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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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La silicona amenaza al bosque

Una buena cena entre amigos es siempre con un buen vino. Pero cada vez con más frecuencia, coges el sacacorchos para abrir la botella… y no hay corcho. En su lugar aparece un famélico tapón de silicona marrón con vetitas longitudinales pintadas. Te sientes estafado ante tan burda falsificación. ¿Quién ha cambiado el tapón?

Vino y corcho son inseparables desde que el monje Dom Perignon los uniera en los primeros champañas hace ahora cuatro siglos, aunque mucho tiempo antes romanos y fenicios ya utilizaban la esponjosa corteza del alcornoque para sellar sus ánforas. Hasta ahora.

Desde hace apenas una década el plástico está arrinconando al corcho. Dicen los defensores de estos nuevos cierres artificiales que así se evita el problema del acorchamiento, algo que tan sólo afecta a un 0,6% de los caldos y que también se produce con los sintéticos, pues en realidad es enmohecimiento. Sin embargo, el cambio resulta mucho más grave y dramático. La silicona está haciendo caer el consumo mundial de corcho, poniendo en peligro a los alcornocales, uno de los bosques con mayor biodiversidad del mundo, refugio de águilas imperiales y linces. Sustento de 100.000 trabajadores del igualmente muy amenazado mundo rural, quienes utilizando viejas técnicas artesanales producen 12.000 millones de tapones al año, la mitad en Portugal y un tercio en España.

Volvamos a la cena y a la botella. En la contraetiqueta aparece claramente la denominación de origen, el método de crianza, una pequeña ficha de cata y hasta la advertencia del uso de sulfitos. Pero en ningún lado se dice que el tapón sea de corcho, que con su uso protegemos el bosque, a sus gentes y a sus animales.

No sé vosotros, pero yo el próximo día en que me abran una botella con el tapón de silicona se la devuelvo al camarero. Si el tapón no es de corcho el vino no puede ser bueno. Ni ecológicamente admisible.

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Echarán serrín a los vinos franceses

Toda la vida soñando siquiera con oler una copa de Château Petrus (probablemente el vino más caro del mundo), mendigar unas gotas de Romanée Conti o llorar por probar un sorbo de Château Latour, y la mitificación de los vinos franceses se me acaba de evaporar como un fresco Sauternes d’Yquem a la puerta del Congreso de los Diputados.

Rompiendo con las más viejas tradiciones vinícolas, los bodegueros franceses han anunciado la próxima adición en sus vinos más mediocres de serrín. Lo harán para darles un barato toque de roble sin necesidad de pasar por el costoso proceso de crianza en barrica.

La técnica ya la utilizan con éxito comercial en Australia y América, donde nunca han sido demasiado remilgados a la hora de usar corchos de silicona y tapones de rosca en sus mejores caldos. Pero lejos de quedarse solos, han logrado arrastrar por los lodos de la reducción de costes a la histórica Francia. En el país vecino, entre la subida del euro, el descenso del consumo interno y el aumento de la competencia, la industria vinatera está sufriendo una dura crisis de la que estudia salir a golpe de falsificaciones de este tipo. Autorizado el uso de virutas por la Unión Europea, la madera en polvo será por ello prontamente incorporada a la normativa francesa.

¿Y en España? ¿Echaremos serrín a las botellas de vino español? Me temo que, como en tantas otras cosas, copiaremos lo malo de nuestros vecinos.

Una pena. Tomado con moderación el vino, junto con el aceite de oliva, es uno de nuestros productos alimenticios elaborados más saludables. Base de nuestra dieta y cultura mediterránea, cada vez resulta, sin embargo, menos natural.

Nuestro progreso enológico corre así peligro de retroceder. Atrás quedan, definitivamente olvidados, los oscuros tiempos del vino de pitarra, reforzado con huesos de jamón y que las leyendas urbanas relacionaban con gatos muertos e incluso con soldados franceses asesinados durante la Guerra de la Independencia. Seguramente imbebibles, pero tan naturales como el chorizo. Tras la locomotora de Rioja llegó por fin el milagro de los Ribera del Duero, Priorat, Somontano y tantas otras regiones. Pero con la crisis la cosa se ha empezado a torcer.

Seguramente los empresarios, ávidos de buenos ingresos a toda costa, han hecho suyo el famoso brindis castellano:

¡Vino! Santa Divisa,

puesto que el cura lo bebe en misa,

bueno es que el pueblo lo beba en masa.

Demos paso pues ahora a los sulfitos, al serrín, a las viñas transgénicas y a los pesticidas. Todo sea por el mercado.