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A vueltas con la virginidad y la cirugía íntima

Gilipollas. Es la primera palabra que me viene a la cabeza tras leer las declaraciones de Leticia Sabater, expresentadora y pretendida cantante, sobre su reciente cirugía para volver a ser virgen a los 48 años. “Quería volver a sentir con esta edad lo que es la virginidad”, afirma indolente. Personalmente, creo que toda la sarta de patochadas que ha soltado por la boquita esta mujer no es más que una maniobra desesperada por llamar la atención y promocionar así su nuevo single, que acaba de grabar con los productores de Tata Golosa. Sea como fuere, ella insiste en que su reconstruido himen está intacto y asegura que solo lo entregará a “alguien muy especial”.

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Alguien debería decirle a Leticia Sabater que, igual que el hábito no hace al monje, el trozo de carne llamado himen tampoco hace a la virgen. Para el que no lo sepa, no es más que una membrana en forma de anillo situada a la entrada de la vagina y que, mientras conserva su integridad, reduce su orificio externo, de manera que protege a las niñas contra las infecciones. Se nace con él, aunque no siempre, y se puede perder por muchas razones que van más allá de una relación sexual con penetración. Sobre todo porque, a a partir de la adolescencia, la vagina desarrolla su propia “flora antigérmenes” y el himen, también llamado virgo, se hace más débil. Puede romperse, por ejemplo, al introducir un tampón, montando a caballo, en una caída, con un golpe en la zona genital o mientras se practica deporte, entre otras muchas maneras. Y no, al perderlo o romperse, no siempre se sangra. De hecho, el 44% de las mujeres no sufren pérdida de sangre durante el primer coito, y una de cada mil nace sin él.

La virginidad, si entendemos por ella el no haber tenido nunca relaciones sexuales completas con alguien, es todavía un valor para muchos, sobre todo en determinados países y culturas. No es que yo crea que haya que perderla con el primero que pase, ni mucho menos, pero no puedo evitar que la sola idea de concebir la virginidad como un sinónimo de virtud me provoque un profundo rechazo, por decirlo de una forma suave. Pero entiendo que, dentro de determinadas culturas, como decía, puede ser un problema para muchas mujeres. Sobre todo porque no solo tienen que ser vírgenes; tienen que parecerlo. Buena prueba de ello son las cifras que 20minutos publicaba sobre la himenoplastia, una cirugía reconstructiva destinada a rehacer el himen, allá por el 2007. En aquel entonces, la media de mujeres que se sometían a esta práctica quirúrgica solo en la Comunidad de Madrid estaba en torno a las 500 al año, cifra que no ha dejado de aumentar en los últimos años, según aseguran muchos cirujanos.

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La mayoría de las pacientes, un 80%, son de etnia gitana o musulmanas, y pasan por el quirófano para poder casarse (aparentemente) vírgenes, según mandan sus costumbres. La edad oscila entre los 19 y los 25 años. Miedo al rechazo familiar, al repudio… El 15%, en cambio, son prostitutas de lujo jóvenes que se reconstruyen el himen para aumentar su caché. Porque, como no, a muchos les pone acostarse con prostitutas vírgenes. El 5% restante serán mujeres que pensarán algo parecido a lo que Leticia Sabater, supongo. Y para ello están dispuestas a pagar 2.500 euros y pasarse en el quirófano entre 20 minutos y dos horas, según el caso. Después, un poco de sangrado los primeros días y luego, esperar un mes hasta tener todo cicatrizado y poder ya mantener relaciones sexuales…

Con todo, la himenoplastia no es más que una más de las múltiples intervenciones quirúrgicas a las que hoy en día se someten cada vez más mujeres no sé muy bien para qué. Cirugía íntima femenina, se ha venido a llamar, e incluye ensanchamientos o estrechamientos de vagina, blanqueamientos anales, labioplastias, implantes de vello púbico… Pero, volviendo al tema en cuestión, digo yo: más allá de temas culturales como los anteriormente descritos, ¿quién cojones, aparte de la Sabater, puede querer volver a ser virgen?

