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Sexo en la primera cita, ¿Sí o no?

El simple hecho de tener que plantear esta pregunta implica que hay muchas cosas que aún no se han superado. Y eso que los tiempos han cambiado mucho… Pero visto lo visto, no lo suficiente. La cuestión la planteo porque el fin de semana pasado un amigo me contaba emocionado que, tras quedar por primera vez con una chica, había echado el polvo de su vida. Primera vez con esa chica, quiero decir, no me interpretéis mal. Lo típico: amiga de un amigo a la que conoce en una fiesta, charlan, se gustan, se despiden porque tenían planes distintos para después pero se dan el teléfono. Al día siguiente él la llama para tomar algo, quedan y, unas cuantas cañas y tapas después, acaban en la cama. Les debió de ir muy bien, porque ambos están más que contentos y piensan repetir.

pareja en la cama

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El caso es que ayer, comiendo con unos compañeros de trabajo, saqué el tema a modo de anécdota y más de uno me dijo que a ellos les “tiraba para atrás” que una chica accediera a practicar sexo en la primera cita. “Si es solo para guarreo no me importa, pero si la chica me interesa para algo más, prefiero que no sea de las lanzadas”, me dijo uno en particular. La frase en sí no me pudo parecer más desagradable, machista y desafortunada. Pues anda que yo contigo, ni a coger billetes de 500 me iba, pensé.

Mi malestar aumentó cuando comprobé que algunas de las presentes, además, me reconocían luego en privado que alguna vez se habían aguantado las ganas por miedo a quedar ante su cita como “facilona”. Como si por ejercer libremente tu sexualidad con otro adulto merecieras menos respeto o fueras menos digna de ser tenida en cuenta para vete tú a saber qué.

Hay quien prefiere esperar porque cree que un acercamiento lento aumenta la magia del encuentro íntimo; quien piensa que así la pareja tendrá más futuro y quien opina que, a más espera, más deseo y fantasía. Todas son opciones válidas. No estoy diciendo que haya que acostarse por narices con el otro/a en la primera cita; lo que estoy diciendo es que cada uno tiene derecho a hacerlo o no, dependiendo de si le apetece, quiere o si le da la real gana, sin tener que ser juzgado por ello. ¿Sexo en la primera cita? Pues habrá veces que sí, habrá veces que no, habrá veces que te lleve a una segunda y una tercera y puede que hasta la eternidad… Quién sabe. Y si alguien opta por no hacerlo nunca porque así lo decide y así lo piensa pues perfecto también, pero que no juzgue a los demás ni les cuelgue etiquetas.

Porque en el sexo, como en todo en la vida, cuanto menos prejuicios haya, mejor. Y porque las etiquetas son muy fáciles de poner pero muy difíciles de quitar y algunas pesan para toda la vida.

Sexo anal, luces y sombras

El sexo, por lo general, es motivo y caldo de cultivo perfecto para todo tipo de tabúes y prejuicios. Personales, morales, religiosos… Nada atrae y sacude tanto al ser humano, ni siquiera el dinero. Pero, de entre todas sus expresiones, hay una que claramente se lleva la palma en lo que a incomprensión se refiere: el sexo anal.

Con él pasa como con la ópera, o te fascina o te horroriza, pero no deja indiferente. No hay medias tintas. Es una práctica mucho más extendida de lo que muchos piensan, aunque aún tiene que lidiar con demasiadas ideas preconcebidas. Las más comunes son asociarlo al sexo entre homosexuales (como si eso fuera algo malo, por otro lado), temerlo por creer que es doloroso o rechazarlo por considerarlo algo “sucio” o inapropiado.

GTRES

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Los expertos coinciden en que es una zona muy erógena y afirman que, si se hace bien, puede ser una práctica muy satisfactoria para ambas partes. Como de costumbre, aproveché una fiesta en casa de unos amigos este fin de semana para sacar el tema y recopilar impresiones. Salvo una pareja, el resto eran todos heterosexuales y la mayoría reconocieron haberlo probado al menos una vez.

