Archivo de la categoría ‘Enfermedades’

Dolores de crecimiento: ¿mito o realidad?

“Hola, buenos días. Nos hemos citado porque a mi hijo de doce años le duelen las rodillas desde hace ya varias semanas, sobre todo después de hacer ejercicio, y ha llegado al punto de que no aguanta ni quince minutos del entrenamiento de baloncesto…”.

Esta recreación resume la típica consulta al pediatra que en muchos casos acaba con el diagnóstico de “dolores de crecimiento”. Pero, ¿realmente esta “enfermedad” existe o es algo que nos hemos inventado los pediatras para desviar la atención de algo que sabemos que acabará pasando con el paso del tiempo y que no tiene mayor importancia? ¿Son los adolescentes unos quejicas o realmente les pasa algo?

La anatomía del hueso en crecimiento

Los huesos largos del cuerpo -como el fémur, la tibia o el húmero- tienen tres partes muy diferenciadas.

  • Por un lado está la parte central, estrecha y circular, y que lleva por nombre diáfisis.
  • Las epífisis son los extremos del hueso, son anchos y en esa zona se encuentran las articulaciones.
  • Por último, a la zona de transición entre diáfisis y epífisis se la conoce como metáfisis.

Los prefijos dia-, epi, y meta- provienen del griego y hacen referencia a opuesto, encima y después de “algo”, en el caso de los huesos a la fisis, o lo que es lo mismo, al cartílago de crecimiento.

Por tanto, durante la infancia y la adolescencia (o hasta que se cierran las muñecas, como les gusta decir a la abuelas), el hueso tiene una cuarta parte, la fisis, que es la zona donde se forma hueso nuevo y hace que el niño crezca en altura, la cual desaparece al finalizar la pubertad.

Además, hay otros tipos de huesos en el cuerpo, muchos de ellos pequeños y cortos, como los de las manos y los pies. Este tipo de huesos también tienen zonas de cartílago que permite que estos huesos crezcan a medida que el niño se hace mayor.

¿Duelen los huesos al crecer?

El crecimiento de un hueso no duele. Si no fuera así, desde el mismo día en que nacemos y hasta que dejamos de crecer, nos estaríamos quejando de que alguna parte del cuerpo nos molesta.

Sin embargo, cuando los niños dan el estirón durante la pubertad, los huesos crecen a una velocidad mucho más alta que durante el resto de la infancia. Durante ese tiempo, el cartílago de crecimiento se pone a formar hueso como si no hubiera un mañana. Y a pesar del ello, esto tampoco duele.

Pero la anatomía del cuerpo humano es muy caprichosa y justo donde hay un cartílago de crecimiento suele insertarse un tendón. Los tendones son la parte final de los músculos desde donde ejercen la tracción que permite que las articulaciones se muevan.

Cuando esos tendones someten a los cartílagos de crecimiento de un niño adolescente a una tracción repetida e intensa puede llegar el momento en que provoquen inflamación y con ello dolor. Es como si el cartílago de crecimiento, que ya de por sí está trabajando más de la cuenta para que el niño pegue el estirón dijera “… estoy aquí dándolo todo para que el niño pegue el estirón y encima el tendón que tengo insertado a mi lado no para de tirar de mi… pues mira, como que no puedo con todo…”. Y entonces se inflama, lo que se traduce en dolor. Como os podéis imaginar, esto ocurrirá casi en exclusiva en las piernas -sobre todo en las rodillas y en los talones-, ya que es ahí en donde nuestro cuerpo soporta mayor peso y carga durante el ejercicio.

En la literatura médica nos referimos a este proceso inflamatorio del cartílago de crecimiento por actividad física de diferentes formas, como ostecondrosis o apofisitis por tracción. Nombres muy complejos para el día a día y sobre todo para explicar a los padres lo que les pasa a sus hijos, por lo que al final usamos el término de “dolores de crecimiento”.

La enfermedad de Osgood-Schlatter

De entre todos los dolores de crecimiento, la enfermedad de Osgood-Schlatter es la más frecuente y conocida. En este caso, el cartílago de crecimiento afectado se encuentra en la región superior de la tibia, allí donde se inserta el tendón rotuliano, por lo que los niños que la sufren se quejan de dolor en la parte de abajo de las rodillas.

Ocurre típicamente entre los 9 y 14 años de edad, sobre todo hacia los 12-13 años y coincidiendo con el estirón. Es mucho más frecuente en adolescentes que hacen deporte, en donde la incidencia es de hasta el 20%. Los deportes que se consideran un factor de riesgo son aquellos que hacen “trabajar” mucho al cuadriceps, el músculo que se inserta en la tibia a través del tendón rotuliano, como el fútbol, el running, el tenis, el baloncesto o la gimnasia deportiva. Debido a que es una enfermedad que afecta preferentemente a adolescentes que hacen deporte, estos suelen tener una complexión atlética y delgada.

La historia típica de esta enfermedad es la de un chico o una chica adolescente delgado/a que hace mucho deporte y que desde hace varias semanas le duelen las rodillas (a veces puede ser solo una). Este dolor empeora con el ejercicio y mejora con el reposo, llegando en ocasiones a impedir la actividad física. A la exploración encontramos dolor al palpar la zona en donde se inserta el tendón rotuliano, incluso a veces se puede ver cierto grado de inflamación. En general no se requieren radiografías ni otras pruebas para su diagnóstico.

El problema que tiene la enfermedad de Osgood-Schlatter, como todos los dolores de crecimiento, es que no terminan de resolverse hasta que el niño deja de crecer. Os parecerá una tontería, pero es importante que esto lo entiendan los padres, ya que en ocasiones estos dolores dan mucho la lata durante varios meses.

Para calmar el dolor es adecuado ciclos cortos de antiinflamatorios como el ibuprofeno durante 4 o 5 días. El hielo aplicado sobre la rodilla también suelen ser efectivo. Además, el reposo relativo, interrumpiendo la actividad física durante unos pocos días o bajando la intensidad de los ejercicios suelen ayudar.

La enfermedad de Severs

En este caso el cartílago de crecimiento que se afecta es el del calcáneo, el hueso que se encuentra en el pie formando el talón. Allí se encuentra insertado el tendón de Aquíles, que en parte es el responsable de que se produzca esta enfermedad. A diferencia del Osgood-Schalter, la enfermedad de Severs se presenta un poco antes, entre los 8 y 12 años y afecta preferentemente a niños, generalmente de forma bilateral.

En este caso, la historia típica es la de un niño de unos 10 años que se queja de dolor en los talones cuando hace ejercicio y que mejora cuando hace reposo o toma un antiinflamatorio. Otra diferencia con el Osgood-Schalter es que estos niños, aunque suelen practicar deporte, no suelen estar muy delgados, de hecho no es raro que presenten sobrepeso. Pensad que el exceso de peso caerá en cada paso en el talón y si además el tendón de Aquíles ejerce su tracción de forma intensa, pues al final el cartílago del calcáneo se inflamará. A la exploración física el niño presentará dolor cuando le palpemos el talón y la parte más posterior de la planta del pie. Tampoco suele ser necesario hacer radiografías.

Esta enfermedad está muy relacionada con el uso de calzado que no sujeta bien el talón, como las sandalias o calzado deportivo excesivamente blando. Además, las botas de fútbol también se han relacionado con la enfermedad de Severs ya que los tacos que tienen en su suela transmiten de forma directa al talón el impacto del pie contra el suelo.

Cuando el niño esta muy dolorido se recomienda tomar antiinflamtorios durante 2 o 3 días y cesar la actividad física si esta era muy incapacitante. Para prevenir que reaparezcan los síntomas se aconseja el empleo de taloneras (unas lengüetas de silicona que se introducen dentro del calzado para que absorban el impacto), además de utilizar zapatos y zapatillas que sujeten bien el talón. También se recomienda que el niño haga ejercicios de estiramiento del tendón de Aquíles.

Dolores que no son “dolores de crecimiento”

Aunque hay otras muchas enfermedades que podemos catalogar de “dolores de crecimiento”, no merece la pena que nos metamos en ellas ya que son mucho más raras que las dos anteriores. Sin embargo, si que queremos dejar claro cuándo el dolor de los huesos/articulaciones debe ser evaluado siempre por un pediatra para descartar otro tipo de enfermedades.

Como habéis podido leer, los dolores de crecimiento tienen un curso subagudo, es decir, van cambiando de intensidad a lo largo de varias semanas. Por ello, todo dolor articular de aparición súbita (días) debe ser evaluado para saber qué está pasando. También aquellos dolores que se refieren a otras partes del cuerpo como los brazos, las caderas o columna vertebral.

Por otro lado, los dolores de crecimiento empeoran con el ejercicio y mejoran con el reposo. En le caso de que suceda al contrario, que sea un dolor de mayor intensidad por las mañanas y que mejora a lo largo del día, también debe ser evaluado. Lo mismo ocurre con los dolores articulares que van cambiando de localización: un día me duele la rodilla, otra semana el codo, ahora las manos y más tarde los tobillos…

Además, si el dolor del niño se acompaña de síntomas constitucionales como la fiebre o la pérdida de peso o producen una impotencia funcional importante (por ejemplo que el niño cojee) , no dudéis en acudir al médico.

Y por supuesto, los dolores de crecimiento se producen durante la pubertad. Cualquier dolor fuera de esta edad (por debajo de los 8 años y por encima de los 15) también debe ser evaluado.


En resumen, los dolores de crecimiento existen, aunque se limitan al periodo de la vida en la que los niños pegan el estirón. Suelen estar limitados a las rodillas (Osgood-Schalter) o a los talones (Severs) y empeoran al hacer ejercicio y mejoran con el reposo. Son una enfermedad que puede durar varios meses ya que no suele resolverse del todo hasta que el niño supera la pubertad. Los antiinflamatorios y el reposo son la mejor arma para luchar contra ellos.

Pero no todo son dolores de crecimiento. En el caso de que el dolor muscular/articular se acompañe de otros síntomas o tenga un curso atípico se debe consultar siempre con el pediatra.

Y si queréis leer información de calidad sobre traumatología y ortopedia infantil no dudéis en visitar el blog Mi Nieta Cojea, escrito a cuatro manos por una pareja de traumatólogo infantil y pediatra que son un amor.

También te puede interesar:

Bibliografía:

¿Cuánto medirá mi hijo cuando sea mayor?

Si hiciéramos una encuesta a los padres y a las madres que acaban de tener un hijo sobre qué preferirían que fuera su hijo, si alto o bajo, estamos seguros de que la gran mayoría responderían que prefieren que sus hijos sean altos. La verdad es que vivimos en una sociedad en la que el estándar de belleza nos dice que las personas con más altura son más atractivas y, por qué no, con más éxito en la vida. Lo vemos a diario en los anuncios de la tele en donde los modelos, tanto femeninos como masculinos, no es que sean precisamente bajitos. Y no solo eso, para la gran mayoría de los deportistas de alta competición, otro modelo de vida al que muchos miran como algo deseable, ser alto parece una ventaja. En consulta esto se traduce en padres y madres llenos de orgullo cuando les comentas que su hijo tiene un percentil alto de talla.

