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¿Lloras después de tener sexo? Quizás tengas…

“¿Alguna vez has llorado después de correrte?”, me preguntó una amiga hace unas semanas.

Yo no sé tú, pero cuando he acabado de estallar y me despido de los últimos coletazos del orgasmo (esos que te dejan aún temblando y con la boca ligeramente abierta), necesito una pausa para respirar.

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Recuperar el aliento es quizás una de las primeras reacciones que la mayoría tenemos después de explotar. Y, en mi caso, esa relajación de todo el cuerpo, suele venir acompañada de ganas de caricias suaves durante el periodo de descanso (incluso sueño si ya es un poco tarde).

Pero también me ha pasado de quedarme con ganas de repetir y correrme una segunda o tercera vez y, por el contrario, como manera de activarme y continuar el día con ganas. Lo que nunca me ha sucedido es sentir tristeza al terminar.

Fue algo en lo que caí después de que me hiciera aquella pregunta.

Y por muy descabellado que me pareciera que, después de una de las mejores respuestas que tiene el cuerpo humano, pudiera experimentar pena, no es tan raro como me podría sonar en un principio.

Mi fase que sigue al orgasmo, cariñosa, relajada, pero sobre todo, satisfecha, no tiene por qué ser lo habitual. El abatimiento, la tristeza… En definitiva, un cúmulo de emociones de desazón, son las que resumen la disforia poscoital.

Es algo que, en ningún caso significa que la experiencia haya sido mala. Una teoría es que se debe a la reacción cerebral incontrolable que tiene que ver con las hormonas que se liberan después del orgasmo.

Si lo habitual es que el chute de oxitocinas, endorfinas y dopaminas nos quiten de golpe el estrés y hagan que se nos cambie el humor -para bien- de inmediato, las personas con disforia podrían no recibir su ‘dosis’ de hormonas o por el contrario, de otras que contrarresten su efecto.

También puede deberse a que disminuye la actividad de la amígdala, que mantiene a raya el miedo o la ansiedad, así como traumas sexuales del pasado, la idea de que el sexo es algo negativo o incluso la pena por el culmen del momento de unión con la otra persona.

En cualquier caso, siempre y cuando no se necesite terapia para superar problemas que pueden estar interiorizados, tener un rato dedicado a continuar tocándose, haciendo que la unión vaya más allá del momento sexual, puede ser una buena forma de ‘tratar’ la disforia.

Duquesa Doslabios.

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