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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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¿Pueden los niños ser toreros?

Michelito, el niño torero franco-mexicano de 11 años, quiso lograr la semana pasada el insólito récord de matar seis novillos seguidos en la plaza de toros de Mérida (México). A pesar de torear y matar esa media docena de toros, cortar dos orejas, dar dos vueltas al ruedo y salir en hombros, su plusmarca no quedará registrada en el famoso Libro Guinness de los Récords Mundiales al que aspiraba ser inscrito.

Según publica la agencia EFE, la explicación de los responsables del Guinness a esta negativa fue rotunda:

“No aceptamos récords basados en matar o herir animales“.

¡Olé por ellos!

Michel Lagravère, Michelito, mide 1,35 metros y pesa 35 kilos. Ha participado en más de 60 corridas y lidiado astados de 270 kilos.

Por suerte en España está prohibido el toreo a los menores de 14 años. Pero no en Francia, donde el propio Michelito toreó el año pasado con vergonzante éxito.

Si una corrida de toros es un terrible espectáculo de sangre y brutalidad hacia los animales, poner como matadores a los niños me parece la mayor de las atrocidades posibles. Arriesgando su vida por un puñado de monedas, educándose como supuestos artistas cuando tan sólo son aprendices de torturadores.

¿Puede alguien defender esta salvajada? ¿Te parece bien que los niños sean toreros, les jaleemos desde el tendido viéndoles cómo se manchan las manos con la sangre de un animal tan noble? Desgraciadamente, el mundo del toreo mueve mucho dinero y no sabe de éticas.

¿Hay que prohibir los chicles?

La nueva plaga de nuestras ciudades se llama chicle.

Lo mascamos compulsivamente incluso mientras hablamos, hacemos pompas, lo estiramos como niños pequeños y al final lo tiramos a la calle o lo pegamos en cualquier sitio, cual incómodo moco descomunal. Mírese las suelas de sus zapatos. Seguramente tiene ahora mismo alguno pegado en ellas. Caries aparte, la limpieza de chicles de la vía pública consume millones de euros de las arcas municipales todos los años.

En ciudades como Murcia o Málaga las patrullas quitachicles se gastan 12.000 euros al mes. En Vigo han dejado de hacerlo tras comprobar que limpiar un solo tramo de calle les lleva un día y no menos de 1.200 euros. Muchas localidades ya tienen costosas máquinas para eliminarlos (entre 30.000 y 50.000 euros), pero según acaban de limpiar por un lado, las pegajosas gomas vuelven a llenar las aceras por el otro lado.

Londres es sólo un ejemplo. Se necesitan 17 semanas para quitar los 300.000 chicles pegados en la céntrica calle Oxford Street, pero solamente 10 días para que la calle vuelva a estar como antes. Allí un chicle cuesta 3 peniques y despegarlo 10.

Más expeditivos, en Singapur el chicle está prohibido desde 1992. En esa ciudad-estado su uso sin receta médica acarrea multas para los infractores de algo más de 3.000 euros si es la primera vez, o de 6.000 euros para los reincidentes, con la posibilidad incluso de ser condenados a dos años de cárcel.

¿Habría que prohibir el chicle en España? Si fuéramos un poco civilizados no haría falta. Bastaría con envolverlos en su envoltorio original una vez consumidos y depositados en una papelera. Aunque si queremos seguir siendo unos guarros, tecnología y tradición están de nuestra parte.

Podemos volver a los orígenes, a mascar goma natural de la savia de un árbol llamado Manilkara zapota, al igual que hace 600 años lo hacían los aztecas, los inventores del chicle. Una cooperativa mexicana (Chicza Rainforest Gum) trata así de distribuir en Europa su chicle biológico, Chicza, nacido de los árboles chicozapotes de la selva mexicana, ecológico desde el principio de su preparación y biodegradable, pues una vez mascado, se deshidrata y se convierte en polvo.

La otra opción es seguir consumiendo goma artificial, pero del modelo ecológico desarrollado por Revolymer, una compañía surgida en la Universidad de Bristol. Un chicle que no se pega a nada y se degrada con el agua en tan sólo 24 horas.

Personalmente no me gustan los chicles, sean del tipo que sean. Tanto masticar para nada, que diría la abuela. Tampoco me gustan las prohibiciones. Pero lo de imponer multas fuertes por tirarlos a la vía pública me parece más que necesario, aunque sólo sea por el bien de nuestro calzado.