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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Contra la obsolescencia programada, apúntate a la alargascencia

Obsolescencia ¿Qué es eso? Un documental nos lo explicó hace unos años de forma tan meridiana que de un golpe nos tiró a muchos del caballo del consumo. Comprar, tirar, comprar, dirigido por Cosima Dannoritzer sobre obsolescencia programada, descubrió no solo la realidad de que muchas de las cosas que compramos hoy, mañana se habrán quedado viejas, inútiles, incompatibles, pasadas de moda, sino que algunas compañías las diseñan para fallar, reduciendo deliberadamente su vida útil para incrementar el consumo. Bombillas que se funden a toda velocidad, medias de nailon adictas a las carreras, baterías de los móviles, impresoras trucadas,… La lista es interminable.

Frente a esta manipulación consumista, responsable de un disparatado consumo de materias primas y de un salvaje aumento de los desechos, son muchos los colectivos ciudadanos que están apostando por exactamente lo contrario, la Alargascencia. Proyectos de reutilización al máximo de toda nuestra cacharrería que no solo evita la obsolescencia programada, sino que protege el medio ambiente y el desarrollo sostenible. Lee el resto de la entrada »

¿Por qué las cosas duran cada vez menos?

Apenas un mes después de la Navidad, la mayoría de los juguetes de mis hijos ya no funcionan. O se han roto o resulta imposible repararlos. Lo mismo ocurre con el móvil, es más barato comprar uno nuevo que cambiarle la batería. Y con la impresora, cuyo cartucho resulta más caro que todo el aparato completo, incluido el cartucho. ¿Por qué las cosas duran cada vez menos? La respuesta es evidente: han sido diseñadas para romperse en poco tiempo, para quedarse anticuadas en unos meses, para empujarnos en esta loca carrera del consumo compulsivo. Se llama “obsolescencia programada” y está provocando el mayor derroche de recursos de todos los tiempos.

Comprar, tirar, comprar” es un documental recientemente emitido por Televisión Española (TVE 2) donde se descubren los orígenes de este maquiavélico diseño industrial, motor de la economía global y azote del planeta. Una práctica empresarial surgida a comienzos del siglo XX que reduce de forma deliberada la vida de los productos para incrementar su consumo porque, como ya instruía en 1928 una influyente revista de publicidad norteamericana,

“un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”.

Empezaron con las bombillas. Todavía hay una en un parque de bomberos de California que lleva encendida ininterrumpidamente desde 1901 [la puedes ver a tiempo real en una webcam], pero se modificó el exitoso diseño inicial para que no duraran más de 1.000 horas. Lo mismo se hizo con las medias de nylon. Las primeras no se rompían ni a mordiscos y ahora no resisten una mañana sin hacerse carreras y acabar en la basura. La moda rápida nos ha troquelado aún más en este despilfarrador comportamiento del usar y tirar, en el deseo de tenerlo todo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario.

El consumo nos dará la felicidad, o no, pero producirá miles de toneladas de desechos cuidadosamente programados para terminar en el vertedero. Y a este ritmo, queridos amigos, nuestra sociedad se acercará demasiado pronto a su fecha de caducidad.

Os dejo a continuación el vídeo de “Comprar tirar comprar”, el espléndido documental sobre la caducidad programada dirigido por Cosima Dannoritzer.


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Llega el hombre de bajo impacto

Quiero ser hombre de bajo impacto. De bajo impacto medioambiental, se supone, que no sexual o intelectual. Quisiera reducir mi huella ecológica, el daño que mi presencia en el mundo le provoca al planeta, rebajar al máximo el consumo de materias primas y electricidad, contaminar menos, pasar por este mundo habiendo machacado la Tierra lo mínimo posible. Pero soy incapaz de lograrlo. A pesar de vivir en un pueblo de apenas 200 habitantes, o quizá por ello, me es imposible escapar de una forma de vida intensamente urbana donde el uso del teléfono, el ordenador, internet y el automóvil resultan obligatorios.

Quien sí parece estar lográndolo es el belga Steven Vromman, que el próximo primero de mayo habrá logrado reducir su impacto en el medio natural a niveles mínimos.

Para conseguirlo no habrá utilizado más de 15 litros de agua al día, habrá consumido menos de 1kwh de electricidad diarios y no habrá generado más de 1 kilo de residuos al mes.

Visto de lejos, tampoco parece tan difícil ¿verdad? Pues estáis equivocados. Lo suyo es toda una proeza, sobre todo si tenemos en cuenta que, como señala un reciente reportaje de la Agencia EFE, cada ciudadano de un país del primer mundo consume al día más de 120 litros de agua corriente (ocho veces más) y 40,3 kwh (40 veces más) y produce 0,71 kilogramos de basura, casi lo que Vromman genera en todo un mes.

La huella ecológica es la superficie del planeta necesaria para absorber los residuos y producir los recursos que necesitamos cada uno de nosotros para mantener nuestro actual ritmo de vida. La media en Bélgica es de 5,1 hectáreas, semejante a las 5,4 hectáreas que ocupamos los españoles, aunque todavía muy inferior a la de los Emiratos Arabes (11,9), Estados Unidos (9,6) o Finlandia (7,6) según la Wikipedia. Vromman trata de rebajar la suya hasta 1,5 hectáreas, el nivel que se supone adecuado para permitir que el planeta se recupere al mismo ritmo que lo explotamos.

Pero el ejemplo de este ciudadano de Gante es inasumible para la mayoría de nosotros. Para lograrlo, Vromman ha decidido prescindir de ‘lujos’ cotidianos como usar ropa limpia, comer carne o pescado o utilizar champú. En lugar de ducharse se lava con agua de lluvia recogida del canalón del tejado, cuyo excedente utiliza para vaciar su retrete.

Cuenta también este belga con artilugios ecológicos tan curiosos como un reproductor mp3 que se carga haciendo girar una manivela, o una bicicleta estática que por medio de una dinamo genera electricidad [os pongo foto de ella bajo estas líneas]. Algo que ha justificado así a EFE:

“Es un buen sistema para que mis hijos aprendan que la energía no cae del cielo: si quieren jugar a algún juego del ordenador un rato, antes tienen que pedalear”.

Seguramente su reto es exagerado y poco más que simbólico, es verdad, pero también supone una demostración clara de todo lo superfluo que consumimos compulsivamente a costa de nuestro entorno. Paralelamente, en tiempos de crisis como los de ahora, estas actitudes respetuosas suponen un importante ahorro económico nada desdeñable.

¿Os parece un loco? Quizá lo esté un poco, pero su locura al menos puede servirnos como aldabonazo verde, demostración de que es posible vivir bien sin machacar innecesariamente a la naturaleza.

FOTO: Piet de Kersgieter /Flickr