El nutricionista de la general El nutricionista de la general

"El hombre es el único animal que come sin tener hambre, que bebe sin tener sed, y que habla sin tener nada que decir". Mark Twain

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Los test genéricos de intolerancias alimentarias a partir de una muestra de sangre no son fiables

En la entrada del otro día me quedé con la promesa de abordar el tema de la determinación de intolerancias alimentarias a partir de otros procedimientos distintos de la bioresonancia ya tocados en esta entrada y en esta otra. Más en concreto, hoy voy a  referirme a esos test que a partir de un análisis de sangre le dicen a uno a qué alimentos o aditivos se tiene una intolerancia. Después con un patrón dietético ad hoc en base a los resultados del test se hacen distintas propuestas para abordar el tratamiento o la mejora ante distintas circunstancias patológicas tales como: artritis, autismo, fatiga crónica, malestar general, migrañas y dolores de cabeza, trastornos de la piel, trastornos de reproducción, mejora del rendimiento deportivo y, como no, el control del peso.

La esencia de estos test

En líneas generales estos test a los que me refiero recurren a las denominadas “pruebas de citotoxicidad alimentaria” o “tests de sensibilidad alimentaria” que durante mucho tiempo, en especial es sus orígenes (estamos hablando de la década de los años 50 del SXX) aludían al Test de Bryan.

Las pruebas, muy en resumen, basan su pretendido funcionamiento en el análisis de los cambios que se producen en el número, el tamaño y el volumen de las distintas partículas celulares presentes en el tejido sanguíneo: linfocitos, granulocitos y plaquetas (cada análisis particular, puede utilizar distintos de entre estos elementos) cuando la muestra de sangre es expuesta in vitro a una serie de extractos de alimentos y/o aditivos alimentarios. Tras la extracción de sangre, la exposición a los alimentos y aditivos y su correspondiente periodo de incubación, las células sanguíneas son analizadas y comparada su morfología con la que tenían en origen (antes de la exposición) mediante un instrumento electrónico. Así, toda muestra que presente cambios en la apariencia de las células en observación se interpreta como un resultado conflictivo. Con estos resultados, los alimentos y aditivos que hayan originado algún cambio en las células, se categorizan como causantes de intolerancia y se excluyen de la dieta y el resto permanecen como alimentos tolerados al considerarse no conflictivos. Posteriormente, tras un periodo de abstinencia variable de los alimentos conflictivos estos podrán o no reincorporarse paulatinamente a la dieta.

¿Qué marcas o laboratorios promueven este tipo de pruebas?

Son diversas, entre ellas figuran Test A200, Novo by Immogenics, Test Fis, ImmuPro300, Yorktest Food Intolerance, aunque el más conocido en nuestro medio y desde hace bastante tiempo es  el Test ALCAT® (que en concreto es el acrónimo de Antigen Leukocyte Cellular Antibody Test). La primera constancia personal que tengo de la existencia de este método fue cuando se la oí nombrar a Boris Izaguirre en un programa de “Crónicas Marcianas” (¿se acuerdan?) al que aludió como un auténtico milagro para conseguir adelgazar. Sin comentarios.

Qué dice la ciencia con respecto a estos test

Pues lo tiene bastante claro. En resumen, que los tratamientos basados en los resultados de estos test  son ineficaces y poco o nada útiles para los fines propuestos.