Sin embargo, si observamos a nuestro alrededor podemos encontrar fácilmente tanto a personas que apenas pasan del metro cincuenta como a los que llegan a los dos metros, y no por ello son mejores ni peores. Y por otro lado, en España la talla media de un adulto varón es de 174 cm y de 163 cm para las mujeres, algo por debajo de la media europea, lo que nos viene a decir que no es que seamos una sociedad de gigantes.

Pero, ¿podemos predecir cuánto medirá un niño cuando se haga mayor? Pues la verdad es que sí, y con un alto porcentaje de acierto. Vamos a verlo con calma.

¿Qué determina la talla de un niño?

La gran mayoría de los niños al nacer miden entorno a los 50 cm. Algunos con un par de centímetros menos o con alguno de más, pero lo cierto es que la longitud de un recién nacido es bastante predecible alrededor del medio metro. Esto se debe a que el tamaño de un bebé al nacer depende sobre todo de cómo se desarrolló el embarazo, es decir, si la madre recibió una nutrición adecuada, si ha tenido alguna enfermedad o si la placenta no presenta ninguna alteración, mientras que la influencia de los genes de los padres es prácticamente nula. Si durante esos nueve meses todo transcurre con normalidad, lo habitual es que el futuro bebé crezca hasta el tamaño que le permite el útero materno dando lugar a un recién nacido de talla estándar. Es decir, durante el embarazo el crecimiento del feto está influenciado por su entorno y no por lo genética que le han transmitido los padres.

Durante los primeros años de vida una nutrición adecuada es el factor más influyente para el crecimiento del niño. En ausencia de enfermedades, podemos afirmar que un niño que come sano y saludable irá creciendo sin mayores problemas. Además, la hormona de crecimiento -la cual no tenía influencia en el crecimiento fetal- irá tomando un mayor papel y será el estímulo principal del crecimiento del niño. De esta forma, entre el 2º y 3er año de vida ocurrirá lo que se conoce como “canalización” del crecimiento, es decir, independientemente de lo que midieran al nacer, cada niño se situará en un determinado percentil en función de la talla de sus progenitores y del propio ritmo de desarrollo. De hecho, al cumplir los tres años, la correlación entre el perecentil de altura por el que discurre el niño y el percentil de talla de sus padres es muy similar.

A partir de esta edad y una vez que el niño se coloca en el percentil que le toca tras la “canalización” que hemos comentado, lo normal es que siga creciendo por él hasta llegar a la pubertad. Durante esos 10-12 años el crecimiento del niño está muy influenciado por su genotipo, es decir, los genes que ha heredado de sus padres y que le programan para tener una talla concreta. Por ese motivo, los hijos de padres altos suelen ser los más altos de la clase, mientras que los que nacieron de padres con poca altura suelen ser los chiquitajos de su aula. Durante este periodo la hormona de crecimiento es el estímulo principal para el crecimiento.

Al llegar a la pubertad ocurre lo que se conoce como “estirón puberal”, o lo que es lo mismo, una aceleración en la velocidad de crecimiento. Esto provoca que en dos o tres año el niño gane altura a una velocidad mayor que lo que venía haciendo anteriormente. Este periodo esta dirigido por la hormona de crecimiento, pero también por los esteroides sexuales propios de la pubertad. Como sucedía en el periodo anterior, los genes de los padres también tienen una influencia muy importante durante este periodo.

Una vez finalizada la pubertad tanto los niños como las niñas crecen muy pocos centímetros más, alcanzando la que será su talla adulta para el resto de su vida. Si os habéis fijado bien, salvo durante la etapa fetal y la primera infancia, los genes de los padres son lo que más influye en que un niño alcance tal o cual altura. Esto nos permite a los médicos predecir con cierta aproximación cuánto medirá un niño cuando se haga mayor siempre y cuando se den condiciones ideales de salud (ausencia de enfermedades y nutrición adecuada). Es lo que se conoce como talla diana familia

El cálculo de la talla diana

Como habéis podido leer la altura de los padres es uno de los determinantes más importantes para la talla de sus hijos. Esa información se trasmite en muchos genes de tal forma que el niño esta programado para crecer hasta cierta estatura. Hay muchas formas de hacer esa predicción, pero la más sencilla de todas es a través de lo que se conoce como talla media parental, cálculo que todos podéis hacer mediante una simple operación matemática: basta con sumar la altura del padre y de la madre y dividirla entre dos.

Una vez que hemos obtenido este resultado, para obtener la talla diana habría que añadir 6,5 cm para los niños y restar 6,5 cm para las niñas. Os lo dejamos de forma más gráfica aquí abajo.

Por último, y una vez finalizado el crecimiento, se considera que ese niño o niña ha cumplido las expectativas de talla cuando su talla adulta esta cinco centímetro por encima o por debajo de la talla diana.

Antes de que empecéis a sacar la calcadora para predecir la talla futura de vuestros hijos cual mago de bola de cristal… hay una cosa que debéis tener en cuenta. Cuando los padres se llevan más de 20 cm de altura entre ellos, el cálculo de la talla diana falla más que una escopeta de feria. En estos casos en los que uno de los progenitores es mucho más bajito que el otro suele pasar que el hijo que tienen en común se parezca a uno de los dos: que sea alto o que sea bajo. Esto se debe a que la genética heredada de uno de los progenitores influye más que la del otro.

¿Y qué pasa si mi hijo es más bajito de lo esperado?

Lo de calcular cuánto medirá tu hijo cuando sea mayor es muy molón: “Pues mi Manolito es muy probable que llegue a medir cerca de un metro ochenta…” y bla, bla, bla… Más allá de lo interesante que puede ser hacerte una idea de cuanto medirá tu hijo cuando se haga mayor, esto de la talla diana es una de las cosas fundamentales que valoramos los pediatras en las consultas de atención primaria.

Desde luego que hay niños que son altos y otros que son bajos, pero lo que hace que se nos encienda una luz a los pediatras es un niño bajito (aunque crezca a una velocidad normal) con unos padres altos. En estos casos, calcular bien la talla diana familiar (midiendo a los padres en la consulta) y hacer una comparación de la talla futura con la actual nos puede poner sobre la pista de que algo esta pasando, es decir, enfermedades que afectan al crecimiento. O al revés, si creemos que un niño es más bajito de lo normal, merece la pena medir a los padres para comprobar si su talla está acorde con la genética que le han transmitido sus progenitores.

En cualquier caso, esa comparación de la talla de un niño con lo que debería medir de mayor no debería hacerse antes de los 2 o 3 años que , como recordareis, es el momento en el que realizan la canalización hacia el percentil por el que crecen el resto de la infancia. De todas formas, un niño con una altura menor de lo esperado por lo que marca la genética de sus padres debe ser valorado por el endocrino pediátrico para analizar qué puede estar pasando.


En resumen, tras el nacimiento, la genética de los progenitores es el factor más influyente para determinar la altura de los niños, siempre y cuando no aparezcan enfermedades crónicas y el niño esté bien nutrido. Mediante la talla media parental podemos calcular de forma sencilla las expectativas de talla de un niño desde la altura de sus padres. En el caso de que el percentil de talla de un niño no sea similar al percentil de talla de su talla diana debemos investigar qué puede estar pasando.

Bibliografía:

También te pude interesar:

¿Por qué es importante que los ojos salgan rojos en las fotos con flash?

Seguro que os habéis fijado que cuando a una persona se le hace una foto con flash los ojos suelen salir rojos. Lejos de ser algo patológico, esta imagen a la que los pediatras llamamos “reflejo rojo” nos da mucha información y hasta nos tranquiliza. De hecho, es una exploración que se hace de rutina en las revisiones de los bebés, aunque en este casos usamos un aparto médico que se llama oftalmoscopio.

En este post os explicamos por qué se produce este reflejo y qué sospechamos cuando el rojo está ausente.

El globo ocular como sistema de cámara oscura

Para que un objeto sea visible al ojo humano debe reflejar la luz. Es decir, los rayos del sol o de una luz artificial golpean en la superficie de un objeto y la luz que no es absorbida se refleja. Esto nos permite ver que hay algo delante de nosotros, pero también saber de qué color es dependiendo de la luz que haya absorbido el objeto y cuál refleja.

Con un ejemplo se entiende mejor. Imaginaos una pelota de color rojo encima de una mesa. A esa pelota le llegan rayos de luz y parte de esta rebota en su superficie al no ser absorbida. Esa luz robotada que viene desde la pelota es la que llega a nuestros ojos y nos permite decir que lo que esta delante de nosotros es una pelota roja y no otro objeto.

Esto es aplicable a la práctica totalidad de los objetos que podemos ver en nuestro día a día, sin embargo, si os fijáis en la pupila de cualquier persona esta suele ser de color negro. La pupila está justo en el centro del globo ocular y es como una puertecita por donde entra la luz; como es una abertura pequeña, la luz que rebota en la retina no vuelve a salir hacia fuera y por eso al mirar a una persona a los ojos pensamos que la pupila es de color negro. Por si os lo estáis preguntando, la retina es lo que tapiza el globo ocular por dentro y desde donde nuestro ojo manda la información al cerebro sobre lo que estamos viendo.

¿Y por qué la pupila se ve roja cuando hacemos una foto con flash?

En condiciones normales la pupila se ve siempre negra porque la luz que le llega a la retina no vuelve a salir del ojo.

Sin embargo, cuando concurren una serie de circunstancias parte de la luz que rebota en la retina es capaz de salir del ojo y nos devuelve un color entre rojizo-anaranjado. La retina en sí misma es incolora y transparente, pero las células que hay debajo de ella son de color rojizo, al igual que los vasos sanguíneos que llevan la sangre. Pues bien, en condiciones de poca luz, como cuando hacemos una foto con flash, la pupila suele estar dilatada para que al globo ocular entre la mayor cantidad de luz posible; al estar dilatada permite que parte de la luz que rebota en la retina salga hacia fuera.

Muchos estaréis pensando que a pesar de esta clase de óptica maravillosa que os estamos dando, cuando miramos a alguien a los ojos y hay poca luz, la pupila se sigue viendo negra, y tenéis razón. Sin embargo, cuando hacemos una foto con flash estamos jugando con las condiciones de luz y oscuridad. Por un lado, como está oscuro, la pupila de la persona estará dilatada (si no, ¿por qué íbamos a hacer una foto con flash?), lo que permite que la luz que rebota en la retina al recibir el flash salga hacia fuera; y por otro, la óptica de la cámara está alineada con el flash, lo que le permite recibir esa luz rebotada en la retina. Como lo que hay debajo de la retina es de color rojizo, cuando revisamos la foto que hemos hecho, en vez de ver la pupila negra lo que nos encontramos es que la pupila está roja.

