Estoy dramatizando Estoy dramatizando

"... no me despiertes, si duermo, y si es verdad, no me duermas". (Pedro Calderón de la Barca, 'La vida es sueño')

Archivo del autor

Multada por criticar

Il Giardino

El restaurante francés que denunció a una bloguera por la crítica negativa que hizo de él. (Google Street View)

Sin vivir en mí vivo desde que leí en 20minutos.es que una bloguera francesa tendrá que indemnizar con 1.500 euros a un restaurante por escribir una crítica negativa sobre él. Sin vivir en mí.

Intento recordar qué actores, qué directores, qué autores, qué productoras han podido encontrar en los últimos años motivos para llevarme a juicio. Me pregunto cuáles estarían dispuestos a tomarse la molestia de denunciarme.

El empleado del banco me miró con sorpresa cuando le expliqué que necesito el crédito para pagarme un abogado que me defienda de algún artista al que habré puesto verde. “Lo siento, señorita, pero me temo que no va a ser posible”. Tan asustada estoy, tan sin vivir en mí, que ni siquiera le dije que no me gusta que me llamen señorita.

Ya he empezado a ensayar ante el espejo: “Verá, señor juez, era la forma que tenía de ganarme la vida. Yo pensaba que mi trabajo consistía en recomendar a los lectores los buenos espectáculos y en evitarles una pérdida de dinero y tiempo con los malos”.

Luego vendrá la argumentación. A saber, en función del caso:

a)      “Estaba sobreactuado”

b)      “¡El trabajo de dirección brillaba por su ausencia!”

c)       “Ese texto no tenía ni pies ni cabeza”

d)      “Cobraban 25 euros por la entrada y ni se habían molestado en remendar el vestuario”

Y concluiré jurándole a su señoría que nunca he escrito una crítica malintencionada.

Lo peor es que el naranja y las rayas horizontales me sientan tan mal…

A ver un espectáculo, se aprende

Cuando alguien hace ruido o habla, cuando alguien se deja el móvil encendido, cuando alguien incordia en el teatro en general, mi primera reacción es de enfado. Después tiendo a pensar que a esa persona nadie le habrá enseñado a comportarse en un espectáculo. Porque a guardar las formas, como a casi todo en esta vida, se aprende.

Una tarde que estaba con mi sobrino de cinco años en el pabellón antes de un partido del Santiago Futsal, se acercó a hablarle un amiguito del cole. La madre del crío en seguida vino a saludarme.

– Hola, soy la madre de Xoán.

– La tía de Mateo. Encantada.

– Pues voy a ir dejando a los niños en la ludoteca para poder ver el partido tranquila. ¿No los lleváis allí?

– ¿Cómo? ¡Ah, no, no! Estos ven los partidos con nosotros. Vienen siempre a los del Obra y están acostumbrados.

partido del Obradoiro CAB

Algunos niños en un partido del Obradoiro. (Foto: El Correo Gallego)

Me giré y comprobé que, efectivamente, en la entrada del Multiusos habían acotado un pequeño recinto en el que varios monitores entretenían a un grupito de cativos. Por una parte, me pareció una idea estupenda para que los adultos con críos a cargo no tuviesen que perderse el partido. Pero, por otra, me dio un poquito de pena que aquella señora tan simpática no compartiese ese rato de ocio con sus hijos, teniendo en cuenta además los valores que —insultos a los árbitros aparte— transmite el deporte.

Me dio ese poquito de pena y al mismo tiempo me alegré de que mi hermano se hubiera tomado la molestia de enseñar a sus hijos desde pequeños a ver un encuentro deportivo y de que, más allá de saber estar, lo disfruten.

El rey león

Simba y Nala en el musical ‘El rey león’. (Stage Entertainment)

Con el teatro, que no deja de ser otro tipo de espectáculo —aunque un poco más exigente por aquello del silencio—, pasa tres cuartos de lo mismo. Por eso cuando llevé a otros dos de mis sobrinos (más mayorcitos) a ver El rey león quise adoctrinarlos. Creyendo que sabía lo que nos íbamos a encontrar, antes de la función les dije: “Va a haber muchos niños, algunos muy pequeños, en el teatro, y van a hablar durante la representación. Pero vosotros no debéis hacerlo, porque…”, y les solté a los pobres un rollo considerable sobre el respeto a los demás y a la gente que está trabajando. Ellos se portaron fenomenal y yo tuve que tragarme mis palabras, porque la docena de enanos que teníamos alrededor tampoco dijeron ni pío en las dos horas y media que dura el musical, mientras que las dos parejitas de treintañeros de la fila de delante no tuvieron ningún reparo en comentar en voz alta todo lo que les vino en gana.