De hecho, no hay ninguna sociedad clínica de prestigio internacional en relación con estos temas que apoye el uso de estos tests de sensibilidad alimentaria para cualquiera de los tratamientos propuestos en base al valor diagnóstico alegado por sus fabricantes y distribuidores. Además, son numerosas las sociedades científicas de todo el mundo que coinciden en advertir que estas pruebas son ineficaces, ya que sus resultados ni son reproducibles ni se correlacionan con la clínica del paciente. Entre ellas destacan la European Academy of Allergology and Clinical Immunology (EAACI), la American Academy of Allergy, Asthma and Immunology (AAAAI), la British Society for Allergy and Clinical Immunology (BSACI), la Australasian Society of Clinical Immunology and Allergy (ASCIA), la Allergy Society of South Africa (ALLSA) y la Societat Catalana d’Al·lèrgia i Immunologia Clínica. Todas ellas desaconsejan su uso en la evaluación de las reacciones de alergia o intolerancia alimentaria y alegan que estas prácticas no tienen ninguna función útil ya sea en el diagnóstico de alergias o en el de intolerancias alimentarias. Al proponerse este tipo de pruebas, dicen además, se confunde al público y se pueden pautar dietas innecesarias y peligrosas.

Al mismo tiempo, aparte de documentos de consenso y opiniones (de las principales autoridades al respecto) existe diversos artículos científicos entre los que destacan:

En cuanto a la postura de profesionales y representantes de sociedades sanitarias españolas (además de la ya mencionada Societat Catalana d’Al·lèrgia i Immunologia Clínica) merece muy mucho la pena dedicar un tiempo a a lectura de este artículo de 2003 en “El Mundo, Salud”

 Argumentos de los fabricantes y/o distribuidores

Para ellos este tipo de test son “una herramienta de diagnóstico y evaluación” extremadamente sensible y reproducible que proporciona información sobre el mecanismo fisiopatológico de las intolerancias alimentarias. Sus promotores, muchos de ellos enmarcados dentro de lo que se considera la medicina complementaria o alternativa, hacen descansar su funcionamiento en teorías no demostradas sobre el mecanismo de la patogenia que se desarrolla en las intolerancias. Ellos mismos aclaran que el someterse a la prueba no adelgaza ni alcanza los objetivos terapéuticos deseados, sino que sirve para identificar los alimentos que dificultan o impeden la mejoría del paciente.

Al mismo tiempo, muchos de los fabricantes defienden la validez de su método frente al resto. Por ejemplo, el más conocido de ellos, el Test ALCAT® en particular,  afirma que es el único test de intolerancias alimentarias, ya que además de su singular metodología, está acreditado por la FDA.

Nota: En España, en Europa, fuera de los EE.UU. la FDA no pinta nada, es como enseñarle un carnet de conducir de Estados Unidos a un Guardia Civil que te va a multar por conducir sin carnet; te multará y además te inmovilizará el coche. Además, un par de cuestiones interesantes al respecto del uso del logo de la FDA por parte del Test ALCAT® en su promoción en España:

  1. El uso del logo de la FDA en España podría contravenir el RD 1907/1996 del que hablaré con más en detalle en el post del próximo lunes, relativo a “Publicidad y promoción de productos, actividades o servicios con pretendida finalidad sanitaria”. Su artículo 7.5 dice textualmente que está prohibido en la publicidad y promoción de este tipo de servicios utilizar como respaldo cualquier clase de autorizaciones, homologaciones o controles de autoridades sanitarias de cualquier país (Véase el logo de la FDA bien claro en su página web) Una homologación o acreditación a la que también se alude con insistencia en las notas de prensa que emite alcat-test España.
  2. ¿Qué pinta el logo de la FDA en su página web sea o no legítima su utilización? ¿acaso la FDA autoriza, avala o certifica, al menos en Estados Unidos, este particular uso? La respuesta ha de ser clara: No.

La acreditación de la FDA, que existe, alude a que el aparataje empleado está fabricado y registrado según el código de Buenas Prácticas en la Fabricación de Instrumental Sanitario de la FDA (Good Manufacturing Practices in a FDA Registered Medical Device Establishment). La acreditación en cuestión la puedes ver aquí y comprobar qué dice y, más en especial, qué no dice. Nada menos, pero tampoco nada más. Es decir, la FDA acredita que el aparato funciona bien, está bien montado y además que mide lo que se supone que tiene que medir… otra cosa es que sirva para lo que sus promotores pretenden que sirva. Que es precisamente en lo que la comunidad científica discrepa abiertamente.

