Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Aniversario del AK-47: rap, películas y cortadoras de césped

Tuve mi primer encuentro con un AK-47 en una carretera perdida del norte de Camboya. Corría el año 1994. No hacía mucho tiempo que las tropas vietnamitas se había retirado dejando paso a la misión de paz de Naciones Unidas. Si bien el país comenzaba a recuperarse de la ocupación, y del brutal legado de Pol Pot y su fatídico año cero, lo cierto es que algunas zonas estaban aún dominadas por los jemeres rojos.

Me desplacé hacia el norte para realizar un reportaje sobre las minas antipersonas, que estaban dejando legiones de personas mutiladas, y sobre el secuestro de un miembro de MAG, organización dedicada a desactivar y retirar del terreno estos artefactos. Recién empezaba en el periodismo y no contaba con muchos recursos, por lo que me vi obligado a realizar el viaje, desoyendo los consejos que me habían dado en la embajada alemana, en la parte trasera de una camioneta.

A medida que avanzábamos, la herencia de la guerra se hacía cada vez más evidente. Puentes destruidos, rutas plagadas de baches. Y también la falta de control del estado. Cuando algún obstáculo hacía que el conductor aminorara la marcha, a nuestro paso salían hombres, muchos de ellos vestidos apenas con pantalones y sandalias, que nos pedían una suerte de impuesto revolucionario agitando sus AK-47 en el aire. Según me explicaron mis compañeros de travesía, se trataba de jemeres rojos desmovilizados que se dedicaban a la extorsión para poder sobrevivir.

Lo que hacía el conductor era no detenerse y arrojar billetes de poco valor por la ventanilla. Sólo una vez tuvo que parar, cuando unos adolescentes con sus AK-47 bajo el brazo se negaron a apartarse del camino. Altivos, se acercaron a la parte trasera de la camioneta y nos apuntaron. Afortunadamente, no pasó de un susto. Pero ese día aprendí que pocas cosas hay más peligrosas que un adolescente armado.

Ocho años más tarde regresé a Indochina para realizar una investigación sobre abusos sexuales de niños por parte de turistas europeos, que quedaría plasmada en el libro Helado y patatas fritas. La explotación de menores, que había comenzado en 1992 con el arribo de miles de funcionarios de Naciones Unidas, había crecido hasta alcanzar cotas de impunidad inimaginables. En contraposición, la violencia armada en el país había remitido. Eso sí, aún en el mercado central de Phnom Penh encontrabas a hombres que te ofrecían la posibilidad de probar un AK-47 por apenas un puñado de dólares. Una experiencia a la que muchos turistas se sumaban con entusiasmo, en un descampado próximo a la ciudad, y de la que yo había sido testigo en mi primera visita. La fantasía hecha realidad de apretar el gatillo de un Kalashnikov.

Un arma para niños

Aunque el AK-47 pesa más que los modernos fusiles de plástico, unos ocho kilogramos, su tamaño reducido, su bajo precio y lo sencillo que resulta de emplear, lo han convertido en el arma de los niños soldados. Desde Colombia hasta Birmania, pasando por Angola, Argelia, Sierra Leona, Burundi, Congo, Ruanda, Mozambique, Costa de Marfil, Uganda y Sudán, cientos de miles de menores han empleado el Kalashnikov para combatir.

Quizás en ningún otro lugar fue tan vasto su uso entre los niños como en Sudán, durante las cuatro décadas de guerra entre el norte y el sur. Tras ver sus pueblos arrasados, los niños se sumaban a las tropas del SPLA, que los llevaba para ser entrenados en los campos de refugiados en Etiopía, donde el régimen comunista de Mengitsu Haile Mariam les entregaba AK-47 chinos y soviéticos para socavar así el poder de Jartúm.

Aún hoy en Sudán se los conoce como los “Lots boys“, algunos de cuyos testimonios recavé para este blog hace más de un año en la ciudad de Juba. Sin dudas, el más famoso de estos niños perdidos, soldados a su pesar, es el rapero Emmanuel Jal, que utilizando la jerga marginal de los conductores de matatus en Nairobi, una mezcla entre inglés y swahili, lleva años cantando por la paz.

