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No solo de ‘fuegos artificiales’ está hecho el amor

Soy una crecidita niña Disney. Al haber nacido en los 90, Aladdín, Pocahontas, Hércules o La Bella y la Bestia fueron algunas de las películas que marcaron mi infancia, haciéndome soñar con lo de convertirme en princesa.

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Si a eso le sumamos la cultura popular de mi adolescencia -en la que los libros de Crepúsculo idealizaron el romanticismo hasta tal punto de que me pareciera idílica la relación entre un vampiro de cientos de años y una humana-, ¿cómo no iba a salir con la cabeza hecha un lío?

Soy fruto de todos las historias de amor que han pasado delante de mis ojos y de mis coetáneos. Eso ha conseguido que tuviera una relación tóxica y me resultara imposible verla, por todo lo que había aprendido de lo que se suponía que tenía que ser una pareja.

Desaprenderlo me costó tiempo, dinero y energía, pero meses después de acudir a una psicóloga estaba lista. El amor no era lo que me habían vendido de ‘chico conoce a chica’, el amor más sagrado e importante era el que me profesara hacia mí misma, incluso teniendo pareja.

En este proceso de aprendizaje desde cero, le tocó el turno también a los fuegos artificiales. Ya se empeñan en decírtelo las películas, series, canciones y hasta memes en redes sociales: o es una locura o no cuenta como amor.

Es como si solo las chispas dieran validez a una relación emocional. En realidad, he podido comprobar como el amor va mucho más allá.

Como le explicaba a una amiga, para mí es el concepto ‘chocolate caliente’ versus ‘fuego artificial’.

Los fuegos son sentimientos explosivos, muy vistosos y desmesurados. Te hacen sentir que harías cualquier cosa por esa persona y que el nivel de experiencias conjuntas casi roza la locura. Y, como los propios espectáculos de luces en el cielo, son muy espectaculares, pero breves.

En cambio, para beberse un chocolate caliente, hace falta tiempo. Para calentar la mezcla lo suficiente y después para que se enfríe y poder beberlo sin quemarse. Una vez das el primer sorbo, la sensación dulce te hace sentir abrigo por dentro, casi como si el líquido de la taza te diera un abrazo.

Y aunque no quiere decir que en estas relaciones no haya espacio para la química, para que salten chispas, no lleva el ritmo desmesurado, fogoso y rápido de un fuego artificial. Lo que no significa que no sean igual de válidas a la hora de darles una oportunidad.

En mi experiencia, las relaciones que podrían haber brillado en cualquier cielo, han sido bonitas y muy divertidas, pero poco más.

Por otro lado, mi relación más larga, en la que más feliz he sido, es como tomarse cada día esa taza de chocolate caliente. Simplemente, verle dormir a mi lado me hace sentir en paz con el mundo, ridículamente afortunada por haberme encontrado con una persona tan fantástica. Con la certeza de que estoy en el lugar y junto a la persona con quien quiero estar.

Ha sido ahí donde he encontrado algo real, profundo y fuerte que me impulsa a ser la mejor versión de mí misma cada día.

Y si esa felicidad plena no es amor, dudo bastante que la consiga un espectáculo pirotécnico.

Duquesa Doslabios.

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