Algunas cámaras de fotos utilizan un sistema muy sencillo para hacer que los ojos rojos desaparezcan. Es tan simple como que antes de que se haga la foto, el flash emita unos primeros destellos que hacen que la pupila se cierre y así, cuando se haga la foto con el flash de verdad, esté cerrada y no deje salir la luz. Esto también se pude conseguir si la cámara hace la foto desde un punto diferente a donde se emite el flash, como las cámaras de los fotógrafos profesionales.

¿Y qué pasa cuando no vemos el reflejo rojo?

Aunque no os lo parezca, todo esto de pupilas que se dilatan y contraen, luces que rebotan y cámaras con flash tiene una aplicación médica muy importante, ya que a los pediatras nos permite obtener mucha información sobre si el globo ocular de los niños más pequeños es trasparente. Como os decíamos, en consulta no usamos una cámara de fotos para ver el reflejo rojo, sino que usamos un oftalmoscopio, un aparato especial muy similar al que usamos para ver los oídos y que emite luz.

El objeto de la derecha es el famosos otoscopio para los oídos y el de la derecha el oftalmoscopio. Fuente: Wikipedia.

Cuando los médicos no vemos el reflejo rojo en una foto que nos enseña alguien o al explorarlo con un oftalmoscopio, una de las posibilidades es que esa ausencia de reflejo se produzca porque algún elemento del globo ocular no deja pasar bien la luz hasta la retina cuando debería hacerlo, porque en condiciones normales el interior del ojo es transparente. Si un adulto comenzara a perder visión porque algún elemento del globo ocular no deja pasar la luz, lo más normal es que lo notara y se citara con su médico, pero el problema que tenemos los pediatras con los niños más pequeños, sobre todo por debajo de los tres años, es que no nos van a decir si ven bien o mal.

Por ello, el reflejo rojo es una exploración rutinaria en todas las visitas del niño sano por debajo de los dos o tres años. Con ello buscamos ver este reflejo y así descartar algunas enfermedades. Es verdad que este reflejo no nos permite decir si el niño ve o no ve, ya que esto depende de los nervios ópticos y el cerebro, además del propio ojo. Pero al menos, cuando vemos un reflejo rojo bilateral simétrico, es decir, igual en los dos ojos, podemos afirmar que la luz llega a la retina y no hay nada por delante de ella que lo impida.

Enfermedades que alteran el reflejo rojo

Como os decíamos, algunas enfermedades impiden que se produzca el reflejo rojo al iluminar el ojo con un oftalmoscopio. No merecería la pena mencionarlas todas, sin embargo hay dos que puede que sí que conozcais.

La primera de ellas son las cataratas. Seguro que os suenan de los viejecitos, pero en los niños también se pueden producir. A diferencia de los adultos, las cataratas infantiles suelen producirse por enfermedades genéticas y metabólicas y a veces la ausencia de reflejo rojo, tanto de uno como de los dos ojos, es la primera manifestación de la enfermedad. Al detectarlas al explorar el reflejo rojo conseguimos dos cosas, por un lado iniciar la búsqueda de la enfermedad que las produce , pero también solucionarlas para que el niño pueda ver y desarrolle la visión con normalidad. Quedaos tranquilos porque son raras y se producen en 1 de cada 10.000 niños.

Imagen de niño con catarata congénita, en este caso provocada por una rubeola congénita. Se puede observar a simple vista que las pupilas en vez de ser negras están blancas. Al iluminarlas con el oftalmoscopio o al hacer una foto con flash el reflejo rojo no aparecería. Fuente: Public Health Imagen Library.

Y la segunda enfermedad es el retinoblastoma, el cáncer más frecuente de los ojos y que afecta fundamentalmente a niños. Aun así es un tumor poco frecuente (4 casos por cada millón de niños al año), pero como sucede con las cataratas, el primer signo que solemos encontrar es la ausencia de reflejo rojo. En este caso el diagnóstico precoz es importante ya que dependiendo de lo extendido que esté el tumor tanto el tratamiento como el pronóstico cambia.

Imagen de niño con retinoblastoma. Se puede observar que el reflejo rojo está presente en el ojo derecho (ojo sano), pero en el izquierdo aparece una coloración blanquecina (ojo patológico). Fuente: Wikipedia.

Por tanto, y quizá esto es lo más importante que os debéis guardar en la memoria de este post, si en alguna ocasión veis una foto con flash de un niño en la que aparece el reflejo rojo SOLO en un ojo, debéis decírselo a sus padres para que se citen con el pediatra.

El mito de las fotos con flash y los bebés

Para terminar este post en el que hemos hablado de fotos, flashes, ojos y niños, no queríamos dejar pasar la oportunidad de tumbar el famosos mito que dice que los bebés se pueden quedar ciegos si les hacemos una foto con flash. Estamos seguros que lo habréis oído en más de una ocasión.

Pues sintiéndolo mucho, esto no es verdad, de hecho es una mentira y de las gordas. La luz que emite un flash no es lo suficientemente potente como para que un niño pequeño se quede ciego ni para que le afecte la visión al hacerse mayor. De hecho, los aparatos que usan los oftalmólogos para explorar a los niños emiten más luz que la que emite el flash de una cámara de fotos, por lo que os podéis quedar tranquilos si la tía Maruja saca la cámara de los años 90 y le hace una foto sin que os deis cuenta a vuestro bebé. Puede que le sea molesto, tanto el flash como la pariente en cuestión, pero dañino para la salud del niño no lo es; por el contrario, nos podría dar una información muy valiosa a los médicos en el caso de que solo se viera el reflejo rojo en uno de los ojos.


En conclusión, más allá de lo estético de las fotos en las que la gente aparece con los ojos rojos, este reflejo tiene un valor muy importante para los pediatras ya que nos indica que el ojo del niño es transparente. En el caso de que no aparezca, tanto en una foto como al explorarlo con un oftalmoscopio, se debe derivar al paciente al oftalmólogo para que busque la causa que lo provoca.

También te puede interesar:

Balanitis: “A mi hijo le pica el pene”

Hace unos días publicamos una entrada sobre la vulvovaginitis, una enfermedad muy frecuente en las niñas antes de la pubertad y que en muchos casos se manifiesta con picor en el área genital o al hacer pis. Esta enfermedad tiene su equivalente en niños, con alguna que otra característica especial, y lleva por nombre balanitis. Como sucede en las niñas, se manifiesta como escozor al orinar junto con eritema/inflamación de la parte más distal del pene -el glande-, por lo que no es raro que los niños se quejen al grito de “¡¡Papááá, me escuece al hacer pis!!”.

En este post te contamos en qué consiste la balanitis y como podéis prevenirla y tratarla.

La anatomía del pene

Antes de meternos en faena merece la pena recordar cuál es la anatomía del pene ya que si la entendemos nos resultará muy sencillo deducir por qué se produce esta enfermedad y cómo podemos prevenirla.

Básicamente el pene se compone de tres partes: 1) el cuerpo, que es la parte que está pegada al pubis; 2) el glande, que es la punta del pene; y 3) el prepucio, la piel retráctil que forma un repliegue y cubre el glande. Me he tomado la libertad de no poner un dibujo explicativo, pero si sentís curiosidad podéis buscarlo en Google.

El caso es que al nacer, en la gran mayoría de niños, el prepucio es estrecho y no permite que al retraerlo el glande quede expuesto. O lo que es lo mismo, casi todos los recién nacidos nacen con cierto grado de fimosis, la cual es fisiológica y desaparece con el tiempo sin hacer nada. Además, también es frecuente que el prepucio se encuentre adherido al glande, aunque no exista fimosis, lo que tampoco permite que este sea retraído en su totalidad sin forzarlo.

Tanto la fimosis fisiológica de los niños pequeños como las adherencias prepuciales son clave a la hora de que un niño desarrolle una balanitis, pero también lo es el hecho frecuente de que a muchos padres y madres les da “cosa” tocar dicho apéndice corporal de su hijo pequeño, cuya finalidad es mantenerlo limpio y aseado. En aquellos niños que han sido circuncidados la balanitis casi no existe, precisamente porque limpiar la zona es más sencillo y el glande ya está expuesto al aire.

NOTA: antes de seguir, aclarar que no es necesario dar ningún “tirón” al prepucio de ningún niño para solucionar una fimosis. Esto ya se explicó en un post sobre la fimosis que os hemos dejado enlazado más arriba.

¿Qué es una balanitis?

Pero vamos a lo que vamos. Una balanitis es la inflamación del glande y la piel que lo cubre (el prepucio). De hecho, “bálano” proviene del griego “bellota”, forma que aparenta a simple vista la cabeza del pene. Si a eso le añades “-itis” que significa inflamación, pues ya está todo explicado. Así de simples somos los médicos.

Es una enfermedad muy frecuente en niños pequeños no circuncidados y representa el problema urológico más frecuente de la infancia. Sobre todo ocurre entre los dos y los cinco años y, como veremos posteriormente, suele deberse a una falta de higiene de la zona.

Inflamación vs. Infección

La inmensa mayoría de las balanitis tienen un origen infeccioso por sobrecrecimiento de las bacterias que habitualmente tenemos en la piel. El glande de un niño casi nunca está expuesto “al aire”, sobre todo cuando todavía tiene adherencias o fimosis, lo que hace que ese repliegue de piel sea difícil de limpiar y acumule células muertas y demás detritus (basura en lenguaje médico), los cuales ya de por sí pueden generar inflamación. Además, esto supone un caldo de cultivo perfecto para las bacterias a las que hacíamos referencia.

Pero no solo los niños con fimosis o adherencias padecen balanitis. Si el prepucio de un niño se retrae con facilidad, pero no limpiamos la zona de manera habitual, volvemos a encontrarnos con la situación ideal para que se produzca una balanitis.

¿Qué síntomas produce una balanitis?

Los síntomas de una balanitis son muy fáciles de deducir si nos imaginamos la punta del pene de un niño inflamada.

Por un lado se pondrá roja y a la exploración los médicos observaremos que presenta eritema y, en muchos casos, apreciaremos la salida de un exudado (como si fuera pus) desde el prepucio. Esto último no es lo más frecuente, pero se acaba observando en los estadíos más avanzados de la enfermedad.

Y por el otro, como sucedía con las niñas en las vulvovaginitis, no es plato de buen gusto hacer pis si el glande está inflamado. Por este motivo es frecuente que se quejen al orinar (disuria). Sin embargo, este síntoma no debe hacernos pensar que sí o sí el niño tiene una infección de orina, ya que en estos casos la exploración del pene no muestra alteraciones (no está inflamado).

