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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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¿Pescamos salmones en Asturias o los exterminamos?

Este domingo, un indomable y fabuloso animal se enfrentará una temporada más a la muerte en aras de alimentar el entretenimiento de los deportistas. Es probablemente la única especie oficialmente considerada en España como “en peligro de extinción” que se sigue matando impúdicamente. Gravemente amenazada, sus captores no serán esta vez menos y más cuidadosos, sino muchos y más constantes que nunca. La acorralada especie se llama salmón, y el lugar de la desigual batalla es Asturias, donde sobrevive el 90% de su exigua población española.

En el Principado astur, la nueva normativa ha doblado el número de días de pesca de 55 a 118, todo a golpe de boletín y sin tener en cuenta las recomendaciones proteccionistas de los científicos. Por si fuera poco, cada pescador podrá llevarse a casa hasta dos salmones a la semana (a lo largo de 19 semanas),  frente al límite de tres salmones que como máximo se autorizó el año pasado. Algo absolutamente imposible de lograr pues la especie está en profundo declive debido no sólo a su sobrepesca en el mar y en los ríos, sino también a la degradación del hábitat fluvial por obras, contaminación y el aumento de los obstáculos a la subida de los peces a las zonas de desove.

Lo cierto es que cada vez hay menos salmones en España y más pescadores tratando de capturarlos, ávidos de pescar el primero, el campanu, y venderlo por 10.000 euros a los amigos de las exclusividades gastronómicas. O de tocar al menos alguna escama.

Existe una solución intermedia, la pesca sin muerte, pescarlos y devolverlos al río para que puedan continuar criando otros años. Sin matarlos podría seguir manteniéndose la especie y toda la actividad turística y deportiva asociada a ella, pero no interesa. Dicen que la razón es política y no me lo creo. Eso se llama insensatez.

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Medio siglo de paraíso helado

Hace 50 años se puso en marcha uno de los tratados más revolucionarios de nuestra historia reciente. En medio de una inestable guerra fría que amenazaba con un tercer gran conflicto mundial, nos pusimos extrañamente de acuerdo para convertir a la Antártida en una gigantesca reserva natural, la menos poblada y contaminada del planeta.

Con la entrada en vigor el 23 de junio de 1961 del  Tratado Antártico, los 48 países firmantes reconocen que

“es en interés de toda la humanidad que la Antártida continúe utilizándose siempre exclusivamente para fines pacíficos y no llegue a ser objeto de discordia internacional”.

Desde entonces es el único continente sin fronteras, desmilitarizado, desnuclearizado y dedicado en exclusiva a la cooperación científica internacional. De momento hay un acuerdo mundial para prohibir toda explotación de sus ingentes reservas mineras y petrolíferas hasta el año 2040. También para preservar esa capa de hielo de más de 2,5 kilómetros de espesor en donde se atesora el 80% de toda el agua dulce del planeta. Paradójicamente, en este mismo continente helado se localiza el lugar más árido del planeta, los Dry Valleys, donde hace miles de años que no llueve por culpa de sus terribles vientos catabáticos.

Por supuesto, tan virginal espacio no está exento de peligros. El más grave de todos es el cambio climático, responsable de que precisamente en este último medio siglo la Antártida se haya calentando el doble de rápido que el resto del planeta y registre preocupantes procesos de deshielo. También sufre los efectos de la sobrepesca y de la inaceptable caza de ballenas.

A estas agresiones se ha añadido en los últimos tiempos una nueva amenaza: el turismo. El creciente flujo incontrolado de turistas que visitan en barco o sobrevuelan en aviones el continente antártico empieza a pasar factura ambiental. Más de 50.000 personas en el último verano austral. Y es que no somos capaces de dejar en paz ni los desiertos helados más protegidos del planeta.

Para refrescaros, nada más bello que este increíble documental sobre los pingüinos antárticos. Que lo disfrutéis.

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Protejamos las montañas submarinas


La organización de conservación marina Oceana ha pedido a la Comisión General de Pesca del Mediterráneo (GFCM) -organismo regional de Naciones Unidas- que proteja las principales montañas sumergidas del canal de Mallorca. Se basa para ello en un informe que recoge cuatro años de investigación submarina en la zona, que tiene una extensión aproximada de 2.800 kilómetros cuadrados, cinco veces la superficie de la isla de Ibiza. En estos mundos, hasta ahora desconocidos, se han hallado más de 200 especies de peces, corales, esponjas de profundidad, cetáceos, tiburones y tortugas, muchas de ellas protegidas.

