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¿Qué pescados pueden comer los niños?

El pescado es uno de los caballos de batalla a los que se enfrentan los padres cuando toca iniciar la alimentación complementaria de sus hijos. A pesar de que todos sabemos que es una fuente de proteína saludable y que su perfil nutricional es muy sano, en muchas ocasiones cuesta que los niños lo consuman de manera habitual. De todas formas, tan mal no lo debemos hacer cuando España es el segundo consumidor mundial de pescado después de Japón.

En consulta, las dudas sobre este alimento son frecuentes: que si puede dar alergia, que si es mejor el pescado blanco o el azul, que si el mercurio, que si el marisco es mejor evitarlo durante los primeros años… Esperamos que con este post queden resueltas todas vuestras dudas para que el pescado ocupe el puesto que se merece en el menú semanal que con tanto cariño -y más de un quebradero de cabeza- programan los padres para los más pequeños de la casa.

¿Cuándo se puede ofrecer el pescado por primera vez?

Como bien sabréis, durante los primeros seis meses de vida los niños pueden alimentarse de forma exclusiva con leche. A partir de esa edad tomar solo leche resulta insuficiente por lo que se deben introducir otros alimentos en la dieta de manera progresiva. A este periodo se le conoce como alimentación complementaria.

Antiguamente la introducción del pescado se solía retrasar hasta los 9 o 10 meses, sobre todo porque se pensaba que hacerlo antes podía inducir algún tipo de alergia a este alimento. Es cierto que el pescado -junto al huevo y la leche de vaca– figura entre los alimentos que con más frecuencia provocan alergias, sin embargo, la evidencia científica actual señala que su introducción en la dieta a partir de los 6 meses de vida es segura. De hecho, para tener una alergia (al pescado o a cualquier otro alimento) el niño debe tener una predisposición genética, la cual no va a cambiar por introducir el pescado 4 o 5 meses más tarde. En este sentido, el niño que va a ser alérgico al pescado lo será independientemente de si se le ofrece este alimento por primera vez con 6 meses o más adelante.

Por todo ello, la Asociación Española de Pediatría y el comité de nutrición de la Sociedad Europea de Digestivo Infantil no ven motivo alguno para que el pescado se retrase de la dieta de un niño más allá de los 6 meses. La única regla que debería cumplirse es que entre alimento nuevo y alimento nuevo deben dejarse 2-3 días para que en el caso de que aparezca un alergia podamos identificar a qué alimento se debe.

¿Y por qué es bueno que los niños coman pescado?

El secreto de una alimentación saludable radica en que sea lo más variada posible y que las frutas y las verduras sean el alimento principal. En cuanto a la fuente de proteínas podemos ofrecer a nuestros hijos alimentos como el pescado, pero también la carne -ternera, cerdo, pollo, cordero…- las legumbres o los frutos secos.

Y entre estas opciones, el pescado debería estar siempre presenta en la dieta de nuestros hijos al menos 3 o 4 veces por semana. No hay sociedad científica que se dedique a la nutrición infantil que no resalte lo esencial que resulta este alimento en los niños por varios motivos:

  • El pescado es rico en ácidos grasos poliisaturados, sobre todo en omega-3. Este tipo de grasas es de las que se consideran “buenas” ya que previenen enfermedades crónicas en la edad adulta, sobre todo las enfermedades cardiovasculares. Además , los ácidos omega-3 tienen un papel fundamental en el desarrollo neurológico de los niños cuando son pequeños.
  • El pescado es una fuente importante de minerales como el selenio, el zinc, el fósforo, el calcio y el yodo (este último presente solo en productos de origen marino y que resulta necesario para un buen funcionamiento del tiroides) y de vitaminas, como las vitaminas A, D y del complejo B.
  • Además, las proteínas que aporta el pescado a la dieta son de alto valor biológico, es decir, aportan todos los tipos de proteínas que necesita el cuerpo para funcionar de forma adecuada. Este perfil de proteínas también lo aporta la carne, aunque en este caso las grasas que la acompaña son mucho menos deseables…

Como veis, el pescado tiene muchas ventajas, por lo que ya desde estas líneas deberíais incluirlo como un habitual en la alimentación de vuestros hijos.

Pescado blanco vs. pescado azul

Esta es otra de las dudas más frecuentes que tienen los padres cuando se enfrentan a qué pescados pueden dar a sus hijos. Durante mucho tiempo a los niños solo se les ofrecía pescado blanco, como el lenguado, el gallo o la merluza, mientras que el pescado azul, como el salmón, el bonito, la caballa, los boquerones o las sardinas, quedaba reservado para cuando se hicieran más mayores.

La (falsa) justificación para esta práctica se basa en que el pescado azul posee mayor cantidad de grasa que el pescado blanco y por tanto podría resultar más indigesto. Es cierto que el cuerpo humano tarda más en digerir aquellos alimentos que contienen mayor cantidad de grasa, pero esto no justifica que no ofrezcamos pescado azul a nuestros hijos desde que tienen 6 meses, sobre todo si el resto de la alimentación es saludable.

Además, el pescado azul es muy rico en vitaminas liposolubles (A y D) y en ácido omega 3 precisamente porque tiene más grasa que el pescado blanco, el cual posee mayor cantidad de vitaminas del complejo B.

La solución a este embrollo de pescado blanco o azul es bien sencilla. Como en otras muchas cosas, en al variedad está el gusto, por lo que lo más recomendables es que se varíe entre estos dos tipos de pescado de forma habitual para disfrutar de los beneficios de ambos.

Pescados a evitar por el alto contenido en mercurio

En octubre de 2019 la AECOSAN (Agencia Español de Seguridad Alimentaria y Nutrición) lanzaba unas recomendaciones sobre el consumo de pescado centradas en que ciertos grupos de personas “vulnerables” evitaran tomar pescados con alto contenido en mercurio. Estas especies son cuatro: pez espada/emperador, tiburón, lucio y atún rojo.

Según las recomendaciones actuales, el consumo de estos pescados debe evitarse en niños por debajo de los 10 años y en mujeres embarazadas. Entre los 10 y 14 años el consumo debe restringirse a 120 gramos al mes (lo que sería una o dos raciones al mes). A partir de esa edad ya no existen esas restricciones, siendo lo recomendado variar las especies y no centrarse en el consumo de un solo tipo de pescado.

De esas cuatro especies, la que más dudas genera es el atún rojo, tanto que muchas familias evitan el consumo de cualquier tipo de atún al pensar que todos son de alto contenido en mercurio. Sin embargo, el atún rojo es de la especie Thunnus thynnus. El resto de atunes no pertenecen a esta especie por lo que no habría problema en que lo consumieran los niños pequeños, como el atún de lata o el bonito.

¿Y qué pasa con el marisco?

Gambas, langostinos, mejillones, calamares, navajas, pulpo… No creo que haya nadie que se pueda resistir a tales majares. Sin embargo, los padres suelen ser muy reticentes a dar este tipo de alimentemos a sus hijos, aunque desde el punto de vista médico y nutricional no existe ningún motivo.

Como pasaba con el pescado, a partir de los 6 meses de vida los mariscos pueden introducirse en la alimentación de los más pequeños de la casa. Está claro que no hay que abusar de ellos (al igual que con el resto de alimentos) y en todo caso ser una opción más dentro de una alimentación variada. De todas formas, no es imprescindible que los niños prueben estos frutos de mar desde tan pequeños, a diferencia del pescado, el cual si que debería formar parte de los habituales de su dieta.

Quizá el único problema que presentan los mariscos es que su textura puede hacer que sean difíciles de masticar ya que son muy fibrosos. En este sentido, es mejor esperar a que hayan cumplido 2 o 3 años para ofrecérselos por primera vez para evitar que se puedan atragantar. Así que ojo con estos alimentos si es que practicáis Baby Led Weaning. Sin embargo, no habría ningún problema en que los trituréis para añadirlos a un puré, aunque, al menos a mí, me resulta aun poco extraño una crema de verduras con un par de gambas pasadas por la turmix.


En resumen, el pescado es un alimento con un perfil nutricional muy saludable que no debería faltar en la dieta de ninguna persona. Además, los niños pueden empezar a consumirlo desde los 6 meses de vida como parte de una alimentación variada. Solo existen cuatro excepciones: pez espada/emperador, tiburón, lucio y atún rojo; por su alto contenido en mercurio, estos pescados deben evitarse hasta los 10 años de vida y en embarazadas.

Bibliografía:

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¿Es el Plato de Harvard útil para planificar las comidas infantiles?

En el año 2011 la Escuela de Salud Pública de Harvard y los editores en Publicaciones de Salud de Harvard tuvieron una idea que revolucionó la nutrición. O al menos hizo que aquellas pirámides nutricionales que estudiábamos en el colegio dejaran de ocupar páginas y páginas de revistas y folletos para dar paso a una simple regla para preparar una comida saludable: 50% de vegetales y/o frutas, 25% de cereales y 25% de proteínas, sin que haga falta pesar exactamente cuánta cantidad hay de cada alimento en el plato.

Así de sencillo. Atrás quedaron las pirámides en las que se nos decía cuántas raciones de esto o cuántas de aquello había que tomar a la semana y que hacía que nos comiéramos la cabeza organizando menús semanales para dar paso a algo mucho más sencillo y aplicable en le día a día: basta con abrir la nevera y pensar con lo que tienes en ese momento para montar un plato saludable siguiendo la regla del párrafo anterior. Además, en aquellas pirámides, se suponía que los cereales eran la base de la alimentación.

Y la verdad es que esta nueva regla es una herramienta muy útil para planificar una comida sana, de hecho, el nombre real del Plato de Harvard es “El plato para comer saludable”, que además se puede aplicar tanto para adultos como para niños de cualquier edad. Aquí abajo os dejo la infografía de la propia gente de Harvard para que le echéis un vistazo si no la conocéis.

Fuente: https://www.hsph.harvard.edu/nutritionsource/healthy-eating-plate/translations/spanish/

Fijaos si el Plato de Harvard debe ser bueno que hoy en día no hay perfil en redes sociales que se dedique a la nutrición que no hable de ello (incluso nosotros tenemos un post sobre el tema), además de que también podéis encontrar en Instagram miles de fotos de recetas y elaboraciones que especifican que siguen la regla mencionada del 50%-25%-25%.

