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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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En los túneles de Gaza

“Israel está exagerando la amenaza de los túneles. Es parte de su guerra de propaganda. ¿Qué se cree que pasan por allí: tanques, misiles tierra aire? Porque si es así, aún no hemos visto a Hamás utilizar este armamento”, afirmaba y se preguntaba hace unos días un analista en Al Jazeera.

El 22 de julio de 2006, cuando estábamos en este blog en Gaza, pudimos adentrarnos en uno de esos túneles, que se han convertido en uno de los objetivos de la actual ofensiva del Tsahal, y cuya desaparición constituye una de las principales exigencias de Israel en caso de que acepte el alto el fuego de la Resolución 1860 del Consejo de Seguridad y se retire de la franja.

Desde entonces, EEUU ha dado 23 millones de dólares a Egipto para que termine con ellos. Medida que no parece haber dado frutos, pues los túneles, que además de armas han servido para el tráfico de personas, animales y mercancías como cigarrillos, se han multiplicado.

Hay otros reportajes sobre estos túneles, como del de Paul Martin para The Times, o como el de Zouheir Alnajjar para Collective Journalism, que pueden servir para comprender mejor este fenómeno, y tratar de valorar si las afirmaciones del analista que aparecía en Al Jazeera son acertadas o no.

A continuación, el reportaje que realizamos en los asfixiantes pasajes subterráneos que conducen de Gaza a Egipto:

Jaled Kishta, de 39 años de edad, pertenece a una de las dos principales familias que se dedican a cavar túneles en Rafah, localidad situada junto al corredor que separa Gaza de Egipto. Un negocio sumamente lucrativo, que ha convertido en millonarios a varios de sus parientes. Según sus estimaciones, hay entre 20 y 30 túneles principales que cruzan la frontera. Y más de 300 pasajes secundarios que se van abriendo desde distintas localizaciones para despistar a las autoridades, y que suelen conectarse a los túneles principales.

“Si por un AK 47 pagas 400 dólares en el extranjero, al fusil que entra por un túnel debes agregarle otros 200 dólares. Y organizaciones como Hamás hacen grandes pedidos, de miles de fusiles –explica Jaled–. Esta primera ganancia se reparte por partes iguales entre los excavadores. El dueño del túnel, además de su porción de los beneficios, aprovecha para ingresar otro cargamento similar que luego venderá por su cuenta en el mercado negro”.

“En 1982, Israel y Egipto llegaron a un acuerdo por el que dividieron a Rafah en dos. Familias como la mía quedaron separadas. Así que fueron las primeras en empezar a cavar túneles entre las casas que estaban situadas a uno y otro lado de la alambrada”, cuenta Jaled.

La segunda Intifada, que empezó en el año 2000, llevó a que el Ejército israelí luchara con mayor ahínco por terminar con el tráfico ilegal de armas a través de los canales subterráneos. Decenas de viviendas próximas a la frontera fueron destruidas para evitar que en su interior se cavaran túneles. “Mi propia casa, que estaba en primer línea, fue demolida –afirma Jaled–. Pero eso no sirvió para detener el contrabando. Ahora se buscan lugares más alejados, más originales”.

Tras la retirada de Israel de la franja de Gaza, la presión ha recaído sobre Egipto, que intenta poner fin al tráfico en la zona. Las personas detenidas por colaborar con esta actividad reciben condenas que alcanzan los 30 años de prisión.

“Desde que se fueron los judíos, aquí se trabaja con tranquilidad. La Autoridad Palestina no se mete con nosotros. El problema lo tenemos del otro lado. Lo que hacemos es que los túneles salgan a la superficie en medio de los cultivos y tomamos todas las precauciones posibles para que no sean descubiertos”, explica Jaled.

Estima Jaled que doce excavadores han muerto en los túneles desde 1982. Las principales razones han sido los derrumbes y las descargas eléctricas producidas al entrar en contacto los sistemas de iluminación con la humedad de la tierra. En los últimos tiempos, el Ejército egipcio comenzó a inyectar gas venenoso en el interior de los pasajes subterráneos. Dos primos de Jaled perdieron la vida intoxicados.