La mayoría de la gente a la que he preguntado recuerda su primera vez como un “desastre”, un episodio vital lleno de torpeza, temor e inseguridades que hacen que te pase por la cabeza cualquier cosa menos relajarte y disfrutar. Por supuesto, hay excepciones y las circunstancias lo son casi todo, sobre todo el “con quien”. No es lo mismo dos tolilis de 16 años intentando acertar con el asunto por primera vez, que dar con alguien experimentado y generoso/a que te guíe en semejante trance. Ambas pueden convertirse en algo bonito y digno de recordar o en un recuerdo claramente lamentable, pero, en cualquier caso, sexualmente hablando, las primeras veces son siempre las peores. Y no hay himen reconstruido que valga capaz de devolverte a ese momento de nervios e inexperiencia. Sencillamente porque la virginidad, como la vida, solo se puede perder una vez.

El sexo sin ganas causa infelicidad, según un estudio

Un debate de lo más encendido. Así estuvimos anoche varios amigos, discutiendo, a colación de este blog, sobre una noticia que había leído estos días en distintos medios de comunicación. “A más sexo, más infelicidad en la pareja”, rezaban muchos de los titulares. Sorprendida por la afirmación, leí en profundidad las informaciones, y reconozco que me indigné bastante por la tergiversación. Resulta que, un nuevo estudio realizado por la universidad Carnegie Mellon de Pittsburgh (Estados Unidos), publicado en la revista LiveScience, afirma que a cuantas más relaciones sexuales menor será la felicidad de las parejas.

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Semejante conclusión se desprende, según los expertos que llevaron a cabo la investigación, de un experimento en el que participaron 128 personas de entre 35 y 65 años de edad. El objetivo era comprobar el efecto del sexo en el estado de ánimo de las parejas (heterosexuales y casados), paro lo cual hicieron dos grupos. Al primero de ellos le dieron la instrucción de practicar sexo con normalidad, con su frecuencia habitual y según les pidiera el cuerpo. El segundo grupo, en cambio, debía duplicar su actividad sexual, tuviera o no ganas, ya estuvieran cansados o enfermos.

Y estos investigadores, menudas eminencias, se declaran sorprendidos porque, tres semanas después de tener relaciones sexuales en estas condiciones, las parejas del segundo equipo estaban considerablemente menos contentas que las del primero y con bastante peor humor. “El hallazgo fue una total sorpresa”, explicó el jefe del estudio, George Loewestein. “Creíamos que la gente que practicase más sexo lo pasaría mucho mejor y sería más feliz, y además esto favorecería sus relaciones de pareja”, indicaba en una entrevista con la revista LiveScience. Pues menudo hallazgo, señores.

¿De verdad alguien pensaba que practicando sexo sin ganas iba a ser más feliz? Ni que fuéramos máquinas… En el sexo, como en casi todo en la vida, la predisposición y la actitud lo son casi todo. Hay que estar de humor para ello, tener ese estado de ánimo. Se puede cultivar el deseo, buscar el momento apropiado, crear un ambiente que predisponga a la pasión… pero no se puede forzar. ¿Cómo no iban a estar descontentos? Inmediatamente pensé en todos esos amigos y amigas a los que les costó un poco convertirse en padres y para quienes el sexo se acabó convirtiendo en un motivo de estrés. Muchos de ellos acabaron teniendo relaciones sexuales de forma mecánica, por obligación, solo porque “tocaba”. Y ello con la ansiedad añadida que suponía que no siempre funcionara… En el caso de ellos, más de uno llegó a confesarme en su momento que tanta presión había acabado por hacer mella y que tenían problemas para eyacular e incluso para mantener la erección.

¿Y a quién no? El sexo es y debe ser otra cosa.

Una atracción más allá del tiempo

Hace mucho tiempo que dejaron de ser amantes. Casi 15 años, concretamente, pero él aún se revuelve alterado cuando la tiene delante. Ahora no es que se vean mucho, la verdad, solo una vez cada pocos meses, cuando él tiene que viajar por trabajo y coinciden en la misma ciudad. Entonces ambos roban unas horas a sus respectivas vidas para comer, cenar o tomar una copa. Y aunque él siempre bromea con la idea, lo cierto es que no han vuelto a acostarse. El pasado, un enorme cariño y una gran complicidad, eso es lo que les une. Ahora rondan la cuarentena, él por arriba y ella por abajo, y los dos tienen una familia por la que matarían. Todo está como debe estar… salvo que, cuando la ve, tiene que reprimir sus ganas de arrancarle la ropa.

