Archivo de septiembre, 2020

¿Es el Plato de Harvard útil para planificar las comidas infantiles?

En el año 2011 la Escuela de Salud Pública de Harvard y los editores en Publicaciones de Salud de Harvard tuvieron una idea que revolucionó la nutrición. O al menos hizo que aquellas pirámides nutricionales que estudiábamos en el colegio dejaran de ocupar páginas y páginas de revistas y folletos para dar paso a una simple regla para preparar una comida saludable: 50% de vegetales y/o frutas, 25% de cereales y 25% de proteínas, sin que haga falta pesar exactamente cuánta cantidad hay de cada alimento en el plato.

Así de sencillo. Atrás quedaron las pirámides en las que se nos decía cuántas raciones de esto o cuántas de aquello había que tomar a la semana y que hacía que nos comiéramos la cabeza organizando menús semanales para dar paso a algo mucho más sencillo y aplicable en le día a día: basta con abrir la nevera y pensar con lo que tienes en ese momento para montar un plato saludable siguiendo la regla del párrafo anterior. Además, en aquellas pirámides, se suponía que los cereales eran la base de la alimentación.

Y la verdad es que esta nueva regla es una herramienta muy útil para planificar una comida sana, de hecho, el nombre real del Plato de Harvard es “El plato para comer saludable”, que además se puede aplicar tanto para adultos como para niños de cualquier edad. Aquí abajo os dejo la infografía de la propia gente de Harvard para que le echéis un vistazo si no la conocéis.

Fuente: https://www.hsph.harvard.edu/nutritionsource/healthy-eating-plate/translations/spanish/

Fijaos si el Plato de Harvard debe ser bueno que hoy en día no hay perfil en redes sociales que se dedique a la nutrición que no hable de ello (incluso nosotros tenemos un post sobre el tema), además de que también podéis encontrar en Instagram miles de fotos de recetas y elaboraciones que especifican que siguen la regla mencionada del 50%-25%-25%.

Sin embargo, el Plato de Harvard tiene un pequeño problema: esta diseñado por británicos. No se si conocéis la comida anglosajona, pero básicamente se podría resumir en que sus comidas suelen tener un solo plato en el que hay un batiburrillo de cosas. Y qué queréis que os diga, esa no es la forma en la que tradicionalmente se ha estructurado la comida mediterránea, que normalmente consta de primero, segundo y postre.

Entonces, ¿tiene sentido aplicar el Plato de Harvard si vivimos en España? Desde luego que sí, pero con matices. A ver si soy capaz de explicarlo a lo largo de este post.

El secreto de una comida saludable

El secreto de una alimentación saludable consiste en comer de forma variada eliminando al máximo los alimentos ultraprocesados, superfluos o con calorías vacías (los que llevan azucares añadidos). En este sentido, aunque la especia humana es omnivora, una alimentación basada sobre todo en productos de origen vegetal es la que ha demostrado tener mejores beneficios para la salud en cuanto a obesidad, diabetes, hipertensión y otras tantas enfermedades crónicas típicas de los adultos. A muchos os puede parecer que si comemos casi en exclusiva alimentos de este tipo consumiendo poca carne o pescado podríamos caer en una deficiencia nutricional, pero no es así. Un claro ejemplo de esto son las personas ovolacteo-vegetarianas que con un poquito de planificación alcanzan todos lo requerimientos nutricionales sin necesitar suplementos.

A pesar de ello, la gran mayoría de las personas comemos de todo, pero al igual que los vegetarianos, para que nuestra comida sea saludable debemos planificar un poco qué comemos. Resulta curioso ver cómo las comidas de los niños que tienen entre seis y doce meses (los que están con alimentación complementaria) suelen ser muy sanas y planificadas, pero superada esa edad esa planificación se va perdiendo o por lo menos no somos tan conscientes de si lo que comen nuestros hijos es igual de saludbale que cuando eran bebés.

Es aquí donde el Plato de Harvard se convierte en una herramienta muy útil para pensar qué podemos dar de comer a nuestros hijos. Basta con seguir la regla del 50%-25%-25% para rellenar el plato y a buen seguro que nuestros hijos estarán comiendo sano. Un ejemplo podría ser esta foto de aquí abajo de la cena de uno de nuestros hijos: la mitad del plato aguacate y tomate (que serían las verduras/fruta), un cuarto con pescado (que sería la parte de proteína) y otro cuarto con pan (que serían los cereales). Os recuerdo que no hace falta pesar nada y basta con mantener esa proporción a ojo.

Este tipo de platos son ideales para niños pequeños cuando vas con prisa y no te ha dado tiempo a cocinar. Os animo a que empecéis a preparar así las comidas de vuestros hijos porque os ahorrará algún que otro comedero de cabeza a la par que acertaréis con lo saludable del plato.

Un solo plato vs. “primero, segundo y postre”

Es verdad que las cenas de los niños suelen tener solo un plato, pero las comidas de medio día en este país suelen componerse de primero, segundo y postre. Os parecerá una tontería, pero esto no hace que no se pueda aplicar el Plato de Harvard.

La forma más sencilla de hacerlo sería juntando en un solo plato el primero y el segundo, pero, que os queréis que os diga, macarrones con tomate, verduras salteadas y merluza a la plancha, por poner un ejemplo, en un solo plato todo entremezclado, a mí, que soy de buen comer, como que me no me parecería apetecible. Prefiero tomar primero los macarrones, luego un plato de verduras con un poco de merluza y de postre algo de fruta. Si la comida en conjunto sigue respetando el 50%-25%-25% estaré siguiendo la regla del Plato de Harvard aunque no lo esté comiendo todo en el mismo plato.

Otro ejemplo. Guisantes rehogados con trocitos de jamón de primero y de segundo pollo asado con arroz. Por poder, también lo podemos entremezclar todo para tomarlo en un solo plato, pero tampoco pasa nada si lo estructuráis en dos platos diferentes mientras mantengáis las proporciones para seguir las recomendaciones del Plato de Harvard.

