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Consentir a tener sexo no es consentir todo tipo de sexo

Tenemos un cacao en la cabeza, uno importante. Y empieza por no saber muy bien lo que está sucediendo en nuestra intimidad.

Te pongo un ejemplo. Imagina que vas a una cita con alguien que has conocido por una aplicación de ligar.

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Os lleváis genial, la química está por las nubes y no veis el momento de que el camarero traiga la cuenta para iros a casa de alguno de los dos.

No hay tiempo para delicadezas, la ropa va quedando por el suelo hasta que ya podéis complaceros. Y el sexo deja de ser apresurado y urgente para convertirse en violento.

Hay golpes, hay estrangulamientos, tirones de pelo, un “perra” de por medio… Sabes que forma parte del polvo, pero no puedes evitar una cosa: asustarte.

Porque en todo momento querías tener sexo con esa persona, pero no podías imaginar que esto era lo que te esperaba. Igual, de haberlo sabido, ahora que lo estás padeciendo, te lo habrías pensado dos veces.

Se puede decir que consentiste, claro, pero que accedieras a tener sexo no significa que dieras libertad para hacer cualquier cosa con tu cuerpo.

Billie Ellish lo comentó en una entrevista en televisión hace unos meses: “Las primeras veces que tuve sexo, no dije que no a cosas que no estaban bien. Fue porque pensaba que se suponía que era lo que me tenía que gustar”.

¿Cómo no sentirnos identificadas?

Evitar que esto pase no significa que (como alguno que otro comenta) haya falta ir siempre encima con una carpeta de formularios en la mano. Rellenando previamente que prácticas se pueden hacer -y cuáles no- y firmando ante notario.

Pero sí que en la conversación previa se puede decir que el tipo de sexo que te gusta es duro y que si le va a hacer sentir cómoda a la otra persona.

Y también hacerle saber que, en el caso de que sea demasiado, siempre puede decir que no quiere continuar o que se bajará el nivel de intensidad un poco.

Eso sería lo ideal, claro. Pero si por lo que sea, no surge la conversación y ya se está en faena, parar y decir que eso no, que no está en una película porno, que no eres fan de ese tipo de sexo (o al menos, no de primeras sin conoceros).

Y si contesta que es su manera normal de hacerlo -algo bastante probable si tenemos en cuenta los vídeos eróticos de los que estamos rodeados-, pedirle más cuidado si quiere continuar.

Decir que sí en un primer momento no nos compromete ni con una persona ni con una forma de tener sexo.

Se puede cambiar de idea si la situación se vuelve incómoda o, simplemente, no apetece seguir. Recuerda que la persona a la que te debes es a ti.

Duquesa Doslabios.
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¿Eres fetichista? Este psicólogo te resuelve la gran duda

Siempre hay algo. Algo que te da reparo compartir incluso con tu amiga con la que tienes más confianza. Algo que tú disfrutas -porque vaya si lo haces- pero sabes que no está bien visto por tratarse de un fetichismo.

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Y puede ser desde una pasión desmesurada por oler la ropa interior de otra persona, conseguir alcanzar el clímax solo si participan los pies en el juego o pasear toda una tarde con un juguete metido en cualquiera de tus orificios, porque es la orden que has recibido.

Lo que tienen en común es precisamente lo que las hace peculiares. Se escapan de lo convencional, del sexo que sí parece moralmente aceptable simplemente por estar más extendido.

Pero, ¿te digo algo? No somos bichos raros.

Y me he encargado de tener un punto de vista profesional antes de escribirlo. José Alberto Medina Martín, (@sex_esteem en Instagram) psicólogo y sexólogo, me ha tranquilizado al respecto.

Porque, para empezar, creemos que el hecho de que nos excite algo en concreto del cuerpo, como puede ser (aquí hablo en mi caso) una barba o vello corporal, ya significa que es un fetichismo, lo que es una confusión muy frecuente.

