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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Siéntete como un insecto… polinizador

Poliniza

¿Tus hijos se pasan el día pegados a la maquinita matando marcianitos y otros bichos siderales? Pues si no puedes luchar contra ellos conviértelos en insectos. Polinizadores, claro. Que hagan algo útil y nos ayuden a tener más alimentos, flores y árboles en el planeta. En sentido figurado, claro está, pero menos da una piedra o un teléfono móvil.

Convertirse en un insecto polinizador para facilitar la reproducción de las plantas en cuatro espacios distintos de la naturaleza es desde hoy más sencillo y divertido gracias a PolinizAPP, un juego educativo de simulación en formato aplicación que han desarrollado los centros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Real Jardín Botánico de Madrid y el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA) de las Islas Baleares, gracias a la financiación de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). Lee el resto de la entrada »

Icíar Bollaín escribe en La Crónica Verde para defender los olivos monumentales

Firma invitada: Icíar Bollaín – directora de cine

Hoy viernes, 6 de mayo de 2016, la directora madrileña estrena su última película, “El Olivo“. En ella denuncia el expolio de árboles monumentales y el desarraigo provocado por la burbuja inmobiliaria en el levante español. Este texto que puedes leer a continuación lo ha escrito para nuestro blog de La Crónica Verde.

Olivos de la vida

La directora Icíar Bollaín durante el estreno de la película " El Olivo " en Madrid.Acabemos con el expolio de los olivos milenarios. Hasta hace muy poco yo no tenía mayor relación con ellos que verlos en infinidad de rotondas o jardines de lujo.  Olivos de troncos enormes y retorcidos, casi más escultura que árbol, que en el boom de los años 2000 se convirtieron en elementos decorativos, yendo a parar algunos hasta China. Lee el resto de la entrada »

Icíar Bollaín: “Con el arranque de olivos monumentales perdemos un patrimonio único”

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Este viernes 6 de mayo se estrena El olivo, de Icíar Bollaín, una bellísima película que denuncia el expolio patrimonial que supone el arranque de olivos milenarios para abastecer un mercado especulativo de rotondas, campos de golf y chalés de millonarios. Lee el resto de la entrada »

El efecto del centésimo mono, falso pero esperanzador

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Es uno de los temas más recurrentes en los libros petardos de autoayuda o de Nueva Era. Citar el efecto del centésimo mono, también conocido como “de los cien monos” o, mejor aún si lo ponemos en inglés, “hundredth monkey effect”. Para quien no lo conozca, la definición de la Wikipedia, donde deja bien claro su naturaleza de bulo pseudocientífico, resulta clara:

Es un comportamiento aprendido propagado rápidamente desde un grupo de monos hasta todos los monos, una vez que se alcanza un número crítico de iniciados [100]. Por generalización, se refiere a un fenómeno por el cual, una vez que una cierta parte de una población ha oído hablar de una nueva idea o aprendido una nueva habilidad, la difusión de dicha idea o habilidad entre el resto de la población se produce en forma instantánea, mediante algún proceso desconocido en la actualidad, más allá del alcance de la ciencia.

Vale sí. Es mentira que unos científicos japoneses comprobaran que algunos monos de una isla nipona aprendieron a lavar batatas, y poco a poco este nuevo comportamiento se extendió a través de la generación más joven hasta que una vez alcanzado un cierto número crítico de monos adiestrados ―el llamado «mono 100»― la conducta se extendió instantánea y milagrosamente por las islas cercanas, cruzando el mar. Esos famosos monos aprendieron de los mayores y no de los jóvenes, como era de esperar, y su descubrimiento gastronómico tardó mucho más que un centenar de monos en generalizarse, sin llegar nunca a extenderse a otras islas con las que no tenían contacto físico.

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Estamos matando a nuestros hijos a cucharadas

obesidad

Comparto con el mediático cocinero británico Jamie Oliver su preocupación por nuestros (malos) hábitos alimentarios.