Para el postre, la fruta es siempre una buena opción. Además os ayudará a alcanzar el 50% de frutas/verduras que nos marca la regla porque, no lo vamos a negar, es la parte que más cuesta conseguir que se tomen los niños.

Planifica las comidas de TODO EL DÍA

Algunos estaréis pensando que vuestros hijos no comen tanto como para plantarles en la mesa un primero, un segundo y un postre. Pues tampoco pasa nasa.

En este caso, lo que habría que hacer es pensar un poco a medio plazo y planificar la comida de todo el día. Si por ejemplo a medio día vuestro hijo se llena con los macarrones con tomate, pues en la cena toca verduras con un poco de proteína saludable. O al revés, si para almorzar se ha tomado un buen plato de judías verdes con un poco de pescado, pues para cenar le podéis poner arroz.

Al fin y al cabo, lo importante para mantener una alimentación saludable es lo que come el niño de forma global y no tanto lo que come en cada comida. Si al final del día habéis conseguido que coma un 50% de frutas/verduras, un 25% de cereales y un 25% de proteínas es que vamos por buen camino aunque en cada comida individual esta proporción no se haya mantenido.

¿Y qué hago si mi hijo toma purés?

Si vuestro hijo es de los que toman triturados y ya tiene más de un año de vida, aplicar el plato de Harvard también es posible. Es tan sencillo como tomar un puré de verduras de primero y de segundo un poco de proteína y cereales. También podéis mezclarlo todo en el tazón y triturarlo porque al fin y al cabo, pasado por la turmix o no, la proporción del 50%-25%-25% se seguiría manteniendo y aplicando.

De todas formas, se recomienda que la introducción de sólidos en los niños que toman triturados se realice hacia los 9-10 meses y no más tarde del año y medio, ya que a partir de esta edad se vuelve más complicado que los niños acepten texturas sólidas. Así que lo de los purés está bien, pero no para darles las comidas de toda la infancia.

¿Y qué pasa con los desayunos y la merienda?

Si con las comidas y las cenas se nos agota el cerebro para no ser repetitivos y seguir ofreciendo comida saludable a nuestros hijos, lo de los desayunos y las meriendas es ya para pedir ayuda divina… Aun así, aplicar el Plato de Harvard en estas dos comidas también es posible, además de ser sinónimo de comer sano.

Para el desayuno, por ejemplo, basta con tomar una pieza de fruta, un trozo de pan tostado con aceite y un vaso de leche. Y para la merienda podrían volver a tomar fruta, un bocata relleno con proteína saludable (por ejemplo queso fresco, humus, jamón cocido…) o frutos secos (si es que vuestros hijos ya tiene edad para tomarlos enteros).

Como veis, la fruta es un recurso muy útil en estos dos momentos del día. De hecho, si solo quieren desayunar o merendar una pieza de fruta, tampoco pasa nada ya que irían a completar el 50% de las frutas/verduras de todo el día, por que, no lo neguemos, del 25% de cereales y 25% de proteínas en España solemos ir sobrados. La verdad es que la fruta es un recurso nutritivo y saludable que no debería faltar en la alimentación de ningún niño (y adulto), además hay un montón de variedades diferentes dependiendo de la temporada, así que la monotonía no debería ser un problema.


En resumen, el Plato de Harvard es una herramienta fácil y sencilla para hacer que los platos de vuestros hijos sean sanos y saludables. Sin embargo, la comida tradicional mediterránea se compone de varios platos a lo largo de una misma comida. Esto no debería impedir que la alimentación de vuestros hijos sea saludable siempre que cumpláis la regla del 50% de frutas/verduras, 25% de cereales y un 25% de proteínas que nos proponen nuestros amigos ingleses al sumar el total de los platos de una comida o el total de las comidas de todo un día. Al final, la planificación es la clave.

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¿Por qué es importante que los ojos salgan rojos en las fotos con flash?

Seguro que os habéis fijado que cuando a una persona se le hace una foto con flash los ojos suelen salir rojos. Lejos de ser algo patológico, esta imagen a la que los pediatras llamamos “reflejo rojo” nos da mucha información y hasta nos tranquiliza. De hecho, es una exploración que se hace de rutina en las revisiones de los bebés, aunque en este casos usamos un aparto médico que se llama oftalmoscopio.

En este post os explicamos por qué se produce este reflejo y qué sospechamos cuando el rojo está ausente.

El globo ocular como sistema de cámara oscura

Para que un objeto sea visible al ojo humano debe reflejar la luz. Es decir, los rayos del sol o de una luz artificial golpean en la superficie de un objeto y la luz que no es absorbida se refleja. Esto nos permite ver que hay algo delante de nosotros, pero también saber de qué color es dependiendo de la luz que haya absorbido el objeto y cuál refleja.

Con un ejemplo se entiende mejor. Imaginaos una pelota de color rojo encima de una mesa. A esa pelota le llegan rayos de luz y parte de esta rebota en su superficie al no ser absorbida. Esa luz robotada que viene desde la pelota es la que llega a nuestros ojos y nos permite decir que lo que esta delante de nosotros es una pelota roja y no otro objeto.

Esto es aplicable a la práctica totalidad de los objetos que podemos ver en nuestro día a día, sin embargo, si os fijáis en la pupila de cualquier persona esta suele ser de color negro. La pupila está justo en el centro del globo ocular y es como una puertecita por donde entra la luz; como es una abertura pequeña, la luz que rebota en la retina no vuelve a salir hacia fuera y por eso al mirar a una persona a los ojos pensamos que la pupila es de color negro. Por si os lo estáis preguntando, la retina es lo que tapiza el globo ocular por dentro y desde donde nuestro ojo manda la información al cerebro sobre lo que estamos viendo.

¿Y por qué la pupila se ve roja cuando hacemos una foto con flash?

En condiciones normales la pupila se ve siempre negra porque la luz que le llega a la retina no vuelve a salir del ojo.

