Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

Archivo de enero, 2013

Termina la guerra de Somalia… en Twitter

Claro que seguirán teniendo lugar escaramuzas, que en algunas regiones Al Shabab aún tiene cierto poder, pero lo cierto es que la larguísima y cruenta guerra civil que asoló a Somalia durante décadas terminó el pasado me de septiembre con la captura de Kismayo, bastión de los islamistas vinculados a Al Qaeda.

Soldado de la Unión Africana en el último puesto de lucha de Mogadiscio contra Al Shabab. Foto: Hernán Zin. 2010.

Soldado de la Unión Africana en el último puesto de lucha de Mogadiscio contra Al Shabab. Foto: Hernán Zin. 2010.

En este blog tuvimos la suerte de poder seguir desde la propia Somalia – Mogadiscio, Garowe, Galkayo – la gestación y avance de la ofensiva de fuerzas africanas, asesoradas y financiadas por Occidente, que terminaría con arrinconar a los islamistas de Al Shabab, que hace apenas dos años dominaban la mayor parte del país.

Esta ofensiva tuvo un punto de inflexión notable, que fue la incorporación de tropas de la vecina Kenia a través de la operación Linda Nchi (que en kisuajili quiere decir “Proteger la Nación”). Hasta ese momento, en la misión de la Unión Africana, llamada AFRICOM, solo habían participado efectivos de Uganda, Burundi y Sierra Leona.

Tuits islamistas

La llegada del Ejército de Kenia, que acorraló a los islamistas al entrar por el oeste, dio lugar a un hecho sin precedentes: que Al Shabab creara una cuenta en la red social Twitter en diciembre de 2011 para dirigirse en inglés a los kenianos. En especial al mayor Emmanuel Chirchir, portavoz castrense de los altos mandos de Nairobi, que ya tenía cuenta en la red social.

Así nació una rivalidad que muchos seguimos en directo a lo largo de meses entre @MajorEChirchir y @HSMPress, la cuenta de Al Shabab. Al principio, basada sobre todo en bravuconadas, chanzas y burlas, pero que luego se fue volviendo más violenta por parte de @HSMPress, que ya no solo se centró en los Kenia sino que empezó a lanzar mensajes para todo el mundo. Mensajes en los que mostraba fotografías de soldados africanos capturados, en los que daba cuenta de los “infieles” muertos que provocaban sus ataques suicidas y emboscadas.

Finalmente, la semana pasada Twitter clausuró la cuenta de Al Shabab después de que publicara fotos de un oficial de las fuerzas especiales francesas muerto en la operación de rescate de un compatriota que lleva ya dos años secuestrado en Somalia, y de que anunciara que iba a matar al rehén.

Adiós Omar adiós

Desde entonces, muchos se han formulado las siguientes preguntas, que yo también me hacía cada vez que leía un nuevo mensaje de Al Shabab. ¿Es mejor dejar abierta una brecha para saber qué piensa esta organización radical, insurgente, terrorista? ¿O es conviene cortarla de cuajo para que sus tuits no tengan un efecto propagandísticos, de llamada, sobre todo a la comunidad de somalíes que vive en Europa y Estados Unidos?

El analista J.M. Berger afirma que se debe permitir la cuenta pero con restricciones, pues considera que es una gran fuente de información. De hecho, él mantuvo varios diálogos con la cuenta de Al Shabab, que sospecha que está dirigida por Omar Hammami, el terrorista estadounidense del que ya habíamos hablado en estas páginas por sus vídeos de rap colgados en You Tube, en los que llamaba a la yihad, y por su autobiografía, también colgada en la red.

Conocido asimismo como Abu Mansur Al-Amriki, este joven propagandista de Al Shabab, que merecería un buen documental, sufrió en algún momento el acoso de la propia organización, que lo amenazó de muerte, aunque luego parece que se llegó a una suerte de acuerdo o de mediación que le permitió no solo seguir con vida sino tuiteando. Esto último, hasta el pasado viernes, cuando escribió por última vez en 140 caracteres.

Las máscaras de la guerra

No puedo negar que me ha causado cierta sorpresa la polémica que está provocando la imagen tomada por Issouf Sanogo, fotógrafo de AFP, en la guerra de Mali. La instantánea en la que se ve a un legionario del Ejército francés ataviado con una máscara con estampado de calavera que algunos asocian al personaje Ghost del juego Call of Duty.

AFP Photo/Issouf Sanogo

AFP Photo/Issouf Sanogo

Pero en realidad no debería sorprenderme tanto revuelo entre políticos, periodistas y militares pues no deja de formar parte de la terrible banalidad que todo lo impregna, distorsiona y caricaturiza en nuestros espacios de información y debate público. Y así nos va, claro.