Comparto sus críticas a esa comida de catering que diariamente dan a nuestros hijos en los comedores escolares y luego reforzamos los fines de semana llevándolos a hamburgueserías y pizzerías.

Comparto sus elogios hacia los productos frescos y nutritivos, sus críticas salvajes (y merecidas) hacia la comida preparada, transformada, congelada, trufada de conservantes, antioxidantes, espesantes, colorantes, aromatizantes, estabilizantes, emulgentes, gelificantes, antiespumantes, antipelmazantes, antiaglutinantes, humectantes, correctores, acidulantes, potenciadores, edulcorantes y una larguísima panoplia de productos químicos de síntesis.

Comparto su lucha contra los refrescos azucarados y las leches coloreadas para imitar ese chocolate, fresa o vainilla que no tienen.

He firmado en change.org su petición para que en los colegios de todo el mundo exista una asignatura obligatoria en educación alimentaria; para que entre las competencias básicas de todo joven se incluya el saber hacer al menos 10 recetas de cocina diferente.

Pero también estoy de acuerdo con el dietista-nutricionista y bloguero de 20 Minutos Juan Revenga en que la auténtica revolución de la comida la debemos hacer en nuestras casas.

La culpa es nuestra y de nadie más. Porque en el pecado de este sistema de vida urbano, estresante, frenético, sin tiempo para preparar un guiso y ni tan siquiera para pelar una naranja, llevamos nuestra penitencia, terrible penitencia: 42 millones de niños menores de cinco años padecen sobrepeso u obesidad en el mundo, muchos de ellos con un tipo diabetes que hasta hace poco sólo se desarrollaba a partir de los 40 años.

En un espeluznante reportaje Jamie se lo explicaba así a una madre norteamericana que no paraba de llorar. “Estoy matando a mis hijos con toda esta comida basura”, le venía a decir al cocinero.

Y éste, también lloroso, le respondía: “Es verdad, los estás matando, pero aún estás a tiempo de evitarlo”.

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La receta de la semana: paladea el otoño

Otoño

© Creative Commons

Paladear el otoño, sentirlo, disfrutarlo, caminarlo, tocarlo, olerlo, bañarte en él. Este mes lluvioso y a la vez cálido está siendo espectacular. Especialmente para los aficionados a las setas, colmados como pocos años lo han estado de tan fabulosos manjares. Hasta 130 kilos por hectárea de producción micológica, casi el doble de la media.

Yo también me estoy dando estos días una placentera inmersión forestal en un paraje maravilloso, el monasterio de Poblet, en Tarragona. Participo en un congreso internacional dedicado al tejo, ese árbol mágico y a la vez escasísimo. El lugar no puede ser más acertado, el mismo elegido a mediados del siglo XII por los sobrios monjes cistercienses para fundar uno de los cenobios más impresionantes de Europa, con todo mérito declarado Patrimonio de la Humanidad. Esos ermitaños fueron adelantados ecologistas, pues buscaron bellísimos espacios naturales para aislarse del mundo y dedicarse a la contemplación.

Contemplar. Qué verbo tan fantástico para conjugar en otoño. Precisamente de eso vengo a hablar a Poblet. De que no es posible conservar tejedas, robledales, montañas como cotos cerrados. Sólo si divulgamos sus valores seremos capaces de apreciarlos y, lógicamente, aceptaremos y hasta exigiremos su protección.

Una excelente herramienta para lograrlo es el ecoturismo que, es verdad, también tiene su parte negativa de la mano de esos bestias con dos patas (o ruedas) tan dañinas como las pezuñas del caballo de Atila. Aunque hasta para ellos hay solución: educación. Nuestra gran asignatura pendiente.

Por supuesto, hay lugares delicadísimos donde las visitas contemplativas son imposibles. Esos ni tocarlos. Pero para el resto abrámoslos a nuestro disfrute. Al tiempo llevaremos oxígeno económico a esos valientes empeñados en seguir dando vida a los pueblos, en mantener un paisaje y una cultura tan en peligro de extinción como las tejedas.

