Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Eritrea y las armas de Al Shabab

El régimen del presidente Isaias Afewerki ha aislado progresivamente a Eritrea del resto del mundo. Rechaza casi toda la ayuda humanitaria y para el desarrollo que se le ofrece desde el extranjero. A pesar de la aridez del territorio que se encuentra, se cierra al comercio internacional y busca sustentarse con sus propios recursos (lo que genera la carencia de productos básicos entre la población).

Según Reporteros sin fronteras, se trata asimismo del país con mayor censura del planeta, situado en el puesto número 176 del ranking, inclusive detrás de Irán y Birmania. “¿Qué es la prensa libre? No hay libertad de prensa en ningún sitio”, declaraba el presidente Isaias Afewerki a Jonah Fisher, periodista de la BBC, que sería expulsado del país en septiembre de 2004 (siendo así el último corresponsal extranjero que trabajaría en Asmara).

Con apenas cinco millones de habitantes, es también de una de las naciones no en guerra con más refugiados. La semana pasada, doce jugadores de la selección nacional del fútbol pidieron asilo político al encontrarse en Nairobi, Kenia. Si a todos estos elementos les sumamos una sociedad militarizada hasta el paroxismo, no es de extrañar que se conozca a Eritrea como la Corea del Norte de África.

Sanciones

La reciente resolución del Consejo de Seguridad que impone sanciones a Eritrea por el envío de armas a Somalia, aísla aún más al régimen del presidente Isaias Afewerki (que llegó al poder en 1993, cuando la antigua colonia italiana ganó la independencia de Etiopía). Se trata del primer país castigado por la ONU después de la serie de resoluciones contrarias a las aspiraciones nucleares de Irán.

La propuesta surgió de Uganda, pues son sus soldados – que forman parte junto a tropas de Burundi de la misión de paz de 5.000 hombres de la Unión Africana para Somalia conocida como AMISOM – los que sufren los ataques de la milicia integrista de Al Shabab, a la que Eritrea ha estado armando (y según cuenta Gregory A. Pirio en una entrevista de Eduardo Molano en Nairobi, también “entrenando”).

Ya en 2007, un grupo de monitores de la ONU había detectado que “un Boeing 707 de carga, propiedad de la empresa Aerogem Aviation Ltd, con base en Ghana, había realizado 13 viajes entre Asmara y Mogadiscio, a veces llenando planes de vuelo falsos”. Vuelos cuyo verdadero destino sería confirmado por la International Civil Aviation Organization.

Otra de las medidas que se ha articulado para evitar el arribo de armas es brindar más medios a AMISOM para que controle el espacio aéreo con la ayuda de las vecinas Yibuti y Etiopía. Localizar en el aire y evitar el aterrizaje de aviones cargados de armamento para los islamistas.

La intención principal de Eritrea al armar a Al Shabab es desestabilizar a Etiopía, país con el que protagonizó un enfrentamiento bélico entre 1998 y 2000 que costó la vida a más de 80 mil personas. Una comisión creada a posteriori decidió que la disputada región de Badme pertenecía a Eritrea. A pesar de ello, las tropas etíopes aún no se han retirado.

Podrá parecer sorprendente que un país paupérrimo y postergado como Eritrea tenga recursos para enviar armamento y entrenar a fuerzas extranjeras. Sin embargo, esta ha sido la lógica de la geopolítica en el Cuerno de África y en los Grandes Lagos a lo largo de las últimas décadas tanto se tratase de la contienda en Sudán o en la República Democrática del Congo.

Foto: AP

De vacaciones en la guerra

Sé que hay jóvenes reporteros que se preguntan cómo pueden empezar a ejercer el periodismo desde conflictos armados. Paul Watson, ganador de un premio Pulitzer y autor del libro Where war lives, describe sus primeras incursiones en este ámbito como “vacaciones en zona de guerra”.

Durante la mayor parte del año trabajaba para el periódico canadiense Toronto Star escribiendo crónicas policiales y obituarios, pero cuando le llegaba el tiempo de descanso, cogía el dinero que había ahorrado y partía en viaje a la guerra.

Su destino inicial de “turista en combate”, como también se describe no sin cierta ironía, fue Eritrea. Los contactos con el Frente para la Liberación del Pueblo Eritreo (FLPE) los hizo a través de inmigrantes que vivían en Toronto.

Sus crónicas, que publicó al volver, casi no tuvieron repercusión. Hablaba con admiración de los milicianos eritreos, hambrientos y mal equipados, tanto hombres como mujeres, que llevaban treinta años luchando contra el ejército etíope por alcanzar una independencia que finalmente conseguirían en 1993.

Su estrategia no era provocar el enfrentamiento, conseguir que la televisión cubriera las víctimas civiles, y exigir una intervención extranjera para ganar la guerra. Entendían la libertad como un derecho que les había sido quitado, y no como un regalo. Estaban allí para triunfar.

Escuchando su historia desde un abarrotado puesto de observación, fue la primera vez que oí a una persona ordinaria hablar de entregarse a algo mayor que ella misma, un poder que no era el dios en el que yo me negaba a creer. “Si muero, es el precio que pagaré por la independencia”, dijo simplemente. “Sé que el resto seguirá hacia la victoria”.

En aquellas crónicas denunciaba también los oscuros manejos de las grandes potencias durante la guerra fría, que tanto perjudicaron a los eritreos, del mismo modo en que lo hizo Michaela Wrong en su extraordinario libro I Didn’t Do It For You, que recomiendo encarecidamente a todo el que quiera entender la actual situación del Cuerno de África.

El precio a pagar

Angola ocupó sus siguientes vacaciones. El apoyo de Washington a UNITA le facilitó el acceso a los cuarteles de Jonás Savimbi. Pero sería Somalia, destino que vendría después, el que lo convertiría a los 34 años en un periodista mundialmente famoso, alejado de forma definitiva de los solitarios turnos nocturnos del periódico.

Pagaría un precio, como sus admirados combatientes eritreos en pos de la independencia. El fantasma del soldado Cleveland, al que retrataría en 1993 mientras lo arrastraban por las calles de Mogadiscio, lo perseguiría durante diez años, hasta que reuniría el valor para ir a ver a su familia.

También le diagnosticarían estrés postraumático, y caería en el abuso de las drogas y el alcohol, así como en una sucesión de fobias que lo llevarían a aislarse en sí mismo, y de las que sólo conseguiría escapar si volvía al terreno.

Pero al menos había conseguido lo que se proponía: pasar de ser un turista ocasional de la guerra a convertirse en un residente a tiempo completo.