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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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¿Son un nuevo timo las pulseras antimosquitos?

Mosquitos

Las pulseras antimosquitos están de moda este verano. Las hay de todas las marcas y precios. Sobre todo las llevan los niños, hechas en silicona y con atractivos diseños infantiles. También se ven muchos aparatos a pilas que emiten ultrasonidos y que se llevan colgados del bolso a modo de pinzas o se dejan encendidos por la noche junto a la cama.

¿Se acabaron las picaduras? ¿Hemos descubierto por fin un sistema para erradicar enfermedades tan terribles como la malaria, la fiebre amarilla o el dengue? Mucho me temo que no.

Un informe de la OCU de hace 3 años ya advertía sobre el timo constatado de tales productos milagro. Concluía que, en el caso de las pulseras impregnadas en repelentes, se ha demostrado que su eficacia real contra los mosquitos es muy baja, pues este tipo de productos hay que aplicarlos sobre toda la superficie de la piel para que sean eficaces. Según diversos estudios científicos, los repelentes no funcionan a más de cuatro centímetros del punto de aplicación. Resumiendo. Tales pulseras sólo evitarán picaduras en las muñecas de nuestras manos.

Lo mismo ocurre con los ultrasonidos repelentes, disponibles incluso en aplicaciones para teléfonos móviles. Un sonido inaudible para nosotros pero insoportable para las mosquitas (las únicas que pican) o, según otras versiones, recreación del aleteo del mosquito macho, que supuestamente espanta a las piconas. Pues tampoco. Hace ya cinco años FACUA-Consumidores en Acción solicitó a las autoridades de Consumo, con escaso éxito, su retirada del mercado al haber sido imposible poder demostrar científicamente tal eficacia.

Desgraciadamente para alérgicos y sufridores de zonas donde vive el terrible mosquito tigre, los únicos remedios eficaces contra estos insectos siguen siendo los mismos. Lociones insecticidas en todo el cuerpo, ir lo más cubiertos posibles y con ropas claras, poner mosquiteras en las ventanas, alejarse de las zonas con aguas insalubres y evitar el uso de perfumes.

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Las bombas biológicas empiezan a explotarnos

Vivimos en un mundo global con problemas globales. Económicos pero también medioambientales. De estos últimos las especies invasoras parecen un mal menor, algo anecdótico resultado de la permeabilidad de las fronteras. No nos damos cuenta de su terrible efecto. Son bombas biológicas que nos estallan en las manos, empobreciendo la biodiversidad y provocando gravísimos daños. Como el mejillón cebra, un recién llegado a España capaz de atascar todo tipo de conducciones de agua, responsable de pérdidas anuales en nuestro país superiores a los 100 millones de euros. Y encima no es comestible.

El mosquito tigre y sus dolorosas picaduras nos han expulsado de los jardines. Cataluña secará la mitad del delta del Ebro para combatir una plaga de caracol manzana que amenaza los arrozales. El picudo rojo está matando decenas de miles de palmeras y ha empezado a triturar el Palmeral de Elche, Patrimonio de la Humanidad. La serpiente real de California invade Gran Canaria y amenaza al lagarto gigante canarión. El visón americano acaba con el europeo, además de con otros mamíferos autóctonos e incluso colonias enteras de aves en peligro de extinción. La hormiga argentina se lo come todo. La uña de león liquida la frágil vegetación de los sistemas dunares. El cangrejo chino, el señal y el americano terminarán por extinguir a nuestro cangrejo autóctono. El erizo de lima arrasa los fondos marinos de Canarias. Por no hablar de la interminable lista de especies exóticas traídas como singulares mascotas y que, tras ser abandonadas, se han convertido en la pesadilla de los ecosistemas: pitones, mapaches, coatíes, iguanas, tarántulas, escorpiones,… En España ya hay unas 1.400 especies, entre plantas y animales, que no son autóctonas. Una cifra en rápido y preocupante aumento.

Contra estos destructores biológicos sólo hay una solución, evitar su llegada. Pero no se hace. Luego,transformados en plaga, es ya tarde y poco o nada podemos contra ellos. Tan sólo contemplar su avance imparable contra el medio ambiente y nuestras economías.

Si os interesa este preocupante tema, no os perdáis Invasores, un gran documental escrito y dirigido por el naturalista Luis Miguel Domínguez. Dos años de trabajo para retratar cuántos y quiénes son estas especies recién llegadas, dónde están y cómo viven, a través de un excitante recorrido por la geografia española que saca a la luz un drama ambiental de dimensiones catastróficas.

Se estrena hoy viernes, 5 de noviembre, a las 22 horas, en Madrid, en el Pequeño Cine Estudio. Calle de Magallanes, 1. (Metro Quevedo).

Como aperitivo, os dejo a continuación el trailer del documental.

En la fotografía superior, uno de los cientos de miles de caracoles manzana que han invadido el delta del Ebro poniendo en peligro las cosechas de arroz. Tan grande como una manzana, de ahí el nombre. Qué miedo.

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Un verano con menos moscas

Son la pareja del verano: calor y moscas. Sin embargo, este año está resultando atípico. No sé ustedes, pero yo tengo la impresión de que hay menos moscas.

Aprovechando mis viajes estivales por Canarias, León, Burgos y La Rioja no he dejado de profundizar en tan sorprendente sospecha, haciendo la misma pregunta a cuantos amigos me encontraba en pueblos y ciudades: ¿Hay menos moscas este verano?

Lo reconozco. Es un estudio completamente acientífico, trufado de errores metodológicos, pero la mayoría de los encuestados me han dado la razón. Este año hay menos moscas. Y eso es una gran noticia.

¿Lo has notado también tú allá donde vives?

El descenso poblacional mosquil puede estar relacionado con la primavera tan lluviosa y fría que hemos sufrido este año, a la que ha seguido un verano especialmente seco.

De todas formas, el descenso será necesariamente pasajero. Ya lo dice el refrán castellano: “Lluvia y sol, mosca la vaca y el pastor”. Todavía tienen tiempo suficiente para convertirse una vez más en plaga.

Y aunque en menor número, serán siempre suficientes como para despertarnos durante la siesta o caerse en la sopa.

¿Por qué tenemos tanta manía a las moscas?

No por piconas, pues sólo son chuponas. Tan sólo, y no es poco, las odiamos por pesadas. Un sentimiento que viene de antiguo. De hecho la propia palabra, “mosca”, procede del sánscrito “makshika” o “maçika”, que viene a significar “insecto que molesta”.

Estos dípteros “inexorablemente domésticos” se caracterizan ante todo por su escaso, si no nulo, sentido común. Se posan una y otra vez en el mismo lugar, ajenos al peligro de nuestros obsesivos intentos por aniquilarlos. No existe criatura más pesada en todo el reino animal.

Tan sólo viven un mes, pero es tiempo suficiente para molestarnos hasta la exasperación.

Cada hembra de mosca doméstica (Musca domestica) puede poner hasta 500 huevos de una vez. 36 horas después de haber nacido sus crías, éstas ya pueden a su vez poner huevos. Es lógica tanta prisa, pues desde que nacen como huevo hasta que mueren apenas pasan 22 días. En ese momento, antes de dejar este mundo, habrán sido abuelas varias miles de veces. Y si a finales de agosto todos sus descendientes sobrevivieran a insecticidas y pájaros, el planeta estaría cubierto por una espesa capa de estos insectos de 10 metros de profundidad.

De todas formas, como ya os conté hace un par de años, habrá que esperar al menos hasta el 25 de octubre para poner fin a tan pesado sufrimiento pues, como reza el dicho popular, “el día de San Crisanto, las moscas al campo santo”.