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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Premiado con un televisor por matar 80.000 ratas

Parece una noticia loca, pero viene firmada por la agencia Associated Press (AF). Un agricultor de Bangladesh ha sido elegido como el mejor cazador de ratas de 2009, tras matar más de 80.000 en un mes. Pulverizó así el récord del año pasado, establecido en 40.000 ratas, aunque el número exacto no pudo ser confirmado. Como reconocieron los funcionarios de la oficina de Agricultura,

“no pudimos contar todas las colas debido al hedor que desprendían”.

Mokhairul Islam, el nuevo flautista de Hamelín o kill rats, recibió como premio un televisor a color de 14 pulgadas durante una ceremonia celebrada en la capital del país, Dhaka, ante más de 500 personas.

En realidad, Mokhairul Islam es un acaudalado granjero que posee unas 120 hectáreas de tierra y seis granjas de aves cerca de la capital. No tuvo por lo tanto reparo en reconocer que para lograr el premio contó con la decidida colaboración de sus trabajadores.

“Éste es un momento emocionante” reconoció Mokhairul al recibir la tele y un diploma. “Seguiré matando ratas”, prometió a sus vecinos.

El Ministerio de Agricultura estima que los roedores destruyen cada año en Bangladesh de 1,5 millones a 2 millones de toneladas de alimentos, tres cuartas partes de los que este empobrecido país debe importar del extranjero para luchar contra el hambre. Acabar con las ratas es para ellos un asunto de vida o muerte.

El problema es el método utilizado: veneno.

Los raticidas no son tan inocuos como las multinacionales químicas que los fabrican se empeñan en hacernos creer. Acaban matando a las aves rapaces que se alimentan de estas ratas (esas que de forma natural les ayudarían a luchar contra ellas) e incluso pueden afectar a la población humana. Pero si nos los usan el hambre les mata igual.

Es el eterno conflicto de los desequilibrios naturales provocados por el hombre y tiene difícil solución.

Inglaterra declara la guerra a los loros

Verdes, ruidosas, exóticas, llegaron al Reino Unido hace apenas 40 años y ya son un incómodo enemigo con alas.

La cotorra de Kramer (Psittacula krameri) y la cotorra argentina (Myiopsitta monachus) acaban de convertirse oficialmente en plaga en Inglaterra. Como la barnacla canadiense (Branta canadiensis) o el ganso de Egipto (Alopochen aegyptiacus), son consideradas una amenaza, ya sea para la fauna nativa o para la salud pública. Una designación que permite que cualquier persona podrá dispararlas en cualquier época del año sin ningún permiso especial, e incluso destruir sus nidos. Es la guerra contra ellas.

Escapadas o soltadas inconscientemente de las jaulas, estas aves se han adaptado admirablemente al duro clima británico. Su población reproductora actual supera las 4.700 parejas y se están expandiendo de manera constante por el norte hasta llegar a Escocia. A costa de quitar los nidos a los pájaros carpinteros para criar en ellos, y de dañar los cultivos frutales. Como ocurre igualmente en España, donde también se quiere acabar con las cotorras.

El control de las especies invasoras es un grave problema de conservación en Europa. Su eliminación de los ecosistemas naturales debería de ser una prioridad de las Administraciones desde el primer momento en que se detecta su presencia, pues luego ya es demasiado tarde. Mejillón cebra, cangrejo americano, los loros y una larga lista de plantas y animales acaban provocando un grave impacto medioambiental y también económico.

Pero a tiros no vamos a solucionar nada. Servirá para aplacar al agricultor afectado, a quien le dejarán desahogarse del daño provocado por estas aves a tiro limpio. Y nada más. La única solución real es impedir el tráfico mundial de especies exóticas, pero eso nunca se hará pues hay mucho dinero en juego.

De todas formas, disparar a una bellísima cotorra ¿no os parece una salvajada? Qué culpa tendrá ella de nuestras manías y de nuestros vicios.

La tórtola turca, una maldición divina

Ayer salí al campo y pude por fin escuchar el inconfundible arrullo de una tórtola común (Streptopelia turtur). Me llevé una alegría, pues cada vez es más raro oír este símbolo natural del amor y del verano.