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Apalean y torturan a un burrito junto a un colegio de Almería

El burrito Capitán

Deplorable estado en que fue encontrado Capitán. © La Huella Roja

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Capitán es igual pero en marroncito. Un tierno peluche de 15 meses, animoso amigo de los niños de un colegio de Almería junto a cuyos muros gustaba de triscar alguna planta.

Niños, aulas, animales con ángel, sensibilidad, educación. Todo estalló en pedazos hace unos días. Un grupo de chavales, por llamarles algo, la emprendieron a golpes contra el pobre pollino. Como bestias salvajes, y que me perdone la fauna por tan injusta comparación. Con una violencia inconcebible, injustificable. Evito los detalles de su fechoría pues se me ponen los pelos de punta descubriendo hasta dónde puede llegar la brutalidad humana, la indiferencia ante el dolor ajeno.

Por suerte también hay gente buena. Como las dos profesoras que avisaron a la protectora “La Huella Roja” y los voluntarios de esta asociación que han logrado salvarle la vida. Trasladado a un refugio para equinos de Sevilla, el burrito podrá recuperarse con asistencia especializada de las graves heridas que aún sufre.

Cerca de 100.000 personas hemos firmado una petición en Change.org pidiendo a la Guardia Civil contundentes medidas legales contra los maltratadores que torturaron y apalearon al animal. Si los pillan, algo poco probable.

Y es que muy mal lo estamos haciendo para que hijos nuestros, amigos y colegas nuestros, nietos nuestros, apaleen hasta casi matar a un pobre jumento. Este año se cumple un siglo de Platero y yo, la obra más famosa de Juan Ramón Jiménez, esa que tantos aprendimos de memoria en el colegio. Entonces todos queríamos tener un asnito para acariciarlo. Ahora vamos hacia atrás.

Veo la foto de Capitán herido y se me cae la cara de vergüenza. ¡Vaya burros de dos patas estamos criando!

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Regala una bicicleta, también por Navidad

Bici

Las bicicletas no son para el verano, son para todo el año ¿También en Navidad? Especialmente en Navidad, el regalo perfecto y probablemente el que más ilusión nos puede hacer. Porque en contra de lo que algunos piensan, las dos ruedas no son un elemento meramente lúdico destinado a paseos dominicales. La cultura de la bicicleta está desplazando cada vez con más fuerza a la del automóvil.

En los años 60 del pasado siglo el sueño de la clase media era tener un Seiscientos. Pero ahora tener coche propio es una lata y no un privilegio. Demasiado caro, demasiadas preocupaciones mecánicas, demasiadas multas, demasiados atascos y problemas de aparcamiento, demasiados inconvenientes.

Frente a ello la bici nos muestra otra manera de enfrentarnos a la vida valorando la lentitud, icono de la “Slow Life”. Postulándose como un medio de transporte sano, ecológico, sostenible y económico. Perfecto en las grandes ciudades si se combina con el transporte público.

La vuelta al viejo invento de finales del siglo XIX es más que una moda pasajera. Las estadísticas resultan incontestables. En España ya se venden más bicicletas (780.000 al año) que coches (700.000). La proporción es casi el doble en Europa.

Y es que en tiempos de crisis, pero también de nueva cultura urbana, mover el peso de una persona con una máquina que pesa más de una tonelada, consume cara gasolina y nos traslada al día una media de apenas 10 kilómetros resulta a todas luces insostenible.

Queda mucho, es verdad. En Holanda supone el 24% de la movilidad frente al 3% español, pero la tendencia es al alza. Deportivas, de paseo, de montaña, vintage, plegables, de piñón fijo. Incluso eléctricas. Aunque la mayor carencia es la educativa. Enseñar a los conductores a aceptar a los ciclistas como vehículos con igual o más derechos que el coche. Y a los ciclistas a comportarse con civismo y no sólo cuando les interesa.