“Si solo obtienes placer en prácticas sexuales que involucran esa parte, objeto o material, sí se considera fetichismo, que estaría englobado dentro de las parafilias. Son prácticas sexuales no convencionales que se salen del modelo de una sexualidad normal, normal de norma”, afirma el psicólogo.

Es más, para él, que necesites una práctica distinta (se me ocurre como ser escupido o insultado) para llegar al orgasmo, solo tiene una dificultad y es que des con alguien a quien también pueda gustarle eso.

“Cuando solo obtienes placer del fetichismo, ya sea cuero, tacones, fusta o una parte del cuerpo, hay un problema de cara al público que se pueda encontrar. Es más complicado encontrar parejas sexuales con tus preferencias, se cierra el abanico de las posibilidades”, reflexiona.

“El caso es que interiorices que tienes la capacidad de tener gustos por otras cosas, la capacidad está ahí. Pero si no quieres explorarla por cualquier motivo -y quieres seguir ciñéndote a tu parafilia porque te encuentras cómoda así-, no hay ningún problema contigo”, afirma el experto.

En sus palabras: “Es una práctica más. Tiene una serie de dificultades a la hora de encontrar pareja/público con la que disfrutar de ella, pero todo el mundo tiene su espacio y su público, aunque sea más difícil de encontrarlo”.

Solo es un problema si te supone un problema, no porque venga en un libro”, resume.

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Y ¿qué pasa si me encuentro a una persona fetichista pero mi vida sexual es más convencional? José Alberto resuelve la duda.

“Si no te gustan esas prácticas -o no al mismo nivel que a tu pareja-, estás en todo tu derecho de decir no. Es cuestión de encontrar un punto de encuentro. Si no lo hay, no pasa nada. Hay mucha gente en el mundo”, declara.

En lo que coincidimos ambos es que la carga social de tener este tipo de preferencias sigue siendo muy grande. Quitarle peso no empieza en la intimidad de la habitación.

“Ambas partes tienen que tener en cuenta que es una práctica más y no hay ninguna alteración neurológica ni ningún tipo de enfermedad o patología. Por mucho que quieran hablar los manuales de trastornos parafílicos simplemente son gustos.”

Duquesa Doslabios.
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Somos más guapos con mascarilla y este estudio lo confirma

Hace unos días, en un monólogo, el cómico nos hacía reír con una verdad universal que ha dejado la pandemia: todos somos guapos de ojos.

La primera vez que te ven sin la mascarilla, asumes que puedes provocar desde un pequeño susto a una agradable sorpresa.

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Para nosotras siempre había sido el maquillaje, para ellos la barba, y para todos por igual, el beneficio estético de la mascarilla de resaltar una parte de nuestro rostro a la que solemos prestarle mucha atención.

Es más, “en los ojos” es una de las respuestas más típicas cuando preguntas qué es en lo primero que solemos fijarnos cuando conocemos a alguien.

Así que tiene todo el sentido del mundo que, quitando el resto de rasgos de la ecuación, quede la mirada como protagonista cuando llevamos la cara tapada.

Y se convierta, por supuesto, es una prolongación de lo que nos imaginamos que acompañan unos ojos tan impactantes (porque puestos a fantasear…).

También es verdad que, en el momento de sentarse en el bar y quitársela para tomar algo, se pierde parte del encanto.

No porque la otra persona sea siempre poco agradable a la vista (que algo bonito todos tenemos), sino porque nuestra imagen fantasiosa ha sido otra, simplemente eso.

Aunque claro, también hay personas que pueden llegar a aprovecharse de esto y utilizar la imagen de alguien con mascarilla para cambiar de identidad en una aplicación de ligar.

Es lo que reivindica el concepto “Magikkun”, una palabra que viene de Corea del Sur que podría equivaler al “Maskfishing” y se refiere a las personas llevando mascarillas en sus fotos de aplicaciones de ligar.

Y es que se ha vuelto muy popular llevar el complemento sanitario hasta en la foto de perfil, lo que ha llevado a que las propias apps prohíban este tipo de imágenes.

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El fenómeno de que aumente el nivel de atractivo ha sido hasta estudiado por la Universidad de Cardiff.