 

Sobre la evidencia científica que aportan fabricantes y distribuidores es preciso destacar que su calidad es francamente escasa (para muestra este botón). Las afirmaciones realizadas por los laboratorios que ofrecen este tipo de pruebas se apoyan en estudios con diseños controvertidos e informes sobre casos independientes y anecdóticos. Además, la gran mayoría de estas referencias bibliográficas son documentos internos de los propios laboratorios, resúmenes de trabajos presentados en congresos o estudios clínicos publicados en revistas no indexadas, lo que aporta una muy escasa evidencia.

Y he de dejar bien claro que, al menos en el caso del Test ALCAT®, no hay más que lo que aquí se ha aportado. Me tomé el interés de escribir a los responsables en España de la comercialización de esta prueba y después de llamarles por teléfono y pedirles que por favor pusieran a mi disposición todas las pruebas que a su juicio fueran relevantes para demostrar la validez y eficacia de su propuesta… y todo lo que obtuve fue que me dirigiera a la página web del sistema en Estados Unidos y que no es otra que la misma documentación que os he hecho llegar en el párrafo de arriba. Sobre el resto de sistemas no he realizado mayores investigaciones, pero si este es el nivel del más conocido… ¡qué será del los demás!

 En resumen, un llamamiento a la racionalidad

Acercando ahora el ascua a mi sardina (la del control del peso)… No creo que sea por casualidad, olvido o desidia que en ninguna de las recomendaciones internacionales para el control del exceso de peso se deje de mencionar la cuestión de la posible intolerancia o reacción citotóxica (si se quiere ser más purista) como elemento ya no solo causal sino si acaso condicionante.

Al mismo tiempo, supongo, que si esto fuera “tan fácil” y “tan efectivo” como se hace creer a partir de su publicidad, llevando tanto tiempo como lleva, todo el mundo lo sabría y cualquier afectado, con sobrepeso u obesidad podría acudir a esta solución o, simplemente, es de suponer que la seguridad social hubiera puesto este tipo de analíticas a disposición de sus ciudadanos (ya no en España, sino en algún país del mundo)… pero va a ser que no.

Por último no quiero dejar de citar la opinión que mantiene la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) al respecto de este sistema, como herramienta para el adelgazamiento, más en concreto sobre el Test de ALCAT®:

“En ningún estudio con rigor científico se ha demostrado que haya una relación causa-efecto entre la sensibilidad a los alimentos y la obesidad. Además no se puede pretender que un solo alimento sea responsable de la ganancia de peso […] Opinamos que este tipo de dieta es una excusa para ganar dinero (y mucho) ya que cada prueba analítica puede costar varios cientos de euros”

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Foto: widakso

¿Crees que hay algo en lo que comes que te sienta mal?

Si es así, de entrada puede haber dos alternativas, que estés en lo cierto, o que no. Es decir, que efectivamente tu malestar (que ese sí que es cierto, tú mejor que nadie lo sabe) esté ocasionado por algún elemento de tu dieta, o que no y que se deba a otros elementos sobre los cuales no has reparado todavía. Cabe también la posibilidad de que tus molestias tengan un origen psicosomático (algo así como que te imaginas que hay algo que te ocasiona el malestar y, aunque no lo haya, el malestar lo sientas igual)

En cualquier caso lo primero que te recomendaría es que te pusieras en manos de un buen profesional de la salud, sensato, que sepa analizar tus circunstancias y darte una respuesta racional.

Por si las cosas se van perfilando hacia un origen alimentario, tal y como sospechas, creo que no estaría de más que echaras un vistazo a las distintas posibilidades diagnósticas que se abren ante ti.

