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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Adiós a la silla eléctrica de las aves

Las grandes noticias para el medio ambiente suelen pasar desapercibidas. Sobre todo si son buenas noticias y no catástrofes.

Es exactamente lo que ha ocurrido con la aprobación el pasado viernes por el Consejo de Ministros de un decreto para proteger a las grandes aves de los tendidos eléctricos. Unas infraestructuras energéticas fundamentales para nuestra sociedad, pero culpables de aniquilar más de 30.000 aves al año en España, la mayoría especies protegidas. Prácticamente ningún medio de comunicación se ha hecho eco de la noticia, a pesar de que viene a poner fin a una sangría insostenible que en los últimos diez años ha segado la vida de 200 águilas perdiceras y 80 águilas imperiales, muertas directamente por electrocución. Mal aislados, peor diseñados, estos tendidos son una injusta silla eléctrica para los inocentes pájaros. Apenas tocan cables o torretas y caen fulminados.

A partir de ahora, y en un plazo inferior a cinco años, todas las instalaciones eléctricas aéreas de alta tensión de nueva construcción, así como las ampliaciones o modificaciones de las ya existentes localizadas en zonas de especial importancia para la avifauna, deberán de ser modificadas para adecuarse a diseños inocuos. Unas reformas presupuestadas en 45 millones de euros (7.500 millones de pesetas) que pagaremos todos a las compañías eléctricas, pues el Gobierno las financiará en su totalidad.

Los grupos conservacionistas españoles han saludado con alegría la nueva normativa, sin precedentes en Europa, y que a punto estuvo de quedar olvidada en el fondo de un oscuro cajón. De hecho, el borrador de tan importante herramienta legal llevaba desde 2004 paseándose por los despachos de los políticos, la mayoría reacios a su aprobación, mientras las rapaces seguían muriendo por miles en el campo. Sin embargo, los ecologistas consideran todavía incompleto el decreto, al dejar como voluntaria la instalación de elementos que eviten los accidentes por choque.

El propio gobierno ha reconocido que la electrocución y la colisión en los tendidos eléctricos son el principal problema de conservación para especies tan emblemáticas como el águila imperial ibérica, el águila-azor perdicera y otras grandes rapaces como águilas reales, culebreras, aguilillas calzadas, milanos negro y real, azores o búhos reales. Los cables también matan a las bellísimas grullas, las espléndidas avutardas, los gigantescos buitres negros, las amables cigüeñas, los invisibles alcaravanes, las chillonas avefrías, los inteligentes cernícalos, las veloces ortegas, los potentes halcones. Al menos en este aspecto los vamos a alejar del corredor de la muerte. Y eso es una estupenda noticia.

(En la fotografía superior, búho real electrocutado en un tendido de Albacete, tomada por Rafa Torralba)

Muere un águila pescadora enganchada en un tendido eléctrico

Puede que fuera escocesa o finlandesa. Quizá incluso menorquina. Un joven ejemplar de águila pescadora, recién llegado a la Bahía de Cádiz para pasar el invierno entre nosotros. Nació este año, mimada por sus padres, pero también por una legislación europea empeñada en evitar la extinción de esta singular ave. Apenas tenía seis meses de edad y un largo futuro por delante. Pero pagó con la vida su inexperiencia juvenil. A falta de árboles, el pasado 13 de septiembre se posó en una torreta eléctrica de media tensión en una zona de marisma cercana a Puerto Real. La misma o parecida a las que habitualmente ella y sus hermanas utilizan diariamente para descansar; también para consumir los peces certeramente capturados desde el aire en los esteros y caños de la bahía, dejando caer con calculada precisión sus afiladas garras en el agua. Esta vez algo falló. Un resbalón, un golpe de viento. Mala suerte. La pata izquierda se le enganchó como un cepo en la sujeción del cable de tierra con el apoyo. Imposible soltarse. Tras hora y media de angustioso forcejeo logró liberarse, pero para entonces hueso y tendones estaban destrozados.

Localizada en el suelo se trasladó con urgencia a un Centro de Recuperación de Especies Protegidas. Allí, durante unos días se intentó la recuperación de sus gravísimas heridas. A pesar de administrársele antibióticos y otros medicamentos, ponerle una férula para inmovilizar la pata, ésta empezó a gangrenarse. Finalmente al veterinario no le quedó más remedio. Se optó por la eutanasia.

La noticia me la ha hecho llegar Rafa García, naturalista y agente de Medio Ambiente. También me envía este espeluznante vídeo filmado del accidente, parte del informe realizado para intentar la modificación del tendido eléctrico. Para que no vuelva a ocurrir. Su pata ensangrentada, el pico entreabierto, el gesto de dolor, de angustia, de desconcierto, debería hacernos recapacitar a todos, pues todos somos responsables de este salvaje sufrimiento.

Los tendidos eléctricos llevan la energía a nuestra frenética sociedad. Sin ellos no somos nada, nos dan la vida. Pero a las aves les dan la muerte. Mueren tras chocar contra los cables, invisibles trampas mortales instaladas en el cielo, en su cielo. También electrocutadas por esos mismos cables, al tocar uno de ellos sin aislar y la torreta metálica. Todo eso se sabe y desde hace unos años las compañías eléctricas están instalando elementos salvapájaros en las zonas de mayor interés ambiental. El tendido de Puerto Real contaba con ellas. Sin embargo existe un tercer caso, menos habitual pero igualmente mortal. Es éste de los enganches. Unos accidentes todavía sin resolución.

En Fuerteventura lo comprobamos hace unos años con el alimoche canario, la rapaz más amenazada de Europa. Incluso lo publicamos en una importante revista científica, The Journal of Raptor Research. Pero las aves siguen muriendo igual, aquí en Canarias, en Cádiz o en Cantabria. ¿Para cuándo la prometida y retrasada ley de tendidos eléctricos?

El Ministerio de Medio Ambiente sabe que la solución técnica es muy fácil y puede resolver el problema casi a cero. Consiste en sustituir los 25.000 postes y los 3.200 kilómetros de cables catalogados como muy peligrosos para las aves. Eso cuesta 45 millones de euros. Pero las eléctricas no quieren pagarlo. Nos dicen, eso sí, que si les damos el dinero, gustosamente instalarán todos esos dispositivos. A ellas sólo les interesan las ganancias.