Me encontraba con tropas francesas en un basurero junto a la prefectura de Niono. Un helicóptero se acercaba a tierra levantando una enorme polvareda. Instintivamente, los soldados cogieron sus bufandas para evitar que se les llenara la boca de área. Atardecía y los rayos de luz se abrían pasado entre los árboles y las nubes de polvo. Era una luz maravillosa. Vi a este soldado con la máscara y saque la foto. En el momento, nada me pareció inusual o sorprendente. El soldado no estaba posando ni había nada ensayado en esta imagen. Él estaba allí, protegiéndose del polvo mientras aterrizaba el helicóptero. Nadie trató de impedirme que hiciera la fotografía.

Con estas palabras relata Issouf Sanogo en el blog Correspondants/Behind the News de AFP la génesis de un retrato que me parece extraordinario por el ángulo en que se cuela la decadente luz del día entre las ramas de los árboles, generando una sensación de sosiego e intimidad que contrasta con el soldado que con gran acierto puso en primer plano.

Extraordinario retrato que ha dado lugar a un debate francamente trivial por varias razones:

* La primera es una cuestión comparativa, de dimensiones.

No importa que la ineptitud de los políticos permitiera a Al Qaeda hacerse con buena parte del Sahel. No importa que las chapuzas de la intervención occidental en Libia empujasen al sur las armas que terminaron por partir en dos a Mali.

No importan los abusos que Human Rights Watch denuncia del ejército local, que lucha codo con codo con los soldados franceses en la ofensiva lanzada el 11 de enero.

No importa que las fuerzas galas estén controlando la información y negando el acceso a la prensa a ciertas áreas para que tengamos la sensación que se trata de una guerra sin bajas entre civiles, como denuncia desde el terreno mi buena amiga Mayte Carrasco.

Lo que importa es una máscara.

* La segunda cuestión es de mera hipocresía.

Hipocresía que ha llevado al coronel Thierry Burkhard a declarar ante los medios que esa máscara es inaceptable, que “no representa las acciones que han provocado que Francia fuera a ayudar a Mali, poniendo en riesgo la vida de los soldados”, y que abrirán una investigación para descubrir quién es el Legionario de la foto.

Como toda iniciativa humana, la guerra está plagada en sus causas, gestación y desarrollo de contradicciones. Así somos, nos guste o no. Nunca nos mueve una sola pulsión.

Y en estas páginas hemos dado buena cuenta de ello en numerosas ocasiones, pero sobre todo en las oportunidades en las que pude ir empotrado con los soldados de EEUU en Afganistán. De hecho, fue allí donde aprendí a jugar al Call Of Duty, o mejor dicho a perder clamorosamente.

Junto a esos chavales de la América paleta y profunda que por la noche se sientan frente a la videoconsola y durante el día frente a los gatillos de una ametralladora .50 en lo alto de un blindado MRAP listos para matar talibanes.

Negar este aspecto de la guerra, que representa la máscara del Legionario francés, es no aceptar que desde sus albores la guerra es una suerte de juego, de aventura, de epopeya personal para muchos de sus protagonistas. Es negar una de las esencias de los conflictos bélicos y una de las razones por las que tantos jóvenes se sienten atraídos hacia ellos.

Presentar a la violencia armada solo como algo noble, quirúrgico, profesional, es un intento de enmascarar la verdad. Y, lo que resulta peor aún, es dar argumentos para que las guerras se perpetúen y multipliquen. Sigan existiendo.

Sudán, Kenia, Somalia… las transformaciones de África

A veces tenemos la sensación de que nada cambia. O, mejor dicho, de que nada cambia para mejor. Supongo que se trata de una cuestión de falta de perspectiva temporal, de que vivimos demasiado atados al día a día. Porque la realidad sí se transforma, y no en pocas ocasiones avanza y progresa.

Avanza la primera fase de las obras de urbanización de Kibera, el barrio de chabolas más grande de África (Foto: Hernán Zin)

Avanza la primera fase de las obras de urbanización de Kibera, el barrio de chabolas más grande de África (Foto: Hernán Zin)

Los dos primeros post de este blog los escribí hace ya casi siete años desde lugares cuyas realidades llevaban décadas estancadas en el dolor y la marginación; parecía casi imposible que sufrieran transformación positiva alguna: la barriada de Kibera en Nairobi y el sur de Sudán.