Sin embargo, el Plato de Harvard tiene un pequeño problema: esta diseñado por británicos. No se si conocéis la comida anglosajona, pero básicamente se podría resumir en que sus comidas suelen tener un solo plato en el que hay un batiburrillo de cosas. Y qué queréis que os diga, esa no es la forma en la que tradicionalmente se ha estructurado la comida mediterránea, que normalmente consta de primero, segundo y postre.

Entonces, ¿tiene sentido aplicar el Plato de Harvard si vivimos en España? Desde luego que sí, pero con matices. A ver si soy capaz de explicarlo a lo largo de este post.

El secreto de una comida saludable

El secreto de una alimentación saludable consiste en comer de forma variada eliminando al máximo los alimentos ultraprocesados, superfluos o con calorías vacías (los que llevan azucares añadidos). En este sentido, aunque la especia humana es omnivora, una alimentación basada sobre todo en productos de origen vegetal es la que ha demostrado tener mejores beneficios para la salud en cuanto a obesidad, diabetes, hipertensión y otras tantas enfermedades crónicas típicas de los adultos. A muchos os puede parecer que si comemos casi en exclusiva alimentos de este tipo consumiendo poca carne o pescado podríamos caer en una deficiencia nutricional, pero no es así. Un claro ejemplo de esto son las personas ovolacteo-vegetarianas que con un poquito de planificación alcanzan todos lo requerimientos nutricionales sin necesitar suplementos.

A pesar de ello, la gran mayoría de las personas comemos de todo, pero al igual que los vegetarianos, para que nuestra comida sea saludable debemos planificar un poco qué comemos. Resulta curioso ver cómo las comidas de los niños que tienen entre seis y doce meses (los que están con alimentación complementaria) suelen ser muy sanas y planificadas, pero superada esa edad esa planificación se va perdiendo o por lo menos no somos tan conscientes de si lo que comen nuestros hijos es igual de saludbale que cuando eran bebés.

Es aquí donde el Plato de Harvard se convierte en una herramienta muy útil para pensar qué podemos dar de comer a nuestros hijos. Basta con seguir la regla del 50%-25%-25% para rellenar el plato y a buen seguro que nuestros hijos estarán comiendo sano. Un ejemplo podría ser esta foto de aquí abajo de la cena de uno de nuestros hijos: la mitad del plato aguacate y tomate (que serían las verduras/fruta), un cuarto con pescado (que sería la parte de proteína) y otro cuarto con pan (que serían los cereales). Os recuerdo que no hace falta pesar nada y basta con mantener esa proporción a ojo.

Este tipo de platos son ideales para niños pequeños cuando vas con prisa y no te ha dado tiempo a cocinar. Os animo a que empecéis a preparar así las comidas de vuestros hijos porque os ahorrará algún que otro comedero de cabeza a la par que acertaréis con lo saludable del plato.

Un solo plato vs. “primero, segundo y postre”

Es verdad que las cenas de los niños suelen tener solo un plato, pero las comidas de medio día en este país suelen componerse de primero, segundo y postre. Os parecerá una tontería, pero esto no hace que no se pueda aplicar el Plato de Harvard.

La forma más sencilla de hacerlo sería juntando en un solo plato el primero y el segundo, pero, que os queréis que os diga, macarrones con tomate, verduras salteadas y merluza a la plancha, por poner un ejemplo, en un solo plato todo entremezclado, a mí, que soy de buen comer, como que me no me parecería apetecible. Prefiero tomar primero los macarrones, luego un plato de verduras con un poco de merluza y de postre algo de fruta. Si la comida en conjunto sigue respetando el 50%-25%-25% estaré siguiendo la regla del Plato de Harvard aunque no lo esté comiendo todo en el mismo plato.

Otro ejemplo. Guisantes rehogados con trocitos de jamón de primero y de segundo pollo asado con arroz. Por poder, también lo podemos entremezclar todo para tomarlo en un solo plato, pero tampoco pasa nada si lo estructuráis en dos platos diferentes mientras mantengáis las proporciones para seguir las recomendaciones del Plato de Harvard.

Para el postre, la fruta es siempre una buena opción. Además os ayudará a alcanzar el 50% de frutas/verduras que nos marca la regla porque, no lo vamos a negar, es la parte que más cuesta conseguir que se tomen los niños.

Planifica las comidas de TODO EL DÍA

Algunos estaréis pensando que vuestros hijos no comen tanto como para plantarles en la mesa un primero, un segundo y un postre. Pues tampoco pasa nasa.

En este caso, lo que habría que hacer es pensar un poco a medio plazo y planificar la comida de todo el día. Si por ejemplo a medio día vuestro hijo se llena con los macarrones con tomate, pues en la cena toca verduras con un poco de proteína saludable. O al revés, si para almorzar se ha tomado un buen plato de judías verdes con un poco de pescado, pues para cenar le podéis poner arroz.

Al fin y al cabo, lo importante para mantener una alimentación saludable es lo que come el niño de forma global y no tanto lo que come en cada comida. Si al final del día habéis conseguido que coma un 50% de frutas/verduras, un 25% de cereales y un 25% de proteínas es que vamos por buen camino aunque en cada comida individual esta proporción no se haya mantenido.

¿Y qué hago si mi hijo toma purés?

Si vuestro hijo es de los que toman triturados y ya tiene más de un año de vida, aplicar el plato de Harvard también es posible. Es tan sencillo como tomar un puré de verduras de primero y de segundo un poco de proteína y cereales. También podéis mezclarlo todo en el tazón y triturarlo porque al fin y al cabo, pasado por la turmix o no, la proporción del 50%-25%-25% se seguiría manteniendo y aplicando.

De todas formas, se recomienda que la introducción de sólidos en los niños que toman triturados se realice hacia los 9-10 meses y no más tarde del año y medio, ya que a partir de esta edad se vuelve más complicado que los niños acepten texturas sólidas. Así que lo de los purés está bien, pero no para darles las comidas de toda la infancia.

¿Y qué pasa con los desayunos y la merienda?

Si con las comidas y las cenas se nos agota el cerebro para no ser repetitivos y seguir ofreciendo comida saludable a nuestros hijos, lo de los desayunos y las meriendas es ya para pedir ayuda divina… Aun así, aplicar el Plato de Harvard en estas dos comidas también es posible, además de ser sinónimo de comer sano.

Para el desayuno, por ejemplo, basta con tomar una pieza de fruta, un trozo de pan tostado con aceite y un vaso de leche. Y para la merienda podrían volver a tomar fruta, un bocata relleno con proteína saludable (por ejemplo queso fresco, humus, jamón cocido…) o frutos secos (si es que vuestros hijos ya tiene edad para tomarlos enteros).

Como veis, la fruta es un recurso muy útil en estos dos momentos del día. De hecho, si solo quieren desayunar o merendar una pieza de fruta, tampoco pasa nada ya que irían a completar el 50% de las frutas/verduras de todo el día, por que, no lo neguemos, del 25% de cereales y 25% de proteínas en España solemos ir sobrados. La verdad es que la fruta es un recurso nutritivo y saludable que no debería faltar en la alimentación de ningún niño (y adulto), además hay un montón de variedades diferentes dependiendo de la temporada, así que la monotonía no debería ser un problema.


En resumen, el Plato de Harvard es una herramienta fácil y sencilla para hacer que los platos de vuestros hijos sean sanos y saludables. Sin embargo, la comida tradicional mediterránea se compone de varios platos a lo largo de una misma comida. Esto no debería impedir que la alimentación de vuestros hijos sea saludable siempre que cumpláis la regla del 50% de frutas/verduras, 25% de cereales y un 25% de proteínas que nos proponen nuestros amigos ingleses al sumar el total de los platos de una comida o el total de las comidas de todo un día. Al final, la planificación es la clave.

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¿Cuándo debería empezar a dar la cena a mi bebé?

Como todos sabréis, hasta los 6 meses de edad los niños son capaces de crecer y desarrollarse de forma adecuada con la leche como único alimento. Una vez alcanzada esa edad se hace necesario que el niño se alimente de otras cosas para cubrir junto a la leche todos los requerimientos nutricionales que necesitan. Este periodo se conoce como alimentación complementaria y se extiende hasta los 12 meses. Durante ese tiempo la leche sigue teniendo un papel principal en la alimentación de los niños (ya sea de pecho o de biberón), pero de manera progresiva va perdiendo protagonismo hasta convertirse en un alimento más dentro de lo que debería ser una alimentación variada.

A nadie se le debería escapar que aunque la leche sigue siendo muy importante entre los 6 y 12 meses, de la noche a la mañana no es posible que un niño pase de comer “casi todo leche” a comer “muchas cosas aparte de leche”. Y en ese camino hacia alimentarse como un niño mayor surgen las papillas y los purés o los trozos, si es que habéis optado por el Baby Led Weaning, que en general el niño se zampa a la hora de la comida y de la merienda acompañados muchas veces de un poco de teta de mamá o un biberón calentito.

Pero, ¿y las cenas? ¿Cuándo deben los niños empezar a tomar una cena como parte de su alimentación? Esta es una pregunta que nos habéis hecho muchas veces y que os vamos a intentar contestar en este post.

El convencionalismo de los horarios de las comidas

¿Nunca os habéis preguntado por qué las verduras se dan a la hora de la comida y la fruta en la merienda? La verdad es que basta con preguntar a cuatro o cinco familias con hijos pequeños y lo más probable es que todas coincidan en ese horario.

Cuando comienzas con la alimentación complementaria, lo más habitual es empezar por la verdura o por la fruta a la hora de la comida o la merienda. Durante los primeros meses es normal que el niño coma poco y por eso se complete esa toma con leche. Pero a medida que pasa el tiempo esas verduras o esas frutas acaban sustituyendo totalmente una de las tomas de leche que hacía el bebé.

Cuando la madre opta por mantener la lactancia materna más allá de los 6 meses, ese horario resulta muy práctico ya que suele coincidir con las horas en las que la mamá no está en casa si es que se ha incorporado a trabajar y de esta forma al bebé se le puede seguir alimentando sin tener que darle un biberón. Por extensión, las que han optado por dar leche artificial a sus hijos suelen seguir también este horario. Y mira tu por donde, es el horario que también siguen en las escuelas infantiles para dar de comer y merendar a los niños.