¿Cómo se trata una balanitis?

Aunque en esta enfermedad intervienen bacterias, la gran mayoría de las casos se resuelven con una adecuada higiene local y lavados con suero fisiológico. Estos lavados lo que buscan es limpiar el espacio interior que se forma entre el glande y el prepucio para retirar los detritus que antes hemos mencionado.

En ocasiones, cuando la inflamación es muy importante, puede aplicarse una crema con corticoides bajo prescripción médica. Los corticoides son un potente antiinflamatorio que en estos casos pueden ser de gran ayuda. Su aplicación debe realizarse “por dentro”, es decir, se retrae de forma suave el prepucio sin forzarlo y se aplica la crema allí donde hay inflamación.

Con estas dos medidas suele ser suficiente para que se resuelva una balanitis. En el caso de que se observara mucho exudado o que no mejoraran con las medidas higiénicas habría que valorar asociar un antibiótico tópico.

¿Cómo limpiar el pene de un niño?

Llegados a este punto, muchos os habréis dado cuenta de que la higiene adecuada y regular del pene de vuestros hijos es fundamental para evitar que se produzca una balanitis, y así es.

Para ello, es muy conveniente que cada pocos días retraigáis SIN FORZAR el prepucio de vuestros hijos para lavarlo en el baño. En aquellos que no tengan fimosis el prepucio bajará hasta el final exponiendo la “bellota”; si el niño todavía es pequeño lo podéis limpiar vosotros y si ya tiene cierta autonomía lo puede hacer él bajo vuestra supervisión.

Lo que debéis evitar a toda costa es forzar la bajada del prepucio cuando un niño tiene adherencias o fimosis. Esa tracción excesiva puede ser la causante de la propia inflamación que se produce en una balanitis.

Por otro lado, que un niño tenga fimosis (y por tanto mayor propensión a tener balanitis) no justifica que haya que circuncidarle de manera preventiva. Esta técnica quirúrgica que elimina el prepucio se reserva para aquellos niños que mantienen la fimosis hacia los tres o cuatro años y en aquellos que presentan balanitis de forma muy frecuente a pesar de una higiene adecuada.

Balanitis en niños mayores

Debido a la poca autonomía que tienen los niños pequeños, la balanitis es frecuente en estas edades. Cuando aparece en niños mayores, hay que pensar que algo está ocurriendo.

Lo más habitual es que se deba a que al niño se le olvida limpiarse la zona cuando va al baño o cuando se ducha, así que no está de más que se lo recordéis de vez en cuando o preguntéis si lo han hecho.

Sin embargo, no debemos perder de vista que en niños mayores también es habitual que el pene se inflame por masturbación muy frecuente. La gran mayoría lo negará por pudor, como es lógico, pero el mero hecho de preguntárselo y explicarles que eso puede ser debido a que se estén tocando todo el rato, es más que suficiente para poner fin al problema.

Por último, mencionar que la balanitis puede ser la manifestación de un caso de abuso sexual/malos tratos, sobre todo en aquellos casos en los que la historia que cuenta el niño no acaba de encajar.


En resumen, la balanitis es la inflamación del glande y del prepucio. Es habitual en niños pequeños no circuncidados y, en general, se debe a la falta de higiene de la zona. La inflamación local y las molestias al orinar son los síntomas más frecuentes. Cuando aparece, suele ser suficiente realizar el lavado de la zona con suero fisiológico y vigilar la evolución.

NOTA: os habréis fijado que hemos elegido para el título del post la palabra “pene”, pero podríamos haber usado otros muchos sinónimos. Como sucede con los genitales externos de las niñas, la imaginación de los padres y la madres no tiene límites para dar nombre a esta zona corporal. Os dejamos algunos ejemplos que hemos oído en consulta en más de una ocasión y que el gran Leonardo Dantes recogió en uno de sus éxitos “El miembro viril”: colita, bellota, chorra, falo, verga, banano, minga, pececillo, picha… ¡Pero qué rico es el castellano!

También te puede interesar:

Bibliografía:

Vulvovaginitis: “A mi hija le pica la vulva”

“¡¡Mamáááá!! Me escuece al hacer pis….” ¿Cuántas de vosotras habéis oído esta frase de boca de vuestras hijas? Seguro que muchas. No en vano, este es uno de los motivos de consulta más frecuentes en pediatría en niñas en edad preescolar y escolar. Pero a diferencia de lo que muchas madres piensan, no siempre es debido a una infección de orina, sino que se trata de una vulvovaginitis: una irritación local de la zona genital.

En este post te contamos en qué consiste una vulvovaginitis, como prevenirla y como tratarla.

¿En qué consiste una vulvovaginitis?

Una vulvovaginitis se caracteriza por la inflamación local de los genitales externos femeninos, tanto de la vulva como de la zona más externa de la vagina.

Como sabréis, la vagina es una zona del cuerpo que está colonizada por bacterias que se mantienen en equilibrio con nuestro cuerpo. Sin embargo, ese equilibrio puede romperse al contaminarse con bacterias procedentes de la zona anal (bacterias provenientes del tubo digestivo) o de las vías respiratoria. En estos casos se produce la vulvovagintis con los síntomas que veremos más adelante.

Esta enfermedad es el problema ginecológico más frecuentes en niñas antes de la pubertad, sobre todo entre los 2 y los 7 años, y no es raro que casi todas las niñas hayan padecido algún proceso de este tipo antes de llegar a la adolescencia.

¿Cuáles son los síntomas típicos?

Los síntomas de una vulvovaginitis son fáciles de deducir si os hacéis la imagen mental de unos genitales femeninos inflamados.

Por un lado, a la inspección observaremos la zona más externa de la vagina (conocida como introito vulvar) eritematosa. Esa zona enrojecida puede extenderse hacia los labios menores y mayores, dependiendo del grado de afectación.

Además, si la vagina está muy afectada, puede aumentar la cantidad de flujo y, en muchos casos, volverse maloliente.

Como os podéis imaginar, hacer pis con esa zona inflamada no es plato de buen gusto, por lo que es muy frecuente que se asocie a escozor o sensación de quemazón al ir al baño, porque al fin y al cabo es como orinar sobre una herida o sobre la piel “en carne viva”.

Sin embargo, este último síntoma al que los pediatras llamamos “disuria” (dolor al orinar) no debe confundirnos y hacernos pensar que la niña sí o sí tiene una infección de orina, en la cual no aparece irritación de la zona genital y, además del escozor al hacer pis, las niñas suelen presentar otros síntomas como “nicturia” (ganas de orinar por la noche) y “poliaquiuria” (ganas de orinar con mucha frecuencia). Además de estos síntomas a los que llamamos en conjunto “síndrome miccional”, es frecuente la aparición de fiebre en el caso de una infección de orina y que NUNCA esta presente en el caso de una vulvovaginitis.

¿Qué provoca una vulvovaginitis?

Como decíamos, la gran mayoría de las vulvovaginitis se producen por la contaminación de la zona por bacterias que no deberían estar ahí, sin que haya una en concreto que sea la responsable, sino que suelen ser varias a la vez. De hecho, en la mayoría de los casos no hace falta recoger ninguna muestra para llegar a un diagnóstico.

Si os estáis preguntando cómo acaban las bacterias del tubo digestivo y de las vías respiratorias en los genitales de vuestras hijas basta con echarle un poco de imaginación. Porque, por muy limpia y pulcra que sea la niña, no olvidemos que esta enfermedad se produce frecuentemente por debajo de los 7 años, y con esa edad todavía no son autónomas al 100%. Es frecuente que sigan tocándolo todo (incluida su nariz), no se laven las manos antes de ir al baño (y después) y se limpien rápido y mal (de atrás a delante) cuando hacen caca o pis. ¿Entendéis ahora cómo llegan esas bacterias ahí, no?

De todas formas, hay una serie de factores que propician que sean las niñas pequeñas las más afectadas por esta enfermedad y no las mujeres mayores:

  • La mucosa que envuelve la vagina antes de la pubertad está atrófica debido a la falta de hormonas femeninas. Esto produce que se defienda peor ante agresiones externas como las que se producen en una vulvovaginitis.
  • Además, el pH de dicha cavidad es alcalino, lo que también contribuye a una pobre defensa contra las infecciones locales.
  • Los genitales externos no están desarrollados antes de la pubertad (labios menores y mayores pequeños, ausencia de vello púbico…), lo que priva a la vagina de una protección anatómica que se desarrolla posteriormente.
  • En las niñas, el ano está muy cerca de la entrada de la vagina, otro factor que contribuye al paso de bacterias del tubo digestivo a esta zona y que se “modifica” con el crecimiento.
  • El empleo de jabones con perfume o irritantes puede ser el desencadenante inicial de una vulvovaginitis.
  • El empleo de ropa interior ajustada o que no transpira aumenta la humedad en la zona. Esto también puede ocurrir cuando no se cambia el bañador después de un baño y se deja mojado en contacto con los genitales de la niña durante mucho tiempo.

En los casos en los que el cuadro clínico no encaja del todo con una vulvovaginitis o no se soluciona al aplicar unas medidas estándar, habrá que sospechar otras causas menos frecuentes de vulvovaginitis, como por ejemplo que la niña se masturbe de forma reiterada(sí, las niñas de esta edad pueden hacerlo y muchas lo hacen…), la introducción de un cuerpo extraño en la vagina, las lombrices o los malos tratos/abusos sexuales.

¿Cómo se trata una vulvovaginitis?

A pesar de lo que muchas podéis pensar, aunque una vulvovaginitis es una enfermedad en la que “intervienen bacterias”, rarísima vez hace falta recurrir a un tratamiento antibiótico (ya sea tópico u oral). En la mayoría de los casos basta con aplicar una serie de medidas de higiene para solucionar el problema.

  • Los lavados con suero fisiológico o con soluciones antisépticas dos o tres veces al día son el tratamiento estandar. También podéis emplear un jabón de “higiene intima” ya que están formulados para ofrecer una protección extra a la zona genital (ya sea de una niña o una adulta).
  • Evitar irritantes locales, como la limpieza de la zona con jabones con perfume o la ropa ajustada. Suele ser muy efectivo que las niñas usen braguitas de algodón, ya que es el tejido que más transpira. Si además estamos en verano, habrá que cambiar el bañador de la niñas después de un chapuzón en la piscina para no empeorar la situación.
  • También debemos recordar a las niñas que deben lavarse las manos antes y después de acudir al baño y que deben limpiarse de delante hacia atrás. En muchos casos y hasta que nos hayamos asegurado de que lo hacen correctamente, debemos supervisarlas de forma directa.
  • Para aquellas niñas que todavía usan pañal y que tienen la zona genital muy irritada es conveniente usar una crema estilo “pasta al agua” (las que son blancas y muy espesas) para aislar la zona. Si además contienen zinc o cobre, esto ayudará a que las lesiones de la piel se sequen antes.