Bajo el término “intolerancia alimentaria” se engloba un amplio abanico de alteraciones relacionadas con los alimentos con independencia de su origen. De forma breve, en la denominación genérica de intolerancia alimentaria se reúnen todas aquellas reacciones adversas a un alimento o a un aditivo (alimentario) en cuyo desarrollo no existe, o bien no se ha demostrado la presencia de un mecanismo de base inmunológico.

A su vez, estas intolerancias alimentarias se pueden dividir, en esencia, en dos grandes grupos:

  • Intolerancias alimentarias de origen funcional, generalmente causadas por un desorden enzimático o metabólico aislado. El ejemplo, el más frecuente sería el de la intolerancia a la lactosa, aunque hoy otras muchas intolerancias de este tipo: a la fructosa, al sorbitol, a la trealosa, a la sacarosa, a la galactosa… como ves muchas de ellas relacionadas con intolerancias a determinadas moléculas de origen hidrocarbonado, aunque no son las únicas (por ejemplo: fenilcetonuria, la homocistinuria o la leucinosis) e;
  • Intolerancias alimentarias farmacológicas, causadas por sustancias químicas presentes de forma natural o añadidas en los alimentos. Habitualmente este tipo de intolerancias son dosis-dependientes y pueden necesitar de la presencia de distintos cofactores por lo que no siempre aparecen con cada exposición al alimento en cuestión. Los componentes más frecuentemente involucrados en estas intolerancias son: las aminas vasoactivas (histamina, tiramina, noradrenalina, feniletilamina, triptamina, serotonina y dopamina); las metilxantinas presentes en el té, café, cacao y hierba mate (para que nos entendamos, a la caféina, aunque cuando está presente en otros alimentos distintos del café reciba otro nombre, pese a ser la misma sustancia); la capasaicina y el alcohol.

 

Llegados a este punto es de crucial importancia que se sepa distinguir claramente las posibles intolerancias alimentarias de otros trastornos conocidos como “reacciones de alergia alimentaria”. En este último caso la patogenia del proceso está mediada por mecanismos inmunológicos. Por último dentro de esta genérica clasificación hay que distinguir también las reacciones tóxicas a los alimentos debidas a la acción de toxinas de origen bacteriano, vegetal o fúngico. Para que puedas hacer un resumen visual de todas las posibles reacciones adversas a los alimentos tienes este esquema con la nomenclatura propuesta por la Academia Europea de Alergia e Inmunología Clínica.

Clasificación de las reacciones adversas a los alimentos según la Academia Europea de Alergia e Inmunología Clínica

 

El diagnóstico de las posibles reacciones adversas a los alimentos

Dejando a parte las reacciones tóxicas (las de la izquierda en el esquema) veamos de qué herramientas dispone hoy la ciencia médica para diagnosticar el resto de posibles reacciones adversas. Que sean estas que ahora voy a relatar y que no incluya otras quiere decir que si en algún momento te proponen la realización de cualquier otra que no encaje en estos patrones, lo más probable es que te estén planteando un sistema ineficaz o inseguro (o las dos cosas) y, por tanto, se esté abusando de tu credulidad mientras se juega con tu salud (y tu dinero).

 

  • Si se sospecha de una alergia las pruebas de diagnóstico validadas para el estudio de las reacciones alérgicas a los alimentos son las pruebas cutáneas, pruebas de determinación de IgE específica y pruebas de exposición.
  • Por su parte en el caso de una sospecha de intolerancia alimentaria las pruebas diagnósticas con evidencia clínica son técnicas por imagen, incluyendo la endoscopia, pruebas histológicas, más frecuentemente del epitelio intestinal, evaluación de heces y/o del aire expirado (para la determinar la presencia de hidrógeno, fruto de un componente no digerido y degradado por la flora bacteriana).

 

Hay que tener claro que, en el caso concreto de las intolerancias no existe una única prueba que determine la supuesta tolerancia o intolerancia de una persona a múltiples alimentos o componentes de los alimentos. Ni a través de la bioresonancia ni a través de un análisis de sangre por muy conocida que sea la empresa, renombrado el “profesional” o famoso el centro que promueva este tipo de pruebas diagnósticas.