Sin embargo, cuando concurren una serie de circunstancias parte de la luz que rebota en la retina es capaz de salir del ojo y nos devuelve un color entre rojizo-anaranjado. La retina en sí misma es incolora y transparente, pero las células que hay debajo de ella son de color rojizo, al igual que los vasos sanguíneos que llevan la sangre. Pues bien, en condiciones de poca luz, como cuando hacemos una foto con flash, la pupila suele estar dilatada para que al globo ocular entre la mayor cantidad de luz posible; al estar dilatada permite que parte de la luz que rebota en la retina salga hacia fuera.

Muchos estaréis pensando que a pesar de esta clase de óptica maravillosa que os estamos dando, cuando miramos a alguien a los ojos y hay poca luz, la pupila se sigue viendo negra, y tenéis razón. Sin embargo, cuando hacemos una foto con flash estamos jugando con las condiciones de luz y oscuridad. Por un lado, como está oscuro, la pupila de la persona estará dilatada (si no, ¿por qué íbamos a hacer una foto con flash?), lo que permite que la luz que rebota en la retina al recibir el flash salga hacia fuera; y por otro, la óptica de la cámara está alineada con el flash, lo que le permite recibir esa luz rebotada en la retina. Como lo que hay debajo de la retina es de color rojizo, cuando revisamos la foto que hemos hecho, en vez de ver la pupila negra lo que nos encontramos es que la pupila está roja.

Algunas cámaras de fotos utilizan un sistema muy sencillo para hacer que los ojos rojos desaparezcan. Es tan simple como que antes de que se haga la foto, el flash emita unos primeros destellos que hacen que la pupila se cierre y así, cuando se haga la foto con el flash de verdad, esté cerrada y no deje salir la luz. Esto también se pude conseguir si la cámara hace la foto desde un punto diferente a donde se emite el flash, como las cámaras de los fotógrafos profesionales.

¿Y qué pasa cuando no vemos el reflejo rojo?

Aunque no os lo parezca, todo esto de pupilas que se dilatan y contraen, luces que rebotan y cámaras con flash tiene una aplicación médica muy importante, ya que a los pediatras nos permite obtener mucha información sobre si el globo ocular de los niños más pequeños es trasparente. Como os decíamos, en consulta no usamos una cámara de fotos para ver el reflejo rojo, sino que usamos un oftalmoscopio, un aparato especial muy similar al que usamos para ver los oídos y que emite luz.

El objeto de la derecha es el famosos otoscopio para los oídos y el de la derecha el oftalmoscopio. Fuente: Wikipedia.

Cuando los médicos no vemos el reflejo rojo en una foto que nos enseña alguien o al explorarlo con un oftalmoscopio, una de las posibilidades es que esa ausencia de reflejo se produzca porque algún elemento del globo ocular no deja pasar bien la luz hasta la retina cuando debería hacerlo, porque en condiciones normales el interior del ojo es transparente. Si un adulto comenzara a perder visión porque algún elemento del globo ocular no deja pasar la luz, lo más normal es que lo notara y se citara con su médico, pero el problema que tenemos los pediatras con los niños más pequeños, sobre todo por debajo de los tres años, es que no nos van a decir si ven bien o mal.

Por ello, el reflejo rojo es una exploración rutinaria en todas las visitas del niño sano por debajo de los dos o tres años. Con ello buscamos ver este reflejo y así descartar algunas enfermedades. Es verdad que este reflejo no nos permite decir si el niño ve o no ve, ya que esto depende de los nervios ópticos y el cerebro, además del propio ojo. Pero al menos, cuando vemos un reflejo rojo bilateral simétrico, es decir, igual en los dos ojos, podemos afirmar que la luz llega a la retina y no hay nada por delante de ella que lo impida.

Enfermedades que alteran el reflejo rojo

Como os decíamos, algunas enfermedades impiden que se produzca el reflejo rojo al iluminar el ojo con un oftalmoscopio. No merecería la pena mencionarlas todas, sin embargo hay dos que puede que sí que conozcais.

La primera de ellas son las cataratas. Seguro que os suenan de los viejecitos, pero en los niños también se pueden producir. A diferencia de los adultos, las cataratas infantiles suelen producirse por enfermedades genéticas y metabólicas y a veces la ausencia de reflejo rojo, tanto de uno como de los dos ojos, es la primera manifestación de la enfermedad. Al detectarlas al explorar el reflejo rojo conseguimos dos cosas, por un lado iniciar la búsqueda de la enfermedad que las produce , pero también solucionarlas para que el niño pueda ver y desarrolle la visión con normalidad. Quedaos tranquilos porque son raras y se producen en 1 de cada 10.000 niños.

Imagen de niño con catarata congénita, en este caso provocada por una rubeola congénita. Se puede observar a simple vista que las pupilas en vez de ser negras están blancas. Al iluminarlas con el oftalmoscopio o al hacer una foto con flash el reflejo rojo no aparecería. Fuente: Public Health Imagen Library.

Y la segunda enfermedad es el retinoblastoma, el cáncer más frecuente de los ojos y que afecta fundamentalmente a niños. Aun así es un tumor poco frecuente (4 casos por cada millón de niños al año), pero como sucede con las cataratas, el primer signo que solemos encontrar es la ausencia de reflejo rojo. En este caso el diagnóstico precoz es importante ya que dependiendo de lo extendido que esté el tumor tanto el tratamiento como el pronóstico cambia.

Imagen de niño con retinoblastoma. Se puede observar que el reflejo rojo está presente en el ojo derecho (ojo sano), pero en el izquierdo aparece una coloración blanquecina (ojo patológico). Fuente: Wikipedia.

Por tanto, y quizá esto es lo más importante que os debéis guardar en la memoria de este post, si en alguna ocasión veis una foto con flash de un niño en la que aparece el reflejo rojo SOLO en un ojo, debéis decírselo a sus padres para que se citen con el pediatra.