La tórtola viuda del romance de Fontefrida tiene muy complicado encontrar pareja. Sólo en Extremadura, sus poblaciones han caído más del 60% en apenas diez años.

Y sin embargo, en las ciudades las tórtolas se están convirtiendo en una incómoda fuente de suciedad y enfermedades. Sin ir más lejos, en Zaragoza llegaron a utilizar hace tres años un “camión trampa” con el que capturaron en pocos días más de 3.000 de estas aves.

¿En qué quedamos, se extinguen o son una plaga?

Las dos cosas, pues hablamos de dos especies completamente diferentes.

La común es campestre, de plumaje marrón, migratoria, y muy asustadiza.

La otra es la tórtola turca (Streptopelia decaocto), grisácea, sedentaria, algo más grande, urbana y muy confiada.

Esta última es una recién llegada a nuestra fauna. Como su nombre indica, procede de Asia Menor. Pero por causas desconocidas, a partir de mediados del siglo XX inició una fulgurante carrera de expansión por todo el mundo que le llevó tanto al Círculo Polar Ártico como a la India, Japón y el Caribe. Algo increíble para una especie no migratoria.

La primera española se vio en Asturias en 1960, y el primer nido se encontró en Santander en 1974. A partir de 1980 conquistó toda la península Ibérica y Baleares. En 1985 saltó a Marruecos y en 1990 llegó a Canarias.

Mientras una tórtola triunfa, la otra se bate en retirada. A los problemas de la caza, la mecanización agrícola, la homongenización del paisaje, el uso de pesticidas y fertilizantes y la sequía, la pobre tórtola común añade ahora la competencia de esta prima lejana suya, que no duda en expulsarla de sus árboles de toda la vida.

Y es que ya desde sus orígenes, la tórtola turca se ha visto como una maldición. De ahí le viene precisamente su nombre científico, decaocto, dieciocho, que es lo que machaconamente parece repetir en correcto griego hablado.

Cuentan en Grecia que cuando Jesucristo agonizaba en la cruz, un soldado romano se apiadó de él y quiso comprarle un cuenco de leche con el que aplacarle la sed. Una vieja vendedora le pedía 18 monedas, pero el centurión tan sólo tenía 17. No hubo manera de regatear. Tan sólo repetía 18, 18. Jesús la maldijo por ello, convirtiéndola en esa tórtola que sólo sabe decir en griego: 18, 18, 18. Cuando se avenga a razones, y diga 17, se convertirá de nuevo en ser humano. Pero si sube el precio a 19, significará que el fin del mundo está cerca.

Sobre estas líneas, un ejemplar de tórtola común, muy diferente en plumaje, tamaño, costumbres y canto a las urbanas tórtolas turcas.

La Naturaleza, y no el veneno, acaba con la plaga de topillos

Ya es oficial: la plaga de los topillos está controlada.

Tras arrasar más de 1,5 millones de hectáreas de cultivos en la meseta norte del país y provocar pérdidas en la agricultura cercanas a los 20 millones de euros, los topillos han desaparecido.

Pero en contra de lo que puedan pensar, el éxito no ha sido debido ni a la distribución masiva de venenos, ni a la quema de rastrojos, ni al arado en profundidad de los campos de cultivo, ni a la limpieza de cunetas, ni a la contratación del flautista de Hamelín.

El mérito exclusivo es de la Naturaleza, la misma que permitió este descontrol y que ahora vuelve a controlarlo; como siempre ha hecho en estos casos durante los últimos miles de millones de años, de forma paciente y absolutamente natural.

Según la consejera de Agricultura de la Junta de Castilla y León, la comunidad más afectada por el espectacular crecimiento poblacional de este micromamífero,

“intentar atribuir la erradicación de la plaga a las circunstancias naturales es no mirar el trabajo y esfuerzo de la Junta, de las organizaciones agrarias y de los agricultores”.

Es lógico. Después de gastarse 24 millones de euros, nadie es capaz de reconocer que no han servido para nada. Como tampoco nadie es capaz de reconocer que los científicos tenían razón, que como ha sido comprobado hasta la saciedad, las propias poblaciones se autorregulan sin necesidad de matanzas colaterales de numerosas especies protegidas.

