las hay, y quien no lo ha hecho nunca no se puede imaginar cuántas– que antes te pasaron desapercibidas.

Ahora, lo realmente gracioso viene cuando el sorprendido en cuestión te confiesa que su película preferida la ha visto tantas veces que podría escribir sus diálogos sin cometer ni un solo error…

 

Una gamberrada escénica

A Marte Cabaret

3estrellasEl cabaré parece haber venido a la cartelera teatral para quedarse. Al menos a juzgar por la proliferación de espectáculos como The Hole (ahora, también The Hole 2) y otros más efímeros como ¿Hacemos un trío?

A Marte Cabaret

Un número de ‘A Marte Cabaret’ (JOSÉ CARLOS NIEVAS)

A Marte Cabaret ha sido el último en sumarse a la lista y lo ha hecho en el primer grupo, el de los shows de gran formato. Compararlo con The Hole, de hecho, resulta inevitable. Para empezar, porque comparten parcialmente equipo creativo, con Yllana en la dirección y el actor Secun de la Rosa como guionista.

Pero el recién llegado es todavía más descarado que su antecesor: los que en el espectáculo de Paco Léon se quedaban en ‘striptease interrupti’, por ejemplo, en este son desenfadados desnudos integrales. Luego, los números circenses ­–no faltan las acrobacias ni los contorsionistas- ceden parte del protagonismo al humor en formato narrativo y también musical, uno de los dos pilares sobre los que se asienta A Marte Cabaret. El otro, sin duda, el aspecto visual, sobre todo gracias a una escenografía, un vestuario y una iluminación llamativos, adecuados y efectivos.

Aunque su mejor baza la juega este show con su maestro de ceremonias, Ángel Ruiz. El actor (El inspector, Los productores) tira de estilo, tablas y retórica para conducir la función.

Una gamberrada escénica ideal para espíritus ávidos de despedida de soltero que debe digerirse -y así lo permite el formato- copa de vino en mano. Si el respetable sigue teniendo ganas de juerga, A Marte Cabaret confirmará que el cabaré ha venido a la cartelera teatral para quedarse.

– Creación y dirección: Yllana.

– Texto: Secun de la Rosa.

– Reparto: Ángel Ruiz, Fidel Fernández, Juan Ramos, Luis Cao, Elena Mora Nani, Reyes Ortega, Vicky Tafalla, Jenny Fernández, Víctor Massán, Álex Arce, Fer Fernández, Inon Ben David, Boaz Ben David, Iurie Basiul, Moussa.

– Letras de algunas canciones: Ángel Ruiz.

– Coreografías: Carlos Chamorro.

– Coreografías stripteases: Gema Martín.

– Coreografías aéreas: Federico Barrios.

– Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda.

– Iluminación y vídeo: Felipe Ramos (A. A. I.).

– Sonido: José Mora.

– Vestuario: Alejandra Hernández y Elvira Fuentes.

– Sala: Teatro Rialto, Madrid.

Mi primera vez

Hubo una época de mi vida en que parecía que todo lo importante había pasado cuando yo tenía “seis o siete años”… Y tendría seis o siete años cuando fui por primera vez al teatro.

Fue en Madrid, diría que en 1988 o 1989 y en una sala mediana, de al menos 200 o 300 localidades. La fachada, tal y como la dibuja mi memoria, no se corresponde con la de ningún teatro actual, pero si ha de parecerse a alguna, sería a la del Príncipe o a la del Marquina, aunque creo que las butacas estaban dispuestas como en este último.

Juanjo Menéndez

El actor Juanjo Menéndez en 1990. (GTRES)

Se representaba una comedia con varios personajes; juraría que de enredo, un vodevil del estilo de Sé infiel y no mires con quién. Sé que me gustó, que me reí mucho y que, a pesar de que no se trataba de una obra infantil, me comporté con corrección. (Otro día les hablo de la importancia de guardar las formas durante un espectáculo, que me obsesiona, y de educar a los más pequeños en ese aspecto.)

