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"Sin música, la vida sería un error". (Friedrich Nietzsche).

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Vida de un periodista musical (II): de fiesta en Ibiza

Ser periodista tiene sus particularidades. Para bien y para mal. Cobras un sueldo de risa, pero entras gratis a los conciertos y te mandan discos. Curras en horarios extraños, pero el ambiente de las redacciones es distendido y único. A veces te toca escribir temas de mierda, pero generalmente haces lo que te gusta. Y a veces, sólo a veces, te surgen cosas de lo más curiosas.

Lunes. Suena el teléfono en la redacción. Alguien me quiere vender la clásica moto para que le dé cancha en el periódico. Pero esta vez la propuesta suena de lo más interesante: para promocionar su campaña «Vive Ahora», Ron Barceló va a ofrecer a 200 universitarios un plan de lo más freak. Con lo puesto y sin pasar por casa, se tienen que montar en un autobús que les llevará al aeropuerto, y de ahí, a Ibiza, a pegarse la fiesta de su vida en Pachá. A la mañana siguiente, todos de vuelta a gozar de la resaca en casita. Y quieren contar conmigo. Suena bien. Me apunto. A vivir ahora pues.

Viernes por la mañana. Ciudad Universitaria de Madrid. El cabrón de Alan, el cámara del periódico con el que viajo, me obliga a coger la alcachofa y presentar el vídeo, pese a que le dije que no lo haría. Pronto me doy cuenta de que no soy Pablo Carbonell. Es mi primera incursión televisiva y, como tal, lo hago como el culo. Intento captar declaraciones de alguno de los afortunados. El cámara de Antena 3 me aparta el micrófono cuando trato de grabar a una muchacha a la que ellos también están entrevistando. «Cada uno que haga sus propias entrevistas», me espeta. Me callo porque mi experiencia en el campo es nula y quizá hasta tenga razón. Pero me quedo con las ganas de decirle que es un caranabo y que su cadena apesta (aunque esto último seguro que ya lo sabe él).

Es curioso ver la cara de la gente cuando le das un billete gratis. Está la pija que no se lo cree y balbucea initeligiblemente, la que tiene un problema con su novio porque habían quedado para celebrar su aniversario, el que lloriquea porque no quedan más plazas y te da la brasa para que le metas en el lote… De todo un poco. Un negro de titánicas rastas y ojos inyectados en sangre me comenta, a dos centímetros de mi cara, que él «da el perfil perfecto para un viaje así», y que no entiende por qué se ha quedado fuera. Pero le da igual. Se parte el culo.

Viernes por la tarde. Barajas es un hervidero de jóvenes con ganas de parranda. Ya en la terminal se monta el primer botellón. Nos suben a un avión exlcusivo que, tan pronto toma altura, se convierte en una discoteca flotante. Copazos, house, azafatas de buen ver. Todavía me estoy preguntando cómo coño subieron algunos tantas botellas de alcohol de toda condición. ¿Qué clase de seguridad es esta, señores de Barajas? ¿Me hacéis quitarme hasta las zapatillas y luego todo Dios os cuela botellas a tropel? Indignado estoy.

Noche del viernes. Ibiza es un lugar curioso. En el trayecto en taxi del aeropuerto a Pachá sólo veo vallas publicitarias que anuncian Djs, fiestas y discotecas. Tiesto por aquí, Carl Cox por allá. Y apartamentos, muchos apartamentos blancos por todas partes. Me incomoda la idea de que no voy a ver más que un triste garito. Me duele pensar que, a pocos kilómetros, ha de haber calas de ensueño de las que no voy a poder disfrutar. Pero qué coño, ya que nos traen aquí, pasémoslo bien con lo que hay, que no es poco.

Si hay algo que me llevó a decir que sí a este viaje fue la convicción de que, de no ser por una cosa así, nunca pisaría un sitio tan alejado de mis gustos como Pachá Ibiza. Una vez visto, lo certifico: es una discoteca como otra cualquiera. Eso sí, bastante más cara (la entrada ronda los 50 euros). Los chavalotes y chavalotas bailan lo que les echen. Muchos llevan un ciego de colores, pero su comportamiento es, por lo general, modélico. «¡Qué cabrón, cómo vivís los periodistas!» me grita uno entre risas. «Pues nada, ya sabes lo que tienes que estudiar», le contesto. Luego me cuenta que va para ingeniero industrial. Nadará en billetes de aquí a unos años, el mamón.

Hablo con un grupo de japoneses y otro de filipinos que, desde la zona vip, observan la escena sin mover un dedo. «¿Qué hacéis aquí?» les pregunto. Sonríen tímidamente. Se miran unos a otros. «Disfrutar de la noche de Ibiza» contestan finalmente. Me pregunto si en su país no habrá nada parecido como para tener que pegarse semejante paliza de viaje. Y encima ni se mueven. Ver para creer.

Ocho de la mañana del sábado. Mi habitación del Hotel Pachá parece sacada de la mansión de Al Pacino en Scarface. Sólo le falta un kilo de farlopa sobre la mesa y tres fulanas en el ostentoso sofá, de un blanco tan impoluto que hace daño a la vista. En el mueble, decenas de objetos de merchandising de las omnipresentes cerecitas de los huevos. No se pueden tocar: a poco que el precinto sufra el más mínimo desperfecto, me lo cargarán en la tarjeta. No saben ni nada. Caigo rendido en una cama inmensa. Mañana será otro día. Bueno, hoy. O dentro de un rato.

A las tres horas estoy montado en el avión de camino a casa. Por algún tipo de milagrosa razón (probablemente la calidad del alcohol), no tengo resaca. Cero. Debo estar malacostumbrado al garrafón. Al llegar a Madrid escribo estas absurdas líneas y me echo a dormir, no sin antes agradecer al fiel lector que haya sido capaz de tragarse, enterita, esta deslabazada crónica de tan absurdo fin de semana.

Ah, y gracias también a Ron Barceló por el etílico viaje.