El mito de las fotos con flash y los bebés

Para terminar este post en el que hemos hablado de fotos, flashes, ojos y niños, no queríamos dejar pasar la oportunidad de tumbar el famosos mito que dice que los bebés se pueden quedar ciegos si les hacemos una foto con flash. Estamos seguros que lo habréis oído en más de una ocasión.

Pues sintiéndolo mucho, esto no es verdad, de hecho es una mentira y de las gordas. La luz que emite un flash no es lo suficientemente potente como para que un niño pequeño se quede ciego ni para que le afecte la visión al hacerse mayor. De hecho, los aparatos que usan los oftalmólogos para explorar a los niños emiten más luz que la que emite el flash de una cámara de fotos, por lo que os podéis quedar tranquilos si la tía Maruja saca la cámara de los años 90 y le hace una foto sin que os deis cuenta a vuestro bebé. Puede que le sea molesto, tanto el flash como la pariente en cuestión, pero dañino para la salud del niño no lo es; por el contrario, nos podría dar una información muy valiosa a los médicos en el caso de que solo se viera el reflejo rojo en uno de los ojos.


En conclusión, más allá de lo estético de las fotos en las que la gente aparece con los ojos rojos, este reflejo tiene un valor muy importante para los pediatras ya que nos indica que el ojo del niño es transparente. En el caso de que no aparezca, tanto en una foto como al explorarlo con un oftalmoscopio, se debe derivar al paciente al oftalmólogo para que busque la causa que lo provoca.

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Higiene dental en niños

Está claro que los pediatras debemos estar haciendo algo mal si cuando preguntamos a los padres cómo limpian los dientes a sus hijos pequeños nos responden cosas tan variadas como que no usan pasta, que frotan los dientes con una gasa, que lo hacen solo una vez al día o que la vecina del quinto les ha comentado que como son de leche y se van a caer, pues que no hace falta cepillarlos…

En el mundo en el que vivimos una boca sana es sinónimo de salud, por lo que la higiene dental en los niños es muy importante desde la salida del primer diente. En este post encontraras todas las claves sobre las caries, cuándo empezar con el cepillado y qué pasta utilizar.

Si estás buscando información sobre la salida y la caída de los dientes puedes visitar este otro post que tenemos publicado.

La caries, la enemiga de los dientes

La caries dental es una disbiosis, es decir un crecimiento excesivo de las bacterias que todos tenemos en la boca y que producen ácidos que dañan los dientes. Ese sobrecrecimeinto se produce por un desequilibrio entre los factores que nos protegen de la caries (como la higiene dental) y de los que la favorecen, como una dieta rica en azúcares.

La caries da lugar a la destrucción del tejido duro del diente lo que puede generar infecciones secundarias de los tejidos que rodean al diente (los flemones). Pero además, los dientes, tanto los de leche como los definitivos, son fundamentales en el desarrollo de un niño tanto para la acción de comer como de hablar. De ahí la importancia de su cuidado desde la más temprana infancia para que éstas no aparezcan.

La caries es una enfermedad muy frecuente. Estudios recientes cifran que en España hasta el 20% de los niños de entre 3 y 4 años la sufre, lo que pone de manifiesto la gravedad del problema.

¿Qué provoca la caries?

La caries está provocada por la unión de varios factores.

  • Los microorganismos: para que la caries se produzca es necesaria la presencia de bacterias adheridas al diente (principalmente el Streptoccocus mutans)Esta bacteria es capaz de trasformar los azúcares de la dieta en ácidos que destruyen el diente.
  • La alimentaciónpara que las bacterias produzcan esos ácidos deben metabolizar azúcares que haya en la boca. Por eso una dieta rica en azúcares predispone a la aparición de caries. Los más implicados en su aparición son la glucosa, la fructosa y la sacarosa. Pero lo que realmente influye en la aparición de la caries es la presencia continuada y frecuente de este tipo de azúcares en la boca, es decir depende de la frecuencia de la ingesta y no tanto de la cantidad.
  • La saliva: actúa como un factor protector frente a la caries, tanto por su acción mecánica (limpiando el diente) como por su acción netralizadora de los ácidos de las bacterias.

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Por tanto, para que se produzca la caries es necesario que en el diente haya bacterias que estén produciendo ácido por el metabolismo de azúcares y que la saliva no pueda neutralizarlos. Si el tiempo es suficiente dará lugar a la desmineralización del diente y su posterior destrucción.

¿Cómo puedo prevenirlas?

Si entendemos por qué aparece la caries, no debería resultar difícil saber como prevenirlas. Para ello debemos actuar sobre una serie de factores que protegerán al diente frente a la acción de las bacterias.

En primer lugar, un diente sano y fuerte siempre va a ser menos susceptible a una carie que un diente con una pobre mineralización. Una alimentación adecuada garantiza unos dientes sanos y fuertes, por lo que es fundamental que tus hijos realicen una dieta equilibrada.

La lactancia materna (en comparación con la lactancia artificial) no se ha relacionado con la aparición de caries tras la erupción de los primeros dientes de leche. Este tipo de alimentación está recomendada por la Organización Mundial de la Salud de forma exclusiva hasta los 6 meses y de forma complementaria hasta los 2 años o más (siempre que el bebé y la madre quieran). Sin embargo, la leche (tanto la materna como la artificial) contiene azúcares, por lo que si sigues dando el pecho a tu hijo y éste ya tiene dientes debes extremar las medidas de higiene dental que veremos más adelante exactamente igual que si tomara biberón.

Respecto a la alimentación de niños mayores, hay que evitar el consumo frecuente de dulces o productos con alto contenido en azúcar. Como ya hemos explicado, la presencia de azúcar de forma continua en la boca es uno de los factores más importantes para que se forme la caries.

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¿Y desde cuándo hay que lavarse los dientes?

El punto más fundamental para prevenir la caries dental es la higiene bucal. Está demostrado que el cepillado dental con pasta fluorada es capaz de mantener a ralla a las bacterias de la boca y con ello prevenir la caries dental.

