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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Llegan los cazadores de antenas

Segismundo López me la enseñaba y no le creía. Esa chimenea grande, muy blanca, que nunca echa humo, instalada sobre un edificio de oficinas en El Matorral (Fuerteventura), es en realidad una antena camuflada de telefonía móvil. Las hay de todas las formas y colores, disfrazadas de pirámides, abetos de 30 metros, pinos, palmeras, cactus, campanarios, cornisas. Todo con tal de engañarnos, para evitarnos el miedo de saber que sobre nuestras cabezas, o nuestros colegios y hospitales, tenemos una potentísima fuente emisora de ondas electromagnéticas.

Unas infraestructuras necesarias, eso no lo discute nadie, pero ¿en cualquier sitio y a cualquier precio? Diversos estudios aseguran que vivir en sus inmediaciones multiplica por cuatro las posibilidades de padecer cáncer. Que junto a ellas se multiplican los dolores de cabeza, el insomnio, el cansancio. Lógicamente las compañías lo niegan. Pero si las antenas son inofensivas ¿por qué las camuflan? ¿por qué nos engañan? Aseguran que la culpa es nuestra, de nuestras histerias. Que todas esas pretendidas enfermedades son tan sólo un problema psicosomático. Por eso, disimulando sus antenas desaparecen todos los males. “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

Pero Segismundo no les cree. Tampoco Antonio en Santa Cruz de Tenerife. Ellos, como tantos otros en tantas otras localidades españolas, se han convertido en cazadores de antenas. En Valladolid se han especializado en la presa más difícil, las picoantenas, con forma hasta de ladrillo, escondidas sobre escaparates e incluso farolas y señales de tráfico.

Van bien pertrechados por la calle con medidores de campos electromagnéticos. Antena que descubren, antena que denuncian. Y quizá es una casualidad, pero contrastadas luego con la policía, la mayoría son ilegales, carecen de permisos. ¿Será también por eso que las disfrazan?

Lo reconozco: yo también me he convertido en un cazador de antenas. Incluso en mi pequeña ciudad, Puerto del Rosario (Fuerteventura), abundan perfectamente mimetizadas en el medio urbano. Ésta que fotografié ayer con forma de chimenea es nueva. Bien pintadita y, como me confirmó el Ayuntamiento, totalmente ilegal.