Este horario de comidas no deja de ser un convencionalismo social que se extiende durante toda la vida ya que a esas horas los niños con algo más de edad suelen hacer la comida y la merienda, al igual que hacemos los adultos. Al fin y al cabo, cuando a un bebé se le dan las verduras para comer y la fruta para merendar no estamos haciendo otra cosa que imitar lo que sucederá a lo largo de su infancia y seguramente de toda su vida, es decir, establecer un horario más o menos fijo en el que hacemos tal o cual comida.

Y aunque no lo parezca, este es un hecho muy importante que ocurre durante el periodo de alimentación complementaria que, no lo olvidemos, consiste en pasar de alimentarse como un bebé a como un niño mayor.

El ejemplo de la enfermera que trabaja de noche

Hace unos años nos preguntó una amiga enfermera que si no podía darle a su bebé de 6 meses las verduras a la hora de la cena y la fruta en el desayuno. Ella quería seguir manteniendo el pecho y como trabajaba haciendo noches se había planteado darle la teta al niño mientras ella estuviera en casa (casi todo la mañana y buen parte de la tarde) y que su pareja le diera los purés y las papillas cuando se tenía que ir a trabajar.

Este ejemplo real ilustra muy bien que no es necesario seguir a rajatabla el convencionalismo que la gran mayoría hemos utilizado en los horarios de las comidas de nuestros hijos y que existen muchas posibilidades (tantas como familias, cada una con sus necesidades). Al final, lo importante es lo que coma el niño a lo largo de todo el día y no tanto si las verduras de las damos a la 1 pm o las 8pm.

Con el paso del tiempo nuestra amiga fue dejando el pecho y como el desayuno y la cena ya los tenía cubiertos, empezó a darle algo de puré en la comida y algo más de fruta en la tarde. Al llegar a los 12 meses la criatura se tomaba un poco de leche por la mañana y por la noche, una pieza de fruta a media mañana, un puré de verduras con proteína a la hora de la comida y fruta variada con algo de pan para merendar. A medida que fue creciendo comenzó a mostrar interés por lo que comían sus padres, así que en la cena le daban algo de lo que hubieran preparado para ellos ese día, por ejemplo una tortilla con brócoli, arroz con verduras, pasta con calabacín o ensalada de tomate y atún.

Como veis, este niño llegó a los doce meses con el mismo horario de comidas convencionales que nos hemos autoimpuesto como sociedad, aunque por un camino distinto. Al final, no es tan importante empezar por la merienda o la comida; lo que realmente importa es que llegados a los 12 meses los niños coman lo más parecido posible a los adultos, dentro de una alimentación sana y variada, tanto en alimentos como en horarios.

Vale, ¿pero entonces cuándo le empiezo a dar cenas a mi hijo?

Espero que con este ejemplo os hayáis dado cuenta de que no hay una edad concreta a la que se deban empezar las cenas. De hecho, ningún manual de nutrición pediátrica establece si deben darse primero las comidas, las meriendas o las cenas o a que edad se debe empezar con cada una ellas.

Sin embargo, la mayoría de nosotros no tenemos el horario de trabajo de nuestra amiga enfermera, por lo que al final lo más práctico es empezar con las verduras en la hora de la comida y las frutas en la hora de la merienda. Debido a que la introducción de los diferentes alimentos debe ser progresiva para detectar alguna alergia (recordad que hay que separar cada alimento nuevo 2-3 días del anterior), al final tardas varias semanas en que un bebé de 6 meses tome un puré con al menos 4-5 verduras diferentes o una papilla con fruta variada. Si a esto le sumas que al puré de verduras hay que añadirle la parte proteica (pollo, ternera, pescado, huevo, legumbres…), no es raro que hasta los 8 o 9 meses el niño no haya establecido una rutina de comida y merienda estable en la que toma una buena cantidad de alimentos diferentes a la leche.

A partir de esa edad, más o menos a los 9 meses, los niños empiezan a mostrar mucho interés en las cosas que comemos los adultos y muchas veces se relamen al ver nuestros platos comparados con su tazón de puré. En mi opinión, este es un buen momento para que los niños empiecen con la cena. No hace falta que les calcéis un tazón de puré como el de la comida de buenas a primeras, ya que después de la cena siguen haciendo una toma de leche, pero no está mal que a partir de esta edad les empecéis a ofrecer algo para completar la toma de leche antes de dormirse. Además, es con esta edad con la que se recomienda que los niños que han iniciado la alimentación complementaria con triturados empiecen con los sólidos, así que mira, qué mejor momento para que les demos de comer lo mismo que nos hemos preparado nosotros para cenar. En cuanto a qué alimentos les podéis dar, valdría cualquiera que ya sepamos que el niño tolera.

Con el paso del tiempo vuestro hijo irá comiendo cada vez más cantidad de comida a la hora de la cena y desplazará a la leche como alimento principal a esta hora del día, porque recordad que hacia los 12 meses ya deberían comer como un niño mayor (tanto en horarios como en variedad de alimentos).

Si os trae por la calle de la amargura tener que preparar una comida sana y variada para vuestros hijos en el horario de la comida y estáis dándole vueltas a qué podéis preparar en la cena para no ser repetitivos, recordad que el Plato de Harvard es una herramienta muy útil para tener ideas en cuanto a una alimentación sana y variada.


En resumen, los horarios a los que hacen las comidas los niños imitan al convencionalismo de los horarios de los adultos. Sin embargo, no hay una pauta que establezca cuando un niño debe empezar con la comida, la merienda o la cena. Parece razonable empezar por las verduras a mediodía y las frutas en la tarde al comenzar con la alimentación complementaria y dejar para un poco más adelante las cenas. Un buen momento para ello es hacia los 9 meses.

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¿Desde cuándo pueden los niños tomar yogur?

Llega un momento en la vida de los niños en la que sus padres se preguntan cuándo pueden tomar un yogur como parte de su alimentación. Todos tenemos claro que hasta los 6 meses de vida un bebé puede (y debe) alimentarse solo de leche, ya sea esta materna o una fórmula artificial. A partir del año de edad, el sistema digestivo de los niños habrá madurado lo suficiente para que puedan tomar leche entera de vaca, sin que sea necesario que recurráis a las “de crecimiento” (o tipo 3) que se anuncian a bombo y platillo en los medios de comunicación.

Pero, ¿y qué pasa con el yogur? ¿Pueden los niños tomar lácteos procedentes de leche de vaca antes de los 12 meses? ¿Y los yogures para bebés son “buena idea”? Todas estas son muy buenas preguntas que a lo largo de este este post intentaremos daros respuesta. Vamos a ello!!

¿Qué es el yogur?

El yogur es un producto lácteo fermentado, es decir, a través de un proceso controlado en el que se añaden bacterias a la leche se consigue que la leche en versión “líquida” cambie y se produzca el yogur. Ese proceso es relativamente complejo y no lo vamos a explicar aquí, pero sí que querríamos tranquilizaros si os habéis alarmado al leer que el yogur se fabrica con “bacterias”, ya que las que se utilizan para este procedimiento no producen enfermedades en las personas, de hecho, muchas forman parte de la microbiota intestinal de todos nosotros.

Como sabréis, hay muchos tipos de yogures, pero básicamente este producto lácteo cumple dos características que lo hacen diferente a la leche líquida. Por un lado, al fermentar adquiere una textura semisólida, o al menos que se puede coger con una cuchara sin que se desparrame. Y por otro, debido también al proceso de fermentación, las bacterias transforman la lactosa (el azúcar presente en la leche de forma natural) en ácido láctico, lo que le da su característico sabor que a muchos niños (y también adultos) no les gusta. Durante ese proceso, el yogur mantiene gran parte de sus propiedades nutricionales como la de ser una excelente fuente de calcio.

¿Cuándo puedo dar a mi hijo yogur?

La Asociación Española de Pediatría (AEP) nos recuerda en su documento sobre Alimentación Complementaria que a partir de los 12 meses los niños ya pueden tomar leche de vaca “sin procesar” de forma libre. Es decir, cumplido el primer año de vida ya no es necesario que los niños tomen una fórmula artificial de leche, si es que no están tomando pecho. Esto se debe a que a partir de esa edad tanto los riñones como el intestino son lo suficientemente maduros como para tolerar la leche de vaca sin que esta les produzca daño. Ojo, que no estamos diciendo que sea obligatorio dar leche de vaca a los niños mayores de un año, pero los lácteos son una excelente fuente de calcio que los hace un alimento muy completo para la alimentación infantil.

Pero, ¿y el yogur? Porque el yogur no es leche, es “otra cosa”. La propia AEP nos recuerda que a partir de los 9 o 10 meses los niños pueden empezar a tomar lácteos procedentes directamente de leche de vaca en pequeñas cantidades, como por ejemplo el yogur o el queso fresco, siempre y cuando la cantidad que tomen no supere el 30% del aporte lácteo al día.

No os preocupéis que no hay que calcular nada. Como hacia los 9-10 meses lo niños suelen tomar más de 500 mL de leche al día, sustituir una de esas tomas por un yogur o una tarrina de queso fresco no va a hacer que superéis el límite recomendado. Ojo de nuevo: dar yogur a los niños no es obligatorio, pero es un recurso que os puede facilitar muchas meriendas y desayunos de vuestros hijos. Lo que sí que debéis evitar son los derivados lácteos estilo pettit-suis, natillas o similares porque, aunque se podrían dar a partir de los 9-10 meses como el queso fresco y el yogur, son alimentos poco saludables cargados de azúcares y grasas que no benefician en anda a vuestros hijos.

¿Y qué tipo de yogur debería dar a mi hijo?

Basta con pasearse por el supermercado para darse cuenta que existen miles de tipos de yogures diferentes: sabores, texturas e, incluso, el tipo de leche con el que están fabricados. Sin embargo, el yogur natural sin azúcar, el normal de toda la vida, es el más (si no el único) recomendable para dar a un niño a partir de los 9-10 meses. Si tenéis dudas de si os la están colando, basta con que miréis en la etiqueta para comprobar que, de forma aproximada, el yogur natural sin azúcar añadido contiene un 3% de grasa, un 4% de azúcares y un 3% de proteína.