Habiendo dedicado ya dos entradas el tema de la bioresonancia (esta de aquí y esta otra) creo que en breve fecha será el momento de abordar la cuestión de aquellos supuestos análisis de intolerancias que se realizan en base a pruebas de citotoxicidad. Por el momento, ya adelanto, que tienen una escasa, por no decir nula, evidencia clínica.

Continuará.

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Foto 1: giaurom

Foto 2: Jacob Johan

Foto 3: Andrew Huff

Fuentes consultadas: European Academy of Allergology and Clinical Immunology; Los tests de sensibilidad alimentaria no son una herramienta útil para el diagnóstico o el tratamiento de la obesidad u otras enfermedades: Declaración de Postura del Grupo de Revisión, Estudio y Posicionamiento de la Asociación Española de Dietistas-Nutricionistas (GREP-AEDN)

Intolerancia a la lactosa: Alimentos y personas implicadas

Como ya se vio en la entrada de hace un par de días, la intolerancia primaria a la lactosa es una situación con una prevalencia menor de lo que pudiera parecer a priori si se atiende a la cantidad de personas que dicen ser o sospechan ser intolerantes a la lactosa, al mismo tiempo también es significativa la importante oferta de alimentos funcionales “sin lactosa”… ¿son necesarias en nuestro medio tantas leches, quesos, yogures y productos con la alegación “sin lactosa” en el mercado? Yo creo que no y me explico atendiendo a las pruebas:

Por un lado existen diversos estudios que sugieren que una parte importante de la población que dice ser intolerante a la lactosa no lo es. Es decir, no son pocas las personas que teniendo unos síntomas más o menos inespecíficos y relativamente similares a los de la intolerancia a la lactosa se “creen” intolerantes, cuando en verdad no lo son. En estas personas ésos síntomas tendrían otro origen.

Y por otro lado resulta imprescindible destacar que el grado de “intolerancia” es relativo y que una amplia mayoría aquellos que sí son intolerantes, es decir, aquellas personas que efectivamente cuentan con un diagnóstico médico positivo respecto a este tema, admiten una cierta cantidad de lactosa (no poco importante) en su dieta diaria sin presentar mayores complicaciones o molestias. Por ejemplo, una revisión sobre el tema publicada en la prestigiosa revista “Journal of the American College Nutrition” puso en evidencia que la población afroamericana de los Estados Unidos intolerante a la lactosa pueden consumir al menos la cantidad de lactosa contenida en un vaso de leche normal sin padecer los síntomas de la mencionada intolerancia. Además y tomando como ejemplo el mencionado estudio, la mayor parte de las recomendaciones se hacen en este sentido: Una muy buena parte de los intolerantes a la lactosa admiten cierta cantidad de lactosa sin experimentar molestias. Por tanto:

 ¿Qué hacer ante la realidad fehaciente de ser intolerante a la lactosa?