Recuerdo que la protagonizaba Juanjo Menéndez. Lo recuerdo porque mis padres me hablaron de él y, sobre todo, porque al terminar la función me lanzó desde el escenario un paquetito de caramelos.

De eso no he olvidado ni un detalle. Los pilló al vuelo un hombre que se sentaba en la fila de delante, pero se giró y me los dio cuando la mujer que estaba a su lado le dijo: “¡Son para la niña de detrás!”.

Eran de naranja y de limón e iban envueltos individualmente. Me hizo mucha ilusión, y seguro que pensé que si se los enseñaba a mis compañeros en el recreo y les contaba que me los había tirado aquel destacado actor cómico, me convertiría en la reina del cole por un rato. Por eso a mi hermana le costó dios y ayuda convencerme para que abriésemos la bolsita y nos comiésemos los caramelos, pero acabó lográndolo. Con alguna treta de hermana mayor, fijo.

Así, con su pequeño detalle, Juanjo Menéndez consiguió que 25 o 26 años después yo recuerde todavía cómo fue mi primera vez en el teatro.

De qué va la historia

La nieta del dictador

3estrellasPocas veces lo consigo, pero me encanta ir al teatro sin saber nada (o apenas nada) de la obra que voy a ver.

Este no ha sido el caso: elegí La nieta del dictador porque en su día, en 2010, me pareció muy interesante otra pieza de David Desola (Barcelona, 1971), La charca inútil, que se representó en la sala pequeña del Español. Ya la tenía fichada, de hecho, cuando, hace unos meses, se llevó a escena en Kubik Fabrik, pero no pude acercarme. Total, que cuando este viernes llegué a El Sol de York sabía de qué iba la historia. O eso creía.

Por algún motivo, asumí que el texto mostraría el punto de vista de la familiar de un autócrata que, consciente de las decisiones y actos de él, lo defiende porque la ciega el afecto. Sin embargo, Desola nos presenta a una mujer que desconoce las atrocidades que cometió su abuelo.

Confieso que de entrada me sentí decepcionada. “¿Cómo pretende este hombre que me trague que una señora ha vivido ajena a la realidad durante 40 años?”, pensé. Pero a medida que se desarrollaba la función, no me quedó otra que retractarme. Porque todo en esta historia encuentra una explicación: la ingenuidad de la protagonista, su uso del lenguaje, sus sentimientos…

Al sugestivo punto de partida -cómo verán sus allegados a los malvados, cómo justificarán sus acciones-, se suma, pues, un sólido argumento. Aunque si he de decantarme por un aspecto del texto, lo haré por su simbología: el mal olor que inunda la habitación en que se consume el déspota, los bigotes que permiten a la protagonista distinguir dictadores, las muñecas que le regalaba el padre de su madre… y, sobre todo, las novelas del sheriff Neighbour.

Luego, me maravilló la dirección, de Roberto Cerdá. Debe de ser impecable para que no se aprecie ni un segundo de vacío o extrañeza en una función en cuyo escenario hay poco más que una ventana y una silla y en la que prácticamente solo interviene un actor. Digo “prácticamente solo” sin ánimo de minusvalorar el buen -y me consta que nada sencillo- trabajo de Ramón Pons como el anciano dictador. Sin embargo, claro, el peso de la obra recae en Lidia Otón. Cuánto choca -¿es intencionado?- su imponente físico en el papel de una inocente “princesita” , pero ella, correctísima, logra que el espectador lo olvide.

Suficientes virtudes en texto, dirección e intérpretes, en definitiva, para configurar una pequeña pieza encantadora que bien merece 10 o 12 euros y 70 minutos de su tiempo.

– Autor: David Desola.
– Dirección: Roberto Cerdá.
– Reparto: Lidia Otón, Ramón Pons.
– Escenografía: Susana de Uña.
– Iluminación: Roberto Cerdá.
– Vestuario: Alberto Valcárcel.
– Producción: 181 Grados.
– Sala: El Sol de York, Madrid.