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“Nunca he vuelto a experimentar un deseo tan bestial como el que sentía cuando estaba con ella”, me dice. “Iba por la calle ansioso, embrutecido, no podía pensar en otra cosa {…} Aún hoy, evocar todo lo que viví a su lado es como inyectarme pequeñas dosis de felicidad”. Al final, todo acabó en nada. La distancia física resultó ser demasiada y, en esos años de juventud poderosa e incontrolable, la vida se fue abriendo paso con nuevos ingredientes y nuevos protagonistas. Y aunque, como digo, nunca se perdieron la pista, nada volvió a ser lo mismo. El tiempo, que es implacable.

Él cree que el hecho de que nunca llegaran a ser una pareja formal es lo que mantiene intacta esa atracción; que el no haberse visto sometidos a la erosión de lo cotidiano es la clave de ese milagro: un deseo suspendido en el tiempo y en la memoria. Ella es a lo primero a lo que recurre cuando necesita inspiración en momentos de soledad, por decirlo de una manera suave. Y así, hasta que pasen otros 15 años.

Yo creo que, en el fondo, nunca dejó de estar enamorado.

Poco sexo, y encima regulero

Follar menos que Espinete. Ese parece ser el pan de cada día para muchas de las parejas españolas. Así al menos se desprende de un estudio realizado por el Instituto de Sexología de Barcelona y Aquilea Vigor, según el cual una de cada tres parejas españolas está insatisfecha con su vida sexual. La cifra aumenta en el caso de los hombres, donde la proporción se sitúa en 4 de cada 10. Y la principal queja, la verdad, tiene que ver directamente con la frecuencia de sus relaciones sexuales, que fue considerada baja o nula por el 30% de los encuestados.

Y ello pese a que el 90% calificó el sexo como “imprescindible” en una relación. Sin embargo, pasados esos primeros meses de desenfreno en los que el personal va metiéndose mano por las esquinas, parece que las exigencias se diluyen junto con las ganas. Si además de la cantidad hablamos de calidad, la cosa no mejora. El 22% de los participantes en el estudio admitieron que no siempre se entienden con su pareja en los asuntos de alcoba, y un 7% tiene la triste sensación de no ser capaz de satisfacer sexualmente a su pareja.

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Pero lo más alarmante, a mi juicio, es que pese a estas reveladoras cifras, casi la mitad reconoció no haber  hablado de estas cuestiones con su pareja. O sea, que nunca antes había habido tanta información disponible sobre el sexo… y resulta que, para muchos, sigue siendo un tabú. ¿Miedo, vergüenza, conformismo?

La vorágine cotidiana, el estrés, los problemas o la monotonía aparecen entre las primeras causas de la insatisfacción sexual. Ya sabéis, el cansancio, las jornadas laborales interminables, las obligaciones, los hijos, la convivencia, el desgaste de los años… Todo es un suma y sigue y son muchos los que sucumben y acaban por relegar el sexo a la cola de su lista de prioridades. Y ya se sabe: cuanto menos follas, menos ganas tienes. Es algo que se retroalimenta.

Así que, en lugar de conformarse, aquellos/as que formen parte de esa triste estadística deberían sacudirse la pereza y poner un poquito de su parte para salir de este bucle de insatisfacción e insuflar vida a sus dormitorios. Hablar, propiciar la comunicación y, frente a la rutina, tener la disposición suficiente para potenciar el romanticismo y conceder al erotismo en la relación un espacio de pensamiento y motivación.

Tengo una pareja de amigos, por ejemplo, que llevan juntos 15 años, desde que salieron de la facultad. Tienen tres hijos de entre 3 y 7 años y trabajan como locos, pero mientras parejas mucho más recientes languidecen a nuestro alrededor y proliferan los cuernos, ellos son asquerosamente felices. ¿La clave? No hay fórmulas mágicas, desde luego, pero ellos se toman muy en serio mantener unos mínimos. Todos los viernes, cuando acuestan a los niños, dejan de lado las preocupaciones y preparan una cena especial. Música, velas, unas copas…. Si un viernes no se puede, lo dejan para el sábado. Y una vez al mes, canguro que te crió y a tirarse a las calles. Un teatro, un cine, un lo que sea.

El caso es combatir la apatía, y no hay nada que aumente más la vinculación con la pareja y mejore la autoestima que un buen polvo.