Su música ha servido de banda sonora a películas como Diamantes de Sangre. Y en vivo se lo ha visto en eventos como el Live 8 (no en el escenario principal de Hyde Park, ya que no es una mega estrella como Coldplay – aunque sabe mucho mejor qué es África y la miseria -, pero sí, gracias a la gestión de Peter Gabriel, en el concierto de Eden Project, en Cornwall). Descubrí su historia hace años en el apasionante libro Emma’s War, que cuenta cómo fue sacado de Sudán, y que próximamente será llevado a la pantalla por Tonny Scott, con Nicole Kidman en el papel de Emma Mc Cune (una trabajadora social inglesa que se enamora de uno de los líderes del SPLA y se va a vivir con él en medio de la guerra. Su vida terminó en 1993 en un accidente de coche en Nairobi).

La nueva moda americana

El AK-47 como símbolo ha tomado innumerables formas. Entre quienes lucharon contra la colonización portuguesa en Angola y Mozambique no faltaron aquellos que bautizaron a sus hijos “Kalash” en honor al arma que les había permitido alcanzar la libertad. El singular perfil del Kalashnikov aparece tanto en la bandera de la organización chií libanesa Hezbolá como en el estandarte del grupo armado palestino que el año pasado secuestro al soldado Gilad Shalit en Gaza: los Comités Populares de la Resistencia.

Por curioso que pueda resultar, el mito del AK-47 también desembarcó en los Estados Unidos. Aunque parezca una observación trivial, en la segunda parte de Rambo, Silvester Stallone, que ha ido a Vietnam a rescatar a prisioneros de guerra estadounidenses, emplea un Kalashnikov para hacer frente a sus enemigos (a los que mata como moscas, sin cambiar el cargador de su fusil y, según se ve en un primer plano, con el seguro puesto). Más allá de los detalles, los pósters del grotesco Rambo, con sus músculos sudados y su Kalashnikov en las manos, empapelaron en los años ochenta buena parte del mundo, incluyendo los zocos de los países árabes (aún EEUU no había perfilado la estrategia de convertir al islam en su nuevo enemigo necesario, todavía tenía a los soviéticos para justificar su pasión por invadir países y su irrefrenable carrera armamentística).

Los clubes de tiro que en los EEUU veneran al AK-47 no son pocos. Existe una verdadera cultura de esta arma, que incluso se puede comprar por Internet. Hasta hay empresas, como Bingham Ltd., que los fabrican en su versión deportiva calibre .22. Entre las bandas urbanas de EEUU, el AK-47 causa furor. Algunos cantantes del “gagnsta rap” le han dedicado fragmentos de sus canciones. Incluido el famoso Eminem.

La lista de acciones violentas es interminable, tanto dentro del mundo marginal de las grandes ciudades y el crimen organizado, como fuera. En 1989, un empleado cabreado con sus jefes, Joseph Wesbecker, entró a su oficina en Kentucky y mató a siete personas con un Kalashnikov. En 1993, Arturo Reyes Torres, asesinó a cuatro compañeros de empleo tras ser despedido. Lo hizo con un AK. También en 1993, un ciudadano norteamericano, Auimal Kasi, disparó contra la oficina de la CIA en Virginia. Estaba cabreado por la política de Israel en Palestina. En Waco, Tejas, la secta davidiana de David Koresh tenía 44 fusiles AK-47.

Como consecuencia de estos incidentes, Bill Clinton pasó en 1994 una ley que prohibía la venta de fusiles de asalto, de diez años de duración, con una mención especial a las del tipo AK. No sólo esta norma ha dejado de tener vigor sin haber sido renovada, sino que no afectaba a las armas producidas antes de la prohibición ni a aquellas que de tipo “deportivo”.

Tal es la pasión de ciertos grupos americanos por el AK-47, que organizan viajes a la ciudad de Izbekh, hogar de la primera fábrica de estos fusiles semiautomáticos y de su creador, Mihail Kalashnikov. Se los puede ver por la calle con sus cámaras de fotos y sus camisetas con la estampa del AK-47 en el pecho.

A diferencia del diseñador del M16, Kalashnikov, un joven soldado que ganó un concurso para fabricar el fusil en 1947, no ha acumulado millones. Suya no es la patente del arma, ya que la creó dentro de un estado comunista. Kalashnikov, que hace unos años intentó dar vida a un vodka con su nombre en el Reino Unido, hasta que las autoridades británicas le retiraron la licencia, se ha vuelto en los últimos tiempos un defensor de la necesidad de una legislación mundial para el control de armas. Y en alguna ocasión declaró que le hubiese gustado ser el autor de algún objeto más útil para la humanidad, como una cortadora de césped.