La nieta del dictador

Lidia Otón y Ramón Pons en ‘La nieta del dictador’.

Tela-Katola o vivir cantando

No son maneras de tratar a una dama 

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Soy de la mitad de la población a la que le gustan los musicales. De esa mitad de la población a la que no solo no le choca que de pronto un personaje deje de hablar y pase (igualito que Salomé) a vivir cantando, sino que incluso desearía que la vida tuviera banda sonora incorporada. Entenderán, pues, que aplauda con las orejas cada nuevo montaje, cada nuevo pedacito del off-Broadway que nos trae Tela-Katola.

No son maneras de tratar a una dama

David Ordinas e Inma Cuevas en una imagen promocional de ‘No son maneras de tratar a una dama’.

Conocí la compañía hace algunos años en el Teatro Alfil, donde representaban Te quiero, eres perfecto… ya te cambiaré, una pequeña producción del musical de Joe DiPietro y Jimmy Roberts que tenía muy poco que envidiar a la que, allá por 2001, protagonizaron Silvia Marsó, Carmen Conesa, Víctor Ullate y Miguel del Arco. Más recientemente, estuvieron en la sala pequeña del Nuevo Alcalá con un cuidado Tick, tick… boom!, de Jonathan Larson (más conocido por Rent). Ahora han vuelto al Alfil, con la comedia musical No son maneras de tratar a una dama, y con éxito a juzgar por los meses que llevan en cartel y lo lleno que estaba este sábado el teatro.

Creo que aunque no hubiera sabido de antemano que Tela-Katola está detrás de este No son maneras…, lo habría adivinado, porque lleva la inconfundible marca de la casa. ¿Que en qué consiste? Les cuento:

En primer lugar, en adaptar al español como dios manda. Cuidado, que si traducir un texto creativo en general resulta complicado, traducir ajustándose a la métrica que impone la música e intentando respetar la fonética, todavía más. Sobre todo porque muchos de los trillones de monosílabos que tiene el inglés se convierten en polisílabos cuando se trasladan al castellano.

Luego, en el talento. En mi función, Diego Rodríguez (Jean Prouvaire en Los miserables) interpretó al detective Brummel con mucho encanto; Víctor Massán (a quien hace solo unos meses vimos en el micromusical En un encender y apagar) pasaba con soltura de dar miedo a mostrar la cara más patética del asesino en serie Christopher Gill; Teresa Cuesta bordó sobre todo el papel de la metomentodo Flora Brummel; y Laura Castrillón (Sarah) volvió a encandilarnos con su voz, como ya hizo en Te quiero, eres perfecto… ya te cambiaré y Tick, tick… boom! Si bien lograron mantener un buen ritmo, flojeaban al acoplarse en los números corales, lo que tal vez se deba a que la mayoría de ellos no forman parte del -llamémoslo así- primer reparto (Rodríguez sustituye a Jorge Gonzalo, Massán actuó en lugar de David Ordinas y Teresa Cuesta reemplaza a Inma Cuevas).

Sigo con la marca de la casa. Tienen estas producciones un sonido como ya les gustaría a muchas grandes. Aquí, con una pequeña banda impecable en directo. (¡Tres hurras por los que saben ajustar la percusión!)

Y, por último, solventan con creatividad la falta de recursos. En No son maneras…, la escenografía se basa en unas simples transparencias que, además de servir para pasar de un restaurante a la casa de Brummel o a Central Park, apoyan el humor de la pieza e incluso dan pie a pequeños gags. ¡Geniales!

Así que les recomiendo que se vayan haciendo con entradas si quieren vivir 100 divertidos y bien trabajados minutitos de off-Broadway en Madrid.


Autor: Douglas J. Cohen.
Adaptación: Tela-Katola.
Dirección musical y escénica: Pablo Muñoz-Chápuli.
Reparto: Diego Rodríguez, Víctor Massán, Laura Castrillón, Teresa Cuesta.
Escenografía y vestuario: Ana Tusell.
Iluminación: Carlos Alzueta.
Producción: Carmela Martínez Oliart.
Sala: Teatro Alfil, Madrid.

