Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Enterrar a los muertos en Nicaragua

Continúo con mi recorrido a través de las zonas afectadas por el huracán Félix. En Pahara, en Santa Marta, en Sisín, en Krukira, en Dakura, una y otra vez escucho el testimonio de aquellos que lamentan a sus difuntos. Inteto vislumbrar la dimensión humana de esta tragedia, para que supere el umbral de las cifras, de esos números que de tanto repetirse ya no significan nada: doscientos muertos, cien desaparecidos, 180 mil personas sin hogar…

“El techo de nuestra casa se cayó sobre mi madre y la mató. Mi hijo, que estaba pescando en el mar, desapareció. Pensamos que podría estar en Honduras, en el hospital, donde el huracán llevó a muchos pescadores. Pero él no estaba en la lista de los hospitales”, me dice Berta. Advertido por Avelino Cox, evito preguntarle por los nombres de los difuntos, ya que en la cultura mizkita es considerado un agravio mencionarlos. La gente aquí se refiere a ellos como “mi vecino”, “mi hijo”, “mi amigo”.

Según me explica Avelino – uno de los más prestigiosos teóricos de la cultura local, autor de numerosos libros – cuando una persona muere, tanto las ancianas de la familia como las niña, elaboran un hilo de fibras vegetales que conduce de la casa del difunto al cementerio (si en la labor participase una mujer en edad fértil, podría contaminar el ritual, debido a la aprensión que en esta cultura se tiene por la menstruación).

Al mes de la muerte, siguiendo ese hilo, el cadaver es llevado al lugar donde será enterrado mientras el chamán recita oraciones y los vecinos entonan cánticos elegíacos. En esta ocasión, debido a la indigencia en que han quedado sumidos todos tras el paso del huracán, y por el miedo a epidemias, los muertos fueron devueltos a la tierra con premura.

“Lo más duro es la gente que se perdió en el mar, más de cincuenta pescadores. No se los pudo enterrar”, afirma Avelino. “Para el mizkito, vivir junto a sus muertos es muy importante. Por eso cuando los 60 mil mizkitos que fueron desplazados por los sandinistas durante la guerra pudieron finalmente volver a sus tierras, lo primero que hicieron fue correr al cementerio a llorar a sus fallecidos y a pedirles perdón”.

“El hijo de Berta era el marido de Ángeles”, me dice Adolfo Pineda, líder de la comunidad en Pahara, al tiempo en que señala a una joven que está de pie frente a lo poco que ha podido reparar de su casa gracias a un plástico de la cooperación de EEUU (ese país que siempre fue tan generoso con Nicaragua, primero al apoyar durante 42 años a la dictadura de los Somozas, después al financiar a los contra). “Su marido tenía 17 años. Despareció cuando estaba faenando en el mar. Ella tiene 18. Está embarazada”, continúa Adolfo.

Nos acercamos a Ángeles, pero no quiere hablar. Ausente, con la mirada perdida en el suelo, apenas musita unas palabras. Después permanece en silencio. Ese mismo silencio lóbrego, cargado de dolor, que se ha posado sobre tantas vidas tras el paso del huracán Félix.

Continúa…