Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Una lluvia de desprecio a los políticos que empiezan las guerras

El sol se ha perdido irremediablemente en las aguas del Mediterráneo, y en casa de Kadija Murua nos sitia la oscuridad. Saco mi linterna y la sostengo con la boca al tiempo en que tomo apuntes de lo que me dice esta anciana que permaneció en su casa, sola, encerrada en la despensa, durante los 33 días que duró la guerra entre Israel y Hezbola.

El Líbano sufre brutales cortes de luz que dejan a la población en la penumbra durante horas. Una y otra vez escucho quejas contra el gobierno “corrupto” de Fuad Signora, ese político del que todos aquí se mofan por sus lágrimas durante la contienda bélica, por su inoperancia y cobardía. Los libaneses están hartos de tanta ineptitud, de la división entre los partidos cristianos, de la pugna entre los bloques el 8 y 14 de marzo que mantiene paralizado al país desde la muerte de Rafik Hariri en febrero de 2005. Aunque la mayoría saludó a Hezbolá después de la victoria contra Israel, lo cierto es que ahora también, a excepción de los chiíes, parecen cansados de Sayed Hasan Nasralá, del lenguaje de las armas. Quieren llevar una existencia normal, quieren que vuelvan los turistas, quieren que el país de los cedros comience a progresar de una vez por todas.

Cuando le pregunto cómo es posible que nadie la llevase a una zona más segura durante la guerra, Kadija me explica que tuvo cuatro hijos, dos de los cuales han muerto. El varón que continúa con vida es soldado. Se encuentra destinado en el norte del país. Y la otra hija, está casada y vive cerca de la ciudad portuaria de Sidón. Justamente desde esta urbe intentó mandarle un taxi al que le pagó mil dólares (los conductores cobraban fortunas por arriesgarse bajo las bombas para sacar a la gente de sus casas). Pero el coche no logró llegar, ya que las carreteras de montaña que conducen al pueblo en el que reside Kadija estaban devastadas.

Otra explicación que me da es que la gente se marchaba pero sin pensar que la guerra iba a durar tanto (lo que me recuerda a los palestinos en 1948, durante la nakba, que abandonaron sus casas pensando que estarían fuera unas semanas, y que aún no han logrado volver). Un sobrino, que vive en el mismo pueblo, le prometió que la vendría a buscar. Cuando regresó a su casa le dijo: “Lo siento pero no te puedo llevar, no hay lugar en el coche, trataré de volver más adelante”. Sin embargo, no lo hizo. Ahora ella no le habla.

La casa de enfrente fue alcanzada por un misil. Lo mismo que la vivienda contigua. Por lo que Kadija no sólo pasó la guerra sola, casi sin ver a nadie, sino que rodeada de los restos humeantes de las moradas de sus vecinos. Hecho este que acentuaba aún más su miedo. “Pensaba que el próximo misil me tocaría a mí y que, como tanta gente, moriría bajo los escombros”, me explica.

A los veinte días de haber comenzado el conflicto, escuchó voces en el jardín. Se asomó por la ventana y vio a varios jóvenes libaneses. Con desesperación, avanzó hacia la puerta y les pidió ayuda. Ellos le dijeron que no podían hacer nada en ese momento, pero que volverían.“Eran de la resistencia”, afirma. “Regresaron después de la guerra para disculparse por no haber venido. Recién entonces me enteré que en ese momento que los soldados israelíes habían llegado al pueblo. Si los jóvenes me lo hubieran dicho, me habría muerto de un infarto”.

En el camino de regreso a Tiro, mi hogar en este recorrido por los recuerdos de la guerra, nos detienen en media docena de puestos de control. Se supone que, siendo ya de noche, yo no debería estar en las rutas del sur del país, territorio de la FINUL y del Ejército libanés. Una y otra vez llaman al sanaka (cuartel) de la inteligencia en Sidón para comprobar mi identidad.

Mientras aguardo, un poco cabreado ante tantas demoras, pienso en Kadija. Me imagino en su lugar, encerrada en una despensa durante 33 días. Sola, desesperada, enferma, sitiada por la incertidumbre, sin saber, al carecer de radio o televisión, que sucedería allí fuera. Esperando, en definitiva, a que la muerte la alcanzara. “Aunque ya pasó un año de la guerra, todavía no oigo bien, mi salud se ha deteriorado”, me dijo. Fueron unos periodistas libaneses quienes la encontraron el 14 de agosto, después del cese el fuego, en su casa y la llevaron a un hospital.

Cuando el año pasado veía con congoja a través de la televisión la guerra en Líbano, en aquellas pocas horas que por la noche encendían el generador del piso en el que vivía en Gaza – y que aprovechaba para escribir el blog y leer vuestros mensajes de amistad y apoyo, algo que nunca dejaré de apreciar y agradeceros -, fantaseaba con horror sobre cómo deberían haber vivido los últimos momentos esas familias que morían en los sótanos de sus casas, bajo las bombas. Me decía que era una forma brutal, desesperante, de perder la vida: encerrado, sin aire, en la oscuridad.

Comencé esta crónica hablando de las virtudes del periodismo. Y este es otro de los aspectos que más agradezco y valoro de esta profesión: que permite vivir mil situaciones, que te ayuda a ponerte en la piel de los demás. Y es en nombre de estas personas ausentes de voz, olvidadas, postergadas que vuelvo a repetir alto y claro para que no queden dudas: vergüenza de aquellos políticos que inician las guerras, que deciden que en nombre de sus ambiciones y estrategias de poder otros morirán, que se llenan la boca hablando de “terrorismo” cuando con sus acciones no hacen más que extender el terror, el horror, el odio. Una lluvia no ya de bombas, como la que padeció Kadija, sino de desprecio para todos ellos.

