Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Fernando y la cultura del miedo en las favelas

Apuro los últimos días en Río de Janeiro. Fernando da Silva, un maestro de escuela, me invita a comer con su familia. Así que llamo a mi buen amigo Cícero y me dirijo a la favela Sapucaí, en la Ilha do Governador.

Las marcas de bala en las paredes son señal inequívoca de que estoy entrando a una zona en la que, ante la ausencia del Estado brasilero, el poder se encuentra en manos de los traficantes, tantas veces inmersos en luchas intestintas, con facciones rivales y con la policía.

Fernando, que tiene 27 años, me recibe con calidez. En el camino hacia su casa me pide con evidente preocupación que no saque la máquina de fotos. “Es muy peligroso”, me dice. Por supuesto que le hago caso, ya no sólo por mí sino por él y su familia. Esto es algo que siempre debemos tener en cuenta los periodistas: nosotros nos vamos pero mucha de la gente que nos ayuda a realizar el trabajo se queda allí, expuesta a sufrir las represalias de lo que hayamos podido hacer de forma imprudente.

Recién al llegar al estrecho pasillo que conduce a su casa, Fernando se siente seguro y accede a que lo retrate. Los vecinos nos saludan. Sus viviendas son diminutas: breves cocinas, salones y habitaciones, con las ventantas y las puertas abiertas para hacer frente al calor.

Antes alquilaban junto a sus padres y su hermano un apartamento en un barrio periférico, pero decidieron que querían tener su propia casa, y con los ahorros de toda una vida compraron una vivienda en la favela. No les alcanzaba para más. Una casa humilde, de estancias reducidas, casi sin luz natural, pero impecable, ordenada, decorada con cariño y esmero. Fernando se sienta en la cama junto a su novia, que ha venido a vivir con él hace unos meses.

Me conduce hasta la terraza, lugar de un gran valor para la familia, ya que les permite evadirse de las sensación de encierro y claustrofobia que impera en el resto de la casa. Su perro nos sigue ladrando.

Conversamos allí, rodeados de un mar de irregulares construcciones de ladrillos que cubren los morros, que se extienden hasta los confines de la isla. Fernando señala las favelas vecinas y me explica: “Esa es del Comando Vermelho, muy peligrosa. Aquella otra, del Tercero Comando”. “¿Aquí qué facción es la que manda?”, le pregunto. “Aquí tenemos a los del Tercero Comando, que, dentro de todo, no son los peores”, me responde. “¿Quiénes son los peores?”, quiero saber. “El Comando Vermelho, que es una facción terrible, brutal. Mata, tortura. No les importa nada”.

Vivir en una favela dominada por un grupo armado implica no poder salir por las noches, escuchar disparos a casi todas horas, asustarse si algún familiar se demora al volver del trabajo, estar constantemente rodeado de armas, de la posibilidad latente de un enfrentamiento.

El mejor amigo de Fernando comenzó a salir con una chica de una favela vecina. Una tarde fue y los miembros del Comando Vermelho lo torturaron y descuartizaron. Los trozos de su cuerpo aparecieron varias jornadas más tarde en una playa de la isla. Esto explica en parte el miedo de Fernando, pero también la rabia con la que habla de los integrantes de este facción. “Son capaces de matar a sus propias familias por dinero”, me dice. En un momento de la conversación no se puede contener y llora.

Intento sacar fotos de los techos de las casas colindantes, pero Fernando me dice que no lo haga. Sabe que un acto mal interpretado puede costarle caro. La cultura del miedo que condiciona hasta el paroxismo su vida cotidiana.

El hermano de Fernando, Osvaldo, que tiene 22 años, es otro ejemplo del temor con el que viven. Es militar, pero nadie en el barrio lo sabe. Nunca sale con el uniforme ni con el arma. Sería exponerse a que los traficantes lo maten.

Finalmente llega a casa la madre de Fernando. Su nombre es María Magdalena Clara da Silva. Trabaja como empleada doméstica en la parte rica de la Ilha do Governador. Hablando del miedo, me dice que apenas algún integrante de la familia se demora ella ya se preocupa. “No son sólo los traficantes, es también la policía, que entra siempre dando tiros”, afirma. “Vivimos con una constante sensación de asfixia”.

Le pregunto cómo son las viviendas en la zona adinerada. “La casa del hombre para el que trabajo es una mansión. Tiene seis baños y dos terrazas”.

– ¿Quién es el dueño?

– Un portugués que pasa aquí unos meses al año.

– ¿El resto del tiempo la casa está vacía?

– Sí.

– ¿Y qué sientes al ver que vosotros vivís aquí, apretados en esta vivienda, y que no hay nadie en esa otra casa tan grande?

Que es gente egoísta, a la que le falta amor. Si yo tuviese tanto dinero ayudaría a los demás. Lo poco que yo tengo lo comparto.

Comemos y, antes de que anochezca, Cícero me lleva de regreso al hotel en Copacabana. He pasado una magnífica tarde con Fernando y su familia. Gente acogedora, generosa, abierta. Sin embargo, no puedo negar que tras salir de su casa y recorrer las lóbregas y laberínticas callejuelas de la favela, dejando atrás su pesada carga de oprobio y reclusión, experimenté una sensación de libertad, como si volviese a respirar.

Estoy leyendo por las noches, aquí en Brasil, Ilícito, el estudio en que Moisés Naím, director de la revista Foreign Affairs, habla justamente de estos espacios, como las favelas, que están a merced de grupos delictivos, y que no dejan de multiplicarse. Zonas libres como Ciudad del Este en Paraguay, estados fallidos como Somalia o Afganistán.

En ellos se mueven sin problemas, dada la carencia de poder gubernamental, muchos de los grupos delictivos que se dedican al tráfico de drogas, de armas, a la trata de mujeres y niños, de objetos falsificados.

Todo ese mundo paralelo que se potenció con la globalización y que tiene atrapados en sus garras a millones de personas de bien, como Fernando y su familia. Pero que, además, amenaza las bases mismas del orden en que vivimos como bien señala Moisés Naím, por su íntima relación con el terrorismo, por los enormes flujos de dinero que mueven a paraísos fiscales, que intentan blanquear en negocios legales, por el creciente poder político que tienen estas organizaciones.

Sin dudas, junto al cambio climático, el mayor desafío que debemos enfrentar en el siglo XXI: hacer que el orden y la justicia imperen en estos lugares. Por el bien común, ya que en un planeta globalizado, tarde o tempranos los problemas de unos terminan siendo los problemas de todos. La lucha contra la pobreza y la exclusión debe ser el primer paso.