Amor de bolero

Ella nunca pensó que acabaría siendo carne de bolero. Ella, tan recta y lógica siempre en todo, especialmente en los afectos, con esa responsabilidad monolítica y el corazón tan bien cimentado. Ella, que siempre tuvo las cosas claras y el chocolate espeso…

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Y ahora anda por ahí, rumiando penas y llorando a deshoras, muertita de amor y abrasada por una pasión que le nace en el vientre y le taladra el pecho. Agarradita la tiene a las tripas, y a veces aprieta tanto que le duele hasta respirar. Pero no hay mal que dure 100 años, y que narices, si te duele es que no estás muerto. Mejor llorar un amor de estos, aunque escueza, que nunca haberlo sentido. Si ya lo dice la canción: “Es mejor querer y después perder, que nunca haber querido…” Porque hay veces que eso, querer y perder, es prácticamente lo mismo.

Así, entre boleros y tragos, va tirando como puede a golpe de sábanas sudadas y sacudidas del corazón. Y aunque quiere olvidar, no puede. O puede y no quiere. Quizás sea porque, al final, como canta Chavela, “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Que sean de tierra o de piel es lo de menos.

 

Party boats: barra libre de sexo y alcohol

Tres horas de desenfreno con barra libre de cerveza y sangría y sexo prácticamente garantizado. Esa es la esencia y el principal reclamo de las llamadas party boats, la nueva forma de turismo de borrachera que amenaza con convertirse en fenómeno este verano en la costa balear.

Tras el escándalo que supuso el año pasado el vídeo del mamading, en el que se veía a una joven británica realizar varias felaciones en pocos minutos en un pub de Magaluf, las ordenanzas municipales han endurecido el control de las excursiones etílicas, más conocido como pubcrawling (turismo en manada por diversos locales de ocio para consumir alcohol). Para escapar a la vigilancia y a las prohibiciones, varias empresas han trasladado la fiesta a alta mar y han comenzado a comercializar estos saraos acuáticos, pensados para los jóvenes turistas extranjeros, principalmente británicos.

IMAGEN DE FACEBOOK

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Los comerciales de estas empresas tratan de captar clientes con la promesa de barra libre de alcohol, pero ocultando que se trata solo de sangría y cerveza, y poniendo el énfasis en juegos sexuales garantizados. Así lo revela el diario El Mundo, que ha tenido acceso al documento con las instrucciones que siguen los encargados de vender este tipo de excursiones. “Lo primero que dice el DJ es que los baños están sólo para tener sexo”, reza el documento, que también insta al vendedor a recordar a los potenciales clientes masculinos que podrán pasar “tres horas con las mismas chicas y sin posibilidad de escapatoria para ellas”, informa el mismo diario.

Las autoridades advierten de que se van a incrementar los controles sobre este tipo de fiestas, al tiempo que destacan el terrible daño que en su opinión pueden hacer a la imagen de la costa balear este tipo de actividades, que no han parado de crecer en los últimos veranos. Por parte del sector turístico, por otro lado, temen los efectos de una mayor persecución. En cualquier caso, la perspectiva de una buena temporada estival promete que la guerra por captar clientes bajo el lema del “todo vale” sea aún más encarnizada.

¿Es este el turismo que queremos?, escucho a propios y extraños cuando saco el tema a colación. A mí, personalmente, me parece patético y vomitivo, para echarse a llorar, especialmente por parte de esa casta de empresarios a los que no importa ni el qué, ni el quién ni el cómo con tal de llenarse la cartera. Me parece bien estrechar los controles para asegurar que no se cometen abusos, sobre todo sobre las mujeres, a las que usa como reclamo y carnaza para tan lamentable forma de negocio; pero creo que no soy partidaria de la prohibición. Más que nada porque me da cierta urticaria esto de las prohibiciones, que no conducen a nada sin educación y concienciación.

Pero vamos, que visto lo visto, otro año que tiro para Cádiz.

El vídeo de una pareja practicando sexo en un prado deja 23 imputados

Hay que ver el peligro que tienen unas buenas fiestas patronales. Y si no que se lo digan a los dos jóvenes que, incapaces de aguantarse el calentón, dieron rienda suelta a sus ganas en el verano de 2012 en plenas fiestas de San Timoteo, en Luarca (Asturias). Buscaron ocultarse en unos arbolillos cercanos al “prao” donde se celebraba la romería, pero no se dieron cuenta de que sus ardores y proezas sexuales estaban a la vista de cualquiera y, como casi siempre sucede en esos casos, a alguno se le ocurrió grabar la escena.