Cuando desembarcamos en el sur de Sudán la segunda guerra civil con el norte del país acababa de llegar a su fin. Había dejado cientos de miles de muertos y millones de refugiados. La ciudad de Juba carecía casi por completo de electricidad, carreteras, hospitales, hoteles. Y eso que se trataba de la urbe más próspera de la región.

Pocos confiaban en que las partes respetaran el acuerdo de paz, conocido por sus siglas en inglés CPA, y en que se celebrara el referéndum de autodeterminación fijado para el año 2011.

Con muchos desafíos aún en la agenda, y constantes tensiones con el régimen de Jartum, Sudán del sur logró convertirse en un nuevo estado africano, aunque allá por 2006 parecía casi imposible, como también se vislumbraba una tarea titánica sacar del caos a Somalia, otro de nuestros destinos habituales en este blog. Y, justamente hoy, el Gobierno de EEUU va a reconocer a su nuevo presidente: Hassan Sheik Mohamud.

Ciudad de chapa y cartón

De Kibera he escrito mucho en este blog, pues el rodaje del documental Villas miseria me obligó a volver en numerosas ocasiones a lo largo de cuatro años a esta barriada, que es la más grande de África.

Conocimos la historia de la pequeña Sharon Kayalo, que murió de sida al año de finalizar el rodaje; del Pastor Patrick Kimawachi, que la semana pasada recibió un disparo en el pie por parte de unos delincuentes en Kibera. Conocimos el buzaa, los lavabos voladores y hasta asistimos un domingo a uno de sus templos (vídeo).

En 2008 fuimos testigos de cómo la violencia postelectoral – que amenaza con repetirse en las elecciones del 4 de marzo – devastó Kibera. Llevó a luos, luyas y kikuyus a enfrentarse a machetazos.

En 2009, vuelta la calma, conté aquí cómo el Gobierno derrumbaba casas en la zona conocida como Soweto para abrir las primeras avenidas pavimentadas de acceso a la barriada – algo similar a lo que se está haciendo con las favelas más conflictivas de Río de Janeiro: abrirlas para integrarlas – a modo de paso previo para su urbanización. Proceso que registré también aquí en 2010.

El hombre del millón de chelines

Debo reconocer que nunca creí del todo en los planes de la administración de Nairobi, pues no era la primera vez que se anunciaba a bombo y platillo que se iba a transformar Kibera. Quizás, el factor determinante en esta ocasión es que el actual Primer Ministro, y candidato que encabeza las encuestas para el 4 de marzo, el luo Raila Odinga, viene del distrito de Langata, que abarca Kibera.

Debo reconocer también que los pasados días, al recorrer Kibera y ver los primeros edificios he sentido una honda emoción. Ver que estas callejuelas que llevo recorriendo una y otra vez desde 2005 con mi cámara empiezan a librarse de niños enfermos, de basura, no es poca cosa para mí.

Aunque la prueba real es hablar con los habitantes del barrio para comprobar si son ellos lo que realmente se van a beneficiar de un proyecto de urbanización que está en la primera de sus tres fases.

Me encuentro con un buen amigo, Wycliffe Ambeyi, del que ya he escrito en estas páginas. Portador del HIV, bautizado por sus vecinos como “el hombre del millón de chelines” por el valor de su piel albina, malvivía en una de las casetas más infames de la barriada.

Nos sentamos a hablar…

El despegue económico de África desde Kibera, la barriada más grande del continente

La multitud de grúas que hasta cinco años poblaban los cielos de España parecen haber migrado hacia el sur, en dirección contraria a las pateras, para recalar en algunas capitales de África. O al menos esa es la sensación que tengo al recorrer Nairobi y descubrir la cantidad de carreteras y urbanizaciones que se están construyendo.

Los primeros edificios se levantan en el centro de Kibera, el que fuera durante décadas el barrio de chabolas más grande del mundo. Enero 2013. Foto: Hernán Zin.

Los primeros edificios se levantan en el centro de Kibera, el que fuera durante décadas el barrio de chabolas más populoso de África, con más de un millón de habitantes. Foto: Hernán Zin. Enero 2013

En estas páginas ya he escrito en numerosas ocasiones sobre el nuevo mundo en el que estamos viviendo. Un mundo muchos más polifónico, compartido, donde el hombre blanco ha perdido el liderazgo tras varios siglos de ejercerlo con tantas luces como sombras.

Un nuevo orden mundial al que bauticé de los “7.000 millones” porque este es el número de habitantes del planeta que marca el cambio de ciclo. Por supuesto que no se trata de un movimiento lineal, pues está hecho de avances y retrocesos, pero sin dudas nos encontramos ante un punto de inflexión en la historia.