Caían bombas como lluvia

Si hay algo estimulante de esta profesión, además de que se trata de un constante aprendizaje, y de que en algunas circunstancias puede llegar a movilizar voluntades para poner fin a determinado problema, es que casi siempre resulta impredecible. No en pocas ocasiones me sucede que en el proceso de buscar historias para levantar los andamios de un reportaje, encuentro otros testimonios igual de estimulantes que los que estaba procurando en un primer momento.

Es lo que me ocurrió el pasado jueves cuando recorría el sur de Líbano recavando información sobre la muerte de 23 civiles cuando huían de la población de Marwahín. Un hecho que el maestro de periodistas, Robert Fisk, describió de la siguiente manera (poniendo énfasis en aquello que siempre intento recalcar: el perverso uso que hacen algunos políticos y medios de comunicación del término terrorista para justificar crímenes contra la humanidad y atropellos de los derechos humanos):

“Será recordada como la masacre de Marwaheen. A todos los civiles asesinados se les había ordenado abandonar sus hogares en el pueblo de la frontera por los mismos israelíes unas horas antes. Váyanse, se les dijo a través de un altoparlante; y se fueron, veinte de ellos en una caravana de automóviles civiles. En ese momento fue que llegaron los aviones israelíes para bombardearlos, matando a veinte libaneses, de los cuales por lo menos nueve eran niños. La brigada de bomberos local no pudo extinguir el fuego, mientras todos se quemaban vivos en el infierno. Otro “objetivo terrorista” había sido eliminado“.

En una localidad próxima a Marwahín, el dueño de una tienda al que entrevisto acerca de la masacre, me dice que debería hablar con Kadija Murua, la única persona que permaneció en el pueblo durante la guerra. Siguiendo sus indicaciones llego junto a Jalal, el traductor, a una modesta casa de dos plantas, al fondo de cuya terraza vislumbramos a una mujer mayor, que permanece sentada en una silla, sola, en silencio, mientras anochece en esta parte del mundo.

“Salaam aleykum”, dice Jalal, pero la anciana no lo escucha. Insiste, a viva voz. Ella reacciona. Nos invita a pasar. Jalal le explica que soy un sahafi (periodista) que he venido de España y que me gustaría hacerle algunas preguntas acerca de la guerra.

“Pasé la guerra sin que nadie me ayudara, aquí, encerrada en mi casa”, afirma Kadija. Acto seguido, señala hacia el suelo con el bastón. “Como casi no me puedo mover, me encerré en la despensa. No tenía electricidad. Y sólo salía para ir al lavabo, que está al lado”.

“¿Y de qué se alimentaba?”, quiero saber. “Tenía un poco de keshek y hommos que mezclaba con el agua que cogía del lavabo. Fue todo lo que comí durante 33 días”, afirma Kadija con evidente expresión de sufrimiento al recordar aquellos momentos de angustia, incertidumbre y soledad. El keshek es una suerte de harina de yogurt y trigo, y el hommos, pasta de garbanzos.

“¿Y qué es lo que recuerda de aquellos días? ¿Sabía lo que estaba pasando?”, continúo. Al escuchar la respuesta de Kadija, Jalal sonríe. “¿Qué ha dicho?”, le pregunto. “Que caían bombas como lluvia”, me explica. “¿Por que lo dice, porque caían muchos misiles?”, intento profundizar. Jalal le formula la pregunta. A lo que la anciana le responde, lacónicamente, sin extenderse: “Caían bombas como lluvia”.

Continúa…

La masacre de Marwahín

Kadija Murua se mueve con dificultad. Avanza asida a su bastón de madera, lentamente, apoyándose con la otra mano en cuanto objeto encuentra a su paso. A los 74 años de edad, vive sola en la planta baja de una casa situada apenas a tres kilómetros de la frontera con Israel.

Tras haber perdido una hora en el último puesto de control del Ejército, donde una vez más me han tenido esperando hasta que comprobaron con la central de inteligencia que mis papeles estaban en regla, llegué Mazraat el Bidaya, el pueblo en la que vive Kadija, cuando ya el sol se comenzaba a diluir en las mansas aguas del Mediterráneo.

Como ya había hecho en Caná, y en varios otros lugares del sur del Líbano, mi idea era recavar información sobre una de las tantas masacres de la guerra del 2006. En este caso, la que tuvo lugar durante el día 15 de julio cuando una familia huyó de de su casa en la aldea de Marwahín para tratar de encontrar refugio en un cuartel cercano de Naciones Unidas después de que aviones israelíes lanzasen octavillas en las que ordenaban a los vecinos que abandonaran sus casas.

Los cascos azules franceses les prohibieron el acceso, por lo que la familia decidió seguir camino hacia la ciudad de Tiro. En una de las curvas de la sinuosa carretera su vehículo fue alcanzado por un misil disparado desde un F16 de la aviación israelí. Según cuentan los testigos, la visibilidad era excelente, y la sección posterior de la camioneta Datsun carecía de techo, por lo que se podía identificar perfectamente que se trataba de menores de edad y no de combatientes de Hezbolá.

La masacre de Marhawín conmocionó al mundo porque tuvo lugar en el tercer día de ofensiva israelí. Terminó con la vida de 23 personas, de las que nueve eran niños. Y creo que es importante recordar, una vez más, que fue la respuesta del gobierno de Ehud Olmert no a un ataque con misiles ni a una invasión, sino al secuestro de dos soldados por parte de Hezbolá, una práctica que Israel realiza de forma sistemática: detener a personas fuera de su territorio, sin hablar ya de los miles de palestinos que están en sus cárceles ausentes de cargos en su contra, juicio o condena. Una acción por parte de Hezbolá a la que Israel respondió en el 2004 negociando, pero que en esta ocasión rechazó, según algunos analistas, alentada por EEUU para golpear de forma indirecta a Irán.