En un estudio reciente descubrieron que aquellas personas con mascarilla, antes asociadas al virus, estaban ahora vistas como más atractivas que las que no llevan.

Además de potenciar los ojos, hay algo que nos aporta la mascarilla después de dos años de pandemia: seguridad.

Nuestro subconsciente nos dice “Eh, lleva mascarilla, a lo mejor no baja la tapa del váter pero se preocupa por el virus, merece la pena”. De ahí que dentro de las mascarillas, en el estudio salieran las quirúrgicas azules como las más valoradas.

Así que si unimos que nuestro cerebro hace de las suyas para rellenar la parte que queda oculta -y además se esmera en crear una cara bonita- y que sin darnos cuenta ya le estamos dando puntos extra, el resultado es que nos montamos que la otra persona nos va encantar.

De ahí que el magikkun esté cobrando fuerza. Que no está mal que el crush virtual aparezca en alguna foto con ella puesta, pero al final quieres saber con quién estás quedando (por mucha pandemia que haya).

Porque si luego en persona no se la quita, vas a tener siempre la duda de si realmente has quedado con “Jason, británico, 32 años, amante del surf y vegano” o con su compañero de piso.

Duquesa Doslabios.
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Comprar juguetes sexuales, ¿cuestión de discreción o tabú?

Hace unos días fui a un sex shop a comprar un plug anal. Aunque en la caja venía la imagen, explicaciones y todo lujo de detalles, la dependienta me lo guardó en una bolsita blanca de papel.

Por lo visto, para que nadie se entere de que estoy comprando un juguete, ni que he estado en esa tienda.

En la bolsa tampoco aparecía nombre del sex shop. Es decir, si tú me ves por la calle, puedes pensar que lo mismo llevo una colonia de regalo para mi madre que una caja con pendientes.

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Si me da por ampliar la colección de juguetes, es algo que forma parte de mi intimidad y puedo agradecer que no todo mi vecindario esté al tanto de qué me compro o me dejo de comprar.

Pero, ¿se hace realmente para proteger la intimidad o es que no estamos listos para verlo?

Me acuerdo como, hace unos años, Cara Delevingne y Ashley Benson se convertían en carne viral de internet por una foto en la que aparecían metiendo un juguete en casa, una especie de banco multiposición para practicar bondage.

La atención mediática fue tal que, meses más tarde, le seguían entrevistando acerca de aquella imagen: si lo habían comprado, si se lo habían enviado, si era para ella, si era un regalo para otra persona…

Preguntas y más preguntas, que es precisamente lo que evita la discreción de la bolsa blanca.

Pero ni Cara ni su pareja quisieron envolver la caja. Por eso se convirtió en algo tan comentado. No solo habían comprado un juguete, sino que lo enseñaban al mundo libremente.

Creo que una de las razones por las que se hizo tan popular fue justamente que es raro ver a nadie con sus recién comprados juguetes por la calle.

Pero, ¿y si lo normalizáramos? ¿No conseguiríamos que se convirtiera en algo habitual a lo que terminaríamos por acostumbrarnos?

Sara Izquierdo (@vozdelagarta en Twitter e Instagram), que es estudiante de psicología y sexología, lo comentaba en su cuenta.

Si bien Sara defendía el derecho a la privacidad a la hora de comprar este tipo de artículos, su reflexión iba más allá.

“No existen envíos discretos con ropa o comida. Mercadona no manda sus paquetes sin el logo para que nadie se entere”, decía en sus historias.

“Esto ocurre por la censura que tenemos con la sexualidad y por la vergüenza que nos han inculcado. No da la opción de ‘quieres envío discreto sí o no’, lo envían automáticamente así”.

Para ella, la conclusión es clara: “El hecho de que se envíe por defecto de forma discreta es un reflejo de la sociedad en la que estamos”.

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Es como para reflexionar. Y de paso, pedir que haya opciones de envíos normales para quienes quieran recibirlo con la misma ilusión que hace abrir una hamburguesa en una bolsa con el logo de tu cadena de comida rápida preferida.