  • Tomar en consideración que la intolerancia la lactosa no es peligrosa y, en principio, no tiene mayores complicaciones que las molestias gastrointestinales que ocasiona.
  • Probar a consumir cantidades contenidas de leche. Estudios recientes muestran que incluso aquellos niños a los cuales se les diagnostica intolerancia lactosa pueden tomar de una a dos raciones de leche al día sin sufrir síntomas estomacales.
  • Procurar no tomar una fuente dietéticamente importante de lactosa (como la leche) en ayunas y acompañar su ingesta con otros alimentos, por ejemplo, en el marco de un desayuno o merienda con otros ingredientes (cereales, pan, tostadas, etc.)
  • Probar con derivados lácteos distintos de la leche que tienen mucha menor cantidad de lactosa que la propia leche. Esto es fácil de comprobar ya que en el normal proceso de elaboración de estos productos la lactosa es utilizada (e hidrolizada, es decir, “rota”) por los microorganismos que posibilitan su fabricación. Es decir, tanto yogures, como quesos y otras leches fermentadas distintas de los yogures, como por ejemplo el kéfir tienen una cantidad insignificante de lactosa perfectamente tolerable por la mayoría de los intolerantes.
  • Existen además otros alimentos que, no perteneciendo al grupo de los lácteos, pueden ser “sospechosos” de incorporar lactosa entre sus ingredientes, por ejemplo, embutidos, salsas y aliños preparados, conservas, platos preparados, bollería, etc. Para la mayor parte de los intolerantes esta situación no genera mayor problema ya que la cantidad de lactosa suele ser escasa. Ahora bien habrán de tener cuidado con la suma total de lactosa incorporada en la alimentación a base, bien de lácteos, o bien de estos otros alimentos.
  • Sí que se habrá que observar un especial cuidado con aquellos derivados lácteos que se consuman en crudo: natas, cremas, etc. ya que la situación es similar a la de la leche.
  • Existen leches de otros origen distinto del de la vaca que tienen un menor contenido el lactosa que esta, tal es el caso de la leche de cabra y también de búfala (sobre esta última es preciso aclarar que no es frecuente en nuestro medio pero sí en La India, donde es el tipo de leche más vendida).

¿Qué hacer si soy completamente intolerante a la lactosa?

La situación es infrecuente, pero existen determinados individuos para los que incluso pequeñas cantidades de lactosa genera molestias. En estos casos además de observar con precaución los alimentos “sospechosos” mencionados y los de origen lácteo (mantequilla, helados, sorbetes, pasteles, etc.), para lo que es imprescindible leer bien su etiquetado y la lista de ingredientes; será preciso tomar en consideración el aporte de lactosa como excipiente en algunos fármacos.

Antes de finalizar merece la pena una aclaración, la intolerancia a la lactosa (o cualquier otra intolerancia) no tiene nada que ver con la alergia. En las alergias está comprometido el sistema inmune y en las intolerancias no. Así pues se puede ser no intolerante a la lactosa pero presentar, por ejemplo una alergia a las proteínas de la leche y, a la inversa, no ser alérgico y ser intolerante.

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Foto: heiwa4126

 

Intolerancias que son la leche: Intolerancia a la lactosa

Para comprender de forma adecuada qué es y porqué se produce la intolerancia a la lactosa es preciso tomar en consideración y entender qué son los distintos conceptos implicados.

¿Qué es la lactosa?

La lactosa es el nombre con el que se conoce al hidrato de carbono característico de la leche. Como hidrato de carbono o azúcar que es, se trata de uno más entre las diversas moléculas de esta naturaleza que podemos encontrar en los distintos alimentos.

En este caso particular, es un azúcar compuesto por dos azúcares individuales juntos, es decir, dos monómeros (o monosacáridos) de hidratos de carbono unidos que dan lugar a un disacárido. Así pues, la molécula de lactosa es un disacárido resultante de la unión de una molécula de glucosa y otra de galactosa mediante un enlace glucosídico.

¿Qué es la lactasa?

Es una enzima imprescindible para desdoblar (es decir, para “romper”) el enlace glucosídico que mantiene unidos los monómeros de la lactosa. Esta enzima es sintetizada por algunas células epiteliales del intestino delgado y posibilita la “digestión” de la lactosa que resulta en la producción de sus dos azúcares constituyentes por separado. Esta digestión permite la posterior absorción de estos azúcares más pequeños qué, de otra forma, no se absorberían.

¿Qué es la intolerancia a la lactosa?

Es la incapacidad de desdoblar la lactosa en sus azúcares constituyentes por falta o déficit de lactasa. En estas circunstancias la lactosa queda en la luz intestinal y es susceptible de generar una serie de molestias a lo largo del tubo digestivo. Son relativamente frecuentes los síntomas referentes a heces acuosas y diarreicas, distensión abdominal con o sin dolor, flatulencia, etc.

