Reflexiones de una librera Reflexiones de una librera

Reflexiones de una librera
actualizada y decidida a interactuar
con el prójimo a librazos,
ya sea entre anaqueles o travestida
en iRegina, su réplica digital

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“¡Oiga si lo piden en el cole, existirá!”

Como alguien me hable de ‘la fatídica cuesta de enero’ me voy a poner a gritar. Nada, repito, NADA es tan demoledor para la economía doméstica como septiembre si se tiene, eso sí, al menos una criatura escolarizada. Todo son gastos prevuelta al cole (libros de texto, material escolar, uniformes y libros de lectura), malos humos y nervios a flor de piel, palabra de Regina.

A diario vienen a mis trincheras bibliófilas padres y madres con los ojos inyectados en sangre y lágrimas y yo, que por exigencias de un oficio cara al público estoy entrenada para no perder los nervios, os juro por las teclas de mi Underwood que me esfuerzo lo que no está escrito por mantenerme en mi sitio.

Máxime cuando por mi condición de humilde librera estoy sobreexpuesta a una doble explosión de ira contenida: cuando vienen a mi a por lecturas predeterminadas por el profesorado ya suelen haber pasado a por su lote de libros de texto, materiales y ropa, con lo que tienen más de bombas de relojería con patas que de otra cosa.

Así que al tratarles en reginaexlibrislandia me siento como un especialista en desactivación de artefactos explosivos que no sabe bien si el correcto para evitar el zambombazo era el maldito cable rojo o el azul, y me digo:

“Regina, tesoro, ten paciencia que ellos son los que lo pasan mal. No hablan ellos, es el sablazo en sí quien les dicta texto y tono”

Y ya recupero mi placidez habitual por muy intenso que sea el chaparrón que me esté cayendo en ese momento.

Por ejemplo hace unas horas vino una señora en busca de tres novelitas para su hijo:

 

– Clienta: Buenas, mire necesito estos tres libros del papel para el cole, ¿los tiene?- Regina: ¿A ver? Mmm, Las Brujas, de R. Dahl (Alfaguara); Stuart Little (Alfuaguara) y Galileo, de Philip Steel, también en Alfaguara. ¡Un segundo!

– C.: Vale, espero aquí.

– R.: Verá, tengo Las Brujas y Stuart Little, pero me temo que Galileo no.

– C.: ¿NOOOO, tampoco usted?

– R.: No, lo siento y es que..

– C.: En fin, pues pídamelo, que no lo lleve la niña el primer día y ya está.

– R.: No, verá, es que ya me lo han pedido más personas. Resulta que es un libro descatalogado por la editorial.

– C.: Pues eso, ¡pídamelo!

– R.: No, disculpe, es que no se puede conseguir: la editorial no tiene y que yo sepa no van a reeditarlo.

– C.: ¡Pero si me lo piden en el colegio!

– R.: Ya, si ya le digo que no es la primera persona que viene con esa lista. Lo siento, pero no hay forma de que yo se lo consiga.

– C.: Oiga, no me venga con cuentos: ¡Si lo piden en el cole existirá!

– R.: De verdad que lo lamento, ojalá pudiera conseguírselo, pero es que no puedo. Imagino que el profesor se habrá confundido, o dio por sentado que Galileo estaba aún en circulación, porque la verdad es que salió en 2007…

– C.: Mire, es la tercera librería en la que me vienen a contar el mismo cuento. ¡Son muy poco serios! Que me lo fotocopie mi marido. ¡Adiós!

 

Y se fue dejando tras de sí una estela de fuego e ira contenida que tardó unas horas en desvanecerse de mis apacibles costas bibliófilas. Lo que no se imagina esa señora es que a su frustración hay que sumar la mía que, como imagino que le ocurre a otros muchos libreros, estos días septiembreros también está al rojo vivo.

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿cómo vivís este septiembre textual? ¿Buscasteis alguna vez un libro para el colegio que resultó imposible de conseguir? ¿Qué hicisteis? Si estuvierais en el pellejo de la señora, ¿cómo reaccionaríais? ¿Os piratearíais el libro?

“Joeee, mama, ¿Y eso me lo tengo que leer YO?”

Con lo dada que soy yo a somatizar por la epidermis no podía ser de otra manera: hoy echo el cierre con el sarpullido puesto. Y la verdad es que no sé qué me escuece más, si la erupción cutánea en sí o su causa: una intolerancia congénita a según qué estados carenciales de interés bibliófilo en terceros.

Aunque la cosa me enerva, me escandaliza y me entristece es cierto que hay casos en que aún podemos atajar el mal. Y como el de ésta tarde me da a mi en el pelucón que ha sido uno de ésos, los picores son molestos, sí, pero tolerables con la ayuda de algún remedio casero.

Veréis, la cosa empezó así: una madre y su hija adolescente adentrándose en reginaexlibrislandia. Mientras la retoña parlotea por el móvil, la señora me planta frente al pelucón un pedazo de papel diciendo:

– Clienta: ¿Tiene esos libros?- Regina: ¿A ver? Si, un segundo que se los traigo.

– C.: ¡Pero tienen que ser esos, en esas editoriales y todo!

– R.: Si, si, no se preocupe.

– C.: Es que son para la nena, ¿sabe? Y el profesor es un tiquismiqui. Como no le lleve justo los que ha pedido me la suspende sin más.

– R.: Bueno, imagino que si él ha elegido esos títulos en esas ediciones por algo será, así que vamos a por ellas.

– C.: Vale, aquí esperamos. NENA, ¿QUIERES DEJAR YA EL MALDITO TELÉFONO? VAMOS QUE LLEVAS TODA LA SANTA TARDE PEGADA…

– R.: Mire, aquí están: El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, en Alianza; El misterio de la cripta embrujada, de Eduardo Mendoza en bolsillo; la Apología de Sócrates, de Platón, en Espasa-Austral, y Romeo y Julieta, de Shakespeare también en Espasa-Austral.

– C.: Uy, ¡qué maravilla, así no tengo que pasearme! Mira, nena, están todos tus libros.

– Chica: Joeee, mama, ¿Y eso me tengo que leer? Pues vaya planazo…

– C.: Al menos mientras te los estés leyendo dejarás un poquito el dichoso teléfono.

– R.: Bueno, igual te sorprenden y hasta te gustan

– C.: ¿Cuáles, uno de ÉSTOS? Bahh

– R.: Mira, éste, por ejemplo, va de un chico de tu edad al que expulsan de la escuela y decide pasarse unos días el solito en Nueva York gastándose todos sus ahorros antes de volver a casa a dar la noticia a sus padres…

– C.: ¿Éste, el blanco?

– R.: Si, ese, el de Salinger.

– C.: No se yo…

– R.: Y con el de Mendoza te vas a reír, y llorarás con el de Shakespeare

Y antes de que acabara la frase Shakira a pleno pulmón polifónico me puso el corazón en la punta del pelucón: el móvil de la muchacha. Mientras tanto, la madre alzó la vista al techo de reginaexlibrislandia como buscando por entre mis grietas un último resquicio de paciencia. Pagó y se fueron.

Pero tras su estela a mi me quedó la duda: ¿lograrán Salinger, Mendoza, Shakespeare o Platón encerrar a la criaturita en una gloriosa jaula de letras, esa de la que yo no escaparía ni por todo el oro de un jeque árabe?

¡Hagan sus apuestas! Y si no, díganme, regislandianos de pro, ¿qué libro les clavó en el sendero de las letras? ¿La lectura obligada de qué libro en la escuela empezó siendo un tormento para terminar como una fantasía alucinante?