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Los errores más repetidos en el sexo oral

Hace unos días leí en El Mundo que han abierto una escuela de sexo oral en Moscú, a la que por lo visto acuden rusas a diario para ser mejores en la cama. A mí todo lo que sea para aprender y mejorar me parece estupendo. Y si encima ese afán de superación tiene que ver con el sexo, más aún, pero reconozco que me tocó la moral que la escuela en cuestión sea solo para mujeres. ¿Acaso los hombres lo saben todo acerca de esta materia?

Yo no sé cómo será el tema en Rusia, pero lo que es aquí, el panorama a veces deja mucho que desear. Echando la propia vista atrás y teniendo en cuenta lo que me llega por ambas partes, tanto hombres como mujeres tenemos mucho que aprender. Sin generalizar, por supuesto, pero a menudo somos torpes, muchas veces callamos por no incomodar, y otras tantas olvidamos que el sexo real poco tiene que ver con lo que vemos en las películas. Sobre todo si se trata de cine porno.

Sexo oralLas quejas más repetidas por unos y otras tienen un denominador común: el mal olor y la falta de higiene. Agua y jabón, por favor, que estamos hablando de sexo oral. Esto es como el anuncio de la casera: si no hay fregado, nos vamos. Y no se trata de que uno tenga que ponerse ahí a darle a la esponja justo antes del gran momento, sino de un poco de sentido común… y de compasión por el otro. Empatía.

Pasarse de frenada con los dientes y el aburrimiento por los movimientos repetidos también están en el top five de las quejas en el sector masculino. Para combatir este último sugieren sutiles cambios de ritmo, un poquito de imaginación y no “desgastar el frenillo”, como le he oído a alguno. Lo de acariciar los testículos durante la faena está muy bien, pero ojito con no apretar demasiado. Ellas, por su parte, insisten en que lo de agarrarles la cabeza para marcar el ritmo de la felación no mola. Tampoco está de más recordar a alguno que, cuando se prolonga, las gargantas se agarrotan y que por definición, si se empeñan en introducir el asunto hasta la campanilla, lo único que conseguirán es provocar arcadas.

Muchas mujeres afirman que algunos hombres creen que el clítoris es un interruptor que hace que salten al techo de placer en cuanto se les toca. Cuanto más, mejor. Error. No es tan simple: hay que currárselo. Si uno se cansa, puede ir alternando con la masturbación. Acariciar los pechos también ayuda. Pero claro, hablamos de acariciar tetas, no de estrujar pelotas de goma de esas contra el estrés. Ella puede ir también marcando el ritmo con suaves movimientos, pero con cuidado de no acabar asfixiando a nadie. Que hay veces que apretamos tanto las piernas que, decimos algo en el fragor de la batalla y el otro, ahí casi sin oxígeno, no se entera de nada, con las orejas aplastadas y más rojas que la camiseta de la selección. Ya lo decía Raimundo Amador en esa fantástica canción…

Pues eso. Que viva el aprendizaje y que ya se sabe: despacito y buena letra.

A vueltas con el tamaño

Leo en las webs de numerosos medios que, cuanto más pequeños tiene los testículos un hombre, más tiende a involucrarse en el cuidado y crianza de sus hijos. A mí, personalmente, tal afirmación me provoca cantidades ingentes de escepticismo, pero es la conclusión de un estudio de la Universidad de Emory recién publicado por la prestigiosa revista Proceedings of the Nacional Academy of Sciences.

Cierto o no, la noticia me ha hecho volver irremediablemente al ya manido debate sobre el tamaño en lo que al sexo se refiere. En el caso del pene, las preguntas suelen girar en torno a si realmente importa, a si influye a la hora de dar placer o a si es verdad eso tan adolescente de que “más vale pequeñita y juguetona que grande y morcillona”. La verdad es que sobre esto los sexólogos ya han escrito ríos de tinta, como dice el tópico. Que si la estimulación está en el clítoris y con cuatro centímetros basta, que si lo que importa es el grosor por eso del roce “uniforme y constante”, que si a un pene demasiado grande le cuesta más alcanzar y mantener la erección…

penes2No digo yo que no sea verdad, pero al final, digan lo que digan los sexólogos, más allá de la técnica resulta que el tamaño, a veces, sí importa. Es una putada, pero es así. El otro día, sin ir más lejos, una amiga que llevaba varios meses en la más absoluta abstinencia me llamó emocionada para contarme que había conocido a un tipo muy atractivo e interesante con el que había quedado para cenar. Cuando le pregunté al día siguiente por su cita, no pudo ser más clara: “Me tocó talla mini. Se me escurría de la mano y dentro ni me enteraba. El pobre me preguntó dos veces si me había quedado dormida, y mira que me esforcé…”. No sé si sería para tanto o no, pero el caso es que no han vuelto a quedar.

Y no es la única. Ya sea por prejuicios, por fetichismo, por cuestión cultural o por ignoracia, lo cierto es que la mayoría de las mujeres con las que he alcanzado ciertos niveles de amistad han acabado por confesarme alguna anécdota sexual en la que hacían referencia al tamaño del pene. Que sí, que será un factor psicológico de percepción, pero hipocresías aparte, a muchas (y me incluyo) les tira para atrás que un tipo se baje los pantalones y que para agarrar su herramienta en el mejor de sus momentos basten dos dedos de una mano. Por no decir cuando le pides que entre y él, abochornado, te dice que ya está dentro. Tierra trágame.

No obstante, ninguna verdad es absoluta, y menos en el sexo. Lo mejor, en mi humilde opinión, es una buena combinación entre tamaño y buen hacer. Pero ya lo dice el dicho: la magia la hace el mago, no la varita. Para gustos los colores y para prejuicios, ya estamos los demás.