Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Caían bombas como lluvia

Si hay algo estimulante de esta profesión, además de que se trata de un constante aprendizaje, y de que en algunas circunstancias puede llegar a movilizar voluntades para poner fin a determinado problema, es que casi siempre resulta impredecible. No en pocas ocasiones me sucede que en el proceso de buscar historias para levantar los andamios de un reportaje, encuentro otros testimonios igual de estimulantes que los que estaba procurando en un primer momento.

Es lo que me ocurrió el pasado jueves cuando recorría el sur de Líbano recavando información sobre la muerte de 23 civiles cuando huían de la población de Marwahín. Un hecho que el maestro de periodistas, Robert Fisk, describió de la siguiente manera (poniendo énfasis en aquello que siempre intento recalcar: el perverso uso que hacen algunos políticos y medios de comunicación del término terrorista para justificar crímenes contra la humanidad y atropellos de los derechos humanos):

“Será recordada como la masacre de Marwaheen. A todos los civiles asesinados se les había ordenado abandonar sus hogares en el pueblo de la frontera por los mismos israelíes unas horas antes. Váyanse, se les dijo a través de un altoparlante; y se fueron, veinte de ellos en una caravana de automóviles civiles. En ese momento fue que llegaron los aviones israelíes para bombardearlos, matando a veinte libaneses, de los cuales por lo menos nueve eran niños. La brigada de bomberos local no pudo extinguir el fuego, mientras todos se quemaban vivos en el infierno. Otro “objetivo terrorista” había sido eliminado“.

En una localidad próxima a Marwahín, el dueño de una tienda al que entrevisto acerca de la masacre, me dice que debería hablar con Kadija Murua, la única persona que permaneció en el pueblo durante la guerra. Siguiendo sus indicaciones llego junto a Jalal, el traductor, a una modesta casa de dos plantas, al fondo de cuya terraza vislumbramos a una mujer mayor, que permanece sentada en una silla, sola, en silencio, mientras anochece en esta parte del mundo.

“Salaam aleykum”, dice Jalal, pero la anciana no lo escucha. Insiste, a viva voz. Ella reacciona. Nos invita a pasar. Jalal le explica que soy un sahafi (periodista) que he venido de España y que me gustaría hacerle algunas preguntas acerca de la guerra.

“Pasé la guerra sin que nadie me ayudara, aquí, encerrada en mi casa”, afirma Kadija. Acto seguido, señala hacia el suelo con el bastón. “Como casi no me puedo mover, me encerré en la despensa. No tenía electricidad. Y sólo salía para ir al lavabo, que está al lado”.

“¿Y de qué se alimentaba?”, quiero saber. “Tenía un poco de keshek y hommos que mezclaba con el agua que cogía del lavabo. Fue todo lo que comí durante 33 días”, afirma Kadija con evidente expresión de sufrimiento al recordar aquellos momentos de angustia, incertidumbre y soledad. El keshek es una suerte de harina de yogurt y trigo, y el hommos, pasta de garbanzos.

“¿Y qué es lo que recuerda de aquellos días? ¿Sabía lo que estaba pasando?”, continúo. Al escuchar la respuesta de Kadija, Jalal sonríe. “¿Qué ha dicho?”, le pregunto. “Que caían bombas como lluvia”, me explica. “¿Por que lo dice, porque caían muchos misiles?”, intento profundizar. Jalal le formula la pregunta. A lo que la anciana le responde, lacónicamente, sin extenderse: “Caían bombas como lluvia”.

Continúa…

Desde Beirut: Hezbolá y su “victoria divina” contra Israel

El año pasado, durante la guerra de 33 días entre Israel y Hezbolá, los soldados de la organización chií resultaban invisibles no sólo para los periodistas, que no consiguieron ni una sola instantánea de los comandos del Partido de Dios, sino para los mismo miembros del ejército hebreo, que parecían no encontrar la forma de evitar que los misiles katyusha cayeran sobre su territorio y que sus tanques merkava fueran sistemáticamente destruidos en ciudades como Bint Jbeil, por más que habían reducido a escombros el sur de Líbano.