En el caso de que con estas medidas no mejoren, debéis consultar con vuestro pediatra para que valore la posibilidad de que se trate de una vulvovaginitis por un germen concreto y no el crecimiento de una flora mixta. En estos casos sí que está justificado el tratamiento antibiótico dirigido.


Como habéis podido leer, la vulvovaginitis es una enfermedad frecuente durante la infancia de las niñas y antes de la pubertad. Se presenta con síntomas locales como el escozor al hacer pis o irritación de la zona. En la mayoría de los casos se resuelve extremando las medidas de higiene y utilizando algún antiséptico o jabón de higiene intima. En el caso de que no mejoren al cabo de unos días o se acompañen de otros síntomas como la fiebre debéis consultar con el pediatra.

NOTA: En todos los años que llevo de pediatra he realizado cientos de consultas de este tipo y todavía no dejo de sorprenderme con los nombres que los padres y madres ponéis a los los genitales de las niñas. Os dejo por aquí unos ejemplos por si no se os ocurren y preferís utilizar otro nombre diferente a vulva: chichi, toto, pepote, culo de delante, la rajita, chumino, almejita, parrús, … ¡Qué rico es el lenguaje castellano! Desde aquí agradecemos la colaboración de nuestra amiga Verónica Bernabeu en la elección del título de este post y al reserch sobre los diferentes nombres que se le adjudican a los genitales externos de una niña.

También te puede interesar:

Bibliografía:

A mi hija le ha empezado a crecer el pecho

Muchas madres consultan aterradas al pediatra cuando a sus hijas les comienza a crecer el pecho, sobre todo cuando esto ocurre antes de lo que ellas esperaban y piensan que es “demasiado pronto”. No en vano, el desarrollo de las mamas es el primer signo del inicio de la pubertad en las niñas y tras este primer cambio sucederán otros que desembocarán de forma inevitable en la primera menstruación.

El inicio del desarrollo de las mamas es un tema al que prestamos mucha atención los pediatras ya que cuando se produce a una edad “adecuada” se considera algo normal, es decir, podemos prever que el desarrollo puberal de la niña ocurrirá dentro de unos límites temporales que consideramos normales. Sin embargo, cuando se adelanta respecto a lo que consideramos “normal”, debemos investigar qué está pasando para descartar una serie de enfermedades que pueden dar lugar a esta situación.

En este post os explicamos en qué momento consideramos normal que comience el desarrollo de las mamas como primer signo de pubertad en las niñas, además de repasar conceptos sobre la pubertad precoz y sus implicaciones.

¿Por qué se desarrollan las mamas?

La glándula mamaria está presente tanto en niñas como en niños desde el nacimiento; sin embargo, durante toda la etapa infantil y hasta el inicio de la pubertad esta glándula no está desarrollada, lo que da lugar a la imagen que todos tenemos en mente de una niña pequeña sin pecho.

Para que las mamas se desarrollen hacen falta estrógenos, es decir, hormonas femeninas. Cuando estas aparecen, las niña empieza a desarrollar el pecho, fenómeno al que nos referimos de forma técnica como “telarquia”. Como os podéis imaginar no es lo mismo que esto ocurra en una niña de cuatro años, que en una niña de once o, incluso, en un niño. Lo que hay que tener claro es que si hay desarrollo mamario se están secretando hormonas femeninas y por tanto habrá que discernir si esto se debe a un proceso madurativo normal (la pubertad) o no.

El desarrollo “normal” de las mamas

La pubertad es un proceso complejo durante el cual se producen una serie de cambios físicos con los que una niña pequeña desarrolla su potencial reproductivo, desarrolla los caracteres sexuales secundarios (mamas, vello púbico, genitales externos…) y crece hasta alcanzar la talla adulta; un proceso “normal” por el que antes o después todas las mujeres deben pasar. Este periodo suele acompañarse de cambios psicológicos y emocionales a los que los padres soléis tener incluso más miedo que a los cambios físicos.

El primer signo de pubertad en las niñas se corresponde con el inicio del desarrollo mamario, lo que normalmente ocurre entre los ocho y los trece años de edad, aunque lo más habitual es que ocurra entre los diez años y medio y los once. Al observar que una niña empieza a desarrollar el pecho podríamos afirmar que se ha puesto en marcha la “máquina” hormonal que dará lugar a los cambios a los que antes hacía referencia.

El inicio del desarrollo mamario se nota como un “botón” o bulto por debajo del pezón, en ocasiones doloroso, o mejor dicho, con un aumento de sensibilidad. Este hecho habría que diferenciarlo del falso aumento de pecho que se ve con frecuencia en niñas con sobrepeso y obesidad, ya que en este caso lo que da apariencia de mama es tejido graso y no un aumento real de esta glándula.

Tras el inicio del desarrollo del pecho aparecen de forma progresiva el resto de caracteres sexuales secundarios (como el vello en el pubis) y se incrementa la velocidad de crecimiento. De forma técnica, cuando aparece la “telarquia” puberal, los pediatras decimos que la niña ha pasado de estadío Tanner I a Tanner II, una clasificación que utilizamos para referirnos a en qué momento del desarrollo puberal están los niños. Os dejo una foto aquí abajo para que la conozcáis.

Estadíos de Tanner: el inicio de la pubertad en las niñas lo marca el inicio del desarrollo del pecho mientras que en los niños lo hace el aumento de tamaño testicular.

Del inicio del desarrollo del pecho a la primera menstruación

La ciencia, la observación y la estadística nos ha permitido saber que al cabo de unos dos años desde el inicio del desarrollo mamario acontece la primera menstruación (“menarquia” por su nombre técnico) que en general ocurre cuando las niñas están en estadío IV de Tanner.

Por tanto, si dijimos que es normal que el pecho se empiece a desarrollar entre los ocho y los trece años, también consideraremos normal que la primera menstruación ocurra entre los diez y los quince años, aunque lo habitual es que se produzca entre los doce y trece años.

Seguramente a muchas os parecerá que tener la primera menstruación a los diez años es muy pronto (al fin y al cabo, una niña de diez años está en 5º de primaria), pero desde el punto de vista médico es normal y no constituye ningún tipo de enfermedad, ya que estas niñas alcanzarán su talla diana al acabar la pubertad (la talla que les toca por la carga genética de sus padres) si no hay otros factores externos que lo impidan.

Otro dato importante que es interesante conocer es que el inicio de la pubertad está influido hasta en un 70% por la genética de los padres. Es decir, es habitual que las madres y padres que “desarrollaron pronto” tengan hijos que lo hagan más o menos a la misma edad, para que estéis prevenidos…

Sin embargo, consideramos que una niña tiene una pubertad precoz cuando inicia el desarrollo de las mamas antes de los ocho años. En estos casos debéis consultar con el pediatra para que valore qué puede estar ocurriendo.

¿Qué es la pubertad precoz?

Habíamos dicho que lo normal es que el inicio de la pubertad en las niñas ocurra entre los ocho y los trece años. Este límite es meramente estadístico, ya que hace referencia a que el 95% de las mujeres inicia la pubertad dentro de esos límites etarios. Por el contrario, cuando una niña inicia el desarrollo del pecho (y por tanto la pubertad) por debajo de los ocho años nos referimos a esta situación como pubertad precoz.

Limites de la pubertad “normal”; como se puede ver es un concepto estadístico. Extraído de Marshall, WA, Tanner, JM. Arch Dis Child. 1969; 44: 291

Iniciar el desarrollo del pecho antes de los ocho años, y por tanto la pubertad, puede dar lugar a una talla baja en la edad adulta (al haber tenido menos tiempo para crecer siendo niña), además de tener consecuencias a nivel psicológico como rechazo de la propia imagen al no aceptar los cambios que suceden en los meses siguientes, tendencia al aislamiento social y la depresión. Por ello, toda niña que inicia el desarrollo antes de los ocho años debe ser derivada de forma preferente al endocrino pediátrico para que evalúe la necesidad de frenar la pubertad hasta que la niña entre en una edad que se considera normal.

Las causas que pueden dar lugar a una pubertad precoz son muchas (aunque raras) y no vamos a entrar a describir todas ellas; solo mencionaremos lo que se conoce como “pubertad precoz idiopática”, aquella que se produce por una activación del eje hormonal que inicia la pubertad antes de lo debido sin una causa clara y que a menudo se observa en niñas adoptadas y en aquellas que sufren obesidad. El resto de pubertades precoces pueden ser debidas a síndromes raros, tumores y una larga lista que no merece la pena enumerar… Dependiendo de la enfermedad por la que se ha producido el inicio de la pubertad, el tratamiento será uno u otro.

Desarrollo de las mamas a destiempo que no se considera patológico

Antes de acabar me gustaría mencionar dos situaciones habituales que no se consideran patológicas y que tienen que ver con el desarrollo del pecho.

La primera de ellas es los recién nacidos. Es habitual que tanto niñas como niños nazcan con los pechos un poco desarrollados. Esta situación es normal y se produce por las hormonas femeninas de la madre que atravesaron la placenta durante el embarazo. A veces es tan exagerado que que hasta el bebé puede producir leche. Lo habitual es que desparezcan al cabo de unas semanas.

Y la segunda son los varones. El inicio de la pubertad en los niños lo marca el aumento del volumen testicular por encima de los 4 ml y se debe a las hormonas masculinas, los andrógenos, en general entre los nueve y los catorce años. Durante la pubertad de los niños es frecuente que también se desarrolle algo de pecho, ya que durante este periodo se produce una pequeña cantidad de hormonas femeninas (obviamente no tanto como en las niñas) pero es habitual que produzcan un botón mamario doloroso. Como decía, es una situación normal y que desaparece al acabar la pubertad.


En conclusión, el desarrollo de las mamas constituye el primer signo del inicio de la pubertad en las niñas. Este se considera normal cuando aparece después de los ocho años y precede en unos dos años a la primera menstruación. En el caso de que aparezca por debajo de esa edad debéis consultar con el pediatra para que evalúe a qué se puede deber ese adelantado.

Si te ha gustado lo que has leído, hemos publicado un libro con explicaciones sencillas y amenas sobre las cuestiones de salud más importantes de la infancia. Sale a la venta en librerías y puntos de venta habituales el 13 de enero de 2021. Podéis adquirirlo en puntos de venta habituales o a través de los siguientes enlaces:

  • Desde el catálogo de la editorial: LINK.
  • Desde la página web de Amazon: LINK.
  • Desde la página web de La Casa del Libro: LINK.
  • Desde la página web de Todos tus Libros: LINK.
  • Desde la página web de El Corte Inglés: LINK.