Atmósferas

El policía de las ratas

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Los montajes de Àlex Rigola siempre me han llamado la atención por su estética. He podido ver media docena de producciones con su sello, y todas me han dejado una marcada impresión o huella en la memoria en forma de imagen. Me fascina la manera en que dibuja escenarios contundentes, cómo usa los colores, las texturas y la iluminación.

Esa fuerza estética cobra más importancia si cabe en una pieza como El policía de las ratas, en la que crear una atmósfera es fundamental. Aquí la ha logrado con el blanco y el negro, rotos solos por el rojo de la sangre. Tan sencillo como efectivo y hermoso.

El policía de las ratas, un relato de Roberto Bolaño, engancha como thriller: el protagonista, Pepe el Tira, al fin y al cabo, va detrás de un asesino en serie. Luego, la trascendencia se la dan una cuestión formal y otra de fondo. En la formal, la fortísima carga poética del relato, a pesar de su estructura narrativa –valgan como muestra dos citas del primer párrafo, “Luego viene el otro nombre, el alias, la cola o joroba que arrastro con buen ánimo…” o “… es como mezclar arbitrariamente el cariño y el miedo, el deseo y la ofensa en el mismo saco oscuro”–. En la de fondo, las colonias de ratas como imagen de la alienada sociedad contemporánea, la figura de la rata reina como el poderoso de dudosa honorabilidad, la rata comisario jefe como el poderoso corruptible, la rata criminal que, como un humano, mata “por placer, no por hambre”, la rata policía incomprendida con alma de artista… Mucho para reflexionar.

La de Rigola es una curiosa y fiel adaptación, a medio camino entre la lectura dramatizada y la dramaturgia al uso. En palabras del propio director, se trata de “dejar fluir las palabras en boca de grandes actores. Sin prisas y con matices”. Pues, bien, y volvemos a la importancia de la atmósfera, la función la sostienen precisamente las voces de los actores. Hay pasajes en que su prosodia, junto al gotear de la sangre o a la música, recrea el sonido de las cloacas. El fuerte de Joan Carreras, en el papel protagonista, cómo transmite la melancolía del solitario. A Andreu Benito, la cadencia perfecta le permite interpretar con éxito a todos los demás personajes.

 

– Autor: Roberto Bolaño.
Adaptación y dirección: Àlex Rigola.
Reparto: Andreu Benito, Joan Carreras.
Escenografía: Max Glaenzel, Raquel Bonillo.
Vestuario: Berta Riera.
Iluminación: August Viladomat.
Producción: Teatre Lliure y Heartbreak Hotel, en colaboración con Teatro de la Abadía, Temporada Alta, La Biennale di Venezia y Trànsit Projectes.
Sala: Teatro de la Abadía (sala José Luis Alonso), Madrid.

El policía de las ratas

Joan Carreras y Andreu Benito en ‘El policía de las ratas’. (© Heartbreak Hotel)

Las entendederas del humor

Locos por el té 

Locos por el té

María Luisa Merlo y Juan Antonio Lumbreras en una imagen promocional de ‘Locos por el té’. (Javier Naval)

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Busco comedias francesas como quien busca nueva pareja a la altura de su ex. Mi ex es La cena de los idiotas. Han pasado más de diez años, sin embargo aún confío en dar con una producción y una obra a la altura de la versión de Paco Mir –con Pepón Nieto y Luis Tosar– de la pieza de Francis Veber.