El resto de yogures que encontréis en el lineal del súper no aportan ningún beneficio sobre el yogur natural, además suelen llevar azúcares añadidos o saborizantes para camuflar ese sabor ácido que a muchas personas no les gusta. Si a tu hijo no le gusta el yogur natural sin azúcar, siempre será mejor darle leche antes que un yogur azucarado, que así a lo tonto lleva un sobre de azúcar de los de cafetería añadido por cada ración.

Algunos sabréis que también están comercializados yogures sin azúcar añadido pero que “saben bien”. Esto es porque en vez de azúcar, en el proceso de fabricación del yogur se le añade algún tipo de edulcorante. Desde luego que este tipo de aditivos son seguros, sin embargo inclinan al cerebro del niño a tener preferencia por sabores dulces, por lo que tampoco son recomendables.

En resumen: yogur natural sin azúcar, si es que creéis que este alimento debe formar parte de la alimentación de vuestros hijos.

¿Y qué pasa con los yogures “para bebés”?

Muchos también sabréis que existen yogures que se publicitan como aptos a partir de los 6 meses con un slogan muy parecido a “Mi primer yogur”. ¿Cómo es posible que un bebé de esta edad pueda tomar este tipo de yogures si acabamos de decir que la AEP no recomienda su introducción hasta los 9-10 meses? La explicación es muy sencilla.

Este tipo de yogures se fabrican con leche de continuación (tipo 2), que es la leche de fórmula indicada para los bebés entre los 6 y 12 meses de edad que no toman pecho. En este sentido son yogures que se pueden dar desde los 6 meses, pero detrás de ellos hay mucho marketing y pocas necesidades reales de lo que necesita un niño.

Este tipo de yogures no son necesarios para un niño. Como sabréis, a partir de los 6 meses un niño debe empezar con la alimentación complementaria, pero la leche sigue siendo el alimento principal. Durante esos meses el bebé irá comiendo cosas nuevas (frutas, verduras, carne, pesado, legumbres…) de manera progresiva. No es una carrera por ver quién come de todo antes, y en ese sentido no pasa nada por esperar hasta los 9-10 meses para darle a niño su “primer yogur normal natural sin azúcar”, sin pasar por el “mi primer yogur de leche de continuación” que anuncian en todos lados.

Además, muchos de estos yogures pensados para bebés son de sabores o tienen azúcares añadidos, que como ya hemos dicho antes no son recomendables para niños de ninguna edad.

Y después de todo esto, ¿es obligatorio que le dé yogur a mi hijo?

En la alimentación de un niño pequeño ningún alimento es “obligatorio”, ya que lo que realmente es importante es que coman sano y lo más variado posible. En ese sentido, el yogur (o cualquier otro derivado lácteo) es un recurso más como parte de una alimentación saludable, pero de ahí a que los niños tengan que comer yogur todos los días hay un trecho muy grande.

A nosotros nos ayuda mucho a solucionar una merienda o el postre de una cena, pero lo tenemos integrado como un alimento más que podemos ofrecer a nuestros hijos.


En resumen, a partir de los 9-10 meses a los niños se les pueden ofrecer lácteos precedentes de leche de vaca en pequeñas cantidades. El yogur es el ejemplo más típico, que debe ser siempre natural sin azúcar. Sin embargo, no es obligatorio que los niños tomen yogur, sino que debe verse como un alimento más que ofrecer a nuestros hijos dentro de una alimentación variada y saludable.

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¿Desde cuándo pueden beber agua los bebés?

Ahora que llega el buen tiempo y empieza a hacer calor, muchas madres se preguntan si sus hijos pequeños pueden beber agua para calmar la sed que creen que tienen, en un intento de resfrescarles un poco el espíritu. Porque quizá en Gijón, con la brisa del mar y alguna que otra tormenta, no haga falta, pero en Sevilla, a 43º a la sombra, ¿quién no le daría un buen lingotazo a la fuente del parque para apaciguar el calor del verano? Seguro que todos.

Antes de meternos en faena vamos a dejar claros un par de conceptos. A lo largo de este post nos referiremos como “bebés” a aquellos niños que todavía toman lactancia (ya sea materna o artificial) como la parte fundamental de su alimentación, que como bien sabréis son los menores de un año. Por tanto, el título de esta entrada se podría cambiar por “¿cuándo pueden beber agua los niños menores de un año?”… De esa edad en adelante haremos mención al final de este artículo. Vamos a ello!!

Las necesidades de líquidos de un bebé

Una de las cosas que te grabas a fuego cuando estudias pediatría es la cantidad de mililitros (mL) que necesita un niño según su peso para cubrir sus necesidades hídricas diarias. Es lo que se conoce como regla de Hollyday y nos sirve a los pediatras, por ejemplo, para calcular el suero que tenemos que poner a un niño al que van a operar de una apendicitis para que no se deshidrate, pero también para calcular qué cantidad de leche debería tomar un bebé para mantenerse bien hidratado y crecer de forma adecuada.

Otra cosa que seguro que sabéis es que hasta los 6 meses de vida, los bebés sanos son capaces de alimentarse solo de leche, ya sea materna o artificial. De ahí que la recomendación tanto de la OMS como de la Asociación Española de Pediatría sea la de esperar hasta esa edad para iniciar la alimentación complementaria, es decir, los alimentos diferentes a la leche.

Os parecerá una tontería, pero ¿cómo puede entonces mantenerse un niño tan pequeño bien hidratado si sólo toma leche? Pues aquí es donde la naturaleza hace su magia, porque ¿sabéis qué? Cerca del 90% de la composición de la leche materna (y también de la artificial) es agua, lo que garantiza que el bebé toma líquidos suficientes siempre y cuando se respete la lactancia a demanda.

Pero si la leche es agua casi en su totalidad, ¿puedo darle entonces agua a mi bebé?

Seguro que a más de uno le habrá saltado esta pregunta a la cabeza y tiene toda su lógica, sobre todo a los que alimentáis a vuestros hijos con leche artificial: si para preparar un biberón pongo unos polvos en un recipiente con agua, ¿que tiene de malo que le de un poco de agua sin más? Parece lógico, ¿verdad? Incluso, “¿qué más dará un lingotazo de agua en vez de la teta de mi mamá? Así la dejo descansar un rato…”.

El problema surge porque los bebés más pequeños notan hambre cuando se les vacía el estómago, a diferencia de los adultos que nos damos cuenta de que queremos comer de forma diferente. Si a un bebé que pide le damos unos buchitos SOLO de agua, su cuerpo pensará que está comiendo y es probable que luego no reclame una toma cuando realmente le toca, ya sea de teta o de biberón.

Por eso los pediatras repetimos como un mantra “la lactancia debe ser a demanda”, lo que garantiza que el niño toma los nutrientes que necesita, pero también los líquidos que le hacen falta. En verano, cuando hace calor y el niño tiene más sed, esta será más frecuente, así como cuando tiene una gastroenteritis ya que las necesidades de líquidos son mayores. Por eso es muy habitual que durante la época estival los bebés reclamen más tomas de lo que hacían habitualmente. Además, recordad que la primera parte de una toma de lactancia materna tiene sobre todo agua, por eso esas tomas “extra” que hacen en verano os puedan parecer solo un chupito comparadas con las que hace cuando os vacían el pecho entero.

¿Y que pasa a partir de los 6 meses?

Entre los 6 y los 12 meses de vida, los niños realizan una transición entre la lactancia exclusiva a comer “de todo”, es decir, como un adulto. En ese proceso la leche va perdiendo protagonismo hasta que, al rededor del año de vida, no representa más del 30% de la ingesta calórica diaria (no os volváis locos que no hace falta que calculéis nada). A este periodo de la vida se le conoce como alimentación complementaria.

Como os podéis imaginar, si la leche, que era la fuente única y principal de líquidos para un niño menor de seis meses empieza a perder protagonismo, algo habrá que hacer para que el niño no se deshidrate. Pero no os preocupéis que está todo pensando.

Los alimentos que acompañan a la leche como parte de la alimentación complementaria también contienen agua. Por ejemplo, las frutas son casi todo agua: las fresas un 91%, la manzana un 84%, la naranja un 88%… Y en cuanto a las verduras: las judías verdes un 90%, el calabacín un 95%, la zanahoria un 88%… Además, ¿quién hace un puré de verduras en seco? Todo esto pone de manifiesto que aunque un niño no tome leche para comer o para merendar, parte de la ingesta hídrica que necesita la compensa con los propios alimentos que ha comido.

De todas formas, sobre todo en los niños que toman lactancia artificial o en aquellos que toman materna y su mamá no está presente, no está de más que a partir de los seis meses se les ofrezca (ojo, ofrecer no es forzar a beber) un poco de agua en las comidas, como parte de los líquidos que deben tomar a diario.

¿Y qué es mejor: con vasito o biberón?

Habréis visto en las tiendas para bebés multitud de cacharros para enseñar a los niños a beber: que si vasitos con boquilla, que si vasitos 360º, que si tazas con asas ergonómicas, que si biberones de agua…

La verdad es que da un poco igual lo que utilicéis cuando llegue el momento de ofrecer agua a vuestro hijo. Sin embargo, tenéis que pensar que no es lo mismo tomar teta o un biberón, que tomar un vaso de agua. Así que cuanto antes empecéis el entrenamiento de “tragar” agua como un niño mayor, pues mejor que mejor.

Tampoco pasa nada por hacerlo poco a poco, pero si que es importante que tengáis en la cabeza que los niños se hacen mayores y cuanto antes les quitemos los vicios de bebé, pues mejor que mejor, que luego queremos hijos autónomos a los que no les hemos dado esa oportunidad.

Y si os estáis preguntando que si hay que hervir el agua o debe ser mineral… supongo que ya sabéis que no es necesario. Basta con que ofrezcáis a vuestros hijos la misma que tomáis vosotros: si es del grifo porque vivís en Madrid y dicen que el agua es maravillosa, pues fenomenal; si vivís en zona de costa y no os gusta el sabor y tomáis embotellada, pues tampoco pasa nada… Normalización y sentido común.

¿Y a partir del año de vida?