También te puede interesar:

Bibliografía:

Plagiocefalia postural: cuando se deforma la cabeza de un bebé

No se si os habéis fijado alguna vez en unos cascos de colorines un poco aparatosos que llevan algunos niños pequeños. Lejos de ser utilizados como medida preventiva contra un coscorrón, esas ortesis (así es como se llama a los dispositivos que nos ayudan a corregir una deformidad o malformación) están pensadas para devolver al cráneo la forma redondeada de los bebés con plagiocefalia, un tipo de deformidad de la cabeza que se produce por estar apoyada de forma constante en la misma zona.

No se si os acordaréis de cuando estudiabais el cuerpo humano en el colegio, pero el cráneo está formado por varios huesos (frontal, parietal, temporal, occipital…). Al nacimiento estos huesos no están fusionados entre si por dos motivos. El primero, para permitir que la cabeza se amolde al canal del parto (un sitio muy estrecho para que pase una cabeza, todo hay que decirlo) y, en segundo lugar, para que crezca a medida que lo va haciendo el cerebro de los niños. Por este motivo, y hasta que el cráneo se cierre, es fácil que se deforme si siempre esta apoyado en el mismo lado, dando lugar a la plagiocefalia.

En este post os contamos qué medidas preventivas podéis poner en práctica para evitar la plagiocefalia y, en el caso de que se produzca, qué podéis hacer antes de que vuestros hijos acaben con el temido casco de colorines en la cabeza.

¿Qué es la plagiocefalia postural?

El significado de “plagiocefalia” hace referencia a “cabeza oblicua” (la palabra plagio en griego significa oblicuo) y define muy bien qué forma adopta el craneo de los bebés en esta deformidad. Como podéis ver en la foto de abajo, al mirar la cabeza desde arriba esta adquiere la forma de un paralelogramo.

Plagiocefalia en forma de paralelogramo. Obsérvese como las orejas no están a la misma altura.

En los últimos 30 años hemos vivido una “epidemia” de plagiocefalia postural debido a que desde el año 1992 se recomienda que los niños duerman boca arriba como medida para prevenir la muerte súbita del lactante y, por tanto, con la parte de atrás de la cabeza apoyada sobre el colchón. Antes de esa fecha era una deformidad rara, pero en la actualidad es el primer motivo de derivación a las consultas de Neurocirugía desde Atención Primaria y su incidencia varía desde 1 de cada 300 niños sanos hasta un 50% (dependiendo del estudio que se consulte). Sin embargo, a pesar de esa epidemia de cabezas aplanadas, merece la pena poner a los niños a dormir boca arriba para prevenir la muerte súbita.

Esta deformidad aparece hacia el mes de vida y suele mejorar por si sola a partir de los 6 meses (cuando el niño empieza a sentarse solo). A pesar de ello, los casos más graves pueden tener importantes consecuencias estéticas. El diagnóstico no suele requerir pruebas complementarias y con una simple historia clínica y una exploración (siembre desde la parte de arriba de la cabeza) suele ser suficiente.

La plagiocefalia postural debe diferenciarse de la “verdadera plagiocefalia”, la cual se produce porque los huesos de la parte de atrás de la cabeza están fusionados y no permiten que esta crezca de forma adecuada. Esta “verdadera plagiocefalia ” es rara y suele ser fácil diferenciarla de la de tipo postural, además de requerir corrección quirúrgica. En el caso de que queden dudas de si se trata de un tipo u otro, la prueba a realizar es un escáner con reconstrucción 3D.

Además, la plagiocefalia postural está muy relacionada con la tortícolis congénita: un acortamiento del músculo esternocleidomastoideo del cuello que se produce por la posición excesivamente encogida del bebé dentro de la tripa de su madre. Ese acortamiento condiciona que la cabeza esté girada siempre hacia el mismo lado y por tanto, apoye siempre la misma parte de atrás. Por ello, ante una plagiocefalia postural, el pediatra debe descartar (y tratar) este tipo de tortícolis.

¿Qué implicaciones tiene la plagiocefalia postural?

Cuando se aplana la parte de atrás de la cabeza de un niño se produce una deformidad de todo el cráneo que puede tener consecuencias estéticas.

Si la deformidad se produce por el apoyo sobre uno de los lados de la parte de atrás de la cabeza, ese aplanamiento se compensa con el abobamiento de la frente del mismo lado así como una asimetría de la posición de las orejas vista desde arriba. Si el apoyo es en el centro de la parte de atrás de la cabeza esta suele aplanarse de forma simétrica sin deformar el macizo facial. En cualquier caso, las medidas preventivas y correctoras son similares. Además, en ambos casos suele aparecer una calva con menos pelo en la zona de apoyo.

En las plagiocefalias las orejas se ven a distinta altura cuando se observa la cabeza desde arriba. Además, un lado de la frente suele estar más prominente que el otro.

Antiguamente se creía que una plagiocefalia podía tener consecuencias negativas en el desarrollo del niño. Sin embargo, a día de hoy no esta demostrado que esta deformidad de la cabeza tenga consecuencias en el neurodesarrollo. Es cierto que algunos niños con alteraciones del desarrollo también tienen plagiocefalia, pero lo que parece es que esas alteraciones son las que condicionan una falta de movilidad del niño que a la postre le hacen apoyar la cabeza siempre en el mismo lado.

De todas formas, aunque la plagiocefalia solo tenga consecuencias estéticas, debemos darle la importancia que se merece para procurar una prevención y tratamiento adecuados en el caso de que se produzcan.

¿Cómo se puede prevenir la plagiocefalia?

Durante los primeros 6 meses de vida los bebes pasan mucho tiempo tumbados boca arriba. Por ello, es muy importante que los padres pongáis en marcha una serie de medidas para evitar que se produzca la plagiocefalia..

En primer lugar, es importante colocar a los niños boca abajo para jugar cuando estén despiertos y siempre bajo la supervisión de un adulto. Es lo que se conoce en inglés como tummy time (tiempo de la barriga). Esto ayudará por un lado a que no apoyen la cabeza siempre en la parte de atrás, además de favorecer el desarrollo neurológico ya que potencia la fuerza de la parte de arriba del cuerpo (brazos y hombros), tan necesarios para los primeros hitos del desarrollo. En general se recomienda una hora al día de este tipo de ejercicio, repartido en periodos de 20-30 minutos.

Aunque los niños deben dormir boca arriba, se recomienda que los padres pongan la cabeza del niño girada a un lado y a otro de forma alterna para que el tiempo de descanso del bebé no lo pase apoyado siempre en el mismo lado. A veces esto resulta imposible porque al niño le gusta girar la cabeza hacia donde recibe los estímulos (luz, sonido…). Para corregir este “vicio”, también podéis girar al bebé entero en la cuna cada ciertos días poniendo los pies en donde iba la cabeza y viceversa.

Las sillitas con cabezal en las que el niño vaya muy recogido están bien para los viajes en coche (como la maxicosi). Sin embargo, hacen que la cabeza de los bebés esté apoyada siempre en el mismo sitio por lo que debéis evitarlas para los paseos en carro.

Por último, cabeza que no apoya, cabeza que no se aplana. Así que coger en brazos a vuestros hijos todo lo que queráis durante estos primeros meses de vida (y mientras os dejen, que la adolescencia la alcanzan muy pronto). Por el mismo motivo, el porteo como opción de transporte para el bebé previene la plagiocefalia.

El neurocirujano y los “cascos”

Hablábamos al principio de este texto que en algunos casos había que recurrir a los cascos para corregir una plagiocefalia. Antes de llegar a ese extremo, los pediatras somos capaces de manejar casi todas las plagiocefalias una vez establecidas, ya que suelen mejorar enseñando a los padres las mismas medidas posturales que mencionábamos en la parte de la prevención y realizando una seguimiento estrecho. Al fin y al cabo lo que se busca es que el niño apoye la cabeza en la parte que no la tiene aplanada para compensar la deformidad.

Los protocolos sobre plagiocefalia establecen que si a los 5 meses la deformidad sigue estando presente a pesar de haber realizado un plan de reeducación postural, es el momento de derivar al niño al neurocirujano. En el caso de que este especialista lo considere oportuno, valorará la opción de utilizar un casco corrector hasta los 12 meses de edad. Esto cascos “empujan” unas zona determinadas de la cabeza consiguiendo remodelar la deformidad craneal.

Lactante con “casco” (ortesis) para la corrección de una plagiocefalia.

Como última opción, en el caso de que ni las medidas posturales ni el casco hayan sido suficientes para corregir una plagiocefalia postural con graves consecuencia estéticas, queda como posibilidad la corrección quirúrgica. Pero tranquilos, es muy raro que se llegue a este extremo en una plagiocefalia de este tipo.

¿Y qué pasa con ese cojín tan famoso que anuncian en todos lados?

Después de todo lo que habéis leído, muchos estaréis pensando en el cojín ese blandito como con un agujero en el centro que os regaló la prima María cuando nació vuestro bebé y que os dijo que era la solución para que no se le deformara la cabeza. Sin embargo, ninguna guía clínica recomienda este tipo de cojines en niños sanos para la prevención de la plagiocefalia, además cualquier objeto en la cuna de un bebé aumenta el riesgo de muerte súbita del lactante.

Es cierto que estos cojines pueden ayudar a distribuir el peso sobre el que apoya la cabeza del bebé, y que en casos muy seleccionados puede ser útil (como el de los bebés prematuros). Pero en el caso de un niño sano debería bastar con las medidas correctoras de postura antes mencionadas para la prevención de la plagiocefalia.

En los casos en los que la plagiocefalia esté establecida, pueden ayudar al tratamiento junto a los cambios postulares, pero deberá ser vuestro pediatra el que os lo indique más que que sea necesario que todos los niños dispongan de un cojín de este tipo como como parte del pack que toda familia debe comprar cuando trae a un crío a este mundo.


En resumen, la plagiocefalia es una deformidad craneal frecuente que se produce como consecuencia del apoyo constante en la parte de atrás de la cabeza en la misma zona. Se puede prevenir poniendo en práctica una serie de medidas (jugando con el niño boca abajo cuando está despierto, girando la posición de la cuna, porteando al niño cuando se sale a pasear…). En el caso de que no mejore, hacia los 5 meses está justificada la derivación al neurocirujano para que valore si es necesario utilizar un casco como medida correctora.

También te puede interesar:

Bibliografía:


Los derecho de imagen de la foto de cabecera del post pertenecen a Wisewiki bajo una licencia CC BY-SA 3.0.

Los derecho de imagen de la niña con el casco pertenecen a GeekAron bajo una licencia CC BY-NC-ND 2.0.

¿Cómo puedo saber si a mi hijo le cuesta respirar?

