Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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El placer de volar a Somalia

Hace tres semanas me dirigí a una agencia de viaje en Nairobi con la intención de comprar un pasaje rumbo a Hargeysa, capital de Somalilandia. Sabía, porque un colega de The Independent lo había tomado no hace demasiado tiempo, que había un vuelo que hacía la ruta parando en Mogadiscio. Sí, Mogadiscio.

“Paras en Mogadiscio unos minutos. Se baja gente, sube gente y despega”, me comentó con respecto al que debe ser en estos momentos el aeropuerto más peligroso del mundo. “Cuando yo lo tomé se bajó un europeo y todos lo miramos pensando que se había equivocado o que se había vuelto loco”.

El vuelo en cuestión es de la prestigiosa compañía African Express Airways. Tan “prestigiosa” que Rinu, la encargada de la agencia de viaje del hotel Fairview nunca ha oído hablar de ella. Ignorancia que la obliga a hace un par de llamadas de teléfono y buscar en Internet hasta que da con el número adecuado. “Sale los domingos y vuelve los lunes”, me explica tapando el auricular.

– O te quedas un día o una semana – reflexiono en voz alta dando cuenta de agilidad mental y de asombrosa familiaridad con las matemáticas y la física cuántica.

– La ruta exacta es Nairobi, Mogadiscio, Berberá, Adén y Sharjah. A la vuelta hace el mismo recorrido pero con una parada en Wajir – continúa Rinu, que es keniana de ascendencia india y que tiene la cara salpicada de lunares-. ¿Te interesa?

– Te diría que me interesa, pero sacando Nairobi y Mogadiscio no tengo ni idea de dónde quedan los otros sitios.

Vuelo directo

Dos o tres horas de posterior investigación en Internet bastarán para poner a cada lugar en el mapa. El aeropuerto de Hargeysa, mi destino, resulta demasiado pequeño para el McDonnell Douglas DC-9 de African Express Airways, así que debe volar a la vecina Berberá.

La pista de aterrizaje y despegue de esta ciudad portuaria fue construida por los soviéticos y es una de las más grandes de África, hasta el punto de que entre 1970 y 1991 funcionó como alternativa de emergencia para el Transbordador Espacial (durante la guerra de Ogaden la URSS pasaría a apoyar a Etiopía y los EEUU a Somalia).

Cuando le comenté a mi amigo periodista acerca de Berberá su respuesta fue: “Sí, está muy bien, te permitirá ver cómo es la vida de los pescadores somalíes sin piratería, no como en Bossaso. A Hargeysa se tarda tres horas en coche. Si no te secuestran, la ruta es alucinante. El día que yo la tomé se levantó viento y aquello parecía el fin del mundo”.

Con respecto a Adén, se trata de una ciudad yemení. La última etapa del viaje, Sharjah, es uno de los siete Emiratos Árabes Unidos, que al no tener extravagancias inmobiliarias o cadena de televisión internacional moraba en la vasta y sombría geografía de mi ignorancia. Wajir, por su parte, es un alto obligado por el gobierno de Kenia, al regresar a Nairobi, para que la aeronave sea inspeccionada en prevención de los posibles atentados terroristas con los que Al Shabab se dedica a amenazar.

– Cuesta ochocientos cincuenta dólares – sigue Rinu, vinculada aún a través del teléfono a las oficinas de African Express.

– ¡Lo mismo que ir a España! -, exclamo indignado.

– Impuestos no incluidos-, agrega.

Lo cierto es que mi “indignación” es un poco forzada, de orgasmo de línea erótica, para ver si provoca un descuento. De algún modo lo veía venir, pues la historia se repite con asombrosa precisión: mientras menos te apetece subirte a un determinado avión, mientras más piensas que deberían pagarte una fortuna para hacerlo, mayor es el precio. Una paradoja que se da en general en las zonas de conflicto – donde hoteles, coches y traductores suelen costar auténticos dinerales -, y que te duele tanto en el bolsillo como en la autoestima. Te hace sentir el Airbus A-380 de los gilipollas.

Entre morteros y secuestros

Hablando de aviones, African Express tiene entrada en la Wikipedia. Allí se afirma que es la línea aérea privada más antigua de Kenia, algo que no desmiente el aspecto de sus aviones ni el modernísimo diseño del logo que ostentan.

Se supone que su flota suma seis aeronaves, pero lo cierto es que cinco son compartidas o tienen alguna historia con otras líneas aéreas, por lo que el único avión de uso exclusivo es el DC-9 que vuela a Somalia y que según los registros era propiedad de Iberia, por lo que es posible que hasta tenga los carteles y folletos en español. Noticia no demasiado ilusionante en sí misma pero que podría constituir una ventaja competititva para quien escribe estas palabras en caso de accidente.

Por lo que demuestra la página web, African Express no tiene nada que envidiar a otra compañía mítica, que el año pasado tomamos rumbo a Kabul: Pamir Airways. Aquella en la que el piloto ruso – estómago sobredimensionado, camisa blanca apenas abotonada, cadena de oro sobre el pecho desnudo – le daba patadas a los neumáticos para comprobar si estaban bien hinchados.

Finalmente le pedí a Rinu que me reservara el pasaje a la espera de que llegase el visado que había pedido a Hargeysa. Mientras aguardaba decidí investigar un poco sobre las demás compañías que vuelan a Somalia. Lo que descubrí es que el tráfico aéreo de este país constituye un fiel reflejo de su anárquica realidad.

Las próximas entradas estarán dedicadas a describir de qué manera está articulado – o desarticulado – este tráfico. Como adelanto comentar que desde aquel día en que fui a la oficina de Rinu, Daallo Airways, principal competidora de African Express, recibió un ataque con morteros y sufrió un intento de secuestro que fue reprimido por los propios pasajeros. El precio de los pasajes es similar en ambas compañías. Por la tercera opción posible, tomar un avión de tráfico de qhat desde el aeropuerto Wilson, suelen pedir que se pague el equivalente a la cantidad de droga que se va a dejar de transportar para que uno pueda subir al avión.

Continúa…