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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Me rindo. No habrá Navidad vegetariana

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© Wikimedia Commons

Los vendedores de fruta y verdura lo saben y aceptan con resignación la llegada de unas semanas de incomprensión generalizada hacia sus productos. Por mucho que se empiece a notar en España una leve recuperación en el gasto alimenticio navideño, lo verde sigue teniendo poco espacio en la cesta de la compra de estos días de contenido derroche. De hecho, la Navidad es para fruteros y verduleros su peor época del año.

Mariscos, cordero, merluza, pavo, jamones, besugo, bacalao o ternera han desbancado de las mesas de Nochebuena y Año Nuevo a todo producto vegetal. De aparecer alguno será, a lo sumo, como guarnición o en ensalada. Y salvo las uvas en Nochevieja y alguna que otra piña tropical, los polvorones, turrones, mazapanes y chocolates mandan rotundos en los postres.

Quizá aparezca algún cuñado vegetariano, el rarito de la familia, poniendo caras y pidiendo plato especial, pero lo tradicional es y ha sido siempre relacionar una buena comida con abundantes manjares de origen animal. Porque como recuerda el sabio refrán castellano, “de un cólico de acelgas nunca murió rey ni reina”. Y para un par de días que nos vemos todos al año, tampoco es cuestión de enredarse en discusiones sobre el impacto ambiental de consumir tanta carne y pescado, los peligros para la salud de toda esa medicación con la que los atiborramos o el inmenso sufrimiento infringido a las ocas para producir el denostado foie. O proponer un cambio de dieta a la familia. ¡Ni se te ocurra!

Por todo ello me temo que, una Navidad más, mi militancia ecologista deberá decretar el temporal cese de las hostilidades. Y puesto que “no hay más alta virtud que la prudencia“, prometo eludir las discusiones sobre política, religión, fútbol o vegetarianismo. No se me vaya a enfadar el personal y descubra aquello tan terrible de “tripa vacía, corazón sin alegría”.

Pues eso, que ¡Feliz Navidad!

Pregunta para el debate: ¿Alguno de vosotros tiene problemas en las comidas navideñas por ser vegetariano? Contadnos, contadnos.

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¡¡Cuidado con el monstruo San Silvestre!!

Hace años, la Nochevieja no se parecía en nada a la loca celebración de ahora. De hecho, prácticamente no se celebraba. Como mucho, el último día del año era fecha perfecta para asustar y tomar el pelo a los niños.

En 1998 entrevisté en Quintana del Pidio (Ribera del Duero, Burgos) a Carmen Cuesta, quien por entonces tenía unos espléndidos 78 años y una no menos espléndida memoria. Sus recuerdos engrosaron la serie de tres libros que sobre la tradición oral burgalesa luego publiqué junto con José Manuel Pedrosa y Elías Rubio.

En el primer volumen, titulado Héroes, santos, moros y brujas. Leyendas épicas, históricas y mágicas de la tradición oral de Burgos (Elías Rubio Editor, 2001) aparecen así recogidos los miedos infantiles de esta mujer:

[En] las fiestas de Navidad, el día 28 son los Santos Inocentes. Entonces venía Herodes a degollar a los críos, y mira a ver, porque te cortaba la cabeza. ¡Qué pánico! Más de cuatro veces me he escondido yo en un arca para que no me viera.

El último día del año nos decían:

─Hoy viene un hombre a la posada que tiene más ojos que días tiene el año.

¡Como el año sólo tenía [ya] un día, y el otro tenía dos [ojos]!

Ibas adonde el posadero y llevabas una perra, cinco céntimos, para ver al hombre aquel de los ojos. Se ponía uno una criba y una luz, y tapao con una manta. Como estaba en la pajera, a oscuras, abrían y veías todo ojos.

Pero, por la noche, el último día del año venía San Silvestre. Pero yo no sé por qué, le llamaban San Silvestre el Cojo. Que venía tirando adobes por las chimeneas. Para meter miedo a los chicos:

─Vámonos pronto a la cama, que, si no, viene San Silvestre.

En mi ignorancia, yo le preguntaba a mi abuelo:

─Si es cojo, ¿cómo puede saltar de un tejao a otro?

─Uy, con una pata sola.

¿Habías oído alguna vez esta historia u otras semejantes? ¿Cómo celebraban antes tus abuelos la Nochevieja? Seguro que de manera muy diferente a como lo hacemos nosotros ahora. De hecho, yo les he contado hoy la historia del monstruo San Silvestre a mis hijos (6 y 8 años) y ellos, lejos de asustarse, me han mirado con indulgencia, como diciendo: las cosas de papá. Yo creo que es culpa de la Play Station.