Y recuerdo el día que en el Teatro Pavón había un chiquillo de unos diez años sentado al otro lado del pasillo. A @MirenM y a servidora nos faltó tiempo para comentar la insensatez que estaba cometiendo aquel señor que lo acompañaba al llevar a un niño a una obra en verso y en castellano antiguo. No recuerdo lo que dije, pero, conociéndome, debió de ser algo del estilo: “Ya verás, nos va a dar la función. ¡Cómo se le ocurre!”. Pero cuando se bajó el telón, nosotras nos habíamos olvidado de que allí había un crío de unos diez años y solo nos quedó mirar atónitas cómo el chaval aplaudía entusiasmado.

Definitivamente, saber ver un espectáculo no es cuestión de edad; basta con que alguien te haya enseñado. A saber ver un espectáculo, como a casi todo en esta vida, se aprende.

Nunca es tarde…

4estrellasQfwfq. Una historia del universo

Ah, qué sabia la sabiduría popular cuando asegura que nunca es tarde si la dicha teatrera es buena. Especialmente si el destino (quien dice el destino dice un gabinete de prensa) te la hace llegar cuando a Madrid empiezan a sobrarle grados y asfalto y la falta de frescura empieza a contagiarse a su cartelera escénica.

Pues, bien, la dicha en cuestión lleva por título Qfwfq (léase Cufubufucu) y tiene por creadores a Teatro Meridional, que la representaron por primera vez en 1999. No se asusten: no es más ni menos que una adaptación de Las cosmicómicas de Italo Calvino, a las que Julio Salvatierra ha incorporado una abuela que habla en argentino, la idea de cantar los paratextos que anteceden a cada uno de los cuentos que la componen y otras magníficas aportaciones.

Qfwfq

Chani Martín, Marina Seresesky, Elvira Cuadrupani y Alvaro Lavín en ‘Qfwfq’. (Teatro Meridional)

Afirman sus creadores que no se trata de “teatro del absurdo” ni de “ciencia-teatro-ficción”, sino de humor. Bueno, sin duda tiene mucho de humor, de ese humor elegante que más que carcajadas suscita risas y sonrisas permanentes, y mucho de lírica. Pero como narra las vivencias de una familia que existe desde que se originó el universo, condicionadas por su formación y evolución de acuerdo con distintas teorías científicas, también, claro, mucho de ciencia-teatro-ficción y de genial humor absurdo. Para muestra, un fragmento del cuento inspirado en la teoría de Edwin Hubble según la cual la materia del universo estuvo concentrada en un solo punto:

Había también la mujer de la limpieza —”adscrita a la manutención” la llamaban—, una sola para todo el universo, dado lo reducido del ambiente. A decir verdad, no tenía nada que hacer en todo el día, ni siquiera quitar el polvo —dentro de un punto no puede entrar ni un granito de polvo— y se desahogaba en continuos chismes y lamentos.

El texto sostiene perfectamente una función en la que apenas se emplea utilería y cuenta en esta versión con unas proyecciones estupendas, que apoyan la representación sin interferir en ella.

El texto y cuatro magníficos actores: Álvaro Lavín (también dirige), que, por ejemplo, cuando se refiere con todo el convencimiento y la seriedad del mundo al amor polimorfo (o poliformo o poliforme o polifórmico… tengo memoria de pez) parece un personaje sacado de Amanece, que no es poco (entiéndase como un piropazo); Marina Seresesky, que borda a la abuela terca a la que le ha dado por hablar en argentino; Chani Martín, tan fino como sus compañeros en el que tal vez sea el papel más sereno, el del padre; y Elvira Cuadrupani, de una expresividad maravillosa (aunque un poquito chillona).

Para pequeñas delicias como esta nunca es tarde.

– Guión y adaptación: Julio Salvatierra, basado en Las cosmicómicas de Italo Calvino.

– Dirección: Álvaro Lavín.

– Reparto: Álvaro Lavín, Marina Seresesky, Chani Martín, Elvira Cuadrupani.

– Diseño y realización videográfica: Roi Fernández.

– Diseño y realización de escenografía: Teatro Meridional, Rocío Barreto.

– Producción: Teatro Meridional.

– Sala: Cuarta Pared, Madrid.

Dejémonos trabajar en paz

Pude entrevistar al actor Gonzalo de Castro con motivo del estreno en el Teatro Español del Glengarry Glen Ross que tan magníficamente dirigió en 2009 Daniel Veronese. Fue una conversación larga y de las más interesantes que he tenido con personas relacionadas con el mundo del teatro.