Lo explica perfectamente el biólogo Alfonso Balmori:

Una vez que se producen las densidades más altas empiezan a actuar varios factores, endógenos y exógenos, que devuelven la plaga a su nivel poblacional de partida. Intervienen, entre otros, los parásitos internos y externos, el contagio de enfermedades bacterianas (como la tularemia), la depresión del sistema inmunológico, la desnutrición, el incremento del estrés fisiológico, la agresividad intraespecífica por las altas densidades y el confinamiento en el espacio, y el efecto «llamada» que ejerce la abundancia de presas sobre los depredadores de todo tipo (cigüeñas, garzas, comadrejas, lechuzas, zorros.).

Precisamente los menos evidentes, como parásitos y bacterias, suelen ser muy eficaces en su trabajo.

Estos factores naturales, que actúan sinérgicamente, son los auténticos protagonistas de la victoria contra la plaga, independientemente de que se haya utilizado veneno o no.

¿Quieren pruebas? Las tenemos.

Un equipo de especialistas del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), del CSIC, y de la Universidad de Valladolid lo ha comprobado científicamente:

El final de la plaga de topillos ha sido igual de fulminante en las áreas llenas de veneno que en donde no se utilizó.

¿Magia o milagro? Ni lo uno ni lo otro, tan sólo lógica.

Aunque llegados a este extremo me asalta una terrible duda. Sin topillos en el campo, ¿qué haremos los ecologistas este verano, ahora que hemos dejado de criarlos y soltarlos desde helicópteros?

Se lo adelanto: después de una primavera tan lluviosa, este verano los ecologistas nos dedicaremos a soltar serpientes.

¿No se lo creen? Ya lo verán. Antes de un mes estarán acusándonos miles de dedos. Sólo espero que para entonces nuestros incultos políticos se queden tranquilos y no se pongan a fumigar el campo como hicieron esta semana con los tejados de un barrio de Motril. Aunque tampoco lo descarto.

Una plaga desnuda a las choperas de Castilla y León

Acaba de romper la primavera y en muchos lugares del norte peninsular las riberas de los principales ríos comienzan a lucir un preocupante aspecto otoñal, lleno de árboles desnudos y con los suelos tapizados de hojas marchitas.

Lo comentaba ayer mismo muy preocupado el naturalista Unai Fuente en Avesforum, un foro especializado de ornitología: casi todos los chopos (Populus nigra) de las riberas, en algunas zonas hasta el 90 %, han perdido la hoja fulminantemente.

Una situación que el ornitólogo no dudaba en calificar como “catástrofe”, tanto para los árboles como también para las aves, pues se están quedando sin lugares donde ocultar sus nidos.

Hace un mes estaban todos sanos, pero en las dos últimas semanas los árboles han comenzado a perder sus hojas de forma acelerada, como si estuvieran muriendo de golpe todos ellos.

Lo ha podido comprobar en la zona de Villadiego (Humada), donde el ataque de la extraña enfermedad es masiva, mientras más hacia el norte, en los valles del Ebro, la cosa no parece tan seria. Sin embargo, hacia Briviesca y Burgos vuelve a aparecer con fuerza y la defoliación avanza imparable por Lerma, al tiempo que en Aranda de Duero empiezan a verse los primero síntomas. Me cuentan que en León está ocurriendo lo mismo, en montañosos valles del norte como los del Curueño y el Torío.

¿Qué está pasando? ¿Porqué se mueren los chopos?

Como siempre, lo mejor es preguntar a los especialistas. Para ello me he puesto en contacto con Roberto Ontañón, biólogo de IMAVE, una empresa leonesa especializada en el mundo forestal, quien me ha tranquilizado.

Chopos y álamos no se están muriendo, tan sólo están enfermos. A falta de análisis más precisos, todo parece apuntar a la existencia de un ataque masivo de un hongo, la Marssonina.

Existe de siempre, pero suele atacar en otras épocas con más humedad ambiental, hacia finales de verano. Como esta primavera ha sido especialmente lluviosa, todo se ha adelantado, incluido las plagas.

Si baja la humedad ambiental los árboles infectados rebrotarán. Y como resalta Roberto, “esperemos que se controle por si sola”.

Sólo nos faltaría perder ahora los chopos, como ya perdimos hace años nuestros añorados olmos.