Recordemos también que Israel ejecuta, dentro y fuera de su territorio, una política sistemática de asesinatos selectivos, como la que terminó el 16 de febrero de 1992 con la vida del anterior secretario general de Hezbolá, Sayed Abbas Musawi, y con tantos dirigentes palestinos. Lo curioso de todo este asunto es que en sus apariciones públicas, Ehud Olmert se llena la boca hablando de terrorismo. Si entendemos al terrorismo como la voluntad de golpear deliberadamente a gente inocente para conseguir objetivos políticos, religiosos o sociales, quizás el señor Olmert debería mirarse al espejo al pronunciar esta palabra, ya que su estrategia del año 2006 en la guerra contra Hezbolá fue atacar deliberadamente a la población civil destruyendo los puentes, las centrales eléctricas, las carreteras, para devolver a Líbano “veinte años en el tiempo” y para crear un estado de opinión contrario al Partido de Dios (estrategia que no le salió bien, pues ante semejante despliegue de barbarie casi todo el país terminó respaldando a Hezbolá).

Ahora, mientras anochece en el sur de Líbano, voy de casa en casa hablando con la gente para buscar detalles sobre la vida de la familia asesinada mientras huía de Marhawín. Como sucede tantas veces en esta profesión, me encuentro con un testimonio que no esperaba: la conmovedora historia de Kadija, esta anciana que pasó los 33 días de la guerra encerrada entre la despensa y el baño de su casa, sola, sin televisión ni radio, sin nadie que la viniera a rescatar.

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Celebración en Líbano ante la derrota de Fatah al Islam

En las calles de Beirut se escuchan bocinas, gritos de celebración. Los lujosos coches que suelen sucederse por rue Hamra, el corazón comercial de la capital del país de los cedros, en este momento avanzan haciendo flamear banderas del Líbano, blandiendo emblemas del Ejército.

Hace apenas dos horas la lucha entre el grupo terrorista Fatah al Islam y las fuerzas armadas libanesas llegó a su fin cuando los soldados gubernamentales mataron a los últimos 37 combatientes, y tomaron prisioneros a una docena, que desde hacía más de tres meses estaban atrincherados en el campo palestino de refugiados de Nahr al Bared.

“Son unos fanáticos, no tienen miedo a morir, por eso resisten de esta manera”, me explicó el jueves un ex militar británico, alto funcionario de Naciones Unidas en Líbano, en referencia a la tenacidad con la que los terroristas, no más de un centenar, estaban logrando resistir a los envites de todo un Ejército. “Y cuentan con la red de túneles cavados por la OLP en los años setenta, que se dice que recorren todo el campo”.

Para los más de 40 mil palestinos, que se habían visto obligados a abandonar el diminuto campo de apenas dos kilómetros cuadrados de extensión, es un motivo de alivio. Y en estos momentos, todas las televisiones, sean de la tendencia que sean, desde la pro gubernamental Future TV hasta Al Manar, la cadena de Hezbolá, muestran a los vecinos caminando por las inmediaciones de Nahr al Bared, saludando a los soldados, acercándose a ver los restos de la destrucción.

Pero no sólo para los palestinos esta victoria resulta una razón de alivio ante el final del asedio al campo en el que viven desde 1948, también para todos los libaneses, pues se ha tratado del peor episodio de violencia interna desde que la guerra civil terminara en 1990. En total ha costado la vida a 158 soldados y a más de cuarenta civiles.

En este pequeño y diverso país, cuya política interna está siempre plagada de preguntas sin responder, aún nadie parece saber a ciencia cierta de dónde ha salido Fatah al Islam. La versión más aceptada lo retrata como una facción palestina vinculada a Siria, ya que su cabecilla era el militante palestino Shakir al-Abssi (que parece que ha logrado huir del asedio militar). Según sus palabras, Fatah al Islam buscaba imponer la ley islámica en los campos de refugiados y luchar contra Israel.

Otras opiniones afirman que está vinculado al partido del desaparecido Rafik Hariri, que procuraba una milicia sunní para equilibrar la fuerza de Hezbolá, que es una organización chií. También está quien dice que fue EEUU quien armó a este grupo también para que hiciera frente a el Partido de Dios. De lo que no queda duda es de que sus integrantes son de distintas nacionalidades, y su ideología está ligada a Al Qaeda, con un discurso antioccidental e islamistas radical.

Esta victoria permitiría a los libaneses centrarse en el gran reto que los espera en el mes de septiembre: la elección de un nuevo presidente, lo que implicaría, según los reclamos de la oposición, una revisión de la ley electoral y de la forma en que se reparte el poder en este país. El candidato que hasta ahora podría salir ganador, el general Michel Suleyman, hasta el momento aceptado por todos, vería su imagen reforzada con esta victoria del Ejército.

Mi desembarco en Líbano hace tres semanas coincidió con un preocupante titular del periódico The Daily Star: “Grupos huidos de Nahr al Bared amenazan con atentados bomba por todo el país”. Lo único que queda ahora preguntarse es si los militares han terminado su trabajo, o si, una vez más, como tantas veces en el pasado, la paz resulta una mera ilusión que las células aún activas de Fatah al Islam se encargarían de hacer saltar por los aires.

El árbol de los milagros de Hezbolá

Así como la semana pasada estuve en el lanzamiento del videojuego de Hezbolá, y fui testigo de cómo la organización chií utiliza los medios más modernos de comunicación para vender su “victoria” contra Israel, hoy he estado en el árbol de los milagros del Partido de Dios, al que cientos de peregrinos se acercan a venerar a los “santos” caídos en la guerra y la proeza sobrenatural que supuestamente han generado con su poder.