¿Qué tipos de intolerantes a la lactosa existen?

Existen tres grandes tipos de cuadros relacionados con la intolerancia a la lactosa:

  • Aquel que deriva de un descenso constante y paulatino de la actividad lactásica a partir de los 4 a 6 años hasta casi desaparecer por completo o casi por completo. Este tipo de intolerancia se denomina primaria, es permanente y está muy relacionada con factores étnicos y genéticos. En nuestro entorno es la menos frecuente.
  • Aquellos cuadros en los que la presencia de lactasa (la enzima) disminuye o desaparece como resultado de alguna circunstancia pasajera relacionada con el tracto digestivo, es frecuente por ejemplo en el caso de trastornos gastrointestinales causados por infecciones víricas. Esta intolerancia se denomina secundaria, es temporal y con el tiempo normalmente se recupera la actividad lactásica y se deja de ser “intolerante”.
  • Por último, la deficiencia congénita de lactasa que es una enfermedad metabólica en la que el recién nacido viene al mundo sin la capacidad de digerir la lactosa y por tanto sin la posibilidad de aprovechar el alimento de su madre. Es un cuadro afortunadamente infrecuente ya que la leche materna es una de las leches más ricas en lactosa de todas las especies de mamíferos. Hasta la aparición de los preparados artificiales sin lactosa esta era una circunstancia con consecuencias fatales para el bebé.

¿Tiene cura la intolerancia a la lactosa?

En los casos de la intolerancia primaria y en el de déficit congénito de lactasa, no hay cura. En el primer caso su situación está relacionada con aspectos genéticos muy vinculados a la raza o etnia del sujeto en cuestión. En el segundo caso se trata de un error en el metabolismo de los hidratos de carbono sobre el que se desconocen las causas que lo propician. Sin embargo los cuadros de intolerancia secundaria son pasajeros y habitualmente la intolerancia revierte tras haber tratado la circunstancia que la provocaba (diarrea, infecciones, quimioterapia, etc.)

¿Qué cantidad de intolerantes a la lactosa hay en el mundo?

Como se ha mencionado la prevalencia de la intolerancia primaria a la lactosa es bastante variable en función de la etnia observada. Según un artículo sobre el tema, la prevalencia de la intolerancia primaria se puede resumir de la siguiente forma en base a las distintas poblaciones en estudio:

  • Escandinavos, del 2 a 15%
  • Blancos de norteamericanos, del 6 a 22%
  • Centroeuropeos, del 9 a 23%
  • Indios, del 20 al 30% en el norte; y del 60 al 70% en el sur
  • Centro y sudamericanos, del 50 al 80%
  • Raza negra; del 60 al 80%
  • Indios americanos, del 80 al 100%
  • Asiáticos, del 95 a 100%

¿Cómo sé si soy intolerante a la lactosa?

Ante la sospecha de ser intolerante la lactosa conviene salir de dudas y acudir a la consulta de un médico que nos hará las correspondientes pruebas diagnósticas. Una de las más frecuentes consiste en la determinación de hidrógeno en aire espirado tras una sobrecarga con lactosa. Es una prueba que se prolonga por espacio de dos horas y requiere de un protocolo concreto antes de la prueba. Existen también una serie de kits genéticos que suelen ser útiles.

¿Qué hacer si soy intolerante a la lactosa?

Mi consejo es que se ponga en manos de un experto en nutrición, alimentación y salud, de forma idónea un dietista-nutricionista, que le guiará en relación a los alimentos que deberá evitar y le dará pautas de actuación sobre aquellos otros con los que deberá observar una especial atención. Además, le planteará soluciones con las que poder minimizar el riesgo de deficiencias nutricionales al evitar determinados alimentos.

En próximas entradas se hablará más en detalle y en concreto de los alimentos que contienen lactosa.