Quieren acabar con las cotorras

En Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Málaga. Los gritones bandos de pequeños loros de color verde intenso, las cotorras argentina (Myiopsitta monachus) y de Kramer (Psittacula krameri), son cada vez más frecuentes y numerosas en España.

Todas tienen el mismo origen: escapes o sueltas de ejemplares adquiridos como aves de jaula.

Se calcula que las argentinas tienen una población española nidificante superior a las 1.500 parejas, más del doble que 10 años antes, creciendo a un vertiginoso ritmo del 20 por ciento anual. No es de extrañar, pues en su país de origen están consideradas una plaga dado los graves daños que ocasionan en los cultivos de maíz y girasol, donde la instalación de sus grandes colonias de cría en tendidos eléctricos provocan paralelamente tanto averías como numerosos incendios forestales.

A Barcelona llegaron las primeras hacia 1975. Al principio eran menos de 50, pero hoy en día son ya más de 2.000. A las que los agricultores del Baix Llobregat acusan de ocasionar graves daños en los cultivos de árboles frutales y hortalizas.

Recientemente en Madrid, una de estas grandes masas de ramas donde hacen sus nidos coloniales acabó partiendo el abeto sobre el que se sustentaba. Tenía un diámetro superior a la altura de una persona adulta y pesaba ¡cerca de una tonelada!

La invasión de especies exóticas representa la segunda causa de pérdida de biodiversidad, solo por detrás de la pérdida de hábitat, estando por delante de la sobrecaza. Son por ello muchos los expertos que están reclamando a las Administraciones medidas efectivas de control y erradicación de este tipo de especies en los ecosistemas naturales (sólo en aves se han detectado en nuestro país más de 274 especies asilvestradas), antes de acaben convirtiéndose también aquí en una plaga, cuando ya no habrá posibilidad de encontrar alternativas viables. Piden, directamente, cazarlas vivas para que vuelvan a las jaulas de donde se escaparon o, si esto no es posible, matarlas directamente.

Frente a ellos, colectivos animalistas defienden la presencia de estas aves como seres vivos a los que hay que proteger a toda costa, evitándoles todo sufrimiento, al margen del daño que puedan acarrear a otras especies o al propio hombre.

¿Mi opinión? Pienso que la mejor estrategia es siempre la más sencilla, evitar nuevas sueltas intencionadas y combatir a estas especies exóticas con depredadores naturales como las aves de presa.

Pero mientras sigamos comprando este tipo de animales y luego, cuando nos cansemos de ellos, tengamos la mala idea de soltarlos “para que sean libres”, no haremos más que empeorar las cosas. Una acción irreflexiva, ajena al grave daño que infligimos a los ecosistemas, además de a los problemas económicos y sanitarios que con nuestra inconsciente acción podemos acabar provocando.

Australia quiere matar 10.000 caballos salvajes

En Australia los caballos salvajes son una plaga, una terrible plaga sobre cuatro patas a la que se acusa de dañar los ecosistemas. Por eso las autoridades han decidido acabar con ellos por lo sano. A tiro limpio.

Sólo en el Parque Nacional de Carnarvon, en el Estado de Queensland, ya han matado más de un millar en el último año. La mayoría desde helicópteros, dejando a los animales heridos abandonados a su agonía. 10.000 más serán sacrificados en los próximos tres años si no se logra parar entre todos esta barbarie. Si no se buscan otras alternativas menos salvajes como la captura, la traslocación o la esterilización.

Australia es el hogar de unos 300.000 caballos salvajes, la mayor población de este tipo en el mundo, a pesar de ser allí una especie introducida. Los trajeron los ingleses desde Europa en el siglo XVIII. Fueron una gran ayuda para los colonos, tanto como animales de tiro como para carne. Pero ahora molestan. Sobre todo en los parques nacionales, donde su abundancia pone en peligro a las especies vegetales autóctonas. Porque como cruelmente ha señalado Keith Muir, director de la Fundación Colong para la Vida Silvestre , un grupo ambiental de Sydney que apoya el sacrificio de los populares brumbies, “los caballos son animales exóticos que no pertenecen a Australia”. Y añade este sujeto mal llamado ecologista:

“Si soltaran canguros en América sería como los caballos aquí. Estarían disparándolos como locos para tratar de controlarlos”.