Aunque a medida que De Castro me iba respondiendo yo iba disintiendo mentalmente de algunas de sus opiniones, me pareció un tipo inteligente, de los que no recurren a clichés y no dan respuestas vacías de contenido, de aquellos cuyas declaraciones cuesta luego recortar.

Una de ellas, de las que no publiqué por falta de espacio, se me vino a la cabeza el otro día cuando escribía que no siempre los responsables o artistas de un espectáculo tratan con consideración a la prensa (imagino que a la inversa ocurrirá tres cuartos de lo mismo). De Castro consideraba injusto que se recordase tanto a Fernando Fernán Gómez, fallecido dos años antes, por su mal carácter y por alguna salida de tono como por su celebérrima trayectoria.

Gonzalo de Castro

El actor Gonzalo de Castro en el Teatro Español de Madrid con motivo del estreno de ‘Glengarry Glen Ross’, en diciembre de 2009. (Foto: Jorge París)

Pensé que no estaba del todo de acuerdo. El propio De Castro no fue aquel día un dechado de amabilidad, pero nos trató correctamente y nos facilitó nuestro trabajo tanto al fotógrafo como a la redactora. Más que suficiente.

Yo, sin embargo, aún guardaba fresca en la memoria la que hasta ahora ha sido la peor entrevista de mi vida. Me la dio otro gran actor de teatro (al césar lo que es del césar) al que prefiero no mencionar y que, tras cometer yo un error —cierto es— en la primera pregunta relacionado con su trayectoria y a pesar de mis disculpas, respondía a mis cuestiones desdeñándolas, queriendo darme lecciones y como si me estuviera haciendo un favor. Recuerdo que en un momento dado le pregunté qué motivo daría a los lectores de 20minutos para que acudiesen a ver la obra que él protagonizaba entonces, a lo que vino a contestar, todo digno, que tan noble director y tan noble elenco como los suyos no necesitaban convencer a nadie de nada… Y como estaba claro que él no necesitaba nuestra publicidad, nosotros nunca llegamos a publicar aquella entrevista.

Con todo, eso fue lo de menos. Lo de más es que te hagan perder el tiempo y pasar un mal rato cuando estás trabajando. (Comentándolo luego en la redacción, por cierto, supe que el mismo actor le había aguado la fiesta a una compañera en la que para ella fue también la peor entrevista de su vida. Mal de muchos…)

Tal vez Gonzalo de Castro tuviera su parte de razón cuando criticaba que se recordase a Fernán Gómez casi más por su mal genio que por su enorme talento. Pero solo tal vez. En realidad, si él no hubiera mostrado tan mal carácter se le recordaría únicamente como un brillante actor.

“En la vida como en el metro, dejen salir antes de entrar”, dice mi compañero Chema. Pues, eso, en la vida como en el teatro, dejémonos trabajar en paz. No olviden que ser amable es gratis.

Una buena inversión

5estrellasLos miserables (2013)

Hay espectáculos por los que duele haber pagado 2 euros y espectáculos que valen todos y cada uno de los 7.000 céntimos que puede llegar a costar su entrada. Este último es el caso de la producción de Los miserables que se estrenó en Madrid a finales de 2010 y que Stage recuperó en octubre del año pasado para llevarla de gira por todo el país.

Los Miserables by Cameron Mackintosh, opening night November 18

Guido Balzaretti (Marius) y Talía del Val (Cosette) en ‘Los miserables’.

Los más avispados de mis (cientos de miles de) seguidores estarán pensando, claro, que resulta muy fácil decirlo cuando una va de balde. Cierto es que por mi trabajo tengo la suerte de disfrutar gratis de muchas obras. Pero también que por cada función de Los miserables que he visto invitada, he visto otra pagando.

Los más fieles de mis (¿había dicho cientos de miles? de mis ¡millones! de) seguidores estarán pensando, claro, que me ciega la subjetividad porque se trata de mi musical favorito. Cierto es que en mi teléfono se van alternando como tonos de llamada On my own (en español, Solo para mí), One day more (Sale el sol), Stars (Estrellas)… Pero también que cualquiera que vea este montaje apreciará su elevado coste y reconocerá su calidad.

… Y ahora es cuando confieso que incluso yo tenía mis dudas sobre esta versión para gira. Dudas que quedaron disipadas por completo hace unas semanas en el Teatro Calderón de Valladolid.

Creí que de una forma u otra los decorados se habrían adaptado, que se habrían reducido para facilitar su traslado y su disposición en los distintos tipos de cajas escénicas. Si ha sido así, yo no conseguí percibirlo.