Si hace unos meses no me terminó de convencer Una boda feliz (Le gai mariage), menos lo ha hecho ahora Locos por el té (Thé à la menthe ou t’es citron), finalista y ganadora respectivamente, por cierto, del Molière a la mejor comedia en 2011. Parto de la dificultad que supone la adaptación y de que algo siempre ha de perderse por el camino –el juego de palabras del título, sin ir más lejos–. Pero el texto de Danielle Navarro y Patrick Haudecoeur se sustenta solo en la torpeza de una compañía teatral, para exprimirla al máximo y dejar reducida la trama a la mínima expresión. Luego, la producción me pareció mucho más correcta en la parte técnica –iluminación, escenografía…– que en la artística. Me encontré un elenco desequilibrado, con, por ejemplo, un Juan Antonio Lumbreras estupendo en la vis cómica y una Esperanza Elipe cuyas líneas apenas logré entender –cierto que simula hablar con acento británico, pero no sirve de excusa–. Y una dirección no del todo firme, sobre todo con pausas mal distribuidas.

Dicho lo cual, faltaría a la verdad si obviase que, en un teatro lleno hasta la bandera, muy pocos no pasamos de la sonrisilla. Digo más, el in crescendo del ‘carcajamen’ general fue tal, que en el último tercio de la función costaba escuchar algunos diálogos. Me acordé mucho de D., que cuando ve anunciada una obra de este tipo me pregunta “¿te gustó?” y, a continuación, “¿pero, a mí me va a gustar?”. Te va a encantar, D. A ti y al 90% de la población. Servidora tiene las entendederas del humor escacharradas.

 

– Autores: Danielle Navarro-Haudecoeur y Patrick Haudecoeur.
Versión: Julián Quintanilla.
Dirección: Quino Falero.
Reparto: María Luisa Merlo, Juan Antonio Lumbreras, José Luis Santos, Esperanza Elipe, Óscar de la Fuente, Ángel Burgos, Rocío Calvo.
– Escenografía y vestuario:
Elisa Sanz.
Iluminación: Alfonso Ramos.
Vestuario: Ángeles Marín y Gabriel Besa.
Espacio sonoro: Ana Villa y Juanjo Valmorisco.
Producción: Lazona, Flower Power, Bitó Produccions, Cow Events, Truc Comunicación, Qué arte! y Verteatro.
Sala: Teatro Alcázar, Madrid.

Para tirarse en plancha

André y Dorine

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Yo le había echado el ojo a otra obra, pero por suerte para mí y para ustedes, un ángel de la guarda teatral redirigió mis pasos hacia André y Dorine. Por suerte para mí, porque descubrí una pequeña gran joya escénica que me emocionó como hacía meses que no me emocionaba en el teatro. Por suerte para ustedes, porque puedo recomendarles que se tiren en plancha a conseguir alguna de las pocas localidades que quedan a la venta para las funciones que restan en Madrid.

André y Dorine narra sin una sola palabra la historia de una pareja de ancianos. Primera sorpresa: de la ausencia de texto -entiendo que de entrada pueda aterrar a algún espectador- se ha olvidado uno cuando no han transcurrido ni cinco minutos de representación. Lo hace posible una magnífica dramaturgia con un magnífico modo de tratar la comedia y el drama. Segunda sorpresa: la expresividad que transmiten los personajes a pesar de que los actores llevan máscaras. Hay momentos en los que uno incluso juraría que la máscara ha pasado de reflejar tristeza a sonreír. Maravilloso. Tercera sorpresa: hay solo tres intérpretes. Pueden mirar y remirar el programa de mano veinte veces, pueden hacer repaso mental de las escenas que creyeron que compartían cuatro o cinco personajes…, pero hay solo tres.

Les desvelo lo justo si les digo que los saltos en el tiempo están perfectamente resueltos. Y la música, la música es deliciosa.

Pocas veces salgo del teatro y no encuentro nada que mejorar. Tírense en plancha. En serio.

 

– Autores: José Dault, Garbiñe Insausti, Iñaki Rikarte, Edu Cárcamo, Rolando San Martín.
Dirección: Iñaki Rikarte.
Reparto: José Dault, Garbiñe Insausti, Edu Cárcamo.
Música: Yayo Cáceres.
Producción: Kulunka Teatro.
Sala: Teatro Fernán Gómez (sala dos), Madrid.