Este encuentro con el lado místico de Hezbolá me ha hecho reflexionar sobre su carácter mientras volvía de la ciudad de Bint Jbeil y se hacía de noche en las montañas que pueblan esta región. Nadie puede negar que el Partido de Dios es un fenómeno social y político único, contradictorio, difícil de clasificar. Aunque algunos se empecinen en colgarle el adjetivo de “terrorista”, lo cierto es que en la actualidad no pertenece a esta categoría.

En esto coinciden todos quienes han estudiado en profundidad, con rigor, sin histerias ni altisonancias maniqueas, su evolución desde que hiciera pública su plataforma en 1985. Según reveló el New York Times, de no haber sido por la escalada dialéctica con Irán, hace ya tiempo que los Estados Unidos habrían aceptado al movimiento liderado por Sayed Hasan Nasralá como un actor más de la política libanesa, del mismo modo en que lo hace de facto la Unión Europea.

Uno de los aspectos más complicados de comprender del Partido de Dios es la convivencia de tendencias contrapuestas en su seno. Por una parte, se proclama como un movimiento puramente nacionalista, que no busca la creación de un estado islámico (aunque lo afirmase hace veinte años), respetuoso con la diversidad de Líbano (quizás uno de los países más abiertos, tolerantes y cosmopolitas de Oriente Próximo). Los discursos de Hasán Nasralá – al que los especialistas sitúan en el lado moderado, aperturista, del movimiento – casi siempre van dirigidos a todos los libaneses y aspiran a crear una agenda común para sacar adelante al país de los cedros. Al mismo tiempo, Hezbolá mantiene una íntima relación con Sira e Irán, y enarbola la bandera de la causa palestina.

También existe en la organización chií un ala formada por profesionales que gozan de un alto poder adquisitivo, educados en el extranjero, que se pasean con sus coches todorreno y que dan la impresión de disfrutar de la buena vida tanto en la playa de Tiro como en los restaurantes más lujosos de esta ciudad. Sin embargo, aunque de forma mucho más discreta y moderada que en el pasado, el movimiento sigue apegado a la tradición mística devenida de la escisión del Islam provocada por el martirio de Hussein, el nieto de Mahoma. Una y otra vez he escuchado en el tiempo que llevo en Líbano que los comandos de Hezbolá “triunfaron” porque no tenían miedo a la muerte, porque luchaban por Dios.

El árbol de los milagros se encuentra en Bint Jbeil, una de las localidades del sur en que los enfrentamientos entre los israelíes y la guerrilla chií fueron más encarnizados. Al menos diez tanques fueron destruidos cuando intentaban tomar esta ciudad que mantuvo la embestida hasta el final de la guerra, a diferencia de su vecina Maruna Ras, que sí fue tomada por las fuerzas del Tsahal.

La historia del árbol comienza cuando a alguien se le ocurre la idea de coger un tronco muerto, disecado, y colocar en sus ramas las fotos de los 42 comandos de Hezbolá que murieron luchando contra los tanques Merkava y los helicópteros Apache.

Al tiempo de haber sido armada esta figura conmemorativa, empezaron a nacer brotes verdes. Eso fue interpretado por muchos como una muestra de la “santidad” de los luchadores. Hoy, cientos de personas se acerca cada día a Bint Jbeil para hacerse eco este “milagro” que aquí ha aparecido en buena parte de los medios de comunicación.

No sé nada de botánica, por lo que no puedo explicar si los espejos que ponen debajo del tronco carente de vida, para demostrar que no recibe nutrientes, sirven realmente para algo. Tampoco creo en los milagros ni en los duendes o los platillos voladores (creo que la vida en sí, tal como la percibimos, es demasiado fascinante, poética, lírica, como necesitar que nuestra imaginación le agregue elementos foráneos, empíricamente inexistentes). Y atisbo que este fenómeno, el árbol de Hezbolá, tendrá alguna explicación racional. Lo que sí me ha parecido es un buen ejemplo de la dualidad del movimiento.

¿Cuál es la verdadera cara de Hezbolá? ¿Cuál prevalecerá en el futuro? Sus detractores afirmarán sin duda que la más retrógrada. Pero lo que he comprobado en mis viajes al Líbano, y en el diálogo y encuentro con gente de todas las facciones y grupos sociales, es que ambas facetas, por más contradictorio que pueda parecer, son el Partido de Dios. Veremos qué sucede en el futuro.

Ojalá regresen los soldados españoles

A diferencia de cientos de miles de libaneses que abandonaron el sur del país huyendo de la guerra, Nisrim permaneció junto a su marido y sus hijas en su casa del pueblo cristiano de Maryayún (escenario del famoso encuentro ente las tropas israelíes y el ejército libanés, taza de té de por medio, que tanta polémica ha generado en Líbano).

Las bombas destruyeron parte de su vivienda. Y, una madrugada, los soldados hebreos entraron a la casa arrasando cuanto encontraban a su camino: camas, televisores, sofás. Nisrim aún recuerda el horror vivido por sus hijas cuando los comandos entraron empuñando sus armas al sótano en el que se había refugiado la familia.

Al principio pensaban que se trataría de una guerra breve, apenas unos días, como en los anteriores enfrentamientos entre Hezbolá e Israel de 1993 y 1996. Pero los días fueron pasando. Y los animales que criaban, su principal fuente de ingresos, comenzaron a morir. No se animaban a salir por miedo a los misiles de los aviones no tripulados que con tantas vidas de civiles acabaron en la guerra que se extendió entre el 12 de julio al 14 de agosto de 2006. “Perdimos más de 150 cabras porque no podíamos darles de comer y no hemos recibido una lira del Gobierno”, me explica.

Cuando terminó la contienda, la anunciada llegada de nuevos contingentes de la UNIFIL, respondiendo a la resolución 1701 del Consejo de Seguridad, hizo que Nisrim viera la oportunidad de volver a poner en pie la economía familiar. Sabía que las tropas pasarían a diario frente al pequeño local que tenía junto a su marido, así que lo puso en condiciones y se preparó para trabajar con ahínco.