Además, temí que los cambios en el reparto hubieran podido dar al traste con la magia del musical. Bueno, hacer olvidar a Gerónimo Rauch es simple y llanamente imposible, pero el Jean Valjean de su compatriota Nicolás Martinelli tiene su encanto. Armando Pita está estratosférico: borda al pícaro Thenárdier y se entiende a las mil maravillas con su partenaire, la gran Eva Diago (ahora sir Mackintosh nos lo ‘secuestrará’ para llevárselo a Londres, como ya hizo con Rauch). Me volvió a conquistar la presencia de Ignasi Vidal y me asombró la evolución de Guido Balzaretti, su Marius tan elegante y limpio, rayando la perfección. Me quedé con ganas de ver otra vez a Lydia Fairén, que no tiene la mejor voz del mundo pero lo suple con vena y agallas.

Los miserables (2013)

Ignasi Vidal (Javert) y Nicolás Martinelli (Jean Valjean) en ‘Los miserables’.

Luego, se ha mantenido la atención que implica el respeto por el trabajo de uno mismo y, en este caso, por el público. Se han cuidado los detalles de igual modo que en 2010. Se han modificado algunas líneas del libreto, se ha potenciado el aspecto interpretativo y se han introducido con muy buen resultado pequeños nuevos arreglos musicales. (Si no eres muy fan de Les Miz, te aconsejo que te saltes este paréntesis, que tiene un poco de flipada, un poco de postureo y un mucho de friquismo. Me encanta como, ya al final del Epílogo y, por tanto, del musical, cuando el coro canta “Do you hear the people sing? / Say, do you hear the distant drums?” —en castellano, “Canta el pueblo su canción / Oyes el eco del tambor”—, el silabeo de “Say, do you hear the distant drums?” —o de “Oyes el eco del tambor” — abandona de alguna forma el legato de la línea melódica para imitar el sonido del tambor. Pues, bien, tuve la impresión de que en esta revisión se ha remarcado esa idea.)

Desafortunadamente, no todo el mundo puede disponer de los 70 euros que, en efecto, vale una butaca de patio de Los miserables en fin de semana en el Teatro Cervantes de Málaga, donde estará del 20 de junio al 20 de julio (luego vendrán Barcelona, Bilbao, Salamanca, Logroño, Zaragoza…), aunque hay entradas a partir de 22 euros. Pero si puedes disponer de ellos, no dudes que serán bien invertidos.

… It is the future that they bring / When tomorrow comes
(Son los redobles del futuro / Que empieza hoy)

Autores: Claude-Michel Schönberg y Alain Boublil, basado en la novela de Victor Hugo.

Traducción española: Albert Mas Griera.

Dirección: Laurence Connor y James Powell.

Director residente en España: Daniel Anglés.

Director musical: Arturo Díez Boscovich.

Elenco: Nicolás Martinelli, Ignasi Vidal, Armando Pita, Guido Balzaretti, Lydia Fairén, Elena Medina, Eva Diago, Carlos Solano, Talía del Val…

Escenografía: Matt Kinley.

Producción: Cameron Mackintosh Ltd., Stage Entertainment España.

Sala: Teatro Calderón, Valladolid.

Callar

En los siete años largos que llevo haciendo información de espectáculos, incluidos los cinco años y medio que tiene en su versión impresa esta columnita, solo había dejado de reseñar adrede dos montajes.

El primero, a finales de 2009 (voy a dar una pista, como diría Juan de la Cosa), un musical de gran formato auspiciado por una radiofórmula. La trama incluía todos, absolutamente todos los clichés posibles: un homosexual reprimido, un joven enamorado en secreto de la novia de su —creo recordar— hermano, un guaperas que se queda paralítico como consecuencia de un accidente de tráfico… Y no habían tenido reparos en hacer algunas chapucillas con relación a los arreglos, por ejemplo en bajarle una octava a una canción de pronto en el estribillo porque sus notas eran demasiado agudas para la tesitura de la protagonista.

Las entradas, como suele ocurrir en este tipo de montajes, no eran nada baratas, así que en primera instancia pensé que los lectores tenían derecho a saber que iban a —en mi opinión— malgastar su dinero. Pero decidí callar. Sobre todo, porque me pareció que buena parte del público había disfrutado de aquella función de la que yo salí horrorizada y que, en realidad, esos grandes espectáculos comerciales gustan a no poca gente. Aparte, lo confieso, porque sabía que los salarios de decenas de personas, muchas de las cuales se estaban esforzando grandemente, dependían del éxito de aquella producción y porque todos los miembros del equipo con los que, de un modo u otro, traté fueron amables y facilitaron mi trabajo, algo que, por desgracia, no siempre ocurre (otro día os cuento).