¿Por qué negar ese disfrute si se trata de, además, algo pensado para dar placer?

A lo mejor si viéramos más a menudo bolsas con nombres de condones, no te pondría los ojos en blanco el chico de turno cuando le dices de usarlos.

Y creo que tampoco sería tan escandaloso -ni vivirías tu fetiche por la sumisión como algo de lo que sentir vergüenza- si de pronto vieras más personas que también compran bozales y correas.

Volviendo a la tienda de juguetes de mi barrio, y sacándole el tema a la dependienta, me comentó que más de la mitad de sus clientes preguntaban con la compra si se lo podían poner en una bolsa discreta.

También una rápida encuesta en Instagram me revela que la mayoría prefieren que siga siendo así. “Nuestra vida es muy pública hoy en día. No está de más guardar algo para nosotras/os“, me respondía una seguidora.

Lo que queda claro es que, mientras siga perteneciendo al ámbito privado y lo llevemos con secretismo, será un tema que nos costará hablar con normalidad.

Quizás algo de razón tiene Sara y seguimos viviéndolo con vergüenza. Sería eso lo que habría que cambiar en primer lugar, estampar un logo o foto en una bolsa siempre es más sencillo que educar.

Duquesa Doslabios.
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De perderle el miedo al sexo con la luz encendida

Yo era de esas, de las que buscan cualquier excusa para, apurando el minuto de antes, levantarme de la cama y bajar un poco las persianas.

Era de las que veía la luz como enemiga, nunca como aliada.

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Como una chivata traicionera que señalaba mis hoyuelos de los muslos. Que se cebaba en las estrías de mi cadera.

Siempre la iluminación, bien natural o artificial, era quien decía a la otra persona que todavía quedaba algún pelo sin depilar, una pedicura pendiente de repasar, el pecho en un ángulo poco favorecedor, la tripa algo más hinchada por la cercanía de la menstruación…

Yo era de esas que buscaba la oscuridad solo para tener una cosa por segura, ya no sería posible ver que no era perfecta. Que mi cuerpo no era como el de las revistas.

Así que las persianas se bajaban, las cortinas se corrían (a diferencia de mí en ese momento de mi vida), la lámpara se apagaba y ya sentía que podía moverme en penumbras sin sentirme atenazada por el miedo de todas las inseguridades que la falta de ropa dejaba a la vista.

Y hablo en pasado porque aquella era, pero no soy.

Porque descubrí que el problema no estaba en la claridad en la habitación, que lo tenía mi punto de vista y que me estaba impidiendo algo tan bueno como disfrutar de un buen sexo.

Hice el ejercicio de aprender a mirarme diferente reflejada en el espejo antes de meterme en la ducha. De acariciarme el pecho, pequeño y desigual, pero mío y suave al tacto.

De apreciar las irregularidades de los pezones, de recorrer las pequeñas estrías blancas que lo recorren en algunas zonas.

También me reeduqué sobre la odiada piel de naranja dándole tregua, dejándole estar y viéndola de otra manera. Como mía y no algo ajeno de lo que deshacerse.

La vi como lo que es, un cambio de relieve que no cambia nada. Algo que no me impedía disfrutar cuando recibía un cachete certero.

La recorrí con la yema de los dedos, la estrujé clavándole las uñas, la solté, la manoseé y me gustaron todas las sensaciones. Disfruté de mí.

De repente, aquel físico en el que bajo la luz conseguía sacarle defectos constantes, me pareció precioso. Me sentí bien con aquel reflejo por primera vez.

Pero sobre todo, tenía la urgencia de exprimirlo a cualquier hora y momento. De echar un polvo a primera hora de la mañana sin pensar en los rayos que se colaran por la ventana. De no ponerle límites de tiempo o iluminación al sexo.

Y vaya si lo hice. Y lo sigo haciendo.

Duquesa Doslabios.
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¿Qué hacer cuando hay un pequeño sangrado tras practicar sexo anal?