“Nuestro restaurante era muy popular entre los soldados españoles. Al día venían más de cuarenta. Y teníamos muy buena relación con ellos. Nos gustan los españoles, por eso pusimos las banderas en la puerta”,me dice Nisrim, que tiene 30 años de edad. “Como la cosa iba bien, entonces pedí al banco dinero para poder remodelar el negocio y comprar más productos”.

El terrible atentado del pasado día 25 de junio, que terminó con la vida de seis soldados españoles, hizo que los mandos castrenses subieran el nivel de alerta. Medida que no permite a los militares coger sus jeeps como hacían antes y bajar en sus tiempos de descanso a los pueblos. Ahora deben salir con sus chalecos antibala, en patrullas compuestas por dos vehículos y para realizar misiones concretas. Cientos de negocios, que se habían orientado hacia los gustos españoles, incluido el curiosísimo “Paquito Chocolatero”, sufrieron por la ausencia de las tropas españolas.

Los indicios señalan que el atentado fue provocado por agentes ajenos a las milicias de esta zona, muy seguramente una célula de Al Qaeda, por lo que la relación entre la gente del sur y las tropas extranjeras parece no haberse deteriorado. Como bien señaló el periodista Robert Fisk en su momento, y todos los que conocemos en profundidad el ideario de Hezbolá y sus aspiraciones políticas en la escena libanesa así lo creemos, el Partido de Dios es uno de los menos interesados en que los miembros de la FINUL sufran ataques, y la amplia red de inteligencia que tiene desplegada por toda la región está muy alerta a que se puedan infiltrar grupos terroristas al sur del río Litani. Después de todo, la información señala que Hezbolá se ha vuelto a rearmar, más allá de la presencia de los cascos azules, y que ahora cuenta con un poderío aún mayor que antes de la guerra de 2006 (a quienes desconozcan la historia de la organización chií, les recomiendo el magnífico libro de Javier Martín, corresponsal de EFE en la zona) .

El cambio de rutina de los soldados españoles fue también un revés para Nisrim.“Dejé de pagar el crédito. Y no sé qué hacer. Trabajo catorce horas al día pero no llego a fin de mes”, me dice. “Se comenta que, si nada cambia, a fin de año se podría bajar el nivel de alerta y los soldados podrán volver”, le explico. “Ojalá así sea, ojalá vuelvan los soldados españoles”, exclama levantando la vista.

Finalmente, me siento a la mesa en su restaurante. Hommos, fatouche, kebbe frito. Una estupenda demostración de la extraordinaria comida del Líbano. Cuando termino, me acerco a la caja para pagar. Descubro una foto que me llama la atención.

Un soldado que en cada una de sus visitas se dedicaba a dar clases de español a la hija mayor de Nisrim. Todo un ejemplo de ese espíritu de integración, de buen hacer humanitario y cordial, que caracteriza desde hace años a las misiones de paz de este país.

Banderas españolas en el sur del Líbano

En la puerta de su restaurante, situado en la carretera que conduce a la ciudad de Marjayun, Ismail no tiene colocada una bandera española, sino tres. Seducido por el olor de la carne que asa junto a la ruta, aparco el coche y me dirijo al lugar. “¿Por qué tienes tantas banderas españolas?”, le pregunto. “Porque España es un buen país, que está aquí para ayudarnos”, me contesta en medio del humo de los kebab.

En las misiones de paz, los soldados españoles tiene fama de saber ganarse a la gente. Muy a diferencia de las tropas estadounidenses que, a base de atacar innecesaria a las poblaciones civiles como en Faluya, o de cometer atrocidades como las de Abu Graib, poco tardan en ser vistas como fuerzas hostiles, arbitrarias, de ocupación y gatillo fácil. Por supuesto que la situación de unos y otros es muy distinta, y hasta las funciones que deben realizar, pero no por ello debe dejar de elogiarse, y de señalarse como ejemplar, el buen hacer y la calidad humana de las fuerzas armadas de este país.

En estos días de viaje por el sur de Líbano lo he comprobado. Si bien aquí hay soldados de Italia, Francia, Malasia, India e Indonesia, lo cierto es que la gran mayoría de las banderas extranjeras que he encontrado a mi paso son españolas. También ayuda a la buena relación de nuestra misión de paz y la población local, el despliegue de numerosos carteles que señalan las obras realizadas con el dinero de los españoles, y que están por todas partes. Como este anuncio, que subraya que la carretera pavimentada tras la guerra fue financiada por el Ministerio de Defensa.

En este sentido, vale la pena recalcar una vez más, como lo hice con tanta insistencia el año pasado durante de la guerra entre Israel y Hezbolá, y cuando las bombas en Gaza no dejaban de caer, la absurda política de la Unión Europa de mantener un cobarde e irritante silencio cuando empiezan los enfrentamientos para luego hacerse responsable de pagar las cuentas de la destrucción (así cómo la semana pasada pagó las facturas de la luz en Gaza, cuando fue Israel quien bombardeó la central eléctrica construida por Enron, en una medida de evidente castigo colectivo, el pasado año).

Como bien sabemos todos, ese dinero no se produce mágicamente sino que proviene de los impuestos que pagamos. No digo que deberíamos dejar de apoyar a las poblaciones empobrecidas por la guerra en el sur de Líbano, pero sí que deberíamos levantar la voz con énfasis y presionar cuando Ehud Olmert, Amir Peretz y compañía deciden arrasar un país, o la franja de Gaza, como consecuencia de una estrategia perversa e ineficiente: golpear deliberadamente a la población civil para que esta, a su vez, se vuelva contra los grupos armados como Hezbolá, Hamás o la Yihad Islámica. Ya lo dijo el gran periodista israelí Gideon Levy en este blog, “nuestros líderes tendrían que saber que cuando nos atacan a los israelíes nos volvemos más nacionalistas, y lo mismo sucede con los árabes”.

