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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Alison Des Forges, la mujer que intentó detener un genocidio

El comienzo del juicio a Kaing Guek Eav, antiguo líder de los jemeres rojos, nos ha obligado a rescatar del olvido el horror sufrido no sólo por las 16 mil víctimas de la prisión S21, algunos de cuyos retratos cuelgan hoy como recordatorio en el edificio situado en el centro de Phnom Penh, sino de los dos millones de camboyanos que perdieron la vida entre 1975 y 1979 debido al delirante proyecto colectivista del iluminado que había decidido terminar con todo rastro de la burguesía, el “hermano número uno”, Pol Pot.

Otros cuatro miembros de la guerrilla, que a diferencia de Kaing Guek Eav no han confesado sus crímenes, aguardan también para sentarse en el banquillo en un proceso jurídico que tendría mayor validez aún si contase con el testimonio de dirigentes extranjeros como Henry Kissinger, que con su brutal y secreta agresión a Camboya durante la guerra de Vientam provocó el movimiento que llevaría a los jemeres rojos al poder.

Una triste noticia de hace dos semanas nos refiere a otro genocidio. En este caso, más próximo en el tiempo, menos olvidado: aquel que los hutus ruandeses perpetraran contra tustis y hutus moderados en 1994.

El genocidio de Ruanda

Como señala The Economist, la historia de Alison Des Forges está marcada por dos siniestros aeronáuticos. El primero, que terminó con la vida de los presidentes de Ruanda y Burundi, fue usado como excusa por los hutus ruandeses para coger los machetes y salir a matar a sus vecinos ante la indiferencia del mundo.

El segundo, que ocurrió el pasado 12 de febrero cerca de Búfalo, en el estado de Nueva York, puso fin a la existencia de los 49 pasajeros que iban a bordo de una avión de la compañía Continental, entre los que se contaba Alison Des Forges, justamente una de las personas que más había luchado para llamar la atención de las autoridades de EEUU sobre el genocidio que acababa de comenzar en Ruanda.

La relación de Alison Des Forges con “El país de las mil colinas” tuvo como punto de arranque la tesis doctoral que escribió en 1972. Después pasó años investigando para Human Rights Watch sobre la violencia política que dividía a los dos principales grupos étnicos. Por eso sabía que los acuerdos de paz firmados en 1993 por el gobierno hutu con los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés (FPR) terminarían en un baño de sangre, ya que los primeros no parecían dispuestos a compartir el poder.

Tras el accidente que terminó con la vida de los presidentes el 6 de abril de 1994, recibió la llamada en su casa de Búfalo de Monique Mujawamariya, una amiga que también trabajaba en Derechos Humanos. “Se acabó. Este es el final”, le dijo desde Kigale, consciente de que los interhamwe estaban yendo puerta por puerta en busca de tutsis, y que ella sería la próxima. “Por favor, cuida de mis hijos”, le suplicó antes de cortar.

Dar la alarma

Alison Des Forges se convirtió así en uno de los primeros extranjeros en comprender la dimensión de la masacre que estaba teniendo lugar en Ruanda. Hizo todo lo posible por alertar al gobierno de EEUU. Pero Bill Clinton, tras la muerte de 18 soldados estadounidenses en Somalia un año antes, no quería volver a involucrarse en África.

Como cuenta la periodista holandesa Linda Polman en su brillante libro We Did Nothing, las autoridades de Washington realizaron un vergonzoso malabarismo de negación dialéctica para evitar emplear la palabra “genocidio” (cuyo reconocimiento explícito hubiese significado la obligación de tener que intervenir, según lo exige el derecho internacional).

En este sentido, la estéril pugna de Alison Des Forges recuerda a la del teniente general Roméo Dallaire, que estaba al frente de las fuerzas de la ONU en Ruanda, y cuyos pedidos de refuerzos para contener la matanza fueron ignorados. Es más, el día 20 de abril el Consejo de Seguridad de la ONU aprobaría la resolución 912 para reducir al contingente de la UNAMIR de 2.539 a 270 soldados.

El genocidio terminó casi cien días más tardes, con la toma por parte del FPR de Kigali y la huída en masa de los hutus hacia el Zaire, donde muchos de ellos aún siguen.

Contar la historia

Durante los cuatro años siguientes, Alison Des Forges se dedicaría a documentar, en parte gracias a su conocimiento de kinyarwanda y francés, los crímenes perpetrados en suelo ruandés. El resultado sería Leave None to Tell the Story (“No dejes a nadie que cuente la historia”). Libro de 800 páginas, publicado en 1999.

Un documento que descubre cómo fue planeado el genocidio, incluidos los recibos de compra de medio millón de machetes, y que describe sin eufemismos lo que allí sucedió, historia a historia: desde la mujer que tuvo que enterrar a su marido muerto antes ser violada por un grupo de hombres, hasta un bebé que fue arrojado con vida a un retrete.

Su testimonio sirvió para llevar a algunos culpables frente a los tribunales. Participó como testigo en once procesos por genocidio en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, y en juicios que tuvieron lugar asimismo en Bélgica, Suiza, Holanda y Canadá.

Sin embargo, esto no impidió que Alison Des Forges fuese crítica también con las fuerzas tutsis del FPR, a las que acusa de haber matado a más de 25 mil enemigos. Tanto es así que el año pasado se le prohibió el acceso al país por un informe que realizó sobre el sistema de justicia.

Tenía 66 años cuando murió. Infatigable en su compromiso moral con la zona de los Grandes Lagos, el último trabajo que editó, publicado hace apena unos días, describe la violencia en el Congo. Otra historia que quiso que nadie dejase de contar.