Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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La guerra contra las mujeres del Congo: Vumilia Balangaliza

Entro a una chabola de chapa y madera situada en el barrio de Panzi, muy próxima a la frontera que separa al Congo de Ruanda. Vumilia Balangaliza, su inquilina, me dice que pase. La encuentro recostada junto al menor de sus hijos, bajo la raída mosquitera que cubre la cama de su habitación.

No sé si es debido a mi presencia, pero el pequeño se despierta. Un niño de piel anaranjada, albino, con el sino que eso significa en África. Se llama Patience. Tiene nueve meses de edad.

Ella lo acaricia, le susurra al oído. Como el bebé insiste en quedarse con nosotros en la vigilia – dos grandes ojos resplandecientes en la penumbra -, Vumilia se levanta la camiseta y lo amamanta, al tiempo en que continúa musitándole palabras de cariño.

Es una de las escenas más conmovedoras de las que he sido testigo en mi vida de reportero, como todo aquello que luego presencio en la precaria vivienda: el hijo mayor de Vumilia la ayuda a vestirse. Luego, ella sirve la comida, alubias con agua, sobre una tambaleante mesa de madera que se erige en medio de un salón austero, en el que apenas se encuentra unos cacharros para lavar la ropa y algunos afiches amarillentos pegados sobre las paredes.

Los rastros del horror que las mujeres violadas por las milicias hutus se descubren mucha veces en sus miradas profundas, ausentes por momentos.

En el caso de Vumilia, el legado de la barbarie, del odio, de la bestialidad, resulta mucho más evidente: habla, sosegada, dolida, perpleja, en esos brazos incompletos, anudados en los extremos, carentes de manos, con los que lucha por sacar adelante a sus hijos.

Mendigar para vivir

“Vivía con mi marido en Bunyakiri, el pueblo en el que nací. Él era comerciante y yo me dedicaba a cultivar la pacerla que teníamos. Una noche llegaron soldados hutus. Me sacaron de mi casa, me arrastraron por la selva y me violaron”, explica Vumilia. “No sé por qué, y todos los días me lo pregunto, sacaron sus machetes y me cortaron los brazos”.

Los niños salen a jugar con otros pequeños del barrio de chabolas. Ella deja a Patience con una vecina y parte hacia el mercado de Panzi.

A diferencia de otras mujeres a las que he entrevistado, Vumilia tuvo la suerte de que su marido no la abandonara. Él permaneció a su lado. Eso sí, como muchos otros desplazados por la guerra, carece de empleo. Sobreviven gracias a los escasos francos que ella consigue mendigando.

La sigo por calles sinuosas, enrrevesadas. Entra a las tiendas con su bolso abierto, sujeto entre los brazos. Ese bolso de cuero arrugado y viejo en el que cae de vez en cuando un billete. Algunas miradas de desprecio, de reprobación. Algunos silencios. Pero ella no se detiene.

“Si pudiera tener prótesis para los brazos, mi vida sería distinta. Podría trabajar, podría cuidar mejor de mis hijos”, me dice Vumilia mientras continuamos el peregrinar por las tiendas, por las paradas de autobuses, al tiempo en que comienza a atardecer y una marea de trabajadores humildes, de mujeres cargadas de bártulos, abarrota la carretera de tierra roja al regresar al barrio de chabolas.

Crímenes de guerra: soldados de EEUU violan y matan a una niña

De todos los crímenes de guerra que hemos repasado de soldados de EEUU en Irak, éste resulta sin dudas el más perturbador.

Claro que tratar de conmensurar el dolor ajeno, el horror de esas vidas arrebatadas sin sentido, es un ejercicio fútil. Porque la muerte de cada inocente constituye en sí, no un daño colateral e inevitable, sino un hecho vil.

Una vida que ya no estará. Y cuya ausencia dispersa el dolor, la sensación de rabia e indefensión, entre la población local como la piedra que cae en un estanque de agua.

Pero el asesinato de Abeer Qasim Hamza, de 14 años de edad, se presenta hondamente repugnante, por la alevosía, la premeditación, la frialdad y el sadismo con que fue perpetrado, a diferencia de los crímenes de Haditha, Thar Thar y Hamdania, que tuvieron lugar en esas mismas fechas.

El miedo

Abeer Qasim Hamza no era una joven que destacara por su belleza. Alta, delgada, su tío la describe como una “chica ordinaria”.

Sin embargo, tuvo la desgracia de llamar la atención de los seis soldados de EEUU que controlaban el puesto de control situado a unos 200 metros de su casa, en la salida de la ciudad iraquí de Mahmudiya, ubicada al sur de Bagdad.

Según narra un vecino, Abeer le dijo a su madre el 10 de marzo de 2006 que los soldados habían intentado propasarse con ella. Y Fakhriyah, la madre Abeer, había visto en varias ocasiones cómo se comían con los ojos a su hija, cómo le levantaban los pulgares y le gritaban very good, very good, cuando la joven pasaba por allí.

Como tenía miedo, le preguntó al vecino si la niña no se podía quedar a dormir en su casa durante las noches. Omar Janabi, el vecino, recuerda que accedió y que le dijo a la madre, para tranquilizarla, que “los soldados estadounidenses no hacen esas cosas”.