Apenas seis meses más tarde callé por segunda vez. En este caso con respecto a un montaje de la comedia de una conocida escritora española contemporánea. No me desagrada en absoluto la escritora en cuestión, pero viendo aquella obra entendí por qué en la misma época la buena mujer apoyó otra producción de otra comedia suya y obvió esta. ¡Qué texto más evidente y facilón! ¡Y qué puesta en escena más casposa!

Opté por no escribir sobre aquella porque se trataba de una modesta producción privada y porque consideré que no necesitaban más publicidad negativa: la sala tenía capacidad para más de 300 personas y aquel día, contándonos a mi acompañante y a mí, había ocho.

… Así que llevaba más de cuatro años sin autocensurarme, lo cual no está nada mal. Pero hoy va a cumplirse lo de “no hay dos sin tres”.

Este fin de semana he visto un intento de comedia, un texto nuevo con aspiraciones (¡ojalá no las tuviera!), ideas inconexas, obviedades, explicaciones innecesarias, actrices tan sobreactuadas que parecen salidas de otra era, un vestuario imperdonable, una iluminación inexistente… Francamente, no sé por dónde cogerlo.

En esta ocasión callo porque se trata de una producción pequeña, de gente novel, y los noveles sin recursos merecen ser tenidos en cuenta para bien, puesto que la información puede auparlos, pero no para mal, por la injusticia que supondría exigirles lo mismo que a producciones con muchos más medios.

Ahora, si no estáis para tirar el dinero y creéis que el espectáculo que he descrito (en cartel en Madrid hasta mediados de julio) podría ser aquel en el que pensáis gastaros los cuartos próximamente, hacédmelo saber a través del apartado de ‘contacto’ e intentaré responderos. Si estáis para tirar el dinero, hacédmelo saber también a través del apartado de ‘contacto’ y os responderé seguro.

Dicho queda

3estrellasMierda de artista

Lean los versos que siguen. A continuación, pónganles la musiquilla más tonta que se les venga a la cabeza.

Buenos días, panadero

Hoy me llevo una artesana

¿Son 80? Aquí los tiene

Igualmente. Hasta mañana

¿Ya? Pues sepan que solo la genética, que no se estiró demasiado con mis cuerdas vocales, la vergüenza y la consideración hacia los oídos del tendero me impiden ir a comprar el pan con rima y canturreando.

Sí…, una es musicalera por antonomasia y por eso tira fuegos artificiales (mentalmente, cuestión de logística) las pocas (cuestión de logística también, supongo) ocasiones que se presenta un musical original en español.

Pues, bien, guardaba un par de luces de bengala y algún que otro petardito de cuando vi Pegados, y no se me ha ocurrido mejor motivo para hacerlos estallar que el estreno de Mierda de artista, la nueva criatura de Ferran González, Joan Miquel Pérez y Alícia Serrat.

Si Pegados partía de una historia genial, la de dos jóvenes que se quedan encajados durante un esporádico encuentro sexual en el aseo de una discoteca, esta no se queda atrás. Mierda de artista se basa en la biografía del italiano Piero Manzoni (Soncino, 1933 – Milán, 1963), famoso por vender como arte huevos duros con la huella de su pulgar impresa, por firmar los cuerpos de varias personas y llamarlos ‘esculturas vivientes’ o, sobre todo, por cobrar a precio de oro 90 latas metálicas con excrementos suyos en el interior –hoy se exponen en el MoMA, en el Pompidou, en la Tate… y se ha llegado a pagar por ellas más de 120.000 euros–.

Así que de nuevo tenemos un extravagante punto de arranque y de nuevo también una trama más que consistente para tratarse de un musical. Además de un puñado de temas destacables, como el que interpretan Manzoni y la periodista Paola Pisani la primera vez que están juntos en el taller, el que cantan todos mientras fabrican la Mierda o, mi favorito, el tema central, el más exitoso en ese arte musicalero de ir alimentando las ganas del oído y de ir a más, El arte es colosal. Imperdonables, eso sí, algunas pequeñas dejadeces del libreto: vale que un musical es en esencia relajado, pero siempre se puede evitar rimar “a mí” con “a mí”…

Mierda de artista

Ferran González, Gemma Martínez, Frank Capdet, Nanina Rosebud y Xènia Reguant en ‘Mierda de artista’. (Foto: Jaime Villanueva)

En el elenco repiten Ferran González, impoluto en el papel de Piero Manzoni, Xènia Reguant (Apollonia Avaloni), Joan Miquel Pérez (Agostino Bonalumi) y Gemma Martínez, magnífica como Sofia Canevaro. El contrapunto perfecto a la avasalladora representante de Manzoni lo pone la inseguridad de Paola Pisani, a la que da vida Nanina Rosebud. (Este personaje, el de la periodista, por cierto, tiene uno de los mejores puntos cómicos de la obra cuando explica por qué teme un ataque de lobos.)