Hasta Renaud Girard, cronista de Le Figaró, abiertamente pro israelí, se muestra crítico en su libro La guerra fallida de Israel contra Hezbolá. Se pregunta por qué Ehud Olmert y su gabinete no aguardaron unos días antes de atacar, por qué no buscaron el apoyo internacional, por qué se les calentó la boca y desvelaron con torpeza sus estrategias al enemigo (Dan Halutz afirmó que Líbano retrocedería 20 años en el tiempo; Amir Peretz, con los prismáticos tapados mientras observaba la zona de conflicto, dijo que Nasralá nunca se iba a olvidar de su nombre). Sin hablar de la comisión del juez israelí Winograd, demoledora para Ehud Olmert y sus nefastas estrategias belicistas.

Claro que la presencia de las banderas españolas no responden sólo al afecto de la gente, sino que también tienen un elemento comercial, son un reclamo para que los soldados paren en los negocios y gasten su dinero. El siguiente cartel, traducido seguramente al español a través de Internet (habría que hacer un estudio del curioso lenguaje que crean los traductores de la red), constituye un buen ejemplo.

“El Moulook Club UN garantisa la mejor experiencia en una discoteca pata todos los machachoc y muchachas de las Nasiones Unidas, presentamos et Mejor D.J. y uno de los mejores servidores en la ciudad de Beirut. Los esperamos todos los viernes por la noche”, reza este cartel de una famosa discoteca de la capital libanesa que, de haber querido ser escrito a drede con faltas de ortografía, no se podría haber hecho peor.

Continúa…

Viaje a la guerra del sur del Líbano

Un coche de alquiler. Al que Alí, empleado del viejo pero no decadente hotel Mayflower, lugar de encuentro de los corresponsales extranjeros durante la guerra civil, me ayuda a subir las maletas. Me despido de la gente de recepción y salto emocionado al asiento del conductor. Dejo atrás ese alojamiento varado en el tiempo. Ese edificio poblado de sombras, de arañas de cristal, de cortinas de raso y grandes cuadros con retratos de militares ingleses del siglo XIX.

Un buen mapa del Líbano. Exhaustivo, prolijo en nombres y carreteras, que me guiará hacia el sur del país. Mis primeros encuentros con el caótico tráfico del barrio de Hamra son menos complicados de lo que pensaba. La gente conduce sin respetar los carriles, sin casi anunciar sus maniobras. Pero lo hace de forma lenta, como una suerte de danza febril, en la que cada pieza encaja aunque parezca de puro milagro.

Las heridas de la guerra. Puentes destruidos, edificios devastados. La situación ha mejorado notablemente con respecto al año pasado, cuando tardábamos horas en llegar al sur, aunque Fadhi se obstinara en salirse de la carretera o en avanzar en dirección contraria con tal de ahorrar tiempo. Eso sí, algunas obras de reconstrucción siguen sin estar terminadas: el puente de entrada Sidón; el que cruzas antes de sumergirte en la carretera que transcurre entre las plantaciones de plátanos y que te lleva a Tiro.

Los símbolos de Hezbolá. Omnipresentes, insoslayables, que celebran su supuesta “victoria divina” contra Israel por todas partes, hasta en los barrios cristianos y los feudos de los seguidores de Rafik Hariri y el bloque 14 de marzo. En algunos lugares, como en la entrada a la carretera secundaria que cruza el río Litani y desemboca en Tiro, tras pasar dos puestos de control del ejército libanés, una lanzadera coronada por carcasas de kaytushas que aún hoy apuntan hacia Israel. Un recordatorio de que el Partido de Dios, según afirmó el año pasado Sayed Hasán Nasralá, tiene aún más proyectiles que antes del comienzo de la guerra que se extendió entre el 12 de junio y el 14 de agosto y que costó tantas vidas.

Veinte días de viaje. Para descubrir cómo se encuentra, a un año de la guerra, este sur devastado por las bombas. Me dirigiré a Bint Jbeil y Maruna Ras, epicentros de los combates cuerpo a cuerpo. También volveré a seguir a los desactivadores de bombas de racimo. Si todo va bien, hablaré con autoridades, con médicos, con víctimas, con miembros de la FINUL y con militares libaneses, desplegados finalmente en la región como consecuencia de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, aunque sin animarse a tocar a Hezbolá, ni ellos ni los soldados españoles, franceses o italianos que pululan con sus carros blancos a todas horas por la zona.

Tiro. Esta maravillosa ciudad de 200 mil habitantes que fuera hogar de los fenicios, los griegos y los romanos (aquí se encuentra el mayor hipódromo romano del mundo), y que tiene un aire definitivamente mediterráneo con su pequeño puerto de pescadores y sus plácidas callejuelas flanqueadas por casas de piedra que desembocan inexorablemente en el mar, será mi base. Desde el hotel Al Farná, en el que se alojaron más de treinta periodistas extranjeros durante el conflicto bélico, partiré en busca de las historias. Aquí me he parapetado con una pila de artículos de periódicos y varios libros como La guerra fallida de Israel contra Hezbolá del corresponsal de Le figaró Renaud Girard y The 33-Day War: Israel’s War on Hezbollah in Lebanon and Its Consequences de Michel warschawski y Gilbert Achcar (uno favorable a la guerra, y el otro, crítico). Contento, en buena medida, de haber regresado a este bellísimo país en mejores circunstancias.