La higiene bucal debe comenzar desde la erupción del primer diente de leche. Parece lógico, ¿no? Si hay dientes puede haber caries, por lo que no debemos esperar a que el niño sea más mayor para empezar a cepillárselos. El cepillado se hará al menos dos veces al día, una de ellas siempre después de la última toma de leche o comida de la noche. Y hasta que el niño tenga la capacidad de hacerlo por el solo (normalmente no antes de los ocho años), son los padres los que deben cepillar los dientes de sus hijos de forma directa por debajo de los 4 años y a partir de ahí, a medida que vayan ganado en autonomía, supervisando siempre que la duración del cepillado o la cantidad de pasta es suficiente. Si fuera necesario les daríamos un repaso para asegurar que el cepillado ha sido correcto. Independientemente de la edad que tenga el niño es que se usen cepillos de cerdas suaves, más grandes o más pequeños dependiendo del tamaño de sus dientes.

img_8720Por otro lado, es muy recomendable que los padres os lavéis los dientes en presencia de vuestros hijos. Los niños aprenden por imitación y si os ven con un cepillo en la mano seguro que pronto adquirirán el hábito del cepillado. Siempre podéis decirles que es un juego en el que interviene toda la familia y hasta os podéis inventar una canción o una rutina para que este momento les resulte divertido.

¿Qué pasta tengo que elegir?

Hasta hora hemos visto que para mantener la caries a raya hay que lavar los dientes de los niños al menos dos veces al día desde la salida del primer diente, además de mantener una dieta equilibrada. La parte en la que quizá hay más desinformación es en si los niños deben usar pasta dental y qué cantidad de flúor debe contener.

Antiguamente se decía que los niños más pequeños no necesitaban pasta dental fluorada. Sin embargo, los estudios más recientes han demostrado que esto no previene de la caries y que por tanto debe utilizarse pasta desde el mismo momento en que sale el primer diente.

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Para elegir la pasta dental para vuestros hijos, lo primero que tenéis que hacer es no fijaros en la edad que pone en el tubo de pasta. Por desgracia, los tramos de edad que figuran en ellos no se ajustan a las recomendaciones actuales de las sociedad científicas sobre qué cantidad de flúor debe usarse. Por ello, lo que tenéis que hacer es fijaros en qué cantidad de flúor contiene el dentífrico en su composición, es decir, las “partes por millón” (p.p.m) de flúor con la que se ha formulado.

Teniendo esto en cuenta, elegir la pasta para vuestros hijos es muy sencillo:

  • Hasta los 5 años los niños deben usar pasta dentífrica con 1.000 p.p.m de flúor.
  • A partir de los 5 años deben usar pasta con 1.450 p.p.m de flúor (como los adultos).

Y una vez que tenéis el bote de pasta en casa, dependiendo de la edad de vuestro hijo también hay que decidir qué cantidad de dentífrico ponéis en el cepillo:

  • Si el niño tiene menos de 3 años usar una cantidad equivalente a un grano de arroz.
  • A partir de los 3 años usad una cantidad similar al tamaño e un guisante.

Seguramente muchos tenéis miedo de usar pasta de dientes con flúor por una enfermedad casi desaparecida que se llama fluorosis derivada del consumo excesivo de flúor en la dieta (o e cualquier otra fuente), que como consecuencia provoca la tinción del esmalte dental. A día de hoy sabemos que para que se produzca por “consumo” de pasta de dientes, un niño debería tragarse la pasta equivalente a 13 cepillados al día durante muchas semanas, por lo que es casi imposible que se produzca.

¿Hay que enjuagarse después del cepillado?

Todos tenemos en mente la imagen de alguien cepillándose los dientes que cuando acaba coge un vaso de agua y se enjuaga el exceso de pasta que le puede haber quedado en la boca. Sin embargo, las recomendaciones actuales sobre higiene dental no lo contemplan.

Esto se debe a que si nos enjuagamos después de cepillarnos, estaríamos impidiendo que el flúor realice todo el efecto que puede ejercer para prevenir la caries. Así que lo que hay que hacer es escupir el exceso de pasta, pero no enjuagarnos.

Esto trasladado a los niños tiene un pequeño problema, los bebés y los más pequeños de la casa no saben escupir, pero tampoco enjugarse. Así que no os volváis locos, les cepilláis los dientes y a correr, y cuando sean lo suficientemente mayores para escupir, pues que lo hagan. Si os preocupa que el bebé se trague la pasta, recordad que, como hemos dicho hace unos párrafos, la cantidad que se usa en ellos es muy pequeña y, además, se necesitaría que se tragaran mucha más cantidad de la que usamos para lavarles los dientes cada día como para que tenga efectos secundarios.

¿Y a partir de cuándo deben los niños ir al odontopediatra?

En este país somos de los que cuando tenemos un problema buscamos una solución y en cuanto al cuidado de los dientes nos pasa tres cuartos de lo mismo. No es raro que cuando un niño (o un adulto) acuda al dentista es porque ya tiene una caries o a un dolor de muelas.

Por fortuna, los hábitos en cuanto a higiene dental están cambiando y cada día es más frecuente que las personas acudan a revisión para comprobar que todo está bien y recibir los consejos de un profesional sanitario sobre higiene dental. Y esto no debería ser ajeno a los niños. Si los niños tienen dientes, aunque sean de leche, ¿por qué no van a acudir al odontólogo desde que son pequeños para que les evalúe?

Esta imagen de arriba es de la Academia Americana de Odontología Pediátrica y resume a la perfección cuándo debería acudir un niño al odontopediatra por primera vez, esto es, a partir de que tengan dientes. Un buen momento es coincidiendo con el primer cumpleaños, ya que la mayoría de los bebés ya tienen varios dientes asomando por las encías.

El objetivo de esta visita tan temprana es por un lado detectar problemas ya existentes, pero sobre todo instruir a los padres sobre el cuidado de los dientes de sus hijos con el objetivos de que no tengan caries.