Gran parte de las chicas admitían que aquello no era lo suyo, que les provocaba dolor y que no les “ponía” en absoluto. Reconocían, no obstante, que iban desde el primer momento convencidas de que les dolería y que no conseguían relajarse. “A mí me gusta incorporarlo al tema de vez en cuando. Pone muy caliente a mi chico y a mí me anima. Además, estando bien lubricado no me duele nada”, contestó una. “A mí me encanta, tardo menos de 10 segundos en correrme y, aunque a veces me duele un poco, me mola la mezcla entre placer y dolor”, explicó otra.

En el caso de ellos, reconozco que hubo alguna respuesta que me escandalizó. Como la de uno que me dijo que a él le encantaba cuando estaba soltero, pero que ahora que va a casarse, a su mujer, “por detrás ni tocarla”. Como si fuese una práctica impura e indecente no apta para futuras esposas y madres. Otro me dijo que a él le gustaba sólo si la chica en cuestión le juraba y perjuraba que él era el primero. El resto, por lo general, dio las mismas respuestas: “morbo”, “dominación”, “atracción por lo prohibido”… Solo uno me dijo que su novia le gustaba tanto que se volvía loco y que, cuando estaban en la cama, quería “poseerla por todos los sitios”.

Así que nada, allá cada cual con sus límites, sus gustos, sus pasiones y sus prejuicios. Pero aquellos que se animen a curiosear por terrenos inexplorados, recordad lo que dicen los sabios: higiene, protección y, sobre todo, lubricante. Mucho lubricante.

A vueltas con el tamaño

Leo en las webs de numerosos medios que, cuanto más pequeños tiene los testículos un hombre, más tiende a involucrarse en el cuidado y crianza de sus hijos. A mí, personalmente, tal afirmación me provoca cantidades ingentes de escepticismo, pero es la conclusión de un estudio de la Universidad de Emory recién publicado por la prestigiosa revista Proceedings of the Nacional Academy of Sciences.

Cierto o no, la noticia me ha hecho volver irremediablemente al ya manido debate sobre el tamaño en lo que al sexo se refiere. En el caso del pene, las preguntas suelen girar en torno a si realmente importa, a si influye a la hora de dar placer o a si es verdad eso tan adolescente de que “más vale pequeñita y juguetona que grande y morcillona”. La verdad es que sobre esto los sexólogos ya han escrito ríos de tinta, como dice el tópico. Que si la estimulación está en el clítoris y con cuatro centímetros basta, que si lo que importa es el grosor por eso del roce “uniforme y constante”, que si a un pene demasiado grande le cuesta más alcanzar y mantener la erección…

penes2No digo yo que no sea verdad, pero al final, digan lo que digan los sexólogos, más allá de la técnica resulta que el tamaño, a veces, sí importa. Es una putada, pero es así. El otro día, sin ir más lejos, una amiga que llevaba varios meses en la más absoluta abstinencia me llamó emocionada para contarme que había conocido a un tipo muy atractivo e interesante con el que había quedado para cenar. Cuando le pregunté al día siguiente por su cita, no pudo ser más clara: “Me tocó talla mini. Se me escurría de la mano y dentro ni me enteraba. El pobre me preguntó dos veces si me había quedado dormida, y mira que me esforcé…”. No sé si sería para tanto o no, pero el caso es que no han vuelto a quedar.

Y no es la única. Ya sea por prejuicios, por fetichismo, por cuestión cultural o por ignoracia, lo cierto es que la mayoría de las mujeres con las que he alcanzado ciertos niveles de amistad han acabado por confesarme alguna anécdota sexual en la que hacían referencia al tamaño del pene. Que sí, que será un factor psicológico de percepción, pero hipocresías aparte, a muchas (y me incluyo) les tira para atrás que un tipo se baje los pantalones y que para agarrar su herramienta en el mejor de sus momentos basten dos dedos de una mano. Por no decir cuando le pides que entre y él, abochornado, te dice que ya está dentro. Tierra trágame.

No obstante, ninguna verdad es absoluta, y menos en el sexo. Lo mejor, en mi humilde opinión, es una buena combinación entre tamaño y buen hacer. Pero ya lo dice el dicho: la magia la hace el mago, no la varita. Para gustos los colores y para prejuicios, ya estamos los demás.