Muchos interrogantes. Mientras conduzco me pregunto cómo será la situación en estos momentos. Y cómo la observaré con la distancia de once meses. Lo que encontré el año pasado después de la guerra me conmovió profundamente, me hizo sentir indignación, dolor. No comprendía cómo Israel, con el permiso del “mundo desarrollado”, había golpeado de semejante manera a la población civil. Me parecía no sólo inmoral, sino estratégicamente absurdo, contraproducente, como bien señaló el informe del juez israelí Winograd. La campaña de castigo colectivo articulada por Ehud Olmert tras el secuestro del soldado hebreo Gilad Shalit, que narro en mi libro Llueve sobre Gaza, extendida y magnificada sobre el Líbano, sin distinción entre combatientes y no combatientes, entre chiíes, drusos, cristianos o sunníes. Todos pagaron por el secuestro de Hezbolá de dos soldados en la frontera aquel nefando 12 de julio de 2006. Y el Partido de Dios salió aún más reforzado que en el año 2000, tras la retirada de las tropas ocupantes hebreas.

Y un vídeo. Estas son las imágenes que filmé al recorrer el sur de Líbano a principios de octubre de 2006. ¿Cómo se verá la situación un año más tarde, ahora que el dolor de las víctimas ya no es tan evidente, ahora que este país intenta volver a ponerse de pie?

En la presentación del videojuego de Hezbolá

Como las películas de Hollywood, los videojuegos suelen presentar al mundo la visión de Occidente: los malos son los alemanes, los soviéticos y, en las últimas generaciones, los árabes. El juego Mercenary 2 World in Flames, va más allá y plantea la invasión de la Venezuela de Hugo Chavez por un grupo de comandos.

Primero fue Irán quien decidió dar la vuelta al asunto y promocionar un producto para PC, Rescue the Nuke Scientist, en el que los enemigos a batir son un grupo de agentes estadounidenses que secuestran a un científico nuclear iraní. Según sus creadores, una respuesta al videojuego creado por una empresa norteamericana: Asalto a Irán.

Y ahora le toca a Hezbolá, que lanza la segunda versión de Special Force, un juego que recrea los enfrentamientos del año pasado entre el Partido de Dios e Israel en la guerra que duró 33 días y que produjo en Líbano más de 1.100 muertos y del lado del Estado hebreo 157.

Tras haberme acreditado en la oficina de prensa de Hezbolá, que el año pasado después de la guerra era apenas un piso paupérrimo en el distrito de Dahiye, epicentro de la comunidad chií en Beirut, y que hoy ya tiene confortables sillones y un cartel en la puerta con el logo del Partido de Dios, me dirijo hacia la presentación del Special Force 2.

Este juego presenta la cultura de la resistencia a los niños: que la ocupación debe ser enfrentada y que la tierra y la nación deben ser protegidas”, declaró Sheikh Ali Daher, oficial de prensa de Hezbolá. Después habló Hussein Hassan, a quien los lectores de 20 Minutos pudieron entrevistar en directo el año pasado. Tras agradecer a los creadores de Special Force 2 por su esfuerzo, su discurso se centró en la política interna de Líbano, ya que el Partido de Dios lleve meses presionando para conseguir mayores espacios de poder, alentado por su supuesta “victoria divina” contra Israel.

Según la demostración hecha a los periodistas de todo el mundo que estábamos allí congregados, los protagonistas virtuales del juego son los muyaidines de Hezbolá en su lucha contra los tanques, helicópteros y aviones israelíes que entran en territorio libanés. Los detalles del terreno, de los pueblos asediados por el ejército hebreo, son sumamente precisos: aparecen localidades como Bint Jbeil o Maruna Ras, donde la guerra y los enfrentamientos cuerpo a cuerpo fueron más cruentos.

También el marco en el que se presentó el juego, la exposición La Tela de Araña, está destinada a ensalzar la figura de los comandos de Hezbolá. Quienes recorren este evento multimedia, una suerte de Hezbolandia, encuentran primero fragmentos de tanques y helicópteros israelíes, de los que salen efectos especiales como nubes de humo y luces.

Después fatigan una sala de exposiciones con restos de armamento de los soldados hebreos abatidos, proclamas contra Bush e Israel, y prolijos listados, acompañados de gráficos, de los distintos tipos de misiles de largo alcance y antitanque empleados por Hezbolá. Esas mismas armas que el jugador puede usar en Special Force 2.

Pero el momento culminante del recorrido es la sala de proyecciones en la que se muestran imágenes terribles de los combates, de las bajas israelíes, sobre un tanque merkava surcado por luces y humos, de las que salen arrastrándose varios muñecos que representan a soldados hebreos. Al final de la proyección aparece una imagen de Hasan Nasralá el 22 de septiembre de 2006, frente a la multitud de medio millón de personas que se reunió en Beirut para celebrar la pretendida “victoria divina” sobre Israel.

Alguna gente aplaude, otra se queda en silencio. Es un vídeo sumamente duro. Le pregunto al traductor que ha venido conmigo cuál es, en su opinión, el objetivo de la exposición y del videojuego. “Tienes que entender que la gente del sur de Líbano estuvo durante quince años oprimida por la ocupación israelí. Vivía atrapadas en sus aldeas. Todos tenían algún muerto en la familia o alguien al que los israelíes habían encerrado y torturado en la prisión de Jiam”, me dice. “Para ellos esta es una victoria, una celebración. Ahora los israelíes saben lo que sentimos al ser siempre vencidos, humillados, una y otra vez”. La declaración de un portavoz del gobierno de Ehud Olmert con respecto a Special Force 2 va en la dirección contraria. Afirma que es una forma de “llenar de odio” a los niños del Líbano.

A la salida: el mausoleo de los mártires. Una escalera al cielo y media docena de televisiones en que los combatientes hablan a cámara en mensajes grabados antes de la guerra. Los yahid que aquí tanto se veneran y que perdieron la vida en el sur de Líbano en 2006.

Y, para terminar, un golpe de efecto: una de las bombas de racimo que Israel lanzó durante los últimos tres días de combates y que tanto daño están causando a la población civil en el sur del país. Aún hoy, estas bombas, que son más de un millón, amenazan a los niños y adultos que se arriesgan a regresar a los cultivos.