Hoy, en este primer aniversario del final de la guerra entre Israel y Hezbolá, de la que la organización militar, política y social de Sayed Hasan Nasralá se proclamó vencedora en la tan alardeada “victoria divina”, los retratos de estos soldados se ven por todas partes. Sus imágenes pueblan las calles de Dahiye, el enclave chií en Beirut, pero también buena parte del resto del país, en grandes fotos que anuncian que el 14 de agosto, día del final de la contienda, marca un hito: la primera vez que el ejército de Israel, imbatido hasta el momento en sus numerosas guerras contra los árabes, debía retirarse sin conseguir sus objetivos y aceptar la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad que ponía fin a las hostilidades.

El informe del juez israelí Winograd sobre la guerra ha sido tremendamente crítico con los mandos políticos y castrenses hebreos. Según un programa de televisión, la popularidad de Ehud Olmert es del 0%. Ninguna de las personas encuestadas afirmó que lo volvería a votar en el caso de que se presentase a nuevas elecciones. El fracaso de la campaña articulada por el ejecutivo de Olmert en Líbano resulta evidente, tanto fuera como dentro del país, ya que la estrategia de castigo colectivo a la población civil libanesa con el bombardeo indiscriminado de objetivos no militares, que provocó más de mil muertos y un millón desplazados, contribuyó también al desprestigio de la imagen de Israel en el mundo (sigo sosteniendo, como lo sostuve en su día, que Ehud Olmert debería dar cuentas no sólo ante sus compatriotas sino ante un tribunal internacional por sus violaciones de la Cuarta Convención de Ginebra).

Pero de allí a afirmar rotundamente, como hacen los líderes de Hezbolá, que se trató de una victoria – dejemos a un lado el adjetivo “divino”, incomprensible para los que somos ajenos a toda religión -, hay un largo tramo, sobre todo al recorrer los barrios de Dahiye afectados por los bombardeos, en los que más de cien edificios fueron reducidos a escombros. Demasiadas vidas perdidas, demasiados daños a las infraestructuras, para sostener que alguien pudo haber triunfado en semejante despliegue de odio, muerte y devastación.

Una amiga periodista, de una importante cadena internacional, me llama para decirme que hoy Hezbolá presenta en Dahiye un videojuego en el que explica cómo supuestamente vencieron a Israel y cuyos protagonistas son esos comandos que hasta ahora eran invisibles. Tomo un taxi, me acredito en la oficina de comunicación de Hezbolá – Estado dentro de un Estado, en el que te dan hasta sus propios pases de prensa – y me dirijo al evento, al que también asisten reporteros de medio mundo. El nombre del videojuego: “Special Force 2”.

Hezbolá ha poblado el Líbano de carteles que anuncian la victoria: fotos de helicópteros, tanques y una corbeta israelíes alcanzados por misiles del Partido de Dios. Y su última estrategia en esta otra guerra, la de la propaganda, ha sido crear una suerte de parque temático, de Disneylandia (o mejor dicho, Hezbolandia), en medio de los suburbios chiíes, con el nombre “La tela de la araña”, para mostrar a la población cómo fue articulada la victoria, cómo las tropas hebreas caían en la tela de araña del grupo de Nasralá. Un paseo por salas con efectos especiales de humos y luces, entre vídeos, fotos y restos de helicópteros, tanques y uniformes israelíes.

En este marco tan curioso, por no decir surrealista, en el que las formas de comunicación netamente estadounidenses son utilizadas justamente para atacar a Estados Unidos e Israel – sólo parecían faltar las palomitas, las gorras de béisbol y las hamburguesas -, comienza el acto a la hora programada: las cinco de la tarde.

Continúa…