Cuando te planteas tener sexo anal, tienes que enfrentarte a dos verdades ineludibles.

La primera es que puede que en algún momento, veas una mancha marrón, la segunda, que veas sangre.

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Ni una ni otra tienen por qué aparecer siempre. Es más, hay quienes tienen el músculo del ano tan distendido que lo mismo pueden hacer fisting sin ningún tipo de miedo.

Pero para otras personas, los capilares que rodean el ano son tan sensibles que, incluso limpiándose con un poco más de fuerza, ya manchan el papel con sangre.

Conclusión: cada culo es un mundo.

Pero si formas parte del segundo grupo y te atreves a probar el sexo anal, incluso utilizando litros y litros de lubricante a base de agua, es probable que en algún momento sufras un sangrado menor posterior a la práctica.

Lo realmente importante es, una vez se ve la sangre, lavar la zona y practicar la abstinencia hasta que las pequeñas heridas se cierren.

El peligro que tienen los sangrados en esa parte del cuerpo es que corren el riesgo de infectarse por las bacterias.

Si el flujo continúa, porque no es solo de los vasos sanguíneos superficiales, hay que acudir al médico, puede ser una fisura anal o algo más serio (sobre todo notas dolor, hay sensación de hinchazón, náuseas o fiebre).

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También puede suceder que en el momento dejen de sangrar, pero que al día siguiente -previa visita al baño-, la sangre vuelva a hacer acto de presencia.

Repetimos estrategia. Se limpia muy bien comprobando que no queden restos, con agua y jabón, y se seca.

Otro consejo para hacer la recuperación más sencilla, y ayudar a que no vuelvan a sangrar las venas más finas en la próxima visita al baño, es tomar mucha fibra y beber agua de manera abundante.

Duquesa Doslabios.
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De ligar mal en peor

Ligar es como mentir en el currículum. Te puede salir bien la jugada, por pura suerte, o te puede salir fatal (y caerte con todo el equipo).

Y yo quiero hablar de esas ocasiones o formas de entrar que, en mi experiencia, son la crónica de un fracaso anunciado.

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Porque de todas las maneras que hay de llamar la atención de una persona, no hay nada peor que

  1. Despistar haciendo algo tan raro que resulta incómodo. No, soplar el pelo para que me gire a hablarte no es gracioso. Tampoco cuando dices que era para ver mi melena al viento. No te pongas poético. Aunque es solo aire, siento que invades mi espacio personal, estás interrumpiendo mi baile/conversación con mi amiga y me hace sentir insegura (así como que me planteo cuánta saliva habrá en tu soplido y si será la suficiente como para contagiarme coronavirus).
  2. Menospreciarme. Si ponerte a hablar conmigo es tu objetivo, dejarme a la altura del betún para ello le ha funcionado a un total de 0 hombres. Esto no es el colegio. Puede que con 15 años colara, pero a las mujeres adultas no nos interesa ganar tu aprobación. Ni te la hemos pedido ni la necesitamos, podemos vivir sin ella. Así que no me entres metiéndote con mi ropa ni asegurando que no sé decirte el artista de la canción que suena. Me da igual, me lo estoy pasando de maravilla bailándola.
  3. Tocarme o pegarte a mí. Forzar el contacto físico ya era desagradable antes del Covid-19. Ahora ni te cuento. No, por mucho que me metas el codo todo el rato en la discoteca para llamar mi atención, no lo vas a conseguir ni voy a pensar “Oh, cuántas ganas de conocer a este hombre que clava su brazo en mis costillas, seguro que es igual de intenso en la cama”.
  4. Decir que soy “muy madura para mi edad”. La edad es un número y todo lo que quieras. Pero ver que personas mucho (pero mucho) más mayores intentan algo con alguien mucho (pero mucho) más joven, es raro. Sobre todo porque nunca ves que se acerquen a las de su edad. La frasecita es la guinda del pastel. No es que yo sea muy madura, es que tú eres un poco asaltacunas.