Llegados a este punto también tenéis que saber que todos los dentistas u odontólogos no están formados para atender a niños. Este papel debería quedar reservado a los odontopediatras, es decir aquellos que han recibido la formación especializada en el cuidado dental infantil.

En resumen…

La caries dental es una enfermedad que destruye los dientes y que se produce por una suma de factores (bacterias, azúcares, saliva, tiempo, escasa higiene…). Para prevenirlas es fundamental actuar evitando el consumo frecuente de alimentos ricos en azúcares y realizando una higiene dental adecuada (cepillado desde el primer diente de leche con pasta dentífrica con flúor).

Este vídeo de aquí abajo fue un directo de Instagram que grabamos junto a la odontopediátra Yaiza Cuba (su perfil es @dra_cuentadientes) en el que hablamos largo y tendido sobre la higiene dental. Si tenéis un rato, no os lo perdáis porque merece mucho la pena.

Otros recursos que os pueden interesar

En la red hay muchos perfiles de expertos que hablan sobre salud dental en la infancia que son un must y que deberíais seguir si os interesa el tema. Nuestro preferidos, asumiendo el riesgo de que nos dejemos a muchos buenos en el tintero, son:

Además siempre puedes echar un vistazo a la sección para padres de la web de la Sociedad Española de Odontopediatría y de la Sociedad Española de Odontología Infantil Integrada.

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¿Qué mascarilla debería llevar mi hijo al colegio?

Como muchos sabéis desde que empezó la pandemia por COVID-19 no hemos publicado en este blog ninguna entrada sobre este tema. Es cierto que hemos compartido información y consejos sobre ello en redes sociales, pero no nos habíamos sentado a escribir un post que pudierais consultar siempre que quisierais. Sin embargo, en los últimos días nos habéis preguntado mucho sobre qué mascarillas deben llevar los niños al colegio y nos hemos animado a hablar sobre ello. Esperamos que con esta entrada os queden las cosas más claras.

¿Quién debe usar mascarilla?

El 20 de mayo de 2020 entro en vigor una ley en España que obligaba al uso de mascarillas a las personas mayores de 6 años “en la vía pública, en espacios al aire libre y en cualquier espacio cerrado de uso público o que se encuentre abierto al público, siempre que no sea posible mantener una distancia de seguridad interpersonal de al menos dos metros”. Desde entonces se han aprobado distintas leyes en las diferentes comunidades autónomas y actualmente es obligatorio en toda España el uso de mascarilla por encima de los 6 años de edad en cualquier situación. Como podéis imaginar esto implica que mientras estén en el colegio también deben llevar mascarilla, como así recogen todos los protocolos de los centros educativos que hemos consultado y de las diferentes consejerías de educación de las comunidades autónomas.

Entre los 2 y los 6 años la Asociación Española de Pediatría recomienda el empleo de mascarilla en el ámbito privado, pero no dentro de los centros escolares. El motivo de esta recomendación se basa en que por debajo de los 6 años es difícil que los niños empleen la mascarilla de forma adecuada sin una supervisión constante, cosa que resulta muy difícil de conseguir en un aula de infantil con un ratio de unos 20 niños por profesor. De todas formas, estos niños pueden llevar mascarilla para ir al colegio o al recogerles del aula bajo la vigilancia de sus padres.

Tipo de mascarilla

Este es seguramente el punto en el que más dudas tenéis: que si de tela, que si con filtro desechable, que si quirúrgicas, que si homologadas, que si FPP2… Es cierto que en los últimos seis meses el mundo mascarilla ha puesto al servicio del consumidor un montón de opciones diferentes, pero cada mascarilla tiene su papel y además no es necesario que los niños acudan a clase con las que proporcionan mayor protección (sobre todo porque son muy caras, no reutilizables y no están a la venta para el común de los mortales, ya que se reservan para personal sanitario que trabaja en contacto muy estrecho con personas infectadas por COVID).

Para el personal no sanitario, donde estarían incluidos los niños que acuden al colegio, lo indicado es que utilicen mascarillas higiénicas. Este tipo de mascarillas impiden que las gotitas de saliva que salen de nuestra boca o nariz al toser, hablar o estornudar salgan al exterior y así quedan retenidas en la tela de la mascarilla en un porcentaje muy alto. De esta forma, si todos la llevamos puesta es menos probable que nos contagiemos, es decir, su misión es protege a los que tenemos alrededor.

Dentro de las mascarillas higiénicas que hay a la venta debéis buscar las que cumplan la normativa UNE 0065:2020. Si en el paquete o envoltorio de la mascarilla figura que cumplen esta norma significa que son reutilizables (hasta los lavados que especifique el fabricante en el envoltorio) y que su Efectividad de Filtración Bacteriana (EFB) es superior al 90%, entre otros datos técnicos.

El precio de estas mascarillas ronda entre los 3 y los 8 euros. La mayoría de ellas aguantan 10 lavados por lo que el precio “por uso” se equipara a las no reutilizables (que son las que se homologan bajo la normativa UNE 0064:2020 y vienen a costar unos 0,5 euros), pero son más sostenibles que las de usar y tirar desde el punto de vista ecológico.

Estos estándares de homologación son los que propone el Ministerio de Sanidad para considerar que una mascarilla higiénica cumple con los mínimos requisitos de seguridad y de prevención de contagios por COVID, y por tanto para que las usemos en el día a día, incluidos los niños en los colegios.

A pesar de que el EFB que recomienda el ministerio debe ser superior al 90%, a nivel europeo se considera que un EFB superior al 70% es también aceptable (norma CWA 17553:2020), lo que prolongaría la vida útil de las mascarillas reutilizables, algunas de ellas hasta 50 lavados, lo que las haría aún más sostenibles y muy económicas. Una vez que se hayan lavado tantas veces como indica el fabricante ya no se garantiza su eficacia, por lo que habría que desecharlas y hacerse con unas nuevas.

