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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Bulgaria vende sus mejores cerezas a España

Los jóvenes búlgaros Plamen, Violetta y Stoyan posan orgullosos delante de su pequeño sueño empresarial, Cherry Dreams.

Plamen Mihaylov, empresario, 38 años, Stoyan Mandzukov, agrónomo, 32 años, y Violetta Dimitrova, 23 años, experta en packaging, tienen un sueño de color picota: Cherry Dreams. Una empresa agrícola búlgara creada por ellos en 2008, apenas un año después de que su país entrara en la Unión Europea. Y donde las mejores cerezas, las de Calidad I, se envían directamente a España. “Allí es donde nos las pagan mejor”, justifica Plamen. A un euro el kilo. Un precio estratosférico en un país donde el sueldo medio está en los 250 ó 300 euros.

Las cerezas buenas, pero no tanto, se envían a Italia. Quizá por esa razón Plamen, hombre fornido, muy moreno, jovial, habla un italiano fluido, mejor incluso que su buen inglés. Lee el resto de la entrada »

El campo envejece: cada vez hay menos jóvenes agricultores en Europa

Plamen Mihaylov muestra orgulloso su plantación de pimientos en el pueblito búlgaro de Shtarkovo.

En palabras del comisario europeo de Agricultura y Desarrollo Rural, Phil Hogan, “los jóvenes agricultores de hoy son los ecologistas del mañana”. Sin embargo, cada vez hay menos. Y eso preocupa enormemente a Europa. Apenas un 5,6% de los agricultores europeos son menores de 35 años, mientras que el 56% son mayores de 55 años, según datos de la Oficina de Estadística de la Unión Europea, Eurostat.

La población agrícola española es también cada vez más vieja. El 63% tiene entre 35 y 64 años, el 33,3% más de 64 años y sólo el 3,7%, menos de 35 años. En Portugal están aún peor, pues la mitad de los agricultores son mayores de 65 años.

Estos datos contrastan con Alemania, Austria y Polonia, donde menos del 10% de todos los agricultores continúan trabajando más allá de los 65 años. La proporción de jóvenes frente a mayores en el mundo rural de esos tres países es alta (por encima de 1), pero muy baja en Chipre, Portugal, España y el Reino Unido (por debajo de 0,1), estableciéndose la media europea en 0,18. Lee el resto de la entrada »

Jóvenes científicos piden dinero para lanzar su primera empresa

CreandoRedes

El micromecenazgo (en inglés crowdfunding) ha llegado también al emprendimiento científico. Como Sandra, Ana, Adrián y Alberto, un grupo de científicos de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) que solicitan el apoyo de todos nosotros para difundir y fomentar su especialidad, la Restauración Ecológica, a través de la empresa que han creado con la intención de mejorar el mundo y encontrar una salida profesional práctica a sus conocimientos.

Creando Redes es la primera empresa de Restauración Ecológica de España. A través de Indiegogo, sus promotores pretenden recaudar los 12.400 euros necesarios para financiar una plataforma de formación on line y el primero de sus cursos de introducción a esta especialidad; también prometen la creación de foros de participación e intercambio de experiencias entre los diferentes agentes sociales.

Creando Redes quiere hacer llegar este conocimiento a la sociedad a través de una plataforma interactiva, de fácil acceso a los contenidos, que permita evaluar los conocimientos y contactar con expertos. Los cursos se estructurarán de forma dinámica e intercalarán contenidos teóricos con seminarios y casos prácticos.

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Escuelas de pastores, una profesión con futuro

Pastor

Hubo un tiempo, lejano, en el que los nobles querían ser pastores. Recitaban románticas églogas y se vestían como tales en un bucólico intento por acercarse a lo más amoroso de la naturaleza, el idilio. Luego llegaron hembras poderosas, como La Serrana de la Vera, y se torció el asunto. Al final los pastores quedaron sumidos en el último eslabón laboral, a pesar de que su trabajo era fundamental para garantizar la subsistencia de todo un pueblo. Quien no valía para otra cosa, o no tenía tierras, terminaba de pastor.

Todo ha cambiado. A peor. La ganadería agoniza y, a pesar de que seguimos necesitando pastores para apacentar nuestros rebaños, prácticamente nadie quiere hacer este trabajo. O no sabe hacerlo. Una necesidad tan acuciante que ha obligado a desarrollar escuelas de pastores.

Ofertando un futuro mejor para los jóvenes en el medio rural, las hay ya en Picos de Europa, Andalucía, Cataluña o Arantzazu (Guipúzcoa). Y no son cursos fáciles, pues para un hombre o mujer de ciudad, acceder a los mínimos conocimientos y saberes ganaderos para mejorar la rentabilidad de una explotación obliga a un elevado esfuerzo.