Para el director de Oceana en Europa, Xavier Pastor,

“la conservación de las montañas submarinas de Baleares no solamente beneficiará de forma muy importante a los ecosistemas marinos, sino que incrementará la percepción de las islas como una comunidad que intenta corregir errores del pasado y caminar hacia un nuevo modelo económico basado en la conservación medioambiental”.

Se trataría por lo tanto de crear una especie de Parque Nacional sumergido, impidiendo con su protección que sigan faenando en la zona barcos de arrastre, palangreros y cerqueros de túnidos, todos ellos de gran impacto medioambiental en un espacio extraordinariamente sensible y valioso; uno de los puntos calientes de biodiversidad más importantes del Mediterráneo.

Para lograrlo Oceana pide “una gestión adecuada que regule y controle las actividades que pueden realizarse y las que no, teniendo en cuenta todos los hábitats importantes hallados en el área, evitando la sobre explotación y el incremento de basuras, redes y sedales, que ya se encuentran en grandes cantidades en estos fondos”.

Paralelamente, Oceana ha propuesto ampliar las áreas protegidas de Alborán, Columbretes y Cabrera a zonas más profundas para proteger los bosques de laminarias, agrupaciones vegetales submarinas que constituyen ecosistemas de gran importancia por su biodiversidad asociada.

Y es que somos así. Sólo protegemos (poco y mal) lo que vemos. Las profundidades marinas se nos hacen lejanas e inútiles, a pesar de que es en ellas donde se atesora no sólo una gran biodiversidad, sino muchos de los remedios farmacéuticos para luchar contra nuestras peores enfermedades, como el cáncer.

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Así muere un tiburón al que han cortado las aletas

Sopa de aletas de tiburón. Por comer algo raro en el restaurante chino. ¿Sabes cómo se obtienen muchas de esas aletas gelatinosas de nuestro último capricho gastronómico? Descúbrelo en este vídeo, extracto de la fabulosa película Oceans de Jacques Perrin.

Pero ten cuidado, son imágenes que pueden herir tu sensibilidad. De hecho la van a herir, pues resultan absolutamente terroríficas (por lo real).

Es la práctica ilegal (pero habitual) del “aleteo”. Consiste en cortar las aletas a un pobre tiburón vivo y tirarlo luego al mar como quien arroja un cacharro inservible a la basura. Verlo hundirse y ahogarse en el fondo, incapaz de moverse, agonizando… Mejor no lo veas.

Es evidente. Los tiburones no son peligrosos. Los peligrosos somos nosotros. Y el mar Mediterráneo, el lugar más arriesgado donde pueden vivir. Según la organización Oceana, el 40 por ciento de las especies de tiburones y rayas del Mediterráneo están en peligro de extinción por la contaminación, la destrucción de sus hábitats y la pesca, accidental o intencionada, lo que convierte al “Mare Nostrum” en el lugar más peligroso del mundo para el pez más temido del planeta.

Las estadísticas así lo demuestran. Cada año se pescan en el mundo alrededor de 200 millones de tiburones, frente a cinco muertes humanas de media por ataques suyos a nuestra especie.

Problema de los chinos, diréis algunos. Pero no es verdad. Los españoles tenemos mucha culpa. Nuestros barcos lideran la flota europea de pesca de tiburones. Y el puerto de Vigo es la capital principal en Europa del comercio de su carne y aletas.

Creo que voy a ver el vídeo, sólo por renegar de mis compatriotas. Y para pediros a todos vosotros que nunca se os ocurra comer sopa de aleta de tiburón.


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Los pescadores declaran la guerra al cormorán

La mayoría de los pescadores odia a los cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo), unas aves que se alimentan de peces y por lo tanto son una incómoda competencia para ellos, como las garzas o las nutrias.

Encima esas aves no son de aquí, vienen del norte de Europa a pasar el invierno en nuestros ríos y embalses. Hace 40 años eran muy pocas, estaban en peligro de extinción y apenas llegaban a España un millar de ellas. Pero por suerte sus poblaciones nórdicas se han recuperado y ahora arriban a nuestras tierras más de 75.000 ejemplares. ¿Por suerte?