En cualquier caso y para simplificar las cosas buscad mascarillas que cumplan la normativa UNE 0065:2020 y haced caso al fabricante en cuanto al número de lavados.

Antes de pasar al siguiente punto, otra opción son las mascarillas quirúrgicas. En este caso son de usar y tirar y debe especificarse en el envase que cumplen la norma UNE EN 14683:2019, junto al típico simbolito CE de “certificado europeo”. En cualquier caso, suelen reservarse para pacientes con síntomas o personal sanitario y no están recomendadas para personas sanas en su día a día.

Cada cuánto hay que lavarlas / cambiarlas

La recomendación general sobre el uso de mascarillas higiénicas es que estas no se empleen durante más de 4 horas. En el caso de las higiénicas reutilizables habría que lavarlas para volver a usarlas pasado este tiempo. Esto hace que si un niño va a estar en el colegio más de 4 horas y está obligado a usar mascarilla, muy probablemente necesite dos para cada día (más una de repuesto por si las moscas).

La de repuesto es importante porque en el caso de que la mascarilla se humedezca (por ejemplo, porque le cae agua encima) o esté visiblemente manchada se recomienda que se sustituya por una limpia, aunque no hayan pasado las 4 horas de rigor.

Por todo ello, como todos los días habrá que lavar las mascarillas que han sido usadas en el colegio y hay que esperar a que se sequen y demás, en mi opinión lo más práctico es tener en casa 6-8 mascarillas higiénicas reutilizables para cada niño y así que os de tiempo a lavarlas y que no haya prisas a primera hora de la mañana con un niño que pregunta a gritos donde diablos está su mascarilla.

¿Y dónde compro las mascarillas homologadas?

Para que un fabricante pueda decir que sus mascarillas cumplen tal o cual norma, estas han de haber pasado un test que lo certifique. En el caso de que así sea lucirán con orgullo en algún sitio del envase de la mascarilla “homologada bajo la norma…”, por lo que será fácil encontrarlo. En estos momentos hay muchas empresas que cumplen con estos estándares de homologación y se encuentran fácilmente en comercios locales o en Internet, pero recordad que deben especificarlo.

En el caso de que solo se anuncien como “mascarilla homologada” sin especificar que cumplen la norma, lo más probable es que no hayan conseguido pasar ningún test pero se estén beneficiándo del marketing de poner homologada en su envoltorio. Desconfiad de este tipo de mascarillas si no especifican la norma concreta.

Empleo de la mascarilla

Antes de acabar quería recordaros que las mascarillas deben cubrir desde la nariz hasta la barbilla, ajustándose lo más posible en los laterales. Para los niños hay varias tallas, así que será cuestión de ensayo y error hasta que deis con una que se adapte bien a la cara de vuestros hijos.

Por otro lado, sobre todo con los más pequeños de la casa, no está de más que de vez en cuando les recordéis cómo deben ponerse y quitarse la mascarilla, además de repasar todos los días como han de lavarse las manos.


En resumen, no os volváis locos a la hora de elegir una mascarilla para que vuestros hijos vayan al cole: elegid mascarillas higiénicas reutilizables homologadas bajo la normativa UNE 0065:2020, o en su defecto bajo el estándar CWA 17553:2020, cambiadlas a diario y haced caso al fabricante en cuanto al número de lavados que aguanta la tela.

Si creéis que esta información puede ser de interés para alguien que conocéis, no dudeis en compartirla con ella.

NOTA: este post ha sido escrito siguiendo las recomendaciones del Ministerio de Sanidad sobre qué debes tener en cuenta al comprar una mascarilla.

¿Cuándo debería empezar a dar la cena a mi bebé?

Como todos sabréis, hasta los 6 meses de edad los niños son capaces de crecer y desarrollarse de forma adecuada con la leche como único alimento. Una vez alcanzada esa edad se hace necesario que el niño se alimente de otras cosas para cubrir junto a la leche todos los requerimientos nutricionales que necesitan. Este periodo se conoce como alimentación complementaria y se extiende hasta los 12 meses. Durante ese tiempo la leche sigue teniendo un papel principal en la alimentación de los niños (ya sea de pecho o de biberón), pero de manera progresiva va perdiendo protagonismo hasta convertirse en un alimento más dentro de lo que debería ser una alimentación variada.

A nadie se le debería escapar que aunque la leche sigue siendo muy importante entre los 6 y 12 meses, de la noche a la mañana no es posible que un niño pase de comer “casi todo leche” a comer “muchas cosas aparte de leche”. Y en ese camino hacia alimentarse como un niño mayor surgen las papillas y los purés o los trozos, si es que habéis optado por el Baby Led Weaning, que en general el niño se zampa a la hora de la comida y de la merienda acompañados muchas veces de un poco de teta de mamá o un biberón calentito.

Pero, ¿y las cenas? ¿Cuándo deben los niños empezar a tomar una cena como parte de su alimentación? Esta es una pregunta que nos habéis hecho muchas veces y que os vamos a intentar contestar en este post.

El convencionalismo de los horarios de las comidas

¿Nunca os habéis preguntado por qué las verduras se dan a la hora de la comida y la fruta en la merienda? La verdad es que basta con preguntar a cuatro o cinco familias con hijos pequeños y lo más probable es que todas coincidan en ese horario.

Cuando comienzas con la alimentación complementaria, lo más habitual es empezar por la verdura o por la fruta a la hora de la comida o la merienda. Durante los primeros meses es normal que el niño coma poco y por eso se complete esa toma con leche. Pero a medida que pasa el tiempo esas verduras o esas frutas acaban sustituyendo totalmente una de las tomas de leche que hacía el bebé.

Cuando la madre opta por mantener la lactancia materna más allá de los 6 meses, ese horario resulta muy práctico ya que suele coincidir con las horas en las que la mamá no está en casa si es que se ha incorporado a trabajar y de esta forma al bebé se le puede seguir alimentando sin tener que darle un biberón. Por extensión, las que han optado por dar leche artificial a sus hijos suelen seguir también este horario. Y mira tu por donde, es el horario que también siguen en las escuelas infantiles para dar de comer y merendar a los niños.

