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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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La pesca ilegal y los vertidos tóxicos como génesis de los piratas somalíes

No acertamos hace dos meses al predecir en este blog que la llegada de Sharif Ahmed a la presidencial de Somalia, tras la salida de las tropas etíopes, haría descender las acciones de los piratas como sucedió en 2006 durante el gobierno de la Unión de Cortes Islámicas.

La ausencia de periodistas extranjeros en la zona hace difícil evaluar en la distancia cuál es el alcance real del poder de Sharif Ahmed, desafiado abiertamente por islamistas radicales de Al Shabab, aunque con mucho más apoyo social que su antecesor, Abdullahi Yusuf Ahmed, considerado por muchos como un esbirro de Addis Abeba. Islamista moderado, Sharif Ahmed fue elegido por el parlamento y pertenece a la rama Abgaal del clan Hawiye (el más extendido del país junto al clan Darood).

No sólo el número de secuestros ha aumentado en los últimos tiempos – en tres meses y medio se han lanzado 60 ataques y se han recaudado ya 38 millones de euros, superando en proporción a los 75 millones conseguidos en 2008 – sino que los piratas, que suelen partir desde la ciudad portuaria de Eyl, situada en la región autónoma de Puntland, dan la impresión de actuar con mayor desparpajo que nunca en las costas del Cuerno de África, a pesar de la presencia de la misión naval integrada por la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia y la India bajo mandato del Consejo de Seguridad de la ONU.

En este sentido, los tres cambios en el escenario somalí que podrían haber promovido una merma en las acciones de los piratas, parecen no estar teniendo efecto: el final de la inútil invasión etíope patrocinada por EEUU (que provocó 16 mil muertos y un millón de nuevos desplazados), la formación de un gobierno islamista moderado, de unidad nacional y con vías de comunicación con Occidente, y el despliegue de barcos de guerra en la zona.

Expolio en aguas de Somalia

En estos días de escasos titulares internacionales más allá del terremoto en Italia y la nueva ola de protestas callejeras en Tailandia, las acciones de los piratas han copado buena parte de la atención de la prensa debido principalmente al secuestro y la rápida liberación de Richard Phillips, capitán del carguero de bandera estadounidense Maersk Alabama.

En la mayoría de las crónicas se echó en falta una visión más en profundidad del problema, en especial de su génesis, que sí señala Jeremy Scahill, autor del famoso libro sobre Blackwater, en Common Dreams:

Este tipo de cobertura sobre los piratas es similar a la falsa narrativa sobre “tribalismo” como causa de los problemas de África. Claro que hay mafias y criminales involucrados en los secuestros. Quizás los piratas que secuestraron el miércoles al Alabama entren en esta categoría. Aún no lo sabemos. Pero esa no es “toda” la historia de los piratas.

Jeremy Scahill toma una entrevista del New York Times realizada a piratas somalíes en la que se llaman a sí mismos “guardacostas” y declaran que consideran “bandidos” a los que pescan ilegalmente, lanzan desperdicios y llevan armas en sus costas.

Inclusive el New York Times reconoce que “la industria de la piratería comenzó hace 10 o 15 años… en respuesta a la pesca ilegal. Considerad este hecho: más de 300 millones de atunes, camarones y langostas “son robados cada año por pescadores ilegales de las costas de Somalia, forzando a la casi desaparición de la industria pesquera allí”.

Si tomamos la pobreza extrema que padece Somalia, y que Ramón Lobo describe hoy en su blog, el expolio a los recursos de la pesca local que menciona Jeremy Scahill resulta mucho más alarmante, como subraya también Johann Hari en The Independent:

En 1991, el gobierno de Somalia colapsó. Sus nueve millones de habitantes se han encontrado al borde de la hambruna desde entonces, y las fuerzas más nefastas del mundo occidental han visto esto como una gran oportunidad para robar las fuentes de comida del país y para verter desechos nucleares en sus aguas.

En su artículo del 5 de enero de 2009, Johann Hari profundiza en la descripción de este escenario:

Apenas el gobierno se fue, misteriosos barcos europeos comenzaron a aparecer en la costa de Somalia, vertiendo barriles en el océano. La población costera comenzó a enfermarse. Sufría extrañas erupciones, náuseas y malformaciones en los bebés. Después del tsunami de 2005, cientos de barriles abandonados y goteantes aparecieron en la costa. La gente empezó a padecer enfermedades producidas por la radiación. Más de 300 personas murieron.

Este es el contexto en el que surgieron los “piratas”. Pescadores somalíes que cogieron lanchas de alta velocidad para tratar de disuadir a los que lanzaban los desperdicios y a los pescadores ilegales, o, al menos, cobrarles alguna forma de impuesto. Se llamaron a sí mismos “Guardias Costeros Voluntarios de Somalia”, y tuvieron el respaldo de los somalíes de a pie. La página web de noticias WardheerNews descubrió que el 70% apoyaba la piratería como una forma de defensa nacional”.

Poner en un duda el carácter delictivo de los piratas somalíes, como hace Jeremy Scahill, quizás resulte arriesgado. Pero no se puede cuestionar que esta realidad podría sumar al habitual análisis sobre los estados fallidos, un nuevo elemento, según el cual no sólo serían los grupos armados irregulares y los traficantes quienes campan a sus anchas para aprovecharse del caos y la miseria imperantes, sino también intereses comerciales que no son más próximos.