Foto: EP/20Minutos

La naturaleza también depende del color de los cristales

gafas

Una de las experiencias más esperpénticas de mi vida fue asistir como periodista a la inauguración de una gran urbanización en Majanicho, en el norte de Fuerteventura. Rodeado de azafatas, aduladores y numerosas botellas de champán francés, el promotor inmobiliario agarraba el micrófono cual predicador para glosar su particular milagro:

“Antes aquí no había nada y en un par de años hemos levantado un emporio turístico”,

aseguraba ufano.

¿Nada?, me preguntaba yo. Y veía horrorizado esos arenales urbanizados donde hasta hacía muy poco reinaba la hubara (Chlamydotis undulata), una avutarda del desierto. Espacios vírgenes a los que la crisis del ladrillo ha convertido ahora en un triste erial de viviendas a medio construir.

Reflexionando en positivo, reconocía apesadumbrado que la percepción de la realidad es algo muy, pero que muy personal. Como ocurre con el bosque. Reserva natural para unos, reserva maderera para otros, y montón de árboles para la mayoría.

Otro ejemplo son los barbechos. Pocos, muy pocos, aprecian la importancia de dejar descansar un par de años las tierras de cultivo, sin labrarlas, a la espera de futuras cosechas bien surtidas. La mayoría se lamentará ante el supuesto abandono del campo, entregado a los rastrojos. U optará, si es agricultor moderno, por gastar ingentes cantidades de abonos y fertilizantes. Sin embargo, el ornitólogo valorará la presencia de campos incultos para el desarrollo feliz de aves esteparias como el sisón  (Tetrax tetrax).

Al final llegamos a lo de siempre: la educación. Fundamental para distinguir un campo abandonado de uno en barbecho, de apreciar la importancia de la avutarda y del sisón, la cultura, el paisaje, el arte o las tradiciones. Todo encierra un valor superior al directamente económico, aunque hace falta tener los conocimientos mínimos para apreciarlo. O las gafas. Porque como decía Campoamor:

“En este mundo traidor

nada hay verdad ni mentira;

todo es según el color

del cristal con que se mira”.

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Los niños conocen más especies exóticas que locales

Ya se ve el final. O el principio, según se mire. Los niños están a punto de concluir el curso escolar, de terminar los últimos exámenes, de entregarse a las siempre ilusionantes vacaciones estivales. Con los viajes, aunque sea al pueblo del abuelo, tendrán la oportunidad de poner en práctica lo mucho que han aprendido a lo largo del año en, pongamos por caso, geografía y ciencias naturales.

Desgraciadamente serán los menos. Ya casi nadie se sabe los afluentes del Ebro ni las capitales de Europa. Y de plantas y animales mejor no hablemos. Apenas reconocen las especies más famosas que, paradojas de la globalización, no son las ibéricas sino una extraña mezcla entre las propias de la sabana africana y el Amazonas. Ya saben, tigre, león, elefante, tucán, guacamayo. Como toque ibérico no pasan de los famosos oso, lince y buitre. De árboles nada. Y de cultivares, el truco para distinguir cebolletas de puerros está en mirar de reojo el cartel del supermercado.

Pero no se piensen que critico nuestro sistema educativo, Rajoy y su ministro Wert nos libre. El mal, como la crisis, es global. El problema lo tienen hasta en Argentina, donde un reciente estudio ha demostrado que los alumnos de entre 7 y 18 años conocen más especies de plantas y animales exóticos que nativos.

La culpa la tenemos todos. Demasiados documentales extranjeros y ninguno local. ¿Se acuerdan de Félix Rodríguez de la Fuente? Con él logramos convertir en mascota infantil al lirón careto. Hicimos bueno al lobo, divertido al zorro, inteligente al alimoche, imprescindible al encinar. Los héroes de nuestros hijos son ahora el móvil y la tablet. Pero tiene remedio. A falta de Félix, aprovechemos el verano para salir al campo y descubrirles esa fauna y esa flora única, la nuestra. Y dejemos los leones para la BBC.

Muchas gracias a la profesora Victoria Eugenia Martín Osorio, en cuyo blog sobre invasiones biológicas publicó la referencia al estudio argentino.

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