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Ciudadanía digital: la informática como instrumento de paz en las favelas

Durante años tuve deseos de conocer a Rodrigo Baggio. Descubrí su obra a través de diversos artículos y de sus apariciones en la CNN. Sabía que era la persona perfecta para la serie de reportajes que cada domingo publicaba en la Voz de Galicia bajo el título “Gente que cambia el mundo”, antes de pasar a formar parte de 20 Minutos, y que también podría haber sido otro de los protagonistas del último libro que escribí, La libertad del compromiso, porque renunció a una vida segura y acomodada para luchar con decisión, coraje y creatividad contra las injusticias sociales de nuestro tiempo.

Finalmente, la semana pasada me di el lujo de entrevistar a Rodrigo. Y debo confesar que el encuentro superó todas las expectativas que tenía. Alto, sonriente, este joven carioca, que ha transformado la realidad de más de medio millón de personas a través de la informática, me dio la impresión de estar hecho de una fibra especial (que lo ha convertido en un referente mundial en todo lo relacionado con el trabajo para reducir la brecha digital, pero que en el futuro lo llevará más lejos aún).

En cierta medida me recordó a Mohamed Yunnus: seductor, optimista, creativo, con un brillo especial en los ojos (una suerte de sonrisa perpetua), con una mente en constante ebullición, capaz no sólo de comprender la situación de las personas más pobres, sino de la levantar la cabeza y ver más allá, de anticipar los cambios del mundo, y de vislumbrar la forma de dirigirlos a favorecer a los sectores postergados de las naciones en desarrollo.

Informático de formación, a muy temprana edad Rodrigo comenzó a trabajar en los barrios olvidados del sur de Río de Janeiro. Durante algún tiempo tuvo su propia empresa de programación hasta que sintió que debía hacer algo más que ganar dinero, que eso no le resultaba suficiente. Fue entonces cuando tuvo la idea de llevar la informática a las favelas. Primero, como medio para fomentar el diálogo y la integración. Luego, como forma para promover una verdadera revolución social.

“Al final de 1993, tuve un sueño en el que la gente pobre utilizaba la tecnología para hablar de sus problemas”, me dice Rodrigo. Poco tiempo después creó la campaña “Informática para todos”, destinada a recolectar ordenadores para llevarlos a las favelas. Y, en 1994, dio vida a la primera Escuela de Informática y Ciudadanía (EIC), en la favela de Santa Marta, situada en el barrio de Botafogo. La respuesta que recibió fue tan sobrecogedora que inmediatamente puso en marcha la ONG Comité para la Democratización de la Informática (CDI). Decenas de personas se habían puesto en contacto con él para apoyarlo en esta iniciativa.

La idea central era que CDI brindara el conocimiento y los recursos a pequeñas organizaciones locales para que pudieran fomentar la informática en los barrios marginales, para crear oportunidades de empleo, pero también para favorecer el debate dentro de las comunidades sobre la seguridad, la pobreza, el desarrollo, la exclusión, para crear espacios de debate e integración.

El modelo que sigue se basa en el legado del famoso pedagogo brasilero Paulo Freire. No se trata de asistencialismo, sino que la comunidad, una vez que recibe el apoyo del CDI, debe buscar sus propios medios para hacer que la iniciativa sea autosustentable. Ellos, los moradores de las favelas, deben ser sus protagonistas y gestores.

“Usamos la tecnología como medio de integración, pero también para formar personas que sean factores de cambio en sus comunidades”, me dice. “Es mucho más que ordenadores e Internet, es cambiar vidas”.

En doce años, el CDI ha crecido de forma exponencial. Cuenta con 880 escuelas en nueva países, y con más de 1.550 educadores. Y ya no sólo trabaja en las favelas, sino que ha expandido su actuación a poblaciones indígenas, a presos y discapacitados.

Visito una escuela del CDI en la favela Sapucaí, situada en la Ilha do Governador. La cultura del miedo se hace evidente. Los profesores me piden que no saque fotos en la calle, me hablan de las luchas entre facciones, del terror que genera el narcotráfico. Pero no por ello dejan de trabajar con ahínco.

En el aula se suceden niños, jóvenes y adultos, que pagan una cuota mensual para acceder al mundo de la informática, pero también para encontrarse y debatir sobre sus problemas. Me resulta conmovedor ver a mujeres mayores, con escasa educación formal, aprender a usar Word, Powerpoint, navegar por Internet. Me recuerda a Uddami, el proyecto que una gran amiga, Alison Saracena, está desarrollando en los barrios de chabolas de Calcuta. Le hablo a Rodrigo de ella. Ya se han puesto en contacto, ojalá puedan sumar fuerzas.

Rodrigo, que ha sido ponente en el foro de Davos, y que ha recibido numerosos premios, cuenta con el apoyo de directo de gente como Bill Gates. “Llego a los 37 años sintiéndome realizado”, afirma”. “Me considero muy afortunado de poder dedicar mi vida a este proceso tan apasionante”.

Pero los planes de Rodrigo van más allá. Me habla de varias nuevas iniciativas que está desarrollando para el futuro basadas en la comunicación. Como decía antes: una mente brillante, en constante ebullición, decidida a hacer de este mundo un lugar más justo.

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Os recomiendo la labor en España de May Escobar al frente de la Fundación Bip Bip, que se encarga de llevar ordenadores a los sectores sociales más relegados, y de María Zapata en Ashoka, organización que apoyó a Rodrigo Baggio en sus comienzos, y que ha brindado recursos y asesoría a cientos de talentosos y visionarios emprendedores sociales.