En la escenografía se aprecia una notable mejora con respecto a Pegados, queda muy bien resuelta. No se puede decir lo mismo, sin embargo, del vestuario; hay hechuras que están un nivel por debajo de los demás elementos de la producción.

Luego, resulta curioso que de algunas de las fortalezas del espectáculo surjan también algunas de sus debilidades, todas por redundancia. Tiene gracia la primera vez que un personaje maldice la ubicación de un cuadro, tiene más gracia aún que un segundo personaje maldiga la ubicación del mismo cuadro e incluso tiene gracia que lo haga un tercer personaje, pero a partir de la cuarta vez, la cosa se convierte en abuso y pierde toda la fuerza. Ocurre tres cuartos de lo mismo con el metateatro: la capacidad de sorpresa de que los actores ‘abandonen’ sus papeles para referirse a asuntos del montaje es limitada; o das con un buen chiste –que hay alguno, sí– o se acabó la risa. Y con el empleo repetido del humor obsceno… aunque aquí, una vez más, debo admitir que tengo un criterio absolutamente minoritario, porque en mi función las mayores carcajadas del público sobrevinieron de las mayores guarrerías del guion.

Ahora, antes de poner el punto final y de que ustedes piensen que me voy de erudita, es cuando les cuento que Mierda de artista incluye unas cuantas de esas coreografías cursis típicas de comedia musical que encajan con las canciones de tempo más rápido y les confieso que me hacen muchísima gracia, que no me cansan, que me encantan, que me pirran. Hala. Dicho queda.

Autores: Ferran González y Joan Miquel Pérez.

Dirección: Alícia Serrat.

Dirección musical: Joan Miquel Pérez.

Elenco: Ferran González, Gemma Martínez, Xènia Reguant, Nanina Rosebud, Frank Capdet, Joan Miquel Pérez, Eloi López, Paco Weht.

Escenografía: Nil Brullet.

Vestuario: Laia Cambrils.

Coreografía: Marta Tomasa.

Producción: Irene Reig, Kaktus Music.

Sala: Teatros del Canal (sala Verde), Madrid.

La reconciliación

4estrellasMisántropo

De un tiempo a esta parte, no eres nadie en el círculo teatrófilo madrileño si no has visto lo último de Miguel del Arco. Concreto: desde el éxito de La función por hacer en el vestíbulo del Teatro Lara a finales de 2009, que su nombre figure en el cartel de una producción significa, como mínimo, que se va a hablar mucho de ella.

Hago un repaso somero de su trabajo en estos cuatro años y medio por si quedase algún despistado. A la versión libre de Seis personajes en busca de autor con Kamikaze, la productora que comparte con Aitor Tejada y en la que trabajan con un elenco –digamos– fijo de actores, la siguieron El proyecto Youkali, una bonita y entretenida pieza sobre la inmigración que Del Arco escribió y dirigió para la Comisión Española de Ayuda al Refugiado y que vendría muy a cuento rescatar (¿algún productor en la sala?), y la alabada La violación de Lucrecia, en la que dirige a la gran Núria Espert y que, por cierto, vuelve a reponerse (creo que digo bien, que se repone por segunda vez) estos días en el Teatro de la Abadía. En 2011 repitió con los Kamikaze en la adaptación de Veraneantes (a partir de la obra de Maxim Gorki), casi tan aplaudida como La función por hacer –aunque para servidora, a esta le sobraban minutos–, y volvió a ganarse las loas de crítica y público dirigiendo a Carmen Machi en Juicio a una zorra. En 2012 dirigió maravillosamente De ratones y hombres y firmó una versión de El inspector de Gógol trasladada con demasiada obviedad a nuestros días –los críticos no compartieron mi opinión, pues el montaje fue bastante celebrado– para censurar la corrupción . Y, ya el año pasado, nos descubrió su prometedora faceta de autor con Deseo.

Misántropo

Israel Elejalde y Bárbara Lennie en ‘Misántropo’, de Miguel del Arco. (Foto: Eduardo Moreno)

Así que cada vez que el director de moda estrena –decía–, vamos todos como pollos sin cabeza hasta que podemos opinar sobre ello. Y como lo de no poder comentar servidora no lo lleva bien, ha sucumbido a Misántropo.

Ahora, lo que tiene dejarlo para ‘tarde’ (están en el Español desde el 23 de abril y el montaje se estrenó el pasado octubre, en Avilés) es que a estas alturas se ha dicho prácticamente todo. Han sido aclamadas, muy merecidamente, hasta la saciedad la dirección –podemos discutir algunos planteamientos, pero ¡qué dirección de actores!– y la versión (libre) del texto de Molière. Una versión magnífica, tan magnífica como la de La función por hacer, que trae la obra a la época contemporánea sin caer en lo fácil.