A pesar de todo, el comercio continúa. “Para los jóvenes es una gran oportunidad de ganar dinero –señala Hammad–. Aquí no hay empleo, no hay forma alguna de progresar. La vida tiene muy poco valor. Si no te matan en un ataque, te mueres de hambre. Así que los chicos piensan que, si tienen que morir, lo mejor es que sea tratando de hacer algo útil”.

Además de contratar los servicios de familias como las de Jaled, que cuenta con unos 12.000 integrantes solamente del lado palestino, para que les traigan rifles y explosivos, Hamás construye sus propios túneles, que son utilizados para llevar a sus hombres a ser entrenados en el extranjero o para cometer atentados, como el que planeaban el pasado 25 de junio cuando secuestraron al soldado Gilad Shalit.

La historia de un excavador

Abu Hammad es un joven corpulento, de grandes manos, curtidas, manchadas de tierra, que tiene tres hijos y que acaba de cumplir 31 años. Comenzó a trabajar en los túneles en el año 2002: “La cosa empezó por casualidad. Vi que en la casa de un vecino había varios hombres que entraban todas las noches. Como conocía a uno de ellos, me acerqué para preguntarle qué era lo que estaban haciendo. Y fue entonces cuando me ofrecieron que trabajara para ellos, que formara parte del grupo”.

De la primera experiencia en un túnel no tiene buenos recuerdos: “Hacía mucho calor, me costaba respirar. Tuve que echarle cojones para que no pensaran que estaba asustado –dice–. Pero con el tiempo me fui acostumbrado y ahora me siento muy cómodo. Paso trece horas al día en su interior sin ningún problema”.

Los grupos que trabajan bajo tierra suelen tener unos diez integrantes. Cantidad ésta que se puede llegar a duplicar en situaciones excepcionales, cuando hay un pedido urgente y el túnel tiene que estar operativo en el menor tiempo posible.

Para construir un pasaje subterráneo de un kilómetro, la medida habitual de los que avanzan hacia Egipto, tardan por lo menos seis meses. El jefe de la operación cubre los gastos de materiales y alimentos, además de poner la casa o el invernadero desde el que se realiza la obra. Una vez que ha pasado la mercancía, descuenta la inversión del beneficio final.

“Del lado palestino progresamos a buen ritmo, unos diez metros al día, porque hacemos túneles estrechos, de 80 centímetros de alto por 60 de ancho. El problema lo tenemos del lado egipcio. Ahí no podemos utilizar motores para sacar la tierra porque los soldados nos escuchan. Y hacemos túneles de mayor tamaño, para traer las mercancías lo más rápidamente posible”, precisa Abu Hammad.

Se suele creer que los equipos están dirigidos por arquitectos e ingenieros. Pero esto no es cierto. Los jóvenes, en su mayoría de origen humilde, carentes de estudios, trabajan guiados por el conocimiento que ha pasado de unos a otros a lo largo de los años.

“Cavamos hasta dar con la tierra más firme. Pasamos la arena hasta que la encontramos. A veces, a tres metros de profundidad, otras, a quince. Depende de la zona –explica Abu Hammad–. Lo importante para nosotros es trabajar con un material firme, para evitar así los derrumbes, aunque sea más difícil de excavar”. Una vez que han alcanzado la profundidad adecuada, avanzan guiados por una brújula. Y, cada diez metros, sacan tubos de metal a la superficie que actúan como sistema de ventilación.

Lo que sí hacen es jurar sobre el Corán que no revelarán a nadie el trabajo que realizan. Y cada uno se especializa en una función. Abu Hammad se encarga habitualmente de los motores. Hasta el momento ha participado en tres operaciones. Cuando el túnel está terminado, el dueño les quita los teléfonos móviles y los obliga a permanecer en su interior para prevenir así posibles soplos a las autoridades israelíes. Sólo él sabe cuándo pasará la mercancía.

Abu Hammad ha construido tres pasajes subterráneos. Recuerda la ocasión en la que, además de armas, entró una familia. El padre y los niños lo lograron. Pero la madre fue detenida en el último instante por las autoridades egipcias. También tiene presente la ocasión en la que tuvieron que comprar a unos soldados egipcios que los descubrieron.

