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Los importantes pequeños detalles sin importancia

Estoy enamorada. Lo sé ahora y lo llevo sabiendo un tiempo. Y como enamorada que llevo ya estando unos años, sé cuándo quitarme la venda de los ojos.

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Más que quitármela, decidí que prefería ver las cosas como eran en realidad, con sus cosas buenas y no tan buenas.

Y como enamoradas que estamos muchas, viviendo una rutina con nuestras parejas, todos vemos algunas cosas, pequeñas tonterías: hoy en vez de dejarte en casa, te deja más lejos para poder llegar a otra cosa a tiempo.

Lo que antes era una cena mirándote a los ojos se convierte en una cena en la que tú, de no ser por la camarera, te sentirías invisible ya que, lo que antes solo eran ojos para ti, ahora lo son para el Real Madrid. Los cinco minutos de “buenos días” que tanto te gustaban, de abrazos y remoloneo en la cama, se sustituyen por cinco minutos en los que uno teclea en el teléfono y el otro, aburrido, le sigue para no estar mirando al techo.

De repente te suelta un “Cállate un poquito” que te deja plantada en el sitio y otro día más que vuelve a dejarte a una manzana de casa para no perder el tiempo dando la vuelta o que ya llega tarde a buscarte cuando antes (quizás por la presión de estar al comienzo de la relación) habría llegado con más tiempo.

Y notas los descuidos contigo, con los detalles, que ahora que hay más confianza por lo visto ya se puede ser más descuidado y pasar de limpiar o de lavar las sábanas. “Confianza”, esa palabra que parece justificar que ya no se reciba el mismo cuidado ni la misma atención dentro de una relación.

Te das cuenta de que esas veces que has salido de su coche un poco más rápido, sintiéndote más fría cada vez por la despedida fugaz, lo único que querías era que él corriera detrás en pleno ataque de romanticismo y te dijera una vez más que te quiere, que tu adiós le ha sabido a poco y que sin otro beso tú no te vas.

El amor no es una prueba de velocidad, no es a ver quién conquista antes la meta y luego ya está. Se nos olvida que es una carrera de fondo de, más que años, de toda una vida, de resistir embates, de aguantar hasta el final. Porque al final los pequeños detalles sin importancia, a algunos, sí que nos parecen importantes.

Duquesa Doslabios.

Cómo hacerte el amor cuando ya te lo he hecho más de quinientas veces

Te sé de memoria. Te sé por delante, por detrás, de perfil izquierdo, perfil derecho, perfil de Facebook y perfil de Instagram.

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Hemos llegado a ese punto en el que conozco tu cuerpo como el mío y lo navego con la seguridad de quien sabe a dónde va y en qué momento ir.

Reconozco tus rincones, tus secretos. Sé qué te gusta, qué no. He desarrollado, de escucharte, tan buen oído que puedo solfear todos tus sonidos.

Cada vez que te hago mío me cautivas más. Si ya me encantabas al principio, ahora, más que gusto, eres un placer adquirido, por lo que has vuelto sibaritas mis sentidos.

Y pese a que según pasan los años a tu lado te tengo en la cama aprendido, quiero seguir creciendo, explorando caminos.

No te confundas, que no te cambio por nada. Ya sabes que de todo lo bueno repito, y de ti quiero barra libre toda mi vida, como que eres mi sabor favorito.

Hoy unas velas, mañana la lista de baladas de Spotify, pasado bragas nuevas, el mes que viene en el asiento de atrás de tu coche, perdidos en algún camino de tierra detrás de un polígono industrial.

Después en un hotel de tres estrellas, que contigo parecen cinco y un cometa. Luego jugamos o nos vemos una porno y te pido que me tires del pelo. Para más tarde, lo hacemos en esas duchas que siempre se nos quedarán pequeñas.

Que si no puedo esperar, te mando las tetas por WhatsApp, a no ser que la impaciencia me pille contigo y nos quedemos en el suelo de la entrada, convirtiendo la ropa en la alfombra improvisada de tu piso.

Y comerte otro día a escondidas en el cine y que me bebas en la terraza. Que si por debajo pasa gente y nos ven, pues tampoco pasa nada (y si pasa, se saluda).

Porque pueda que ya te haya hecho el amor más de quinientas veces, pero créeme que mi idea es volverte exponencial, hacértelo otras quinientas por quinientas veces más.

Duquesa Doslabios.

El sexo oral, ¿primera víctima de la rutina?

Dicen que la rutina es la principal y más temible amenaza que se cierne sobre el sexo en pareja. Ya sabéis, el cansancio, las jornadas laborales interminables, las obligaciones, los hijos (para aquellos que los tienen), la convivencia… Todo es un suma y sigue y son muchos los que sucumben y acaban en aquello del “sábado sabadete…”

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Algunos más que otros, todo sea dicho. Pero, si hay algo en lo que ha coincidido toda la gente con la que he hablado de este asunto es que, hagan el amor más o menos, el sexo oral es la primera víctima de la vorágine cotidiana. No es que haya hecho una encuesta a miles de personas, ni mucho menos, pero de verdad que ha habido unanimidad casi absoluta en todos aquellos que llevan más de dos años con sus parejas.

¿Pereza? ¿Acomodo? ¿Falta de voluntad? ¿De ganas? “Es por la falta de tiempo, le dedicamos menos a los preliminares y vamos directamente al grano”, me dice alguien. “Uf, me resulta muy cansado”, me dice otra persona. Cierto es que, al menos entre mis consultados, son ellas las que más claudican, mientras que ellos admiten haberse “resignado”. Puede que no sea representativo de la realidad, no lo sé, pero es lo que me he encontrado.

Y sabiendo esto, me viene a la cabeza aquello que hablamos de que en el sexo, como en muchas otras cosas en la vida, cuanto más se practica, más se quiere. Así que si uno detecta que la monotonía se ha instalado entre sus sábanas, que piense si hay una forma mejor de romper la rutina del misionero.