En realidad nuestros ganaderos en extensivo del siglo XXI son pastores de biodiversidad. Ya lo eran antes, pero no lo sabíamos. Su sabio manejo de pastos y montes favorece el desarrollo de muchas especies animales y vegetales amenazadas. Los dientes del ganado actúan como inmejorables cortafuegos, manteniendo un paisaje agroforestal que gracias a ellos ha permanecido casi invariable a lo largo de miles de años. El estiércol fertiliza el suelo y da vida a insectos y aves. Involuntariamente, sus reses garantizan la supervivencia de lobos, osos, buitres y quebrantahuesos. Y todo ello produciendo una carne, leche y quesos de calidad excepcional.

Son tiempos difíciles, es verdad. Pero a estos jóvenes que ahora se enfrentan a la aventura de ser pastores es difícil que les falte trabajo. Y su visión moderna de la profesión seguro que les permite dignificar una profesión que nunca deberíamos haber arrinconado. Nos va en ello la supervivencia.

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La crisis nos empuja a volver al campo

Huerta canaria

Las ciudades ya no pueden garantizar el bienestar de todos sus ciudadanos. Especialmente, desgraciadamente, de los más jóvenes. Muchos han optado por buscar trabajo en el extranjero. Pero otros, más apegados a la tierra, optan por volver al campo. Allí, mal que bien, nunca les faltará comida y techo.

El efecto empieza a notarse en ese paisaje rural abandonado en las últimas décadas a la espera de subirse al tren de la especulación; de cambiar patatas por chalés adosados. Poco a poco las viejas huertas  reverdecen, las fincas abandonadas vuelven a la vida. Pero con nuevas ideas. Apostando por la calidad, que en alimentación se llama producto ecológico, autoctonía, artesanía. Apostando por la venta directa, la autogestión, los grupos de consumo, internet, las nuevas tecnologías y el márquetin.

El caso de la Comunidad Valenciana es sintomático. Allí la superficie cultivada aumentó el año pasado en 4.000 hectáreas después de haber perdido 83.000 en apenas una década. Lo mismo ocurre en el amenazado Parque Agrario del Bajo Llobregat, la tradicional despensa de Barcelona. Incluso en la turística Gran Canaria acabo de ver esta semana infinidad de campos cultivados por quienes han desistido de buscar trabajos mal pagados en los complejos hoteleros. También hay mucho autoconsumo. Ayuda a reducir gastos y aporta la felicidad de vivir mano a mano con la naturaleza. Hasta en solares o jardines de fábricas abandonadas surgen las huertas. Allí el trabajo se confunde con el ocio y el descanso.

Todos ellos, emprendedores en el campo, necesitan lo mismo: consumidores concienciados. El auténtico Comercio Justo está en logar que los ciudadanos abandonemos la trampa de los grandes centros de alimentación y apostemos con nuestra compra por los productos de cercanía. Ganaremos todos.

En la imagen, tomada la pasada semana, un hombre trabaja en la huerta que tiene en el barrio de Rosiana, Santa Lucía de Tirajana, Gran Canaria.

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¿Quien le puso el cascabel al buitre?

En los últimos días se ha hablado mucho en la Red de estas impresionantes fotografías subidas a la página de Iberia Nature. Es exactamente lo que parece, sin trucos ni photoshop. Un buitre leonado (Gyps fulvus) adulto con un cencerro colgando del cuello.

La imagen fue tomada en febrero de este año por un guía de la naturaleza en pleno Parque Natural de Grazalema, en Cádiz. Aunque parezca mentira, el pobre animal se había adaptado bastante bien al ruidoso trasto, estaba emparejado y criaba sin problemas un pollo en su nido. Incluso en vuelo se le escuchaba llegar desde lejos, con su tolón tolón permanente.

Tras la sorpresa inicial, y como en la famosa fábula de Esopo, la pregunta surge automática: ¿Quién le puso el cascabel al buitre?

Está claro que la gente del pueblo, seguramente algún pastor inquieto pero aburrido. Les parecerá raro, pero ésta ha sido una viejísima costumbre practicada en nuestro país desde hace siglos. Una gamberrada propia de la gente más joven, que todavía hoy se recuerda en la mayoría de los pueblos con buitreras en sus inmediaciones. Probad si no y preguntad a la gente mayor. Seguro que os contarán historias parecidas como me las contaron a mi muchas veces en Burgos, en Navarra, en Cáceres, y en prácticamente todos los sitios donde lo he preguntado.

Pero aunque sabemos quién fue, nos queda conocer lo más difícil ¿Cómo lo hizo?