Como decíamos, a partir del año de vida los niños están sobradamente preparados para comer como un adulto, y en ese sentido el agua es la bebida que no debe faltar en la mesa cuando se sientan a comer o cenar. No pasa nada porque también les deis un poco de leche como parte de esas comidas, pero recordad que esta “bebida”, además de agua, contiene hidratos de carbono, proteínas y grasas que podrían sobrealimentar a vuestro hijo si es que solo tenía sed. Al fin y al cabo, la leche es una fuente no desdeñable de calorías que se debe dar (si es que esta es vuestra decisión) como parte de un alimentación sana y equilibrada.

El problema que tienen los niños pequeños de uno o dos años es que tienen pocos recursos para pedir lo que necesitan, y podría ocurrir que tengan sed y no tengan acceso al agua. Por eso es muy importante que se la ofrezcáis de vez en cuando (otra vez, ofrecer no es forzar), para que beban si es lo que les apetece (por ejemplo, podéis llevar una cantimplora con un vasito en el carro cuando salgáis de paseo para que no os pille desprevenidos). A media que se vayan haciendo mayores estarán más capacitados para transmitiros lo que quieren, de hecho, la palabra “agua” es de las primeras que aparecen en el vocabulario infantil.


En resumen:

  • Hasta los seis meses de vida no se recomienda que los bebés tomen agua ya que con la leche materna o la artificial se cubren las necesidades diarias de líquidos que un niño necesita.
  • Entre los seis y los doce meses, cuando se comienza con la alimentación complementaría, los bebés pueden empezar a beber agua con las comidas en pequeñas cantidades, manteniendo la leche como el aporte hídrico principal.
  • Una vez cumplidos los doce meses la cosa se invierte y es el agua el principal líquido que un niño debería beber.

NOTA: como habéis podido leer, no hemos mencionado ningún otro liquido que no sea agua o leche, ya que no se recomienda que los niños pequeños (y seguramente tampoco los adultos) tomen bebidas para hidratarse diferentes a estas. Otra cosa es que de forma puntual, nos tomemos un refresco que de vez en cuando sienta de maravilla.

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¿Qué hago con el pecho si me incorporo al trabajo antes de los 6 meses?

La alimentación complementaria es el periodo de la vida en el que la leche ya no es suficiente para cubrir las necesidades del bebé y se hace necesaria la introducción de nuevos alimentos. Las recomendaciones actuales de la Organización Mundial de la Salud y de todas las asociaciones de pediatría señalan que hasta los 6 meses los niños pueden ser alimentados de forma exclusiva con leche, ya sea materna o artificial; pasada esa edad y de forma progresiva, el resto de alimentos cubrirá las necesidades nutricionales que la leche ya no es capaz de alcanzar. Esta transición acaba alrededor del año de vida en el que los niños pueden (y deben) comer de forma similar a los adultos (con contadas limitaciones).

En el caso de las madres que dan lactancia materna y sus bebés cumplen 6 meses, esta teoría no debería ser muy difícil de aplicar: barra libre de teta y que vayan comiendo de lo demás. De hecho, no debería ser muy diferente a los niños que reciben lactancia artificial si tenemos en cuenta que los biberones también se deben dar a demanda. En el caso de una madre que quiere seguir dando el pecho y se incorpora a trabajar pasados los 6 meses de vida de su bebé, la solución pasaría porque el niño comiera “otras cosas” mientras su madre no está en casa y aproveche cuando vuelva del trabajo para realizar las tomas de lactancia materna.

Todo esto es muy bonito y ojalá todas pudiéramos optar a bajas largas para cuidar a nuestros hijos para hacer de estas recomendaciones un camino de rosas. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Actualmente en España la baja maternal es de 14 semanas y, en algunos casos, se pueden sumar permisos de lactancia (cerca de otro mes) y vacaciones. Con suerte, algunas de vosotras conseguirá acercarse a los 6 meses de vida de vuestro bebé para comenzar entonces con la alimentación complementaria tal y como está recomendado y mantener el pecho si es que esa es vuestra opción.

Sin embargo, el verdadero reto es qué hacer cuando la madre se incorpora al trabajo entre los 4 y los 6 meses de vida de su hijo. Supuestamente no haría falta darle nada más que leche, pero eso, en muchos casos, obligaría a la introducción de una lactancia mixta en la que la madre daría el pecho mientras está con su bebé, entretanto éste toma biberones de fórmula en su ausencia.

Algunas os preguntaréis: ¿sólo hay esa opción? ¿Con lo que me ha costado llegar hasta aquí, ahora me toca darle fórmula? La respuesta es contundente: no siempre es necesario recurrir a una lactancia mixta si la madre se incorpora al trabajo entre los 4 y 6 meses de vida de su bebé.

Veamos que más opciones hay.

La más “sencilla” es la utilización de sacaleches (con muchas comillas). Seguramente es la “más recomendable” (otra vez con muchas comillas) ya que es la que alarga la lactancia materna hasta los 6 meses del bebé (o ya puestos, hasta el infinito) de tal forma que podríamos llegar a esa edad habiendo recibido sólo leche materna. Para ello, la madre debe sacarse leche en el trabajo y guardarla para al día siguiente, mientras su bebé toma biberones con la leche que su madre hubiera dejado el día anterior. Al volver del trabajo, la madre tendría que seguir ofreciendo el pecho a demanda a su hijo, incluyendo la noche.

Las comillas están puestas porque a veces no es fácil sacarse leche en el trabajo para cubrir la necesidades del bebé o simplemente algunas madres no se apañan con él o no están dispuestas a utilizarlo. Seguro que estáis pensando que hacer un pequeño banco de leche desde el nacimiento del retoño para cuando llegue este momento es lo más conveniente y, aunque puede ser útil, es harto complicado cuando el crío pide a demanda y sacarse leche durante esos meses puede hacer que el bebé coma menos de lo que necesite o sobreestimuléis vuestra producción de leche.

La otra opción que podéis valorar es adelantar el inicio de la alimentación complementaria. Como lo habéis oído. Es cierto que se puede esperar a los 6 meses, pero, como indica el documento sobre alimentación complementaria de la Sociedad Europea de Digestivo y Nutrición Infantil, los niños están preparados desde los 4 meses para aceptar una gran variedad de alimentos distintos a la leche. De esta forma, se abre una ventana de oportunidad para mantener el pecho sin que sea necesario recurrir a la fórmula artificial ni al sacaleches para cubrir el tiempoque la madre no esté con su hijo.

Cómo poner en práctica esta última opción es muy sencillo. Basta con empezar a introducir alimentos distintos a la leche unas semanas antes de que la madre se incorpore al trabajo, siempre y cuando el bebé ya tenga 4 meses, para así poder ofrecerle un puré de verduras o una papilla de frutas en las tomas que la madre no esté. Si optáis por el Baby Led Weaning, sería lo mismo pero con los alimentos enteros en vez de pasados por la minipimer, aunque con esta edad es difícil que estén preparados para ello (ya que no suelen estar sentados, haber perdido el reflejo de extrusión…). Con esta opción, los niños recibirán la leche que necesitan cuando su madre vuelve del trabajo, la cual seguiría ofreciendo el pecho a demanda a su bebé al llegar a su domicilio y durante la noche.

Esta opción que acabáis de leer, la de adelantar la alimentación complementaria, es muy útil para las madres que no pueden utilizar sacaleches en su trabajo o simplemente no quieren hacerlo y han decidido mantener el pecho pero no quieren dar leche de formula a sus hijos.


Como veis, no hay una única opción para sustituir al pecho una vez que os incorporéis al trabajo si vuestro crío no ha cumplido 6 meses. En resumen, podríais optar por alguna de  estas formas o incluso combinarlas:

  • Mantener la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses utilizando sacaleches.
  • Optar por una lactancia mixta hasta llegar a los 6 meses.
  • Adelantar la alimentación complementaria, siempre y cuando el bebé ya tenga 4 meses, para cubrir las tomas en las que mamá no esté en casa.

En esta vida cada persona tiene unas necesidades diferentes. Lo que para una madre es la única y mejor opción, para otra puede ser un imposible. De hecho, igual de respetable es la madre que deja el pecho al iniciar el trabajo que aquellas que nunca lo dieron o que lo han decidido mantener hasta que sus bebés decidan dejarlo por ellos mismos

Bibliografía:

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¿Por qué a mi hijo no le gustan las verduras?

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Fuente: Pixabay

Llega un momento en la vida de todo niño en el que se tiene que enfrentar a su primer plato de verduras. Para la mayoría será en torno a los seis meses de vida, momento en el que la leche, ya sea materna o artificial, no es suficiente de forma exclusiva para cubrir las necesidades nutricionales de los niños, abriendo paso a la alimentación complementaria. Algunos optaréis por purés y otros por verduras directamente en trozos, pero de lo que no hay duda es que, en la gran mayoría de los casos, la primera impresión que os causará la cara de vuestros hijos al tomar tan estupendos manjares es que más que estar agradecidos, es que les da asco.

¿Cuántos de vosotros habéis tenido que tirar tarros enteros de comida a la basura porque vuestros hijos no abren la boca y montan el lío padre cada vez que llega la hora de la comida? Estoy convencida que muchos, si no todos. De hecho, me juego una mano a que a más de uno esto le habrá pasado tanto con las verduras como con las frutas o con cualquier nuevo alimento que hayáis intentado ofrecer a vuestros hijos pequeños.

Tal suele ser la desesperación que esto genera en los padres que, al final, muchos pensaréis que a Manolito no le gustan las verduras o que a Lola la fruta le da asco, mientras buscáis una solución que os permita mantener una alimentación saludable en vuestros hijos.

En este post trataré de explicaros por qué se da esta situación, tanto en lactantes pequeños como en los niños que empiezan a tener autonomía para comer. Espero, que entendiendo por qué ocurre, afrontéis esta etapa de la vida de vuestros hijos sin caer en al desesperación.

La preferencia por lo dulce y lo salado

Hagamos un experimento mental. Si os dieran a elegir a ciegas, sin haberlo probado nunca, entre un vaso de cerveza o un batido de chocolate, ¿cuál creéis que diríais que os gusta más? Apuesto a que la gran mayoría optaría por el batido, mientras que sólo unos pocos elegirían la cerveza. De hecho, la sabiduría popular dice que la cerveza te empieza a gustar a partir de la número cien que te tomas; incluso para algunos, nunca llega a ser un sabor agradable.