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Ni dieron su consentimiento ni se percataron de nada, y el vídeo, de más de cinco minutos, acabó colgado en uno de esos portales de Internet especializados en grabaciones de gente pillada practicando sexo in fraganti. Pero lo más gordo llegó cuando varios vecinos reconocieron a la mujer del vídeo, vecina de la localidad de Navia, y alguien bajó la grabación y la difundió vía Whatsapp. Entonces ya sí que no hubo nada que hacer. El despliegue fue total y el vídeo, lleno de escenas explícitas, se convirtió inmediatamente en viral para desesperación de sus protagonistas. Redes sociales, aplicaciones, webs pornográficas…

Los dos, hombre y mujer, eran claramente reconocibles y él no dudó en denunciarlo. Hoy, tras casi tres años de investigación por parte de la magistrada titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Luarca, hay 23 imputados por la difusión de las imágenes. Están acusados de atentar contra la intimidad de la pareja y esperan la apertura de juicio oral. Ha habido más de un centenar de interrogatorios y la jueza investiga a todo aquel que haya podido compartir la comprometedora grabación. Y ahora, misteriosamente, nadie en la comarca reconoce haberla visto.

Moraleja: cuidadito con donde follas, pero también con lo que grabas. Para no ser hipócrita tengo que reconocer que, de haberme llegado un vídeo similar, le habría echado un ojo. Pero hay que ser muy hijo de… para grabar a dos personas en esa situación, por poco previsores que sean y escandaloso que parezca, y encima subirlo a Internet.

Días de sexo, amor y primavera

La primavera la sangre altera, reza el dicho. Pólenes y gramíneas se disparan y las consultas de los alergólogos se llenan, sí, pero no todo va a ser mocos, ojos enrojecidos y estornudos. La llegada de la estación en la que todo renace trae consigo un festival de colores, temperaturas más cálidas y días más largos que aumentan las horas de ocio; los cuerpos se sacuden el frío tras meses de invierno y dejan entrever la piel y el personal parece que se pone de mejor humor. En definitiva, el caldo de cultivo perfecto para que los escarceos amorosos proliferen. No en vano la llaman la estación del amor…

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¿Pero hay algo de cierto en esa afirmación? Diversos estudios así lo consideran, y responsabilizan de ello a las hormonas y a la luz, la bendita luz. Con ella se estimula la hipófisis, una glándula situada en la base del cerebro que regula, entre otras cosas, nuestras hormonas sexuales. A más luminosidad, más actividad de la hipófisis, que libera así una serie de sustancias claves en el deseo sexual y el enamoramiento. Aumenta, por ejemplo, la secreción de endorfinas, unos neurotransmisores a los que se conoce vulgarmente como la hormona de la felicidad y el placer. También aumentan la melatonina, la serotonina y las feromonas, estas últimas determinantes en la activación de la atracción y el deseo, así como la dopamina, que se segrega durante el sexo.

La llegada de la primavera implica igualmente un incremento importante de los niveles de la vitamina D, que tras meses de oscuro invierno, se dispara a partir de marzo debido al aumento de las horas de luz. Según un estudio de la Universidad Médica de Graz, en Austria, los hombres con altas cantidades de vitamina D en sangre tienen también un mayor nivel de testosterona, la hormona sexual masculina por excelencia. La consecuencia es un aumento notable de su libido.

En definitiva, un cóctel de química pura que revoluciona nuestros procesos biológicos internos y nos predispone al deseo, al sexo y al amor. No es casualidad que, según la Asociación Estatal de Profesionales de Sexología (AEPS) de España, las consultas sexológicas aumenten considerablemente a partir de la entrada oficial de la primavera. El que no tiene quiere y el que lo tiene malo, quiere mejorar. Otras pruebas son que aumenta la venta de preservativos y, a la par, las enfermedades de transmisión sexual.

Así que lo dicho, estamos rodeados de primavera y el amor nos acecha. Escuchen a sus hormonas y, eso sí, pongan cuidado. Feliz estación.