Este horario de comidas no deja de ser un convencionalismo social que se extiende durante toda la vida ya que a esas horas los niños con algo más de edad suelen hacer la comida y la merienda, al igual que hacemos los adultos. Al fin y al cabo, cuando a un bebé se le dan las verduras para comer y la fruta para merendar no estamos haciendo otra cosa que imitar lo que sucederá a lo largo de su infancia y seguramente de toda su vida, es decir, establecer un horario más o menos fijo en el que hacemos tal o cual comida.

Y aunque no lo parezca, este es un hecho muy importante que ocurre durante el periodo de alimentación complementaria que, no lo olvidemos, consiste en pasar de alimentarse como un bebé a como un niño mayor.

El ejemplo de la enfermera que trabaja de noche

Hace unos años nos preguntó una amiga enfermera que si no podía darle a su bebé de 6 meses las verduras a la hora de la cena y la fruta en el desayuno. Ella quería seguir manteniendo el pecho y como trabajaba haciendo noches se había planteado darle la teta al niño mientras ella estuviera en casa (casi todo la mañana y buen parte de la tarde) y que su pareja le diera los purés y las papillas cuando se tenía que ir a trabajar.

Este ejemplo real ilustra muy bien que no es necesario seguir a rajatabla el convencionalismo que la gran mayoría hemos utilizado en los horarios de las comidas de nuestros hijos y que existen muchas posibilidades (tantas como familias, cada una con sus necesidades). Al final, lo importante es lo que coma el niño a lo largo de todo el día y no tanto si las verduras de las damos a la 1 pm o las 8pm.

Con el paso del tiempo nuestra amiga fue dejando el pecho y como el desayuno y la cena ya los tenía cubiertos, empezó a darle algo de puré en la comida y algo más de fruta en la tarde. Al llegar a los 12 meses la criatura se tomaba un poco de leche por la mañana y por la noche, una pieza de fruta a media mañana, un puré de verduras con proteína a la hora de la comida y fruta variada con algo de pan para merendar. A medida que fue creciendo comenzó a mostrar interés por lo que comían sus padres, así que en la cena le daban algo de lo que hubieran preparado para ellos ese día, por ejemplo una tortilla con brócoli, arroz con verduras, pasta con calabacín o ensalada de tomate y atún.

Como veis, este niño llegó a los doce meses con el mismo horario de comidas convencionales que nos hemos autoimpuesto como sociedad, aunque por un camino distinto. Al final, no es tan importante empezar por la merienda o la comida; lo que realmente importa es que llegados a los 12 meses los niños coman lo más parecido posible a los adultos, dentro de una alimentación sana y variada, tanto en alimentos como en horarios.

Vale, ¿pero entonces cuándo le empiezo a dar cenas a mi hijo?

Espero que con este ejemplo os hayáis dado cuenta de que no hay una edad concreta a la que se deban empezar las cenas. De hecho, ningún manual de nutrición pediátrica establece si deben darse primero las comidas, las meriendas o las cenas o a que edad se debe empezar con cada una ellas.

Sin embargo, la mayoría de nosotros no tenemos el horario de trabajo de nuestra amiga enfermera, por lo que al final lo más práctico es empezar con las verduras en la hora de la comida y las frutas en la hora de la merienda. Debido a que la introducción de los diferentes alimentos debe ser progresiva para detectar alguna alergia (recordad que hay que separar cada alimento nuevo 2-3 días del anterior), al final tardas varias semanas en que un bebé de 6 meses tome un puré con al menos 4-5 verduras diferentes o una papilla con fruta variada. Si a esto le sumas que al puré de verduras hay que añadirle la parte proteica (pollo, ternera, pescado, huevo, legumbres…), no es raro que hasta los 8 o 9 meses el niño no haya establecido una rutina de comida y merienda estable en la que toma una buena cantidad de alimentos diferentes a la leche.

A partir de esa edad, más o menos a los 9 meses, los niños empiezan a mostrar mucho interés en las cosas que comemos los adultos y muchas veces se relamen al ver nuestros platos comparados con su tazón de puré. En mi opinión, este es un buen momento para que los niños empiecen con la cena. No hace falta que les calcéis un tazón de puré como el de la comida de buenas a primeras, ya que después de la cena siguen haciendo una toma de leche, pero no está mal que a partir de esta edad les empecéis a ofrecer algo para completar la toma de leche antes de dormirse. Además, es con esta edad con la que se recomienda que los niños que han iniciado la alimentación complementaria con triturados empiecen con los sólidos, así que mira, qué mejor momento para que les demos de comer lo mismo que nos hemos preparado nosotros para cenar. En cuanto a qué alimentos les podéis dar, valdría cualquiera que ya sepamos que el niño tolera.

Con el paso del tiempo vuestro hijo irá comiendo cada vez más cantidad de comida a la hora de la cena y desplazará a la leche como alimento principal a esta hora del día, porque recordad que hacia los 12 meses ya deberían comer como un niño mayor (tanto en horarios como en variedad de alimentos).

Si os trae por la calle de la amargura tener que preparar una comida sana y variada para vuestros hijos en el horario de la comida y estáis dándole vueltas a qué podéis preparar en la cena para no ser repetitivos, recordad que el Plato de Harvard es una herramienta muy útil para tener ideas en cuanto a una alimentación sana y variada.


En resumen, los horarios a los que hacen las comidas los niños imitan al convencionalismo de los horarios de los adultos. Sin embargo, no hay una pauta que establezca cuando un niño debe empezar con la comida, la merienda o la cena. Parece razonable empezar por las verduras a mediodía y las frutas en la tarde al comenzar con la alimentación complementaria y dejar para un poco más adelante las cenas. Un buen momento para ello es hacia los 9 meses.

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