La elección de qué sabores nos gustan y cuáles no, tiene un claro componente innato, es decir, está condicionado desde el nacimiento. Y esto que nos pasa a los adultos, como en el ejemplo de la cerveza y el batido, es, si cabe, todavía más importante en los niños, sobre todo durante el periodo de alimentación complementaria.

Desde hace muchos años sabemos que las personas preferimos los sabores dulce y salado. Las explicaciones a por qué esto ocurre son variadas, pero la mayoría de ellas acepta que, debido al instinto de supervivencia del ser humano, éste prefiere alimentos ricos en hidratos de carbono y minerales, los cuales abundan en los que tienen estos sabores. De forma similar, los alimentos amargos y ácidos suelen ser rechazados, probablemente porque la mayoría de los alimentos tóxicos que encontramos en la naturaleza tienen estos sabores.

Quizá ahora entenderéis por qué vuestro hijo os puso esa cara la primera vez que le intentasteis dar un puré de verduras o las pedorretas que os sacaban de quicio con las primeras papillas de frutas. O porqué algunos niños al inicio del Baby Led Weaning, lanzan más comida al suelo en vez de dar palmas con las orejas al llevarse el brócoli a la boca.

Por fortuna, esta preferencia por los sabores dulces y salados y el rechazo a los amargos y ácidos puede modificarse. Por un lado habrá que ofrecerles desde que son pequeños esos sabores que no les gustan y, por otro, no estimular continuamente esa predilección por los que acepta de buen grado.

El que la sigue, la consigue

Si os estáis preguntando cuánto hay que esperar para que un niño acepte un sabor nuevo, la respuesta más sincera es que probablemente mucho. Algunos tendréis la suerte de tener un glotón que pide más y más desde el principio; para otros, la diosa fortuna os habrá regalado un tiquismiquis con el que hay que trabajárselo.

Mientras esto ocurre y hasta que vuestros hijos acepten un alimento nuevo, los padres debéis cargaros de paciencia y no desistir por mucho que penséis que el niño os ha salido especialito. Aunque no lo parezca, estaréis sentando las bases de su futura alimentación. No quiero desanimaros, pero a veces se requieren hasta 10 o 15 exposiciones a un sabor nuevo para que el niño no diga tururú que te ví.

Como veis, esto de la alimentación complementaria es una carrera de fondo. Quizá por eso, durante los primeros meses, no pasa nada porque coman poco de las cosas que no son leche. Con el paso del tiempo su catálogo de alimentos irá aumentado hasta alcanzar el año de vida, momento en el que la leche no debería representar más de un 30% de lo que comen a diario (ya sea materna o artificial).

Además, para mantener el gusto recién adquirido por esos nuevos sabores, los niños deben mantener el contacto con esos alimentos a menudo. A este respecto, hay estudios que demuestran que las exposiciones frecuentes a vegetales hacen que los niños no pierdan el gusto por ellas, mientras que aquellos que las toman de pascuas a ramos acaban olvidando que esos sabores no estaban tan malos, lo que acaba en muchas ocasiones en rechazo.

Sé por experiencia que “enseñar” a comer a un niño puede acabar con la paciencia de cualquiera. Pero también sé que cuantos más alimentos diferentes coman los niños de pequeños, más variado comerán de mayores. Aquellos niños restrictivos que llegan a los dos o tres años comiendo pocas cosas, es muy probable que mantengan esa actitud durante el resto de su infancia (y también en la vida adulta). Por eso, sin que suene a regañina, no dejéis nunca de ofrecer esos alimentos que creéis que no les gustan cuando todavía su mente es moldeable.

La adolescencia de los dos años

Si la desesperación os atacó cuando ofrecíais las primeras papillas a vuestros hijos… ¿qué me decís de ese momento en el que vuestro retoño que siempre había comido bien decide que ya no le gustan las verduras y de buenas a primeras empieza a rechazar lo que antes comía con gusto? No me extrañaría que además ese pequeñajo tuviera cerca de dos años de edad.

Hay gente que los llama “los terribles dos”, pero a ese periodo de la vida en el que los niños empiezan a tener conciencia de si mismos y desarrollan su personalidad, a mi me gusta llamarlo “la adolescencia de los dos años”. A algunos, les toca un poco antes, pero en general se puede observar entre los 18 meses y los 3 años. No penséis que me estoy volviendo loca, porque esto que os cuento tiene mucho que ver con que los niños de esta edad rechacen las verduras.

Durante esta etapa del neurodesarrollo, el niño aprende a decir “no” y, además, lo utiliza con toda la intención del mundo cuando no quiere algo. Así, un día puede estar zampándose un plato de brócoli como si de caviar se tratase y al siguiente dice que no, sin que puedas hacer nada al respecto para que abra la boca ¿A que ahora entendéis lo de la adolescencia?

Durante esta época, la neofobia también tiene un papel muy importante. Con ella designamos a la situación en la que se tiene “miedo a lo desconocido”. En el día a día de un niño pequeño lo podéis ver en que, por ejemplo, no saluda a un familiar que le vais a presentar o prefiere jugar con el mismo peluche antes que jugar con uno nuevo.

Esta situación también se traslada a la comida y no es raro que rechacen alimentos en los que habéis cambiado el aspecto. Por ejemplo, que solo quieran los macarrones de casa y digan que los de la abuela no les gustan.

Por fortuna, como ocurre también en los adolescentes, este periodo de la vida no dura para siempre. En torno a los tres o cinco años este miedo desaparece y empiezan a ganar autonomía para decidir qué quieren comer sin que todo sea siempre la negativa por respuesta. Está claro que si les dejáramos, elegirían aquellos alimentos que más les gustan, sin embargo, no suele ser tan difícil convencerlos de que coman lo que ese día habéis preparado.

Entendiendo todo esto que les pasa a los niños al llegar a esta edad, no queda otra que afrontar este periodo de la infancia con mucha tranquilidad. Pensad que en unos meses todo mejorará y que aquello que ahora os hace desesperar forma parte de la evolución normal de cualquier niño.


Sé que este post no es el remedio maravilloso que muchos habéis entrado a buscar. De hecho, ese remedio mágico para que vuestros hijos coman verduras no existe. En todo caso es un conjunto de medidas que debéis aplicar con paciencia desde que son pequeños. Espero que al menos, saber por qué ocurren estas cosas os ayude. No desesperéis y ánimo!!

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NOTA: quizá algunos os habéis sorprendido al ver que en uno de los párrafos he afirmado que la leche debe ser el 30% de lo que come un niño a partir del año de vida. Sin embargo, la leche no es imprescindible (ni mucho menos). Aquellos padres que no deseéis que vuestros hijos tomen leche, tendréis que programar una alimentación en la que ofrezcáis a vuestros hijos alimentos ricos en calcio de forma suficiente para cubrir sus necesidades diarias.

¿Es obligatorio que los niños tomen leche de vaca?

Que la leche de vaca es un alimento rico en calcio es una verdad innegable. De hecho, esta bebida es de las fuentes más ricas de este mineral que nos podemos llevar a la boca. Sin embargo, muchos padres y madres de hoy en día se preguntan si realmente es necesario que los niños sigan la ya clásica recomendación de tomar al menos medio litro de leche al día para recibir el calcio que necesitan.

Como ya sabréis, la Organización Mundial de la Salud recomienda que los niños sean alimentados con lactancia materna exclusiva hasta los seis meses y, a partir de entonces, de forma complementaria con otros alimentos, siendo recomendable mantener el pecho hasta los dos años o más, siempre y cuando el bebé y la mamá quieran. Por desgracia, las tasas de lactancia materna en nuestro país rondan el 50% a los seis meses edad, porcentaje que disminuye de manera considerable cuando la mujer se incorpora al trabajo. Este hecho hace que la gran mayoría acaben optando por una fórmula adaptada si el niño tiene menos de doce meses y por leche entera de vaca a partir del año de vida para seguir alimentando a sus hijos.

Sin embargo, por el motivo que sea, algunos padres prefieren que sus pequeños no tomen leche de vaca o cualquiera de sus derivados. En ocasiones por seguir una dieta vegetariana, en otros por creer el falso mito de que produce mocos o, simplemente, porque a ellos no les gusta el sabor. El problema se plantea en qué hacemos entonces para compensar el calcio que dejan de tomar esos niños al no tener leche -o lácteos- entre sus alimentos habituales.

Las necesidades diarias de calcio

Si volviéramos a las clases de primaria que nos daban en el el colegio, recordaríamos sin dificultad que el calcio resulta esencial para mantener una buena salud ósea tanto en la infancia como en el resto de la vida. Además, interviene en otros procesos como la coagulación, la contracción del corazón o la transmisión del impulso nervioso, entre otras muchas cosas. De esto se desprende que, como pasa con otros tantos minerales y vitaminas que nuestro cuerpo necesita, hay que tomar una determinada cantidad al día para no caer en una deficiencia que pueda ser perjudicial para la salud y la máquina que es el cuerpo humano esté bien engrasada.

Hasta el año de vida, las necesidades de calcio de los menores de seis meses son de 200 mg/día y de 260 mg/día entre los seis y doce meses, necesidades que se cubren sin dificultad con la leche que toman a diario, ya sea materna o de fórmula, ya que, por debajo del año de vida, esté es su alimento principal.

A partir de esa edad, las recomendaciones diarias de calcio aumentan. Entre el año y los tres años son de 700 mg/día, hasta los ocho años de 1.000 mg/día y desde entonces hasta la pubertad de 1.300 mg/día.

Pero andar con números y cuentas es una pérdida de tiempo ya que en nuestro día a día, salvo en caso de enfermedades especiales o dietas muy concretas, no estamos contando los miligramos de cada alimento que comemos o cuál es su composición.

¿Y cuánto calcio aporta la leche de vaca?

He aquí el quid de la cuestión que nos ocupa. Cada 100 gramos de leche de vaca (unos 100 ml) contienen 125 mg de calcio. De forma más sencilla, una taza de las normales aporta unos 300 mg de calcio.