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  5. Invadir mi privacidad rozando la ilegalidad. A esa gente que utiliza mis datos privados para ponerse en contacto conmigo, me encantaría decirle que, además de poco profesional, no, en el amor no vale todo. El límite está en que le hagas sentir inseguridad a la otra persona. Quien te está arreglando el móvil, entregando un paquete o incluso quien los tiene en tu ficha de empleada/o debería dejar tu información personal fuera de la ecuación y entender que va a jugar más en su contra. No vamos a pensar que es un gran gesto romántico, lo probable es que la primera impresión sea la de “qué tío más pirado, me siento acosada”.

Duquesa Doslabios.
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Exígete menos en la cama para disfrutar(lo) más

Ya vale de tanto agobio. Vale de pensar que siempre tiene que apetecerte, que tienes que estar de humor.

Vale de exigirte que siempre tengas una erección infinita, la vagina siempre humedecida, los pezones en punta, la libido por las nubes, las ganas disparadas

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No siempre va a ser así y no estar en tu momento más sexual, no significa que no puedas disfrutar lo demás.

Así que en vez de que te estreses porque ese día el orgasmo parece no llegar nunca, intenta olvidarte, perderlo de vista.

Se nos pide -o más bien exige- que perfeccionemos todo lo que esté en nuestra mano.

El trabajo, las relaciones de amistad, no olvidarte de ningún cumpleaños, ser la mejor pareja, hija y hermana, sacar tres veces al perro a la calle, tener lo bastante regadas tus plantas.

El nivel de demanda no debería afectar al terreno íntimo, no deberíamos plantearlo como otro campo más en el que lograr los objetivos.

Que si se consiguen, bienvenidos sean.

Pero tampoco hay ningún problema en que, por casualidad o no ser el día o cualquier otra razón que igual ni te viene a la cabeza, no seas capaz de dar el 100% de ti.

El sexo es mucho más que ver a la otra persona como un desafío, un puesto de feria: “Consigue que se corra en dos minutos y te llevas premio”.

No funciona así.

El sexo es relajación, escape, pausa, conexión, comunicación, acuerdo y punto de encuentro.

Y si nos quedamos solo con su lado placentero, restándole la importancia a todo lo demás, seguiremos pensando que qué mal no haber logrado llegar y que la experiencia no ha merecido la pena.

Duquesa Doslabios.
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‘Green flags’ que tienes que buscar en tu pareja este 2022 (y siempre)

¿Te imaginas que has empezado 2022 con una persona emocionalmente accesible que encima no huye del compromiso y quiere tener una relación contigo?

Si no te ha pasado, este artículo te interesa igual para lo que venga -que más vale prevenir que curar-.

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A estas alturas de mi vida te sé decir de corrido cuáles son las señales de alarma o red flags que me echan para atrás de alguien.

Pero, ¿sabemos identificar las alertas positivas, las que demuestran que estamos ante un buen material de pareja?

En mis años de (des)engaños amorosos, he llegado a la conclusión de que lo que me conquista de una persona es lo siguiente:

  1. Que valide mis emociones. Aunque no las entienda. Aunque se quede pillado porque me ha entrado la llorera por la regla. Que me diga que no pasa nada porque esté triste y que está ahí para apoyarme, secarme el moco gigante que me cae de la nariz o simplemente estar ahí conmigo.
  2. Que se interese por mí de una manera lineal, no que un día me dé conversación y desaparezca los tres siguientes. Que quiera saber sobre mi trabajo, mis gustos, mis sueños o la razón de por qué tengo una cicatriz en el lado derecho de la barbilla.
  3. Que hable bien de su ex. Ojo, no que siga enamorado, pero que sea capaz de ver lo bueno en él (o ella). Que sea capaz de resaltar lo que le aportó como persona y lo que ha aprendido de la ruptura. Si habla mal de todas sus exparejas, corre lejos.
  4. Que tenga tarifa plana de respeto. Que me respete a mí, por supuesto, pero también al resto de personas, ya sean conocidas o desconocidas. Que respete los animales y al medio ambiente.
  5. Que pueda ser yo misma a su lado, sin filtros ni maquillajes. Que me ría tanto que escupa el agua y le haga gracia en vez de montar un escándalo. Que acepte que no comparto postre o que me cambio siempre de ropa tres veces antes de salir de casa.
  6. Que sea capaz de hacer autocrítica. Que reflexione sobre sus comportamientos menos buenos y sea capaz de ponerles remedio. Que no se quede en el “Yo es que soy así” sino en el “Lo tendré en cuenta e intentaré hacerlo de forma diferente la próxima vez”.
  7.  Que se abra con sinceridad. Que podamos hablar de cualquier cosa, de nuestros miedos, nuestras inseguridades, las experiencias sexuales pasadas, las relaciones superadas o los traumas que aún gestionamos como adultos de nuestra infancia.
  8. Que tenga una vida fuera de la relación de pareja. Que salga con sus amigos, tenga pasiones en las que yo no tenga cabida y otras que pueda compartir (si quiere) conmigo. Pero que haga sus planes, disfrute de sus momentos sin mí y tenga un espacio propio.
  9. Que trate a sus padres con cariño. Que les hable de buena manera, que les cuide, que se preocupe por ellos.
  10. Que tenga confianza en mí. Total y absoluta. Como la que va a recibir por mi parte. Que si le digo que me voy de fiesta con unos amigos me desee que lo pase estupendamente. Porque sabe que si le digo que quiero estar con él, lo pienso (y siento) de verdad.

Duquesa Doslabios.
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Vamos a normalizar que los hombres giman durante el sexo

Miércoles 5 de enero. 10 de la mañana. Pongo una película porno conectando los cascos al ordenador para inspirarme.

(Cada una empieza el día como quiere)

Una pareja está teniendo sexo en el sofá al estilo perrito. Ella gime a tal volumen que me asusto de que alguien de mi familia haya podido oír el sonido.

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Me quito un auricular y compruebo que todo sigue en orden.

Cuando devuelvo la vista a la pantalla han cambiado de postura. Pero hay algo que sigue igual.

Ella continúa expresando el placer a voces mientras él solo suelta algún que otro resoplido. Nada más.

La escena es habitual -la de ellos callados mientras practican sexo- y es algo que se ha repetido durante años en mi vida sexual.

Raras han sido las veces que me he encontrado con alguien capaz de soltarse y gemir.

Cuando papá porno enseña que soltar esos sonidos agudos y con deje casi lastimero es algo femenino, ¿qué hombre se atrevería a replicarlos?

Sorprendentemente, estamos rodeadas de gemidos masculinos en nuestro día a día.

Son los que suelta Nadal cuando juega al tenis, dándole un raquetazo a la pelota con todas sus fuerzas.

Son también los que oyes a los musculosos del gimnasio cuando cogen las mancuernas y hacen press de pecho.

A más peso, más esfuerzo y más alto es el quejido. En ese contexto liberar el sonido no les avergüenza.

Está bien visto gemir si es para probar que estás llevando al límite tu cuerpo, con una demostración de fuerza digna de competición de culturismo.

Pero no para estimular o gozar más con tu pareja. Según la ciencia, ese grito irrefrenable facilita la ventilación pulmonar lo que ayuda a la relajación.

También la comunicación no verbal durante el sexo significa disfrutar más del momento y por tanto, una mayor satisfacción íntima.

Así que dejar salir los gemidos tienen tantísimas ventajas, que es demasiado bueno como para no hacerlo.

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Como una guía sonora, a nosotras nos sirven de indicativo. Sabemos que él lo está disfrutando y eso nos motiva a seguir adelante.

A chupar más hondo, morder más fuerte, lamer más seguido o movernos más rápido.

Como buenas voyeurs, nos gusta verle rendido a lo que está sintiendo. Y no hay nada como el chute de autoestima por ese placer que entregamos -y a la vez nos pertenece por generarlo-.

Que nos pone cachondas, vamos.

Duquesa Doslabios.
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