Reflexiones de una librera Reflexiones de una librera

Reflexiones de una librera
actualizada y decidida a interactuar
con el prójimo a librazos,
ya sea entre anaqueles o travestida
en iRegina, su réplica digital

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“Tengo casi 40 años y quiero empezar a leer”

¿Qué diríais que tienen en común un buen librero y el Príncipe de la Cenicienta? Pues que si éste removió su corte para hallar el pie que se ajustara al zapatito de cristal nosotros tenemos que poner nuestra librería y nuestra mente paras arriba hasta dar con el libro que busca cada reginaexlibrislandiano que se adentra en nuestros confines.

Siempre hay un título adecuado a cada persona y su circunstancia, aunque a veces es difícil dar con él en cuestión de minutos.

Sin ir más lejos ayer un desconocido me noqueó poco antes de echar el cierre, aunque creo que reaccioné a tiempo. Llevaba gafas de sol negras, el pelo largo, un arete de plata, vaqueros negros y unos cascos que escupían acordes a bastantes decibelios según comprobé cuando se los quitó para dirigirse a mi:

– Cliente: Buenas tardes.- Regina: ¡Ah! ¡Hola!

– C.: Verás, quiero un libro.

– R.: Bien, creo que estás en el lugar adecuado.

– C.: Ya, pero es que, bueno, no leo demasiado.

– R.: OK, ¿qué es lo último que leíste?

– C.: Es lo que trato de decirte, que apenas leí nada en toda mi vida. De libros, quiero decir. Y tengo casi 40 años y quiero empezar a leer, por eso quiero que me des alguno que me guste, para que no lo deje. ¿Sabes cómo te digo?

– R.: Mmm, si, déjame pensar.

– C.: ¿Qué te gusta hacer?

– R.: La música, el fútbol, los bares, ya sabes

Paréntesis: Trabajando en las trincheras libreras he aprendido que, por ejemplo, si buscas un libro para un niño al que le cuesta leer lo esencial es que la historia tenga un personaje protagonista de su edad para que se identifique con él, y alguna afición común. Si eso no engancha a la criaturita -y pocas veces falla- poco más se puede hacer por el pequeño lector, salvo rezar… Total, que decidí emplear con este chico la misma estrategia, y me saqué del pelucón un libro fantástico al que llegué hace meses gracias a mi ‘armstrongfl, querido’.

– R.: ¿Te suena la película Alta Fidelidad, de allá por el 2000, con John Cusack? – C.: No, la verdad.

– R.: Bien, porque se basó en el libro que tengo en mente y no quería que conocieras la historia. Se llama igual, Alta Fidelidad, y es de un escritor inglés: Nick Hornby.

– C.: El título mola, ¿de qué va?

– R.: En él Rob, un adicto a la música pop de 36 años, regenta una tienda de vinilos en Londres junto a dos ayudantes. A falta de clientela, confeccionan listas de temas -y de lo que se tercie- para cada ocasión (rupturas, funerales…). Cuando su novia lo deja por otro, Rob escarba en su pasado emocional para demostrar que esta ruptura no es tan traumática como lo fueron otras, esas que reblandecieron su autoestima transformándolo, al son de hits pop, en un hombre inseguro y melancólico. Vamos que Nick Hornby realiza una divertida disección de un Peter Pan con chupa de cuero que no sabe si quedarse con los niños perdidos divirtiéndose al día en el País de Nunca Jamás o fugarse con Wendy al mundo real, donde todo es rutina, responsabilidades y facturas.

– C.: ¡Esa canción me suena, siiiiii! ¿ Y lo tienes?

– R.: Pues sí, aquí está. Y mira, si te gusta y tienes ocasión ve después la peli, porque está muy bien adaptada.

Y se fue con su Alta Fidelidad y yo me quedé con la esperanza de traer de nuevo a la vida un apetito lector en coma.

Y vosotros, queridos, ¿leísteis Alta Fidelidad? ¿Qué título le recomendaríais a alguien que, entrado en años, quiere aficionarse a la lectura?

Os dejo con el trailer de Alta Fidelidad:

A la caza de niños-lectores

Os voy a mostrar algunos de los retos con los que me enfrento a diario en la librería (y en este blog, ¿verdad SRYA?), sobre todo ahora con la ¿maldita? Navidad y las traicioneras ‘listas de regalos‘, esas que los clientes ondean sobre sus cabezas justo antes de entrarme ¡al abordaje!:

Regina,el niño tiene 12 años, pero no lee demasiado…

Va a cumplir 12 y aunque es niña no quiere ni oír hablar de princesitas…

Tiene 12 años, es rumana y como lleva poco tiempo en España su edad no se corresponde con su nivel de castellano, al menos al leer… y yo no sé qué darle…

Mi nieto no lee ni a tiros, dice que es aburrido. Quiero algo diferente..

 

Reconozco que me agobiaba no acertar, no saber qué decir y, la verdad, me pesaba la responsabilidad de patinar y desinflar aún más el flácido globo del hábito lector de alguna criatura inocente.

Por eso una mañana me planté y me dije:

Regina, la empatía. Hazte el favor de meterte en la piel de los niños

Y como además de Regina soy polimórfica así lo hice. ¿El resultado? Lo que yo atesoro como mis ‘8 ases en la manga’, libros para lectores de más de 10 años para quienes ‘libro’ es sinónimo de ‘ladrillo’.

La experiencia me dice que son infalibles. ¿La prueba? Hicieron de varias generaciones de lectores devoradores de tinta impresa. Son:

El pequeño Nicolás, de René Gosciny e ilustrados genialmente por Sempé, son derroche de ingenio y magia. Se trata de una serie con cinco títulos. Es matemático: si acaban el primero llegan hasta el quinto.

El Pequeño Vampiro, de Angela Sommer-Bodenburg. Fue un bombazo en los noventa, y ha generado toda una colección de aventuras protagonizadas por pequeños tunantes con “colmillos de leche”. Entrañable, divertido y con cierto tufillo a moho… Cuando Rüdiger y Anton entran en tu cuarto, los esperas cada noche. ¡Palabra de Regina!

De Roald Dahl recomendaría tres de sus títulos: Las brujas, Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate.

Y en cuanto a españoles, más allá del Manolito Gafotas de Elvira Lindo, Juan Muñoz Martín nos ha regalado dos colecciones tan disparatadas como entrañables que están en SM-El Barco de Vapor Naranja: El pirata garrapata y Fray Perico y su borrico.

¿Lo mejor? Cuando pasados unos días regresa una señora loca de contenta a comprar otro ‘de los mismos’:

La niña está entusiasmada, su madre no da crédito, así que he decidido aprovechar ahora que está en vena…

Y te da las gracias y se va. Y, entre ustedes y yo, es en ese momento cuando el globo-hábito lector de la criatura no es lo único que se ha hinchado… ¡Mi moral-librera parece un zepeling!