China como referente

Y como muestra de los tiempos de vertiginoso cambio, nada mejor que el continente africano, que crece a ritmos extraordinarios mientras que esta Europa envejecida, falta de reflejos, languidece.

Siete de los diez países que más crecen en el planeta se encuentran allí. En ningún otro lugar aumentan tanto las ventas de móviles o la creación de nuevas rutas aéreas.

Africa Confidential publica esta semana un exhaustivo análisis sobre el boom económico en algunas regiones del continente y compara lo que está ocurriendo con el despegue experimentado por China en los años 80, al tiempo en que advierte de los desafíos que aún debe afrontar.

Una China que le ha robado a Europa y EEUU el papel de referente en el África subsahariana. Lo vimos en este blog en la República Democrática del Congo, en Uganda, y por supuesto, lo he visto una vez más estos días en Nairobi.

Turistas indios

Las carreteras de la capital keniana las están haciendo mayoritariamente los chinos. Y allí se los ve, a pie de obra, junto a los obreros. Escuelas de negocios, bancos. Pero también, otro fenómeno, aún más novedoso: el turismo.

Un buen amigo, guía en Masai Mara, me decía que ya más del 50% de sus clientes eran indios o chinos. Algo que también he descubierto en los centros comerciales y en las discotecas de Nairobi, donde antes la mayoría de los expatriados eran occidentales y hoy son chinos.

Pero de todo este proceso, lo que más me ha fascinado es lo que está ocurriendo en Kibera, el barrio de chabolas más grande de África. Desde sus callejuelas escribí las primeras entradas de este blog hace casi siete años. Esas mismas arterias que hoy, finalmente, están siendo convertidas en avenidas como contaré en la próxima entrada…

De Cairo a Cabo con Enrique Meneses

A lo largo de los últimos años tuve el privilegio y el honor de acercarme en numerosas ocasiones a la casa de Enrique Meneses en Madrid, encender la cámara y escucharlo recordar sus experiencias en África. Cada entrevista abordaba un país, un fragmento de aquel fantástico viaje que hizo en 1956 de Egipto a Sudáfrica.

Con Enrique Meneses en su casa de Madrid en entrevista conjunta de Marta Molina para la revista Periodistas (Foto: Pablo Moreno).

La idea que compartíamos era la de recrear aquel periplo medio siglo más tarde. Yo viajaría al terreno y él, que era un apasionado de las redes sociales, lo seguiría desde su casa. De no estar vivos, buscaría a los descendientes de los personajes que él había conocido. Retrataría cómo el tiempo había transformados modas, costumbres, edificios, pueblos y ciudades en base sus fotografías.

El resultado iba a ser un documental, que en un comienzo aspiraba a reflexionar sobre la extraordinaria transformación que ha vivido África desde la descolonización hasta el boom económico actual (lo explicamos en este vídeo grabado en casa de Enrique), y que luego fui comprendiendo que sería también el homenaje a un hombre vitalista, inspirador y comprometido como pocos he conocido en mi vida.

Presencia inspiradora

Porque lo cierto es que aquellas grabaciones resultaban bastante complicadas. No por el estado de salud Enrique, que con su bombona de aire al lado parecía capaz incluso de ganarle la partida al cáncer, sino por el constante trajín de visitas que había en su casa.

Rara vez no llegaba algún joven con una grabadora, con un cuaderno de apuntes, a pedirle consejo. Y ante el derrotismo y la falta de iniciativa que imperan hoy en el periodismo, y el miedo de los muchachos a soltarlo todo y lanzarse a la ruta, él era terminante: “Trabaja, ahorra y vete con tu cámara”. Insistía con una pasión ciertamente contagiosa: “No lo dudes. Vete a buscar historias, ya encontrarás quién te las compre”.

Lamentablemente, el declive en la salud de Enrique hizo que el documental comenzara a perder fuelle. Quedó aparcado a la espera de que mejorara, pero no ha sido así. Hoy ha fallecido. Y la noticia de su muerte me encuentra justamente en África. Estaba en Kibera, el barrio de chabolas más grande del continente, sobre el que tantas veces hablamos en estas páginas, cuando recibí el mensaje de su muerte.

Desde aquí, compartir con vosotros mi admiración por Don Enrique Meneses, que más allá de sus magníficos reportajes supo ser también una fuente de inspiración para tantos periodistas. Es más, muchas veces, cuando el viento sopla en contra, cuando algo parece imposible, lo recuerdo frente al ordenador, con sus bombona de aire y diciendo “Vete, coge tu cámara y vete”.

Aquí estoy maestro.