Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Kabul Rock

A Kabul le faltan muchas cosas, pero tiene algo de lo que carece Madrid: una gran radio de rock las 24 horas del día. La ya mítica Kabul Rock.

Sí, aunque sorprenda, Kabul – la ciudad del atasco perpetuo y los muros de hormigón, acosada por las bombas de los talibanes, desgarrada por la corrupción y el clientelismo de los señores de la guerra reconvertidos en parlamentarios, la miseria de los niños que rebuscan en la basura y el machismo aberrante que somete a las mujeres bajo los burkas – tiene un espacio en sus ondas en el que te puedes encontrar desde un clásico del maestro Hendrix, pasando por la desgarrada voz de Chris Cornell al frente de Audioslave, para terminar con los hermanos Robinson, cada día más impredecibles, fuera de tempo y volados en The Black Crowes.

Una radio que, lamentablemente, como el poder del propio gobierno de Karsai, tiene un campo de influencia limitado que apenas supera los confines del área metropolitana de la capital. Así que, cuando abandonas Kabul, otra vez te encuentras destinado a la música pastún, que sorprende y realza el paisaje durante un rato, pero que después de unas horas se vuelve soporífera para que los que no sabemos apreciar sus matices o entender sus letras.

Es entonces cuando DJ Sistiaga aprovecha para poner Barricada, banda que suena demasiado encorsetada y predecible para mi gusto, pero que viene bien sin dudas para hacer un poco el tonto y olvidarse al menos unos instantes de todo en un rodaje tan complejo como el de “Caminando sobre las bombas” que, por cierto, se estrena este miércoles 24 de octubre, a las 21:45, en Canal Plus… dicho queda.

Tragedia frente al muro del Sáhara

El pasado año tuvimos la oportunidad de viajar en este blog a la primera marcha organizada por estudiantes españoles para denunciar con su presencia pacífica el muro de más de 1.700 kilómetros construido por Marruecos en la frontera de la Hamada argelina con la intención de evitar cualquier atisbo de regreso, de reclamación legítima de sus tierras, por parte de los saharauis.

Esta segunda edición de la Columna de los Mil, aún más multitudinaria que la anterior y que ha sido organizada también por la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UMNS), ha terminado con una tragedia que da cuenta sin dudas de la política de exclusión y aislamiento a la que el régimen de Rabat lleva más de tres décadas condenando a los saharauis, aprovechándose de la inmovilidad de la comunidad de naciones y, principalmente, de la falta de lealtad de España no sólo a los compromisos firmados sino a aquellos que hasta 1975 fueron sus ciudadanos.

Más de 2.500 personas se dirigieron ayer viernes al muro. Como sucedió el año pasado, algunos jóvenes saharauis no pudieron reprimir el impulso de acercarse a esa barrera hecha por el hombre, la más vasta de las que funcionan en la actualidad, que los mantiene atrapados en la prisión física e intelectual del desierto.

Cuatro resultaron heridos al accionar una mina antipersona. El de mayor gravedad fue Brahim Hosein Labeid, de 19 años, que sufrió la amputación del pie derecho además de fracturas. Brahim vive en el campamento de Dajla.

Se estima que hay unos cinco millones de minas en el desierto, a otras de cuyas víctimas, como Sarik Mohamed, pudimos conocer en el hospital Heridos de Guerra Mártir Cherif. Minas que, a pesar de los acuerdos de paz firmados en 1991 entre Marruecos y el Frente Polisario, siguen allí junto a fragmentos de obuses y piezas de mortero sin detonar, al igual que el propio muro.

Ahora se suman nuevos nombres y apellidos a la ominosa lista de destinos varados, interrumpidos y mutilados, por culpa de los intereses comerciales, de una política tan sorda a los legítimos derechos del pueblo saharaui, tan cargada de ignominia y sorda indiferencia, como esos mismos artefactos explosivos que desde los años ochenta los esperan entre la arena.

Alberto Cairo, dieciocho años en Afganistán

Vivió en Kabul bajo el gobierno pro soviético de Najibullah. Sufrió el arribo de los muyahaidines en 1992 y la guerra civil que destruyó la ciudad. Tiempos aquellos en los que, a pesar de las bombas y la parcelación de la urbe en infinitos puestos de control, salía a diario a buscar heridos.

Y luego, en 1996, cuando los acólitos el Mulá Omar lograron hacerse con el poder, siguió allí. “Tuvimos que separar a los hombres de las mujeres, pero pudimos continuar con nuestro trabajo a pesar de los talibán. Eran tiempos oscuros, tristes, donde parecía que la vida era en blanco y negro”, afirma.

Alberto Cairo es una de esas personas con las que a uno le gustaría hablar durante horas para tratar al menos de atisbar una ínfima parte de aquello de lo que fueron testigos, del fascinante bagaje histórico y humano que llevan consigo.

Sin embargo, y aunque hace 18 años que está en Afganistán, él intenta no referirse a sí mismo, y apenas lo consigue devuelve la conversación a la que ha sido su mayor motivación durante este tiempo: las víctimas de la guerra. Y, más en especial, aquellas que han quedado mutiladas como consecuencia de las minas antipersona.

Abogado de profesión, Alberto Cairo trabajaba en Torino. Pero a los 28 años decidió cambiar el rumbo de su vida. Estudió para hacerse fisioterapeuta y se sumó a la Cruz Roja. Primero recaló en Sudán. Y luego, en 1989, llegó a Afganistán.

Hoy dirige los centros que la Cruz Roja Internacional tiene en el país destinados a quienes sufren el impacto de las minas antipersona. Centros que no se limitan a colocar prótesis y dar rehabilitación, sino que van más allá: otorgan microcréditos para que estas personas puedan establecer pequeños negocios y ganarse así la vida.

Continúa…