Eso también se lo contarán todos. Había dos métodos. El menos utilizado consistía en subirse al nido y colocarle el sonoro cacharro al pollo cuando ya estaba grandecito.

Pero lo habitual fue esconderse cerca de donde los buitres se estaban comiendo una gran carroña (una vaca, un caballo) y esperar a que las aves llenaran bien sus buches. De repente salían los mozos corriendo y los grandes pájaros, extremadamente torpes por culpa del sobrepeso alimenticio, eran capturados vivos. Aquí en Fuerteventura hacían lo mismo con los alimoches. Dicen los pastores majoreros que estas aves se asombran con los gritos, que se asustan, y que por eso no pueden volar. También a ellos les colocaban el dichoso cencerrito al cuello, ante el regocijo general de los más brutos. Cosas de la España profunda.

¿Y para qué lo hacían?

Pues como gamberrada. Para que luego, cuando andaban por el campo y oían por entre las nubes el ruido de un cencerro, pudieran tomar el pelo al compañero más inocente anunciándole la llegada de una vaca voladora.

También por la primaria satisfacción de saber que ése, entre varios cientos, era el buitre que en una ocasión habían tenido en sus manos. Una hazaña así les daba popularidad, todo el mundo hablaba de ella y de ellos.

Y como los buitres pueden vivir hasta 50 años, el pobre animal se pasaba medio siglo haciendo sonar la esquila por toda la comarca. Como el de la fotografía, que supongo será la vieja acción de algún joven ahora ya jubilado y no una charlotada reciente.

Porque nos parecerá gracioso, pero eso de colgarle un cencerro a un buitre, de molestarlo y poner en peligro su vida es, además de algo ilegal, una salvajada propia de gamberros hoy felizmente olvidada. O al menos eso espero.

Los jóvenes no quieren ser ganaderos

Hacen el mejor queso de Canarias, pero no tienen ningún secreto especial para justificar su éxito. Y aunque lo tuvieran, moriría con ellos, pues ninguno de los tres hijos de estos ganaderos de Fuerteventura quiere seguir la tradición quesera de sus padres, aprendida de sus abuelos y éstos, a su vez, de los suyos.

El queso semicurado elaborado con leche cruda de cabra de la quesería La Montañeta, de Casillas del Ángel, fue elegido recientemente como «Mejor Queso de Canarias 2008», al obtener la máxima puntuación en el VIII Concurso Nacional de quesos de leche de cabra Premios Tabefe Fuerteventura.

Desde la atalaya de su granja, un excepcional mirador sobre el histórico pueblo, Felipa Valdivia y su marido, Juan Manuel Rodríguez, contemplan el paso del tiempo aferrados a la tradición de sus mayores, a la ganadería.

Una actividad que, aunque les permite vivir sin estrecheces económicas, les obliga a estar esclavos de las cabras. Es por eso que ninguno de sus tres hijos, dos chicas y un chico, está dispuesto a seguir con la actividad familiar. A pesar de contar con las últimas técnicas de ordeño y fabricación de quesos, el trabajo es mucho.

«Ninguno quiere saber nada del ganado, la nieta de 9 años es la única que está siempre empeñada en venir a ver ordeñar, pero porque es chica todavía», se lamenta Felipa, aunque en el fondo les comprende. «Los jóvenes no quieren este trabajo porque es muy sacrificado, no tiene vacaciones ni fines de semana».

Trabajo y más trabajo. «Aquí no descansamos nunca. Por las mañanas con el queso y por las tardes en el hogar, por lo menos lo que es la ropa, la comida y limpiar la casa un poco», explica esta mujer, nacida en la Rosa de Tinojay hace 48 años.

¿No le ayuda el marido?

«Yo tengo otros quehaceres», justifica el aludido. «Ella se encarga del queso y de la casa. Yo de los animales y de la carne». Lo hacen así desde que se casaron hace 30 años, de manera que, al menos a ellos, el reparto de deberes les funciona.

Felipa acaba de ver recompensados todos sus esfuerzos con la entrega de tan importante distinción. Hace el mejor queso de Canarias. Pero el premio no se le ha subido a la cabeza. Sigue igual de humilde, sin arrogarse de secretos especiales para justificar la excepcional calidad de su producto:

«Aprendí de mi madre, de verlo hacer toda la vida. No es difícil, sólo trabajoso».

Juan Manuel Rodríguez observa parte del rebaño de más de 200 cabras que tiene en su granja majorera. En la imagen superior, su mujer Felipa Valdivia nos muestra uno de los quesos artesanales que hace diariamente en su casa y luego vende por la isla y en Gran Canaria.