Pero para mí este ha sido sobre todo el montaje de reconciliación con Bárbara Lennie. (Si se le puede llamar reconciliación cuando la otra parte ni siquiera sabe que existe un conflicto y cuando a la otra parte, de saberlo, le importaría un pepino.) El caso es que andaba preocupada (servidora, Lennie en este caso es a la que le importa un pepino, no se me pierdan). Un poco a lo Glinda de Wicked en Popular, rollo “my tender heart tends to start to bleed”, sí, pero preocupada al fin y al cabo. Porque todos pusieron sus ojos en ella (Lennie) en La función por hacer, la subieron a los altares con Veraneantes, en la que tenía más protagonismo, y aplaudieron con las orejas cuando con fue nominada al Goya a Mejor Actriz Revelación por Obaba… Y una que no acababa de pillarle el punto y que reivindicaba (sigo haciéndolo) a Manuela Paso.

Pues, bien, en Misántropo, y aunque al principio me pareció ver a la misma Lennie de las obras anteriores, por fin la entendí a ella y a los que la elogian. Por fin me la he creído. Me ha ganado definitivamente para su causa con el papel de la cínica Celimena –un personaje, de nuevo toca alabar a Del Arco, sublime–, con sus flirteos insinuados, con los desdenes de quien mira por encima del hombro, con su actitud entre indignada y de cordero degollado cuando se siente descubierta.

… Lo cual no quita que, en una función en la que el actor peor parado no baja del 8, Misántropo sea el montaje de Israel Elejalde. Está impecable y, sobre todo, sabe reservar la tensión para cuando de verdad tiene que estallar. En una función en la que el actor peor parado no baja del 8, insisto, Elejalde se come el escenario.

Total, que si quieren ser alguien en los círculos teatrófilos… o si simplemente les gusta el buen teatro, déjense caer por Misántropo.

Versión y dirección: Miguel del Arco.

Reparto: Israel Elejalde, Raúl Prieto, Cristóbal Suárez, Bárbara Lennie, José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso.

Escenografía: Eduardo Moreno.

Iluminación: Juanjo Llorens.

Producción: Kamikaze, en coproducción con Teatro Español y Teatro Calderón.

Sala: Teatro Español (sala principal), Madrid.

Una secuela ‘spin-off’ condicional, y olé

2estrellasAdela

Vale, sí, me lo he inventado. No existe la expresión “secuela spin off condicional”; pero no daba con otra mejor para definir Adela. Al fin y al cabo, la producción de Barluk Teatro es una secuela de La casa de Bernarda Alba porque resulta de ella, un spin-off porque está protagonizada por dos de sus personajes –la hija menor de Bernarda y Pepe el Romano– y condicional porque narra lo que habría sucedido de no haberse quitado la vida ella y de haber huido ambos o, según explican los directores en el programa de mano, “los fugaces pensamientos que Adela pudo tener antes de morir”. Y en este planteamiento, en su originalidad, radica gran parte del valor de la función.

En la originalidad del planteamiento, de hecho, y en algunos conceptos de carácter estético –estoy pensando en las tijeras, en la soga, en el suelo que sirve para esconder cosas, o en el tejido blanco que se convierte en vestido, ramo y velo cuando Adela sueña su boda, en la escena más hermosa y lograda–. Casan perfectamente con la simbología de la obra de Lorca y vienen a completar “la poética del texto” (cito de nuevo a los directores).

Adela

Víctor Algra y Lucía Astigarraga en ‘Adela’. (Barluk Teatro)

En efecto, hay cierta poética en la dramaturgia, que, sin embargo, no la salva. Porque por momentos la narración parece no tener un norte. Demasiadas veces entra en un bucle en el que el relato se alterna con disquisiciones filosóficas sobre el papel de la mujer y la pasividad de la sociedad no tan inapropiadas por su contenido como por su forma. En realidad, se puede expresar lo mismo con los simples hechos; el espectador es lo suficientemente inteligente como para llegar a esas conclusiones sin que le digan explícitamente lo que tiene que pensar, y le resulta mucho más estimulante. En un sentido similar, sobran las presentaciones de la historia que hacen Pepe y Adela y con las que comienza la obra: seguramente gran parte del público ya conoce Bernarda Alba, y aunque no sea así, hay suficientes referencias más adelante –muy bien traídas, por cierto– para que se ubique.