Quizá por ello, los pediatras hemos insistido tanto desde hace montones de años en lo recomendable que es que los niños tomen leche, ya que, por ejemplo, con un vaso en el desayuno y uno en la cena, las necesidades diarias de calcio quedan cubiertas en los menores de tres años. En el resto de edades, las necesidades son mayores pero también realizan comidas más grandes, por lo que el resto de alimentos suele compensar los requerimientos diarios que no se alcanzan con un par de vasos de leche. Sobra decir, que cualquier lácteo, como el queso y el yogur, también aportan mucho calcio por ración como lo hace la leche.

Sin embargo, la leche de vaca no es obligatoria. A todas luces no lo es. Lo que es obligatorio es que los niños (y los adultos) tomemos a diario el calcio que nuestro cuerpo necesita. Si este calcio proviene de la leche, pues fenomenal, pero si proviene de otra fuente, pues fenomenal también.

Pero una cosa hay que tener clara, la leche de vaca es una forma sencilla de que los niños tomen calcio ya que en un par de tragos llegan a las necesidades que necesiten cada día. Aquellos padres que decidan que sus hijos no van a tomar leche o sus derivados, tendrán que adaptar sus menús para no caer en una deficiencia.

Otros alimentos ricos en calcio

Existen en la naturaleza multitud de alimentos ricos en calcio. Algunos de estar por casa y otros más exóticos, pero todos, al fin y al cabo, en las estanterías del supermercado.

Por ejemplo, las legumbres, una excelente fuente de proteína saludable, tienen un alto contenido en calcio, sobre todo las alubias y los garbanzos. También los pescados estilo sardinillas, los langostinos, las gambas o los berberechos.

En el reino vegetal, las verduras de hoja oscura como las acelgas, las espinacas o el brócoli, también son un fuente considerable de este elemento. Así mismo, casi todos los frutos secos.

El problema de estas fuentes no lácteas de calcio surge porque una ración de estos alimentos no es comparable a la cantidad de calcio que aporta un vaso de leche. Veámoslo con un ejemplo a ver si se entiende mejor.

Para que un niño tome el mismo calcio que con un vaso de leche pero con brócoli, debe tomar unos 300 gramos de este vegetal. Si una ración normal de brócoli es de unos 70 gramos, significa que para compensar el calcio que aportaría la leche debe tomar unas cuatro raciones y media de esta verdura. O lo que es lo mismo, brócoli para desayunar, comer, merendar y cenar.

Con el resto de alimentos pasa lo mismo, se necesita más de una ración al día para alcanzar a una taza de leche. Esto se debe a que, a pesar de que el contenido en calcio de estos alimentos es alto, su biodisponibildad y absorción en comparación con la leche es mucho menor.

La verdad es que no pasa nada porque los niños no tomen leche de vaca, sin embargo, aquellos que no lo hagan tendrán que incluir de forma habitual en sus menús diarios alimentos ricos en calcio para compensar las necesidades diarias.

Por último, no querría acabar este post sin hablar de las bebidas vegetales. Muchos padres están optando por ellas como sustituto a la leche de vaca y es una opción totalmente válida. Sin embargo, deben fijarse en que vayan enriquecidas con calcio para que 100ml de producto aporten 120 mg de calcio. De lo contrario, la idea de que al tomar alguna de estas bebidas compensa lo que aporta la leche es totalmente equivocada, ya que la mayoría de ellas, si no están enriquecidas, no aporta casi nada de calcio.


En resumen, la leche de vaca y los lácteos no son un alimento imprescindible durante la infancia, una vez que se ha completado el periodo de alimentación complementaria. Sin embargo, es un comida sencilla con la que es muy fácil que los niños alcancen los requerimientos diarios de calcio, lo que la convierte en un alimento de gran valor.

Aquellos padres que opten por no dar leche de vaca a sus hijos han de ser conscientes de que deben compensar con otros alimentos estas necesidades diarias de calcio.

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Addenddum: la leche de cabra es muy similar a la leche de vaca en cuento a contenido en calcio por lo que todo este post también es aplicable a ella.

¿Cuándo debería introducir los sólidos a mi bebé?

Desde hace años se sabe que la leche, sea esta materna o artificial, cubre de forma adecuada las necesidades de un niño sano hasta los seis meses de vida. Sin embargo, a partir de esa edad, la leche no es suficiente, por lo que resulta necesario que el bebé empiece a comer otros alimentos que cubran sus requerimientos nutricionales, dando paso a lo que conocemos como alimentación complementaria.

De forma práctica, esto quiere decir que llega un momento en la vida de todo niño en el que se tiene que enfrentar a nuevas texturas ya que, salvo la leche, la gran mayoría de los alimentos que comemos los humanos son sólidos o semisólidos.

La forma tradicional de comenzar con la alimentación complementaria desde hace cientos de años ha sido con purés o triturados en los que se mezclaba todo junto, ya fueran diversas frutas o verdura con carne o pescado. Y así, con purés y papillas, podían pasar meses hasta que a alguno de sus familiares se le ocurría que quizá había llegado el momento de ofrecerle algún alimento algo menos pasado por la minipimer y con una textura más sólida. Con un poco de suerte, el niño lo aceptaba de buena gana y antes de los dos años de edad habían conseguido que comiera “comida de mayores”. Pero si la suerte no hacía acto de presencia, era (y es) muy frecuente ver como algunos niños no comían otra cosa mas que una simple crema de verduras preparada en casa en la que no podía haber ni una sola hebra de una triste judía verde. Tampoco era de extrañar que a estos niños les costara Dios y ayuda tragar cualquier otro alimento que no tuviera la textura de un puré. Esta alteración en la que se tiene “miedo” a probar nuevos alimentos se conoce como neofobia.

Desde hace unos veinticinco años, existe otra forma de ofrecer la comida al niño ha ganado presencia y adeptos en todas partes del mundo. Se llama Baby Led Weanig (BLW) y seguro que ya la conocéis (nosotros publicamos un post sobre ella hace ya tiempo, link). Este método propone ofrecer a los niños desde los inicios de la alimentación complementaria, alimentos que sean capaces de masticar y tragar en forma de trozos enteros, respetando siempre su sensación hambre y saciedad y siendo ellos los encargados de agarrar los alimentos y llevárselos a la boca.

El BLW parece que adelanta a los niños a lo que la forma tradicional consigue llegar un poco más tarde: que los niños coman como adultos. Creo profundamente que la forma de dar de comer a niño debe ser elegida por los padres de tal forma que se sientan cómodos a la hora de preparar los alimentos y ofrecérselos a sus hijos. Tan válido puede ser el BLW como la forma tradicional si ambos, al final, nos llevan al mismo sitio.

Pero no perdamos el Norte, que este post trata de cuándo es necesario empezar con los sólidos en los niños. En el caso del BLW está claro que es desde el principio, pero ¿y en el método tradicional? ¿Cuándo deben los padres empezar a ofrecer sólidos o semisólidos a los niños?

El niño mayor que sólo quería purés y papillas

Decía hace unos párrafos que con mala suerte es probable que un niño que estaba siendo alimentado de forma tradicional rechazara los alimentos nuevos que no habían sido preparados en forma de puré o papilla. Sería un niño que come sin problemas una crema de calabaza pero que a la hora de ofrecerle una calabaza cocida la escupe o se la saca de la boca. También aquel que toma con gusto un papilla con naranja, manzana y plátano pero que no hay quien le convenza para que ingiera esos manjares sin triturar y por separado. Y no me estoy refiriendo a un niño menor de un año. Ese niño con rechazo a las texturas es muy probable que tuviera más de doce meses, incluso dos, tres o cuatro años.

Podríamos pensar que tampoco pasa nada. Que si al final toma los mismos alimentos en forma de puré o papillas y que, de forma milagrosa, tolera cuatro o cinco alimentos con otro tipo de texturas, dará igual, ya que la ingesta de calorías y nutrientes no tiene por qué ser muy diferente a la de un niño que ya come de todo. Por desgracia, esto no es así.

Está demostrado que los niños que toman durante mucho tiempo toda su alimentación en forma de purés desarrollan de forma más frecuente aversión tanto por alimentos nuevos (neofobia) como por texturas nuevas, además de estar más predispuestos a desarrollar obesidad en la vida adulta. Como os podéis imaginar, a la larga, estos aspectos tendrían una gran influencia en el tipo de alimentación que estos niños realizarían de mayores así como en su salud y calidad de vida.

Entonces, ¿cuándo le introduzco los sólidos a mi hijo?

Llegados a este punto, parece importante que, independientemente del método empleado para alimentar a un niño, los sólidos y semisólidos deban introducirse pronto para que éste no desarrolle una aversión a las texturas y nuevos alimentos.

Pero no penséis mal porque no se trata de pasar de un día para otro del cuenco de puré a una menestra de verduras o de una papilla de frutas a una macedonia. Aquí lo importante es que el niño reciba esas nuevas texturas antes de que llegue a un punto de no retorno.

En su último documento sobre alimentación complementaria, la Asociación Española de Pediatría recomienda aumentar de forma progresiva la consistencia de los alimentos, comenzando con texturas grumosas y semisólidas, no más tarde de los ocho o nueve meses de edad. Además, hay que tener en cuenta que a partir de los doce meses, no debería haber ningún inconveniente para que los niños comieran los mismos alimentos del resto de la familia, evitando siempre aquellos con alto riesgo de atragantamiento como los frutos secos enteros.

¿Y cómo lo hago? ¿Por dónde empiezo?

Un buen comienzo es triturar menos el puré de verduras o la papilla de frutas. Es muy probable que las primeras veces el niño lo rechace, así que no perdáis la esperanza e insistid a lo largo de varios días.

En cuanto a las verduras, también se pueden cocer durante más tiempo del normal para que queden muy blanditas y sea el niño el que las deshaga en la boca con poco esfuerzo. En cuando a las frutas, cuando están muy maduras son muy fáciles de chafar con un tenedor para luego ofrecérselas a vuestros hijos sin que hayáis tenido que triturarlas. Algo parecido pasa con las legumbres, que cuando están bien cocidas se pueden aplastar si no queréis ofrecérlas enteras.

Con el paso del tiempo, el niño irá cogiendo práctica y le será más sencillo comer cualquier tipo de alimento y textura. Es comprensible que tengáis miedo a que el niño se atragante, pero recordad que los episodios de atragantamiento no son más frecuentes en los niños pequeños que toman sólidos de aquellos que toman triturados.