Pues no despreciable señor. No lo haríamos. Como tampoco dispararíamos a las vacas y a las ovejas que por millones pueblan su país, con toda probabilidad ambientalmente mucho más dañinas que los pobres equinos.

No conozco ningún ser vivo más maravilloso que el caballo. Como ya os conté en una ocasión, sólo la noble energía del contacto con su piel cura graves enfermedades.

¿Matarlos en masa como a ratas? Jamás. Debemos impedirlo. ¿Qué podemos hacer? De momento, firmar aquí en contra de esta salvajada. Hasta él momento apenas se han recogido 5.000, pero podemos llegar al millón. La mía ya la tienen. ¿Y la tuya?


El asesino de las palmeras llega a Baleares

Un precioso escarabajo de gran tamaño, el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), el asesino de las palmeras, avanza imparable por España.

El primer lugar de Europa donde se detectó la plaga fue en Almuñécar en 1994, a partir de árboles infectados traídos de Egipto. En ese momento se podría haber acabado con ella sin esfuerzo, pero ni los sistemas de control de fronteras ni los de alerta fitosanitaria funcionaron. Desde entonces se ha extendido como la peste por Murcia, Andalucía, Cataluña, Canarias y la Comunidad Valenciana. Y como ya os conté en una ocasión, es tan mortal como imparable. Miles de palmeras han muerto por su culpa.

Baleares es su última conquista. Allí los insectos han llegado confortablemente instalados en el interior de troncos infectados, desde donde los adultos se han extendido luego saltando de urbanización en urbanización. Vinieron unos pocos y son ya miles. En apenas un año han ocupado las islas de Mallorca e Ibiza. 120 palmeras han debido ya ser taladas, una medida insuficiente para controlar al poderoso escarabajo, cuyas formidables larvas devoran los árboles en pocos meses, los necesarios para convertirse en adultos y salir volando en busca de nuevas víctimas arbóreas donde fundar nuevas colonias.

De momento no existe un remedio eficaz contra ellos. Se está estudiando infectarlos con parásitos mortales, así como encontrar algún veneno que pueda acabar con estos blindados animales, pues los plaguicidas tradicionales no son efectivos. Mientras tanto los esfuerzos se centran en evitar su expansión talando todos los árboles afectados, así como limitando el trasiego de restos de podas. También siendo más estrictos en el control del tráfico de palmeras para jardinería, una política que, como tantas otras, llega demasiado tarde.

El picudo rojo llegó de polizón, oculto en palmeras datileras arrancadas del desierto egipcio y argelino para adornar nuestros campos de golf y nuestras urbanizaciones de sol y playa. Pero se ha engolosinado con la palmera canaria (Phoenix canariensis), mucho más dulce y apetecible para estos voraces insectos. Una preferencia que puede acabar con palmerales únicos como los de Maspalomas (Gran Canaria), Haría (Lanzarote) o Madre del Agua (Fuerteventura).

Hace dos años tuve la oportunidad de espiar la vida secreta de los picudos. Acompañé al técnico Benedikt Von Laar durante una demostración de su invento para localizar árboles infectados en la turística localidad majorera de Caleta de Fuste. Benedikt es un gigantón alemán tan grande como una palmera y, quizá por eso, experto en la protección de tan emblemáticos árboles. Trabaja en el Instituto de Investigación de Bioacústica de Schwedt, cerca de Hamburgo, donde ha desarrollado una sonda de bajas frecuencias. Con ella se puede captar con increíble claridad el sonido que este escarabajo emite en el interior de la planta. E incluso más. Es capaz de identificar hasta cinco estadios distintos de su desarrollo. El ruido que hacen las larvas al masticar o el de los adultos al caminar. Con la ayuda de un ordenador, el análisis de los sonogramas permite además saber si el escuchado es macho o hembra.

Fue una de las experiencias más intensas de mi vida. Percibir en toda su fuerza la ciudad oculta de los picudos rojos. Pero en cuanto sentí el murmullo de esos cientos de voraces mandíbulas devorando cual cáncer un indefenso árbol supe que no había nada que hacer. No los podremos parar, para desgracia nuestra y de nuestros palmerales.