Tampoco el padre de Abeer le dio excesiva importancia al asunto al afirmar que la “niña es demasiado pequeña”.

Asesinato y violación

Pero los soldados de EEUU sí se comportaron de la forma más brutal imaginable. Soldados de la 101 División Aerotransportada, con base en Fort Campbell (Kentucky), que habían registrado la casa en varias ocasiones en “busca de terroristas”.

Se pusieron ropas oscuras para no ser identificados, salieron del puesto de control y entraron a la vivienda de la familia Qasim.

Metieron a los padres de Abeer y a su hija pequeña de siete años en una habitación contigua y uno de los hombres los mató. Después, tres de ellos se turnaron para violar a la niña.

Cuando terminaron le destrozaron la cabeza y le quemaron el torso y las piernas para borrar posibles evidencias.

La venganza iraquí

Al principio, el Ejército de EEUU echó la culpa a la insurgencia. Un traductor militar estadounidense le dijo a Mahdi Obeid Saleh, primo de Abeer, que “eso les pasaba por dar cobijo a terroristas”.

Y la verdad del asunto se comenzó a saber cuando miembros del Consejo Muayahidín de la Sura, una de las seis organizaciones suníes islámicas que en Irak luchaban contra la ocupación, se vengaron de los sucedido a Abeer.

Mataron a un integrante del mismo cuerpo militar, David J. Babineau, y decapitaron a otros dos: Kristian Menchaca y Thomas Lowell Tucker. Fue entonces cuando un soldado habló a un consejero castrense de lo sucedido en Mahmudiya.

Los culpables

Los dos hermanos varones de Abeer se salvaron porque estaban en la escuela. Uno de ellos, Mohammed, de 13 años, declaró que había visto a un militar pasar el dedo por la cara de su hermana en el puesto de control.

Ese era Steve Green, de 21 años, soldado raso considerado el principal responsable de lo ocurrido. Las confesiones señalan que fue él quien disparó a sangre fría a los padres con un AK 47, a su hija y a la propia Abeer.

Sus cómplices fueron tres hombres. James Barker, que el 15 de noviembre de 2006 se declaró responsable de violación y asesinato para evadir la pena de muerte siendo condenado a 90 años de prisión. El sargento Paul Cortez también asumió su culpa, por lo que recibió una sentencia de 100 años. Ambos podrían salir bajo fianza dentro de una década.

El tercero en cuestión, Jesse V. Spielman, se declaró no culpable de los cargos más graves, por lo que fue el único en enfrentarse al tribunal militar. Afirma que no violó a Abeer, que sólo le tocó el pecho cuando estaba muerta, aunque sí sabía del plan y sí acompañó a los otros.

Durante el juicio salió a la luz que los soldados habían estado hablando en el puesto de control, mientras bebían whisky irakí y jugaban a las cartas, de “matar iraquíes” y de “follar”. Temas recurrentes en sus conversaciones.

Otro de los imputados, Bryan Howard, señaló que cuando los hombres volvieron al checkpoint, los escuchó decir “eso fue asombroso”, “matamos a una familia“, y que uno de ellos saltaba en la cama.

Paul Cortez admitió que odiaba a los iraquíes, incluidas las mujeres. Un elemento que salió a relucir una y otra vez en el juicio por parte de numerosos testigos: el odio a los locales, a los que llaman “haj”, y de quienes no distinguen a civiles de combatientes.

Cuando a Barker se le preguntó si el odio de Green era distinto al del resto, dijo que la única diferencia era que lo expresaba más a menudo.

“Vine porque quería matar”

Originario de Texas, cuando en enero de 2005 Steven Dale Green se alistó en el ejército se le retiraron los cargos que pesaban en su contra por abuso de alcohol y drogas. Un procedimiento conocido como moral waiver (renuncia moral) y que benefició a 34,476 reclutas sólo en 2006 a los que se les perdonaron desde infracciones tráfico hasta delitos graves.

Nueve meses más tarde estaba en Irak, donde poco tiempo duró, ya que lo dieron de baja en mayo de 2006 por “comportamiento deshonroso y antisocial” antes de que se supiera nada de la violación y asesinato de Abeer. Crimen acerca del cual Bryan de Palma estrenó en 2007 una película llamada “Redacted”.

Al encontrarse fuera del Ejército, Green va a ser juzgado por la justicia ordinaria de su país en abril de 2009. Hasta ahora se ha declarado inocente. Su abogado ya ha dicho que alegarán enajenación mental.

Un artículo de The Washington Post cita estas palabras de Green: “Vine porque quería matar gente… La verdad es que no es para perder la cabeza. Quiero decir, pensé que matar a alguien iba a ser una experiencia que te iba a cambiar la vida. Y cuando lo hice, me dije: Muy bien, lo que sea”.

“Maté a un tío que no quiso parar en el puesto de control y fue como si nada… Matar gente aquí es como pisar una hormiga. Quiero decir, matas a alguien y es como decir ok, vamos a comprar pizza”.