Ahora trabaja para reabrir un túnel utilizado hace tres meses para traer armas. Dice que está cansado de este oficio, que no ha ganado tanto dinero como creía, y que espera dar un buen golpe que le permita

retirarse: “Mi mujer pensaba que tenía un puesto como camarero en un restaurante de Jan Yunis, pero un día tuve que contarle la verdad, ya no le podía seguir mintiendo –afirma con evidente desazón–. La operación que más me hizo ganar fue hace dos años: me dio 10.000 dólares, con los que abrí una tienda. Ojalá logre retirarme pronto. Me preocupa que algo me pueda pasar y que mis hijos se queden sin padre”.

Huir de Gaza, desaparecer a toda costa

Otra historia que se repite. Ayer, los cortes de luz, la falta de agua, medicinas y alimentos. Hoy, la estampida humana provocada por la presión de Israel sobre los habitantes de Gaza, idéntica a la que presencié en julio de 2006, cuando esta concatenación de tragedias humanas y sádicas prácticas políticas acababa de comenzar tras el secuestro del soldado Gilad Shalit.

La desesperación empujaba a la gente a tratar de huir de Gaza. Niños, mujeres, ancianos. Enfermos, heridos. Se acercaban cada día al puesto fronterizo de Rafah, supervisado por la UE, controlado por la Autoridad Nacional según el acuerdo firmado con Ariel Sharon en 2005, pero dominado de facto por Israel.

Miles de personas que pugnaban por huir. Masas que se amontonaban, que se empujaban, imbuidas en el tórrido calor, para escapar del horror de la mísera vida, bajo las bombas y el embargo, del infierno de 365 kms2 llamado Gaza.

Los observadores de la UE estaban indignados, fuera de las declaraciones oficiales, por la actitud del gobierno de Israel, que abría y cerraba la frontera a su antojo, que jugaba con esa gente que, teniendo pasaporte extranjero, deseaba irse de una vez por todas de esa Gaza que prometía ser próspera y libre tanto durante el comienzo de los Acuerdos Oslo, como en el 2005, tras la “desconexión” de los colonos israelíes.

Cuando la presión fue tanta, como está sucediendo ahora, se abrieron varios huecos en la verja y la gente corrió hacia Egipto. Una mujer moría como consecuencia de los disparos de un helicóptero hebreo.

Los túneles de Hamás

Leo en la prensa israelí los detalles sobre la noticia. No me sorprende descubrir que los titulares muestran preocupación, no por el drama palestino, sino por el posible ingreso de “armas y terroristas”. Aunque lo cierto es que se trata de una alarma infudada. Gaza está plagada de armamentos, desde AK47 hasta RPG, ya que entran por esos túneles que pude recorrer.

Eso túneles angostos, asfixiantes, que reptan por las entrañas de la tierra hasta Egipto desde el interior de las casas palestinas. Esos túneles por los que comenzó el primer gran castigo contra Gaza, la Operación Lluvia de Verano, ya que a través de uno de ellos salieron los miembros de los Comités Populares de la Resistencia que secuestraron a Gilad Shalit para cambiarlo por las mujeres y niños que están en prisiones israelíes.

Un secuestro que dio la excusa a Ehud Olmert para cerrar la franja a cal y canto, y para recrudecer los ataques que ya llevaba varios meses articulando a pesar de la tregua de Hamás. Recordemos la horrorosa y gratuita muerte de la familia Galia.

¿La oscuridad como metáfora?

Ayer me preguntaba si la oscuridad de Gaza, oculta del mundo bajo el manto de la penumbra producido por la ausencia de corriente eléctrica, no sería una metáfora del deseo de no ver, de no sentir la más mínima empatía, de negar la realidad, ante el sufrimiento de tanta gente inocente (como algunos de los comentarios vertidos en este blog dejaron “ver”).

Pero lo cierto es que no hacen faltan sombras ni vendas para que haya quien se muestre insensible ante el sufrimiento palestino. Es más, al ser testigo de la falta de proporción que suele caracterizar desde siempre a la respuesta israelí, creo que en algunos – lo repito, ¡algunos! – hay un deseo inconsciente de llevar a los palestinos al punto de claudicar ante la falta de apoyo del mundo, ante la histórica injusticia que padecen, de empujarlos a que lo dejen todo y se marchen.

Como comentaba alguien en este foro: “Los palestinos perdieron la guerra, Israel conquistó el territorio, que se marchen con sus hermanos árabes y que nos dejen en paz”. O como subrayaba hoy un lector del Jerusalem Post: “¡Excelente, que se vayan!”.

Parece que en eso están.