La falta de sexo, principal motivo para ser infiel

Follar poco, mal o nada. Ese es el factor fundamental que empuja a hombres y mujeres casados o emparejados a buscar un amante. Al menos eso es lo que se desprende de un estudio realizado por una de esas webs de contactos para poner los cuernos, Ashley Madison, entre sus 24 millones de usuarios.

El informe, llamado ‘The Global Sex Survey’, revela que el 37,2% de las mujeres y el 55% de los hombres entrevistados se decidieron a ser infieles por la falta de sexo con sus parejas. “La falta de sexo es un indicador y factor clave que conduce a los hombres y mujeres de todo el mundo a tener relaciones extramatrimoniales”, afirma al respecto Noel Biderman, fundador y CEO de AshleyMadison.com. “Aunque otras cosas como la frecuencia con que ven pornografía o si usan o no juguetes sexuales pueden ser signos reveladores, la mayor amenaza a la monogamia en el mundo sigue siendo una vida sexual poco saludable, ya sea por relaciones poco frecuentes o inexistentes en un matrimonio”, sentencia.

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Yo no comparto sus afirmaciones respecto a la pornografía y los juguetes eróticos, pero en lo de la falta de sexo, creo que razón no le falta. Si cierro los ojos unos minutos y me pongo a pensar en todas las historias de cuernos que ha habido a mi alrededor, desde amigos íntimos y familiares a simples conocidos o compañeros de edificio, un sexo rácano, miserable o ausente está detrás de la mayoría de ellas. El porqué se llega a esa situación es otro debate (da para escribir un tratado), como también lo es si, llegados a ese punto, no sería mejor abordar el tema para intentar cambiarlo, cortar por lo sano, etc. No es tan sencillo, en cualquier caso, y ya hablaremos de ello en otro post.

En cuanto a otro tipo de motivaciones para lanzarse al adulterio, el 21% de los entrevistados señalaron el deseo de probar cosas nuevas en el terreno sexual, mientras que el 12% habló del “morbo de tener una aventura”. Hay quien dice que tener un amante es beneficioso para la relación, que la relanza, etc. Así lo han afirmado el 77% de las mujeres que han participado en el estudio, frente al 66% de los hombres. “Pon un par de cuernos a tu depresión”, decía Sabina.

¿Y qué hay de los remordimientos y el sentimiento de culpa? Pues no mucho, la verdad, aunque según dicho informe son ellos quienes más lo sienten: el 19,4% contra sólo el 7% de las mujeres.”El sentimiento de culpa no les afecta porque entienden que la infidelidad es una decisión personal de una experiencia privada y, por errónea que pueda ser, justifican sus acciones diciendo que son fieles a su sentir, a su derecho de experimentar y sin necesidad de afectar a sus propias parejas”, cuenta Francisco Goic, director regional de Ashley Madison.

Pues eso. Dime cuánto follas…

Amores interrumpidos, amores eternos

Había oído hablar de él toda mi vida, desde que tenía uso de razón. Pepe Cabello, el pintor. El gran y único amor de mi tía Paca. Tardé años en oírselo nombrar a ella, que vivía aparentemente ajena a los comentarios y chismorreos que sobre su vida y su pasado hacían familiares y amigos. Siempre a sus espaldas, eso sí: “Pobre, tan buena y tan sola”, “ha sido incapaz de rehacer su vida desde entonces”, “si no hubiera sido tan cabezota…” Mi curiosidad crecía cada día, pero siempre que preguntaba me respondieron con evasivas. Al fin y al cabo, yo solo era una niña.

Paca era mi tía “la solterona”. Tía abuela, en realidad, pero se ve que su condición de no-casada la convertía a nuestros ojos en una especie de tía universal que siempre estaba cuando la necesitábamos, capaz de cuidar de todo y a todos. Era extremadamente cariñosa, detallista y poseía una alegría contagiosa; todo le hacía gracia. Pero un día, mientras paseábamos las dos por la Plaza Alta, la de las palomas, se le heló la sonrisa en la cara. Tardé en darme cuenta porque me había acercado un momento al quiosco a por pipas, y hasta que no me di la vuelta no vi a aquel hombre, del brazo de una señora, parado frente a mi tía. Para cuando los alcancé, la conversación ya estaba iniciada.