Las sensaciones al salir de toda esta parafernalia montada por Hezbolá en el centro de Dahiye no me resultan nada agradables. Lo que sí queda claro es que la lucha a través de la propaganda resulta sumamente importante tanto para Israel como para el Partido de Dios. Por eso en los primeros días de la guerra Israel bombardeó el edificio de Al Manar, la televisión próxima a Hezbolá, que sólo dejó de transmitir durante tres minutos.

Hay quienes afirma que lo que se está viviendo en Oriente Próximo es una nueva guerra fría, con Estados Unidos e Irán como protagonistas, y que cada uno mueve sus fichas en la región, tanto sea Hamás, Hezbolá o Siria, como Israel, Egipto o Arabia Saudí.

Todo este enfrentamiento dialéctico recuerda ciertamente a los tiempos en que el bloque soviético se enfrentaba también a través de la comunicación en su voluntad de ganar el favor de la gente en contra de los Estados Unidos y sus aliados occidentales. Que el nombre del videojuego sea en inglés, Special Force 2, y que Hezbolá se preocupe tanto por la comunicación, en formas modernas y destinadas a los jóvenes, hace pensar que su mensaje aspira a llegar también a las masas de Hugo Chávez, de Evo Morales, ya que la fractura parece ir más allá de Oriente Próximo. Como decía Bush, “conmigo o contra mí”. Y allí parece pasar la línea divisoria del mundo, en la política y en los videojuegos.

Desde Beirut: Hezbolá y su “victoria divina” contra Israel

El año pasado, durante la guerra de 33 días entre Israel y Hezbolá, los soldados de la organización chií resultaban invisibles no sólo para los periodistas, que no consiguieron ni una sola instantánea de los comandos del Partido de Dios, sino para los mismo miembros del ejército hebreo, que parecían no encontrar la forma de evitar que los misiles katyusha cayeran sobre su territorio y que sus tanques merkava fueran sistemáticamente destruidos en ciudades como Bint Jbeil, por más que habían reducido a escombros el sur de Líbano.

Hoy, en este primer aniversario del final de la guerra entre Israel y Hezbolá, de la que la organización militar, política y social de Sayed Hasan Nasralá se proclamó vencedora en la tan alardeada “victoria divina”, los retratos de estos soldados se ven por todas partes. Sus imágenes pueblan las calles de Dahiye, el enclave chií en Beirut, pero también buena parte del resto del país, en grandes fotos que anuncian que el 14 de agosto, día del final de la contienda, marca un hito: la primera vez que el ejército de Israel, imbatido hasta el momento en sus numerosas guerras contra los árabes, debía retirarse sin conseguir sus objetivos y aceptar la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad que ponía fin a las hostilidades.

El informe del juez israelí Winograd sobre la guerra ha sido tremendamente crítico con los mandos políticos y castrenses hebreos. Según un programa de televisión, la popularidad de Ehud Olmert es del 0%. Ninguna de las personas encuestadas afirmó que lo volvería a votar en el caso de que se presentase a nuevas elecciones. El fracaso de la campaña articulada por el ejecutivo de Olmert en Líbano resulta evidente, tanto fuera como dentro del país, ya que la estrategia de castigo colectivo a la población civil libanesa con el bombardeo indiscriminado de objetivos no militares, que provocó más de mil muertos y un millón desplazados, contribuyó también al desprestigio de la imagen de Israel en el mundo (sigo sosteniendo, como lo sostuve en su día, que Ehud Olmert debería dar cuentas no sólo ante sus compatriotas sino ante un tribunal internacional por sus violaciones de la Cuarta Convención de Ginebra).

Pero de allí a afirmar rotundamente, como hacen los líderes de Hezbolá, que se trató de una victoria – dejemos a un lado el adjetivo “divino”, incomprensible para los que somos ajenos a toda religión -, hay un largo tramo, sobre todo al recorrer los barrios de Dahiye afectados por los bombardeos, en los que más de cien edificios fueron reducidos a escombros. Demasiadas vidas perdidas, demasiados daños a las infraestructuras, para sostener que alguien pudo haber triunfado en semejante despliegue de odio, muerte y devastación.

Una amiga periodista, de una importante cadena internacional, me llama para decirme que hoy Hezbolá presenta en Dahiye un videojuego en el que explica cómo supuestamente vencieron a Israel y cuyos protagonistas son esos comandos que hasta ahora eran invisibles. Tomo un taxi, me acredito en la oficina de comunicación de Hezbolá – Estado dentro de un Estado, en el que te dan hasta sus propios pases de prensa – y me dirijo al evento, al que también asisten reporteros de medio mundo. El nombre del videojuego: “Special Force 2”.

Hezbolá ha poblado el Líbano de carteles que anuncian la victoria: fotos de helicópteros, tanques y una corbeta israelíes alcanzados por misiles del Partido de Dios. Y su última estrategia en esta otra guerra, la de la propaganda, ha sido crear una suerte de parque temático, de Disneylandia (o mejor dicho, Hezbolandia), en medio de los suburbios chiíes, con el nombre “La tela de la araña”, para mostrar a la población cómo fue articulada la victoria, cómo las tropas hebreas caían en la tela de araña del grupo de Nasralá. Un paseo por salas con efectos especiales de humos y luces, entre vídeos, fotos y restos de helicópteros, tanques y uniformes israelíes.

En este marco tan curioso, por no decir surrealista, en el que las formas de comunicación netamente estadounidenses son utilizadas justamente para atacar a Estados Unidos e Israel – sólo parecían faltar las palomitas, las gorras de béisbol y las hamburguesas -, comienza el acto a la hora programada: las cinco de la tarde.

Continúa…