Para algunos amigos de la caña la recuperación del cormorán es una desgracia con la que quieren acabar a tiro limpio. Y no es una manera de hablar. De especie protegida ha pasado de golpe a especie exterminable.

Los primeros en abrir la veda del cormorán han sido los asturianos. Los responsables del Principado, siempre tan sensibles a los votos, han autorizado a los pescadores la eliminación este año de 260 ejemplares, un 20 por ciento de toda la población regional. Por contentarles más que nada, pues saben que la culpa del descenso de los peces no la tienen esos pájaros, sino el aumento de las licencias y la sobrepesca. Hagan cuentas. Mil pájaros no pueden pescar más que los 40.000 pescadores con licencia en el Principado.

El problema es aún más grave, pues nadie parece controlar este descaste/desastre. Dispare si quiera señor pescador, pero no nos critique. Y los cadáveres de los pobres pájaros quedan en las orillas, pudriéndose en el suelo, quizá como idiota escarmiento para unas aves sin duda menos irracionales que ellos mismos.

Los primeros cormoranes han aparecido a primeros de diciembre entre la playa y la Ría de Navia. Una docena en apenas una semana, frente a los cinco que se habían establecido como cupo máximo para todo ese río. La matanza ilegal, injustificada y desproporcionada, ha sido denunciada por el ornitólogo David Álvarez en su estupendo blog Naturaleza Cantábrica, pero también en los juzgados.

Mientras, los pescadores leoneses afinan su puntería contra estas pobres aves en un vergonzoso juego en red desde donde piden, ni más ni menos, que el exterminio de toda la especie. Eso se llama amor a la Naturaleza. Aunque quizá sólo es un problema de racismo y xenofobia. ¿Los odiarán por ser extranjeros y negros?

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En la fotografía superior de David Álvarez, dos de los 12 cormoranes tiroteados por supuestos pescadores en la desembocadura del río Navia, en Asturias. Sobre estas líneas, un espléndido ejemplar vivo seca sus alas al sol.

Imagina un mar sin peces

Llega el verano y con él los días de playa, de pescadito frito en el chiringuito, quizá de exóticas comidas en un restaurante japonés donde degustar un delicioso sashimi. ¡Cuánta felicidad nos regala el mar! ¿Te imaginas un mundo sin peces? Imposible, siempre los habrá, responderás rápidamente, y tienes razón. En el futuro seguirán existiendo, pero muy probablemente ni en la cantidad ni en la variedad en que ahora los tenemos, pues estamos acabando con las grandes pesquerías mundiales, nos estamos cargando los océanos a una endiablada velocidad de crucero.

Un reciente documental británico, “The end of the line”, nos descubre esta nueva “verdad incómoda” medioambiental. Si el sector de la pesca no acomete una regulación mundial urgente, en el 2048 habrán desaparecido todos los peces de interés comercial. Un desastre que no sólo lo sentiremos con el empobrecimiento de nuestra cesta de la compra. Su extinción llevará el hambre a 1,2 millones de personas.

¿Estarán exagerando? En absoluto. Para hacerse una idea de las colosales proporciones de la actual industria pesquera, la película nos descubre estadísticas espeluznantes. Por ejemplo, que al año se lanzan a alta mar 1,4 millones de anzuelos, en kilométricas líneas de palangre que permitirían envolver la Tierra 550 veces. Por otro lado, las redes de arrastre literalmente aran anualmente la totalidad de los fondos marinos siete veces. Especies como el atún rojo del Mediterráneo podrían extinguirse en 2012 pues, más que sobreexplotadas, están siendo masacradas. Y con ellos decenas de miles de tortugas, tiburones, delfines, albatros o pardelas mueren accidentalmente, inútilmente.

Para impedirlo es necesario ser un consumidor concienciado, rechazar ese sushi asesino, evitar la compra de latas de conservas de empresas no respetuosas con el mar. Si no lo logramos, ese mundo sin peces será cada día más real.

Os incluyo dos interesantes vídeos sobre el tema.

El primero es el trailer del documental del que os hablo, estrenado en mayo pasado.

El otro forma parte de la campaña de Greenpeace para proteger a los atunes. Se titula Abre una lata de verdad.