Alimentos prohibidos por riesgo de atragantamiento

Lo que sí que tenéis que tener muy en cuenta es que hay una serie de alimentos que no podéis ofrecer a vuestros hijos pequeños ya que corren el riesgo de atragantarse al no poder masticarlos. De forma general serán todos aquellos que penséis que el niño no puede aplastar con las encías o con la lengua contra el paladar. De forma práctica, si veis que sois incapaces de machacar un alimento con vuestros propios dedos, no se los deis a vuestros hijos.

Hay muchos ejemplo a evitar, tantos que seguramente cualquier lista se olvidaría de alguno. Sirva esta como ejemplo de qué es lo que no debéis ofrecer a vuestros hijos:

  • Frutos secos enteros.
  • Manzana o zanahoria cruda.
  • Uvas, tomates cherry, aceitunas, cerezas o cualquier alimento redondo y pequeño sin cortar en cuartos.
  • Carmelos duros, gominolas o chicles.
  • Palomitas de maíz.
  • Salchichas.

La Asociación Española de Pediatría recomienda esperar hasta los tres años para que los niños puedan empezar con este tipo de alimentos, sin embargo, algunos pediatras prefieren esperar hasta los cinco o seis años para ello. De lo que no cabe duda es que, mientras sean pequeños, cuando vuestros hijos los coman deben estar supervisados.


En resumen, la introducción temprana de sólidos y semisólidos en la alimentación de un niño es necesaria para evitar conductas en las que los triturados se convierten en el único alimento que éste es capaz de comer. Además, con ello estamos potenciando un tipo de alimentación más variada y saludable como factor protector contra la obesidad en la etapa adulta.

La introducción de estas texturas más grumosas puede hacerse de forma progresiva, nunca más tarde de los ocho o nueve meses, evitando los alimentos con alto riesgo de atragantamiento. El objetivo debería ser que el niño comiera la misma comida que un adulto a partir de los doce meses de edad.

Bibliografía

  • Recomendaciones de la Asociación Española de Pediatría sobre la Alimentación Complementaria 2018 (Link).
  • Learning to eat: birth to age 2 y (Link).
  • The Feeding Infants and Toddlers Study 2008: opportunities to assess parental, cultural, and environmental influences on dietary behaviors and obesity prevention among young children (Link).
  • The timing and duration of a sensitive period in human flavor learning: a randomized trial (Link).

¿Es necesaria la “leche de crecimiento” o leche Tipo 3?

Hay un mantra que os hemos repetido en más de una ocasión desde que abrimos este blog que viene a decir algo así: “los niños están preparados para tomar leche de vaca entera a partir de los 12 meses”. Esto es así porque el tubo digestivo de los niños a esa edad es capaz de digerir y asimilar la carga proteica de este alimento. De hecho, como ya os contamos en otro post, ya desde los 9-10 meses de edad los niños son capaces de digerir pequeñas cantidades de leche de vaca entera (entorno al 30% del total del día, más o menos lo que vendría siendo un yogur).

Sin embargo, muchos habréis visto en el supermercado una leche “especial” que suele llevar en su nombre la coletilla “de crecimiento” y/o el número 3, y habréis pensado que quizá es la leche adecuada para dar a vuestros hijos tras cumplir su primer año de vida. ¿Pues sabéis qué? Nada más lejos de la realidad. Y aunque estas leches de fórmula están diseñadas para niños mayores de un año de vida, no quiere decir que sean necesarias. A ver si conseguimos explicarlo bien para que no caigáis en la tentación de comprarlas en el supermercado… Así que, empecemos por el principio.

¿Qué son las leches/fórmulas de crecimiento?

Según la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN), las “fórmulas de crecimiento” o “leches de crecimiento” son leches diseñadas para los niños de uno a tres años. Hablamos de leche diseñada ya que ha sido modificada desde la leche de vaca original para dar lugar a un producto que intenta cubrir las necesidades de nutrientes de estos niños.

Esta misma sociedad cree que el nombre de estas fórmulas debería cambiarse ya que al incluir la palabra “crecimiento” en su designación crea la falsa impresión en los padres de que son necesarias para un adecuado desarrollo de los niños. El nombre propuesto seria “Fórmulas para chicos jóvenes”, del inglés Young Child Formula.

Este tipo de leches existen en el mercado desde hace más de dos décadas y en España podemos encontrar más de 30 productos comerciales que encajarían en esta categoría.

¿En qué varía su composición de la leche de vaca?

A diferencia de las leches de fórmula de inicio (para menores de 6 meses) o de continuación (de 6 a 12 meses) en las que su composición debe ajustarse a unas proporciones de hidratos de carbono, proteínas, lípidos y demás nutrientes, por ley no existe una recomendación oficial de cómo deberían ser estas leches de “crecimiento”, por lo que cada marca hace un poco lo que le apetece o cree que es mejor. Esto se debe a que el consumo de alimentos pasados los 12 meses varía ostensiblemente de unos niños a otros y por tanto habría que “diseñar” una leche diferente para cada niño dependiendo de la alimentación que recibe. Esto difiere de los niños menores de 12 meses en los que la leche es el alimento principal. Pero analicemos punto por punto la composición de esas leches para ver las diferencias con la leche de vaca entera.

Las leches de crecimiento aportan más o menos la misma energía que la leche de vaca, es decir, las calorías que aportan por cada 100 mL es similar entre ellas. Por el contrario, la cantidad de proteínas que contienen varía enormemente de unas marcas a otras y, en general, la cantidad que aportan es menor (en torno a la mitad) que la contenida en la leche de vaca. Otra de las grandes diferencias de las leches de crecimiento es que contienen gran cantidad de azúcares respecto a la leche de vaca, en algunas de ellas casi el doble, lo que las convierte en una fuente extra de azúcares añadidos. Como sabéis, este tipo de azúcares añadidos no son nada saludables y su consumo excesivo de forma regular puede condicionar obesidad y diabetes en la etapa adulta.

En cuanto a las sales minerales, su composición no es muy diferente respecto a la leche de vaca, mientras que sí que podemos encontrar mayor cantidad de elementos traza (hierro, cobre, zinc, magnesio…) así como de vitaminas (casi todas ellas), es decir están “enriquecidas”.

¿Y qué nos dice la ciencia de la posible utilidad de estas leches?

El posible beneficio de este tipo de leches lo podríamos encontrar en el suministro de algunos nutrientes que a menudo faltan en la dieta de los niños europeos a estas edades. Estos son básicamente tres: el hierro, la vitamina D y los ácidos grasos poliinsaturados, como el omega 3, los cuales se encuentran en escasa cantidad en la leche de vaca.

Para comprobar si estas leches de crecimiento son realmente útiles para suplir ese posible déficit de nutrientes, debemos evaluar si los estudios clínicos realizados con ellas demuestran con suficiente evidencia que consiguen corregir estos déficits como para recomendarlas de forma habitual. Por desgracia, existen pocos estudios de calidad que hayan evaluado los posibles beneficios de estas leches por lo que hacer un recomendación para que se utilicen de manera rutinaria no es posible.

Respecto a la vitamina D, los pocos estudios que existen han encontrado que el consumo regular de las leches de crecimiento aumenta las concentraciones de esta vitamina en sangre respecto a los que solo toman leche de vaca “sin fortificar”. Sin embargo, este aumento en los niveles de vitamina D también lo podemos encontrar en niños que consumen leche entera de vaca fortificada exclusivamente con vitamina D, por lo que recurrir a las leches de crecimiento no sería la solución.

En cuanto al hierro, algún estudio ha demostrado que las fórmulas de crecimiento aumentan las reservas de hierro del cuerpo respecto a la leche de vaca, aunque la traducción clínica de esto es incierta, es decir, no tiene por qué tener ningún beneficio real más allá del dato de laboratorio.

También hay que ser justos y decir que no existe ningún estudio que haya demostrado que este tipo de leches sea malo para la salud. Sin embargo, de manera teórica, su alto contenido en azúcares no sería nada beneficioso para el niño y podría condicionar enfermedades en la edad adulta. Además, estas leches son muy caras respecto a la leche de vaca normal, lo que puede suponer un alto coste para las familias de los niños que deciden utilizarla sin realmente obtener ningún beneficio.

En conclusión, ¿qué debería hacer?

Teniendo en cuenta todo lo anterior, el consumo de leches de crecimiento no supone una ventaja real respecto al consumo de leche de vaca entera. Las mal llamadas leches de crecimiento podrían ser útiles como parte de una estrategia dirigida en un niño concreto para aumentar su consumo de vitamina D, hierro y ácidos omega 3 y siempre supervisadas por un pediatra que las utiliza como parte de una dieta diseñada para ello.

Los que sí que es importante que entendáis es que la mayoría de esos déficits a los que nos hemos referido en niños europeos se deben a dietas selectivas y poco nutritivas. Deficiencias que se podrían compensar con dietas saludables y variadas, o en el peor de los casos, con leche entera de vaca normal fortificada exclusivamente con hierro y vitamina D sin tener que recurrir a una leche de crecimiento.

Así que ya sabéis, antes de lanzaros a comprar este tipo de leches y seguir las recomendaciones de la publicidad que nos inundan por todos lados, consultad con vuestro pediatra si vuestro hijo necesita este tipo de leche, pero ya os digo que lo más normal es que no sea así. Lo normal es que vuestro hijo sea un niño sano que no requiera ningún tipo de leche especial.


Seguro que muchos de vosotros estáis pensando que por qué solo hablamos de leche de vaca cuando hay opciones de otros orígenes en el mercado, tanto animal como vegetal. Es verdad que existen leches de cabra y oveja, pero son más difíciles de encontrar pero nos servirían igual para mayores de 12 meses de edad. Respecto a las mal llamadas “leches vegetales” (soja, almendras…) hemos preferido dejar para más adelante un post entero hablando de ellas y de la conveniencia de utilizarlas o no en niños.


Las recomendaciones que has podido leer en este post están extraídas del documento de posicionamiento de la ESPGHAN sobre Young Child Formula (Link, está en ingles).

Los derechos de imagen de la foto de cabecera de este post pertenecen a Jim Champion bajo una licencia CC BY-SA 2.0.