Las infecciones respiratorias son uno de los motivos más frecuentes de consulta en pediatría. Cada día los centros de salud se llenan de niños que presentan tos y mucosidad, ya sea por un catarro, una laringitis, una bronquitis o una neumonía. Tras una exploración física adecuada, los pediatras somos capaces de establecer un diagnóstico y plantear qué tratamiento necesita cada niño. La gran mayoría de los casos evolucionarán de forma adecuada resolviéndose en unos pocos días.

Sin embargo, durante estos procesos uno de los signos de alarma que debéis vigilar es la dificultad respiratoria, ya que aparece cuando los mecanismos que pone el cuerpo humano en marcha para sobrellevar una enfermedad respiratoria no son suficientes. Por ello, es muy importante que los padres aprendáis a reconocer cuándo a vuestros hijos les cuesta respirar para que solicitéis atención médica en ese momento.

En este post os enseñamos qué debéis vigilar para apreciar la dificultad respiratoria de un niño.

La velocidad a la que respira un niño

La dinámica respiratoria de un niño y un adulto es muy diferente. Mientras una persona mayor respira en reposo unas 12 veces por minuto, un recién nacido puede hacerlo hasta 45 veces. A medida que crece, la frecuencia respiratoria disminuye hasta asemejarse en la adolescencia a la de los adultos. A lo largo del día puede variar en función de los esfuerzos que hagamos ya que, cuando el cuerpo necesita más oxígeno, la respiración se acelera para cubrir esa demanda, volviendo a la normalidad al volver al reposo.

Por otro lado, cuando al aire le cuesta entrar a los pulmones (por ejemplo por una bronquitis) o hay alguna zona pulmonar afectada por una infección (como en una neumonía), lo que hace el cuerpo para compensar la dificultad para hacer llegar el oxígeno a la sangre es respirando más deprisa. Por ello, el aumento de frecuencia respiratoria se considera un signo precoz de dificultad respiratoria en la infancia.

A pesar de ello, no es necesario que los padres cuenten con un reloj cuántas veces respiran sus hijos cada minuto si sufren alguna enfermedad respiratoria. Basta con que os deis cuenta de que respiran más deprisa de lo que lo hacen habitualmente para apreciar que la dificultad respiratoria ha hecho acto de presencia. En ocasiones esta situación la describís como que el niño jadea o presenta fatiga a pesar de estar en reposo o no haber realizado esfuerzo.

También es importante que sepáis que cuando un niño tiene fiebre, por cada grado de temperatura “extra” respira diez veces más por minuto. De esta forma, un niño de uno o dos años cuya frecuencia respiratoria en reposo es de 20-25 por minuto, si tiene 39ºC es normal que pase a respirar unas 40-50 veces por minuto. Tras ceder la fiebre, la frecuencia respiratoria volverá a su estado habitual, lo que os permite diferenciar cuando un niño respira más deprisa porque le cuesta respirar o es simplemente por la fiebre. Este pequeño detalle es muy importante ya que la fiebre es otro de los síntomas frecuentes en el caso de una infección respiratoria.

El “tiraje”

Hasta ahora sabemos que cuando al aire le cuesta entrar a los pulmones, lo que hace el cuerpo de un niño para compensarlo es respirar más deprisa. Pero ¿qué pasa si no es suficiente?

La respiración normal se realiza gracias a la contracción del diafragma, ese músculo invisible a simple vista que está situado debajo de los pulmones. Cuando se contrae genera un cambio de presión dentro de la caja torácica que hace que el aire fluya hacia los pulmones y cuando se relaja que salga. Como os podéis imaginar, ante una enfermedad respiratoria que impide la correcta llegada del aire a los pulmones, el diafragma se contrae más fuerte en un intento de meter más aire, lo que normalmente va acompañado de un aumento de frecuencia respiratoria que vimos en el apartado anterior. Cuando ese esfuerzo adicional no es suficiente se ponen en marcha otros músculos para sobrellevar lo que el diafragma ya no es capaz de hacer.

Básicamente son tres grupos musculares: los musculosos del abdomen, los que existen entre las costillas y los del cuello. Estos músculos no se utilizan habitualmente para respirar, aunque sí que lo hacen cuando existe dificultad respiratoria. Con su contracción “tiran” de la caja torácica para meter más aire, motivo por el que cuando esta situación aparece decimos que el niño tiene “tiraje”, aunque también podemos decir algo más técnico como distrés respiratorio.

Esa contracción extraordinaria de estos grupos musculares es visible a simple vista por lo que no os debería resultar difícil identificar a qué niño le cuesta respirar si es que presenta tiraje. Con unos videos lo entenderéis mejor.

En este de aquí abajo podéis ver a un lactante con Bronquiolitis en la que se aprecia como al bebé le cuesta respirar y utiliza los músculos de la tripa:

En este otro de aquí abajo se observa a un niño pequeño que esta utilizando las costillas para respirar; como se puede ver las costillas se marcan en cada respiración.

En este último, aunque corresponde a un adulto, se aprecia muy bien como los músculos del cuello se contraen, dando la sensación de que “el cuello se hunde”, uno de los signos habituales de dificultad respiratoria. Este tipo de tiraje es difícil de apreciar en niños pequeños porque tienen el cuello muy corto.

Los ruidos al respirar

Por último, cuando el camino hacia los pulmones se estrecha mucho, el aire en su recorrido puede sufrir alguna turbulencia que podemos identificar con ruidos al respirar. De esta forma, puede aparecer estridor en el caso de las laringitis o pitos/sibilancias en el caso de las bronquitis. Incluso también es frecuente en el caso de que un niño tenga muchos mocos en la nariz. Lo habitual es escuchar estos ruidos solo con el fonendo, pero cuando a un niño le cuesta respirar de forma llamativa se pueden oír sin ningún tipo de aparato médico.

Estos ruidos no aparecen de forma aislada ya que acompañan a los otros signos de dificultad respiratoria (el tiraje y el aumento de la frecuencia respiratoria). Además, a la los médicos nos ayudan a localizar en qué lugar de la vía aérea está la estrechez para realizar un diagnóstico más preciso y así establecer un diagnóstico.

El caso es que observéis que vuestros hijos hacen ruido en reposo al respirar y este no parece que se deba a los mocos que tiene en la nariz (esos ruidos mejorarían al hacer un lavado nasal), debéis consultar con un médico.

¿Y la saturación de oxígeno?

Es cierto que cuando a un niño le cuesta respirar, el oxigeno en sangre le puede disminuir. Para detectarlo podemos utilizar un pulsioxímetro, el cual nos informa de forma indirecta de la cantidad de oxígeno que circula por la sangre.

Sin embargo, ese dato debe valorarse en conjunto con los demás signos de dificultad respiratoria que os hemos contado. De hecho, un niño puede tener el oxígeno en cantidades perfectas en sangre sin que esto sea una garantía de que no le cueste respirar.

Por todo ello, nos creemos que los padres debáis tener en casa uno de estos aparatos y, en todo caso, no deben suplantar nunca a la valoración clínica de la dificultad respiratoria (frecuencia respiratoria, tiraje y ruidos al respirar).


En resumen, la observación de cómo respira un niño es fundamental para establecer si presenta dificultad respiratoria o no. Los padres deben aprender cuáles son estos signos para que puedan tomar la decisión de cuándo acudir al pediatra.

Si te ha gustado lo que has leído, hemos publicado un libro con explicaciones sencillas y amenas sobre las cuestiones de salud más importantes de la infancia. Sale a la venta en librerías y puntos de venta habituales el 13 de enero de 2021. Podéis adquirió en puntos de venta habituales o a través de los siguientes enlaces:

  • Desde el catálogo de la editorial: LINK.
  • Desde la página web de Amazon: LINK.
  • Desde la página web de La Casa del Libro: LINK.
  • Desde la página web de Todos tus Libros: LINK.
  • Desde la página web de El Corte Inglés: LINK.

También te puede interesar:

¿Pueden acatarrarse los niños por andar descalzos?

Una de las grandes creencias acerca de los niños augura que si caminan descalzos cuando hace frío es muy probable que acaben acatarrados. Quien más quien menos, en alguna ocasión hemos escuchado a algún familiar reprender a nuestros hijos con frases como “cálzate que te vas a coger una pulmonía” o “esos mocos que te cuelgan de la nariz se deben a no haberte puesto las zapatillas de estar por casa mientras jugabas en tu cuarto”.

Desde hace tiempo sabemos que los catarros son infecciones respiratorias provocadas por virus que cursan con mucosidad nasal, tos, dolor de garganta y, en muchas ocasiones, fiebre y malestar general. Pero, ¿cuánto de cierto hay en que estas infecciones puedan estar provocadas por caminar descalzos? ¿Son capaces los virus de introducirse en el cuerpo de nuestros hijos a través de sus pies desnudos?

En este post encontrarás respuesta a todas tus dudas, además de convertirte en esa madre o padre informado que pone un poco de cordura en los grupos de Whatsapp del colegio…

¿Qué es un catarro?

Empecemos por el principio. Como hemos dicho, un catarro es una enfermedad infecciosa provocada por virus (el más frecuente de todos, el rinovirus, pero hay muchos más…) el cual se transmite por vía respiratoria cuando un niño enfermo tose, estornuda o habla y lanza al aire unas gotitas microscópicas de saliva y secreciones respiratorias que finalmente son respiradas por un niño sano, o también por contacto directo con las secreciones (p. ej. saliva o mocos) entre enfermo y sano. Tras unos días (u horas) de periodo de incubación, el niño que estaba bien empezará con los mismos síntomas que su compañero enfermo.

Estos síntomas de catarro pueden durar varias semanas, normalmente unos diez o quince días para la mucosidad nasal. Si tenemos en cuenta que durante los meses escolares lo niños se pillan unos diez o doce virus de este tipo, lo más probable que estén con las velas colgando de la nariz desde finales de septiembre hasta que lleguen las vacaciones de verano.

Como veis, esto coincide con los meses fríos del año, ya que este tipo de infecciones se producen sobre todo durante el otoño y el invierno, porque ¿quién se acuerda de los mocos y los catarros durante el verano? Casi nadie, ¿verdad? Simple y llanamente porque durante esos meses, los virus que provocan catarros están agazapados a la espera de tiempo mejores…

¿Nos podemos acatarrar por el frío?

A nadie se le escapa que cuando hace frío y salimos a la calle, al rato de estar expuesto a las inclemencias meteorológicas, es habitual que empecemos a moquear y tengamos que sorber los mocos de la nariz o sonarnos en un pañuelo. ¿Sabéis por qué ocurre esto? Resulta que el cuerpo humano es muy listo y para que la mucosa respiratoria no sufra al inhalar aire frío se pone a segregar moco, el cual actúa como lubricante y calefacción tanto para la nariz como para los bronquios y los pulmones. Lo habitual es que al entrar de nuevo al cobijo de nuestras casas en las que el ambiente está más caldeado, al poco tiempo ni nos acordemos de lo que nos ha pasado. Esta secuencia de hechos ocurre exactamente igual en adultos que en niños.