Con todo, la pareja de actores, Lucía Astigarraga y Víctor Algra, sale airosa del trance de dar forma a este texto un tanto inconsistente. Sobre todo ella, con una magnífica dicción –que a veces se presupone, y no debería– y una magnífica expresión corporal (empeines de bailarina incluidos). Pecan en algunas escenas de exceso de intensidad, eso sí; demasiados decibelios durante demasiados minutos; los gritos pierden su fuerza cuando se sucede media docena de ellos; pero, claro, aquí la responsabilidad es compartida con la dirección…

Decía que la originalidad y la estética suponen los principales valores de este Adela, y no solo. Casi más encomiable es el simple hecho de que cuatro jóvenes exalumnos de la RESAD se atrevan a emprender un proyecto teatral y lo saquen adelante. Y olé.

– Dramaturgia: Rosel Murillo Lechuga.

– Dirección: Antonio Domínguez, Rosel Murillo Lechuga.

– Reparto: Lucía Astigarraga, Víctor Algra.

– Realización de escenografía: Andrés Murillo, M. Ángel Potenciano.

– Realización de vestuario: Azucena Calzada.

– Producción: Barluk Teatro.

– Sala: Teatro Fernán Gómez (sala dos), Madrid.

Las cabezas

4estrellasEl nombre

Lo malo de las cabezas (las pensantes) es que van por libre. Lo malo, con alguna excepción.

Eduardo Mendoza lo clavó en El misterio de la cripta embrujada: “El subconsciente, además de desvirtuar nuestra infancia, tergiversar nuestros afectos, recordarnos lo que ansiamos olvidar, revelarnos nuestra abyecta condición y destrozarnos, en suma, la vida, cuando se le antoja y a modo de compensación, hace las veces de despertador”.

Pero la mente, aparte de la de alarma horaria, tiene otra función especialmente útil: aquella por la que asocia ideas nuevas a otras ya almacenadas, que, si te pilla despierto, te permite darte cuenta de que se parecen.

La última de mi subconsciente a este respecto me pilló despierta, porque estaba disfrutando con El nombre en particular y porque no tengo por costumbre dormirme en los teatros en general. Y gracias a eso les puedo contar que la pieza de Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière tiene bastante en común con Un dios salvaje, de Yasmina Reza, y con ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee.

El nombre

Antonio Molero, Jorge Bosch, Kira Miró, Amparo Larrañaga y César Camino en una imagen promocional de ‘El nombre’. (Sergio Parra)

Lo más evidente, se desarrolla como ambas en un único ambiente, que es la sala de estar de la vivienda de una pareja. En los tres casos las parejas tienen invitados y en los tres casos la reunión hace aflorar conflictos personales y de personalidades. Además, las tres obras han sido llevadas al cine; en el caso de El nombre, lo hicieron sus propios autores en 2012.

Como la de Reza, esta transcurre en clave de comedia. Una de sus virtudes es que mantiene el interés a lo largo de toda la función y que la carga cómica no decae. Otra, que pasa con mucha naturalidad de un asunto a otro, a pesar de que no son pocos los que se tratan y de que salpican a los cinco personajes. Tampoco el texto resulta evidente ni predecible, y Jordi Galcerán ha sabido sacarle el máximo partido con su versión, trasladando todas las referencias necesarias. Flojea, eso sí, en el recurso fácil al narrador (aquí, uno de los protagonistas, Vicente) para plantear la trama y, sobre todo, para resolverla.

Creo que no lo mejoran los vídeos que se proyectan para ilustrar lo que Vicente va relatando, aunque debo admitir que tengo una especial manía al uso de audiovisuales en teatro… salvo cuando se integran en la función. Tampoco me convenció la escenografía, demasiado recargada; entiendo que pueda estarlo en tanto en cuanto se trata el salón de un matrimonio de clase media con hijos pequeños, pero llega a agobiar, hay momentos en los que incluso dificulta el seguir a los personajes. Y creo que peca, igual que la iluminación, de obvia.

La producción, sin duda, se sustenta, además de en el texto, en el reparto. Están maravillosamente creíbles Amparo Larrañaga, Antonio Molero, César Camino, Jorge Bosch y Kira Miró, los cinco actores que lo componen y hay que apuntarle un nuevo tanto a Gabriel Olivares, que en los últimos años ha demostrado tener un don para dirigir comedia.

Autores: Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière.

Versión: Jordi Galcerán.

Dirección: Gabriel Olivares.

Reparto: Amparo Larrañaga, Antonio Molero, César Camino, Jorge Bosch, Kira Miró.

Escenografía: Joan Sabaté.

Iluminación: Txema Orriols y Daniel Navarro.

Producción: Carlos Larrañaga Franco, Nicolás Belmonte, Alicia Álvarez, Marisa Pino.

Sala: Teatro Maravillas, Madrid.