—Hace ya seis meses que regresé. Que regresamos —dijo él, mirando fugazmente a la que a todas vistas era su mujer—. La jubilación, ya sabes… Es raro que no nos hayamos encontrado antes, esta es una ciudad pequeña”.

—Uy, ya no tanto… ha crecido mucho, no es la que era. Te habrá costado reconocerla…

—Está distinta, sí, pero en esencia sigue siendo la misma. Algunas cosas no cambian nunca.

A mi tía le temblaba ligeramente la barbilla y él me miró.

—¿Tu hija?

—No, mi sobrina —aclaró ella, y aunque sonreía, o al menos lo intentaba, no pudo evitar que se le ensombreciera el rostro. Tenía los ojos acuosos.

Se hizo un silencio demasiado largo —incluso una niña podía darse cuenta de eso—, hasta que la mujer que colgaba del brazo del hombre, visiblemente incómoda, carraspeó. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no dijo nada. Ahora pienso que quizás estaba invitando a su marido a presentarla, pero aquello no sucedió. Solo miradas y más silencio incómodo.

—Bueno, me alegro de verte, Pepe, que disfrutéis del regreso —dijo mi tía mientras tiraba de mi mano—. Tenemos que irnos.

Él hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y la mujer sonrió, educada. Ya caminaban hacia la Calle Ancha, cuando se volvió.

—Paca…

Ella se dio la vuelta, expectante.

—Me ha gustado mucho volver a verte.

Cuando se es muy joven se tiende a creer, por error, que el amor no es cosa de mayores. No es un pensamiento consciente, es algo interiorizado, que sale sin querer. Uno cree que sus calores y anhelos, sus vaivenes y navajazos son patrimonio exclusivo de la juventud. Cuando se es muy joven nadie se imagina a un señor o una señora de 60 años temblando por la cercanía de otra persona, o con el corazón a mil, o simplemente hecho trizas por lo que fue, por lo que ya no, por lo que pudo haber sido. Cuando se es muy joven, a menudo, se está equivocado.

Aquella tarde Paca y yo anduvimos de vuelta a su casa. Ni ella ni yo dijimos una palabra, aunque juraría que le vi alguna que otra lágrima. Casi podía tocar su tristeza.

Años después, cuando mi tía enfermó, le conté a mi madre aquel episodio de la plaza y lo triste que había visto a la tía. Entonces ella me contó que ese debía de ser Pepe Cabello, su amor de juventud y el único novio que había tenido. Al parecer estaban muy enamorados e iban a casarse. Pero en aquellos años España no era un buen lugar para el amor… Como muchos otros, en esos tiempos de oscuridad y represión Paca y Pepe necesitaban de una carabina para poder verse. Sí, una de esas señoras mayores que acompañaban a las chicas jóvenes en sus citas para asegurarse de que no hacían nada indecente. En su caso, una prima de ella bastante mayor, Luisa, que a su vez arrastraba la amargura de un amor truncado por ser él más joven que ella. Luisa, a la que prohibieron casarse con ese hombre. Luisa, que se quedó para vestir santos. Luisa, que si no se casaba ella no se casaba nadie.

Y así, hizo todo lo posible por boicotear aquella relación. Si querían estar juntos, tenían que ir a donde ella quisiera y hacer lo que a ella le diera la gana. Si protestaban, se negaba a acompañarles y ya no había cita. Un día, en plena semana santa, Pepe pidió a su novia que fueran al balcón que había preparado su familia para ver la procesión. Luisa se negó, y el hombre ya no pudo más. “Estoy harto de que tu prima nos mangonee. Si no vienes esto se termina, Paca. O ella o yo”. Algo así debió de decirle. Pero Pepe no entendía que no se trataba de él o Luisa, sino de él y todo un régimen. ¿Cómo iba ella sola a poder dinamitarlo? Dolor, orgullo, llantos… y Luisa malmetiendo. Al final se canceló la boda y Pepe se fue de la ciudad, que por aquel entonces era más bien un pueblo.

Ignoro si volvieron a verse. Mi tía murió a los 66 años de un cáncer. Pepe, su Pepe, solo la sobrevivió un par de meses, aquejado del mismo mal. Están enterrados en el mismo cementerio, a no demasiados metros de distancia. Cerca, pero sin tocarse… como cuando estaban vivos.

Y en su casa, bajo la cama, una vieja lata llena de fotos.

PACA Y PEPE

PACA Y PEPE