El problema surge cuando un niño empieza a moquear un día de frío mientras juega en el parque y a pesar de haber vuelto a casa estos no desaparecen. En tal caso, lo que habrá ocurrido es que esos mocos serán producto de un catarro que estaba incubando el pequeñajo y habrá coincidido en el tiempo el inicio de la infección con el haber estado jugando en la calle.

Es cierto que hay estudios que han demostrado que en ambientes fríos es más probable acatarrarse por un virus, pero lo que es una verdad como un templo es que si no hay virus de por medio es imposible que se desarrolle un catarro. En resumen, sin virus no hay paraíso, o en este caso, sin virus no hay infierno, porque anda que no son molestos los mocos de los niños.

¿Y qué pasa con los pies?

Llegados a este punto toca hablar de los pies y de la leyenda que dice que andar descalzo es comprar lotería para que los niños se acatarren. No hay abuela (ni abuelo, que os veo venir) que no sepa que esto procede de un conocimiento ancestral que hemos heredado de generaciones anteriores como un dogma que sí o sí tiene que ser verdad.

Sin embargo, con lo de andar descalzo pasa lo mismo que con el frío de la calle y los catarros. Hay estudios que han demostrado que al enfriarse los pies se produce una vasocostricción refleja de la mucosa nasal lo que podría llevar a que el niño moquee un poco, incluso que sea más fácil que se contagie de un virus con el que se cruce por el camino. Pero he aquí el quid de la cuestión otra vez: sin virus no hay catarro por muy fríos que estén los pies. Vamos, que es más probable que se nos cayeran los dedos de nuestras extremidades inferiores o nos muriéramos de frío si a una mente perversa se le ocurriera dejarnos en medio del Polo Norte sin calzado, sin nadie a nuestro alrededor que nos puda contagiar que que nos acatarremos en dichas condiciones.

Además, si caminar descalzo fuera causa de catarro, ¿no deberíamos estar enfermos todo el rato en verano que es cuando más tiempo llevamos los pies al aire? Por experiencia sabéis que no es así, pero, además, la ciencia nos dice que en esta época del año no circula tanto virus que infecte las vías respiratorias por lo que la probabilidad de que nos acatarremos en época estival es muy escasa, caminemos o no descalzos.


Así que apliquemos el sentido común. Si un niño camina por casa descalzo, está cómodo y no se queja de que tenga frío, pues no pasa nada, al menos desde el punto de vista de los catarros, que otra cosa bien distinta es que pise el avión ese que tiene un punta para arriba y que siempre deja tirado por su habitación. Si por el contrario, sois de los que no tenéis suelo radiante y además es de mármol cual témpano de hielo, pues mira, unos calcetines gorditos y unas zapatillas de estar por casa de cuadraditos vintage (ahora sí, de las que le gustan a las abuelas) le van a venir de maravilla para que no pase frío en sus pequeños muñoncitos.

Algo parecido pasará si estáis fuera de casa: si hace frío, calzad a vuestros hijos, y si hace calor, pues que vayan descalzos si quieren, porque, hagáis lo que hagáis, los mocos y los catarros llegaran a vuestros hijos cuando se contagien de un virus, independientemente de que lleven o no los pies cubiertos.

También te puede interesar:

Bibliografía:

  • Cold temperature and low humidity are associated with increased occurrence of respiratory tract infections (Link).
  • Acute cooling of the body surface and the common cold (Link).
  • Temperature-dependent innate defense against the common cold virus limits viral replication at warm temperature in mouse airway cells (Link).
  • Acute cooling of the feet and the onset of common cold symptoms (Link).

¿Debería vacunar a mi hijo de la gripe?

Todo los octubres, pediatras y médicos de familia comenzamos lo que se conoce como Campaña de Vacunación de la Gripe. Un periodo en el que concentramos la vacunación de aquellas personas que tiene más riesgo de sufrir complicaciones por esta infección en previsión de la epidemia que, inevitablemente, acabará llegando durante el invierno.

Como sabréis, la gripe es una infección provocada por un virus que cursa con fiebre alta de aparición súbita y malestar general junto con, en menor proporción, otros síntomas como tos, mucosidad y dolor de garganta. En individuos sanos no suele complicarse, aunque una semana en la cama a base de antitérmicos y sopitas de mamá es la norma. Sin embargo, en aquellas personas con factores de riesgo puede dar lugar a complicaciones como neumonías y bronquitis, las cuales, en la gran mayoría de los casos, requieren ingreso hospitalario.

Al igual que los adultos, los niños con más probabilidad de padecer una gripe grave deben vacunarse. Son lo que se conoce como grupos de riesgo y ésta condición viene dada por una serie de enfermedades o circunstancias que son las que aconsejan que reciban la vacuna.

En este post repasaremos qué niños deben recibir la vacuna de la gripe.

Grupos de riesgo pediátricos para gripe grave

Como decíamos, el objetivo de la campaña de vacunación contra la gripe es reducir la posibilidad de que los niños (o adultos) con factores de riesgo para una gripe complicada contraigan esta infección. Por ello, todos los años el Ministerio de Sanidad realiza unas recomendaciones de qué niños deben vacunarse. Casi siempre son las mismas, aunque se revisan cada temporada, por lo que pueden sufrir variaciones de un año a otro.

Para la temporada 2019-2020 los grupos de riesgo pediátricos son los siguientes. Recordad, como veremos luego, que la vacuna de la gripe solo se puede administrar en mayores de 6 meses. Es una lista larga, así que repasémosla con calma:

  • Niños con enfermedades crónicas cardiovasculares, neurológicas y respiratorias, incluyendo la fibrosis quística, displasia broncopulmonar y el asma.
  • Niños con diabetes mellitus.
  • Niños con obesidad mórbida (es decir, más de 3 desviaciones estándar de peso para la talla).
  • Niños con enfermedad renal crónica o síndrome nefrótico.
  • Niños con hemoglobinopatías, anemias y trastornos de la coagulación (incluida la hemofilia).
  • Niños con asplenia o disfunción esplénica grave.
  • Niños con enfermedades crónicas del hígado.
  • Niños con inmunodeficiencias.
  • Niños con cáncer.
  • Niños con implante coclear o en espera de ello.
  • Niños con fístula de líquido cefaloraquídeo.
  • Niños con enfermedad celiaca.
  • Niños con enfermedad inflamatoria crónica.
  • Niños con Síndrome de Down.
  • Niños que reciban tratamiento con aspirina (ácido acetilsaliciílico).
  • Niños internados en instituciones de manera prolongada.
  • Niños entre los 6 meses y los 2 años de edad con antecedente de prematuridad menor de 32 semanas de gestación.

¿Y qué pasa con los familiares o convivientes de niños con factores de riesgo?

Por desgracia, la vacuna de la gripe no es perfecta ya que no alcanza el 100% de protección en aquellos que la reciben. De hecho, se estima que entre los 2 y los 9 años otorga una protección individual del 50-65%, siendo escasa en menores de 2 años. Esta efectividad aumenta hasta el 80% en personas adultas.

Por ello, además de recomendarse la vacunación de aquellos niños o adultos que pertenecen a los grupos de riesgo, también se recomienda que reciban la vacuna los que convivan en el hogar con personas con riesgo de gripe grave, en un intento de proteger a aquellos niños en los que la vacuna no resultó eficaz.

Esto es lo que se conoce como estrategia del nido, ya que hace menos probable que alguien con factores de riesgo se contagie de la gripe desde una persona que viva con él. Por tanto, los padres y hermanos de niños con factores de riego para gripe grave deben vacunarse también de la gripe. Esta estrategia tiene mucha importancia en los niños con factores de riesgo que tienen menos de seis meses de edad al no poder administrarse en ellos la vacuna.

¿Cuántas dosis de vacuna deben recibir los niños?

Como ya os hemos adelantado, la vacuna de la gripe solo se puede administrar a mayores de 6 meses de edad. A partir de esa edad, las dosis que deben recibir depende de la edad del niño y si es la primera vez que se vacunan.

  • En niños menores de 9 años edad o en aquellos que se vacunan por primera vez deben recibir dos dosis de vacuna separadas un mes.
  • En niños con más de 9 años o que ya hubieran recibido dos dosis de vacuna anteriormente, solo haría falta una dosis.

¿Cuándo debo vacunar a mi hijo de la gripe?

Las Comunidades Autónomas son las encargadas de organizar todos los años las campañas de vacunación siguiendo las recomendaciones del Ministerio de Sanidad. Casi siempre, la campaña empieza a finales de octubre.

Por ello, no esta de más que en estas semanas acudáis al pediatra para que cuente con vosotros si es que vuestros hijos se encuentran en uno de los grupos de riesgo que deben vacunarse y podáis organizaros.

Además, el coste de la vacuna lo aporta el sistema sanitario sin que los padres tengan que asumir ningún pago.

¿Y qué pasa si quiero vacunar a mi hijo y no pertenece a ninguno de los grupos de riesgo?

Como decíamos al principio, la gripe es una infección que no suele complicarse en niños sanos. Sin embargo, eso no quita para que de lugar a un cuadro clínico en el que los niños se encuentran mal, a lo que se suma el problema que supone que tengan que dejar de acudir al colegio o la escuela durante una semana con el consabido trastorno para la conciliación laboral y familiar.

Por ello, aquellos padres que consideren oportuno vacunar a sus hijos de la gripe sin que estos pertenezcan a un grupo de riesgo, también pueden hacerlo. Como afirma el Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría, la vacunación de los niños mayores de 6 meses de edad sin factores de riesgo es una medida recomendable siempre que lo soliciten sus padres y su pediatra lo considere oportuno.

En estos casos, al no ser una indicación que se contemple en la campaña, el coste de la vacuna la deben asumir los padres.


En resumen, la vacuna de la gripe debe administrarse a aquellos niños con factores de riesgo y sus convivientes durante la campaña de vacunación. Las dosis a administrar dependen de la edad del niño y de si ya ha recibido la vacuna con anterioridad.

En cualquier caso, si os quedan dudas de si debéis vacunar a vuestros hijo o no, quien mejor os puede asesorar de lo que hay que hacer es vuestro pediatra.

NOTA: este post ha sido elaborado siguiendo las recomendaciones del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría para la Campaña de la Gripe 2019-2020 que se pueden consultar en este link. En el caso de que como adulto creas que debes recibir también la vacuna de la gripe, consultar con tu médico de familia.

También te puede interesar:

Nota: Dos Pediatras en Casa no ha recibido ningún tipo de financiación por la escritura y publicación de este texto.