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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Muere tiroteado uno de los halcones urbanitas de Madrid

Halcón

El pasado domingo 30 de agosto ingresó en el Centro de Recuperación y Hospital de Fauna Silvestre de GREFA, con sede en Majadahonda (Madrid), un halcón peregrino joven (Falco peregrinusgravemente herido tras recibir el disparo de un cazador entre las localidades de Ajalvir y Daganzo, donde fue hallado por un particular.

A las pocas horas murió a consecuencia de las numerosas heridas por perdigones que presentaba en clavículas, alas y abdomen.

No era un halcón cualquiera. Tenía nombre y apellidos. Nacido en Aluche para más señas. Era uno de los “halcones urbanos” nacidos esta misma primavera en la capital y que son objeto desde hace más de diez años de un proyecto de conservación y seguimiento científico desarrollado por SEO/BirdLife, con la colaboración de GREFA y otros organismos y entidades.

El ave portaba una anilla metálica oficial y una anilla de PVC de lectura a distancia, gracias a lo cual pudo ser identificada y saber que pertenece a la población urbanita de halcón peregrino de Madrid.

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5.000 euros de multa por matar a un flamenco en Daimiel

El Juzgado de lo Penal de Ciudad Real ha condenado a un cazador a 4 años de inhabilitación para la caza por matar de un disparo a un flamenco común (Phoenicopterus roseus), cuyo cadáver colgó después de un árbol. La multa impuesta asciende a 1.825 euros, más 3.000 euros que debe pagar a la Junta de Castilla-La Mancha por el ave tiroteada y todas las costas del juicio. Su compañero de cacerías ha sido también condenado como encubridor del delito a pagar 912 euros.

La denuncia la realizaron socios de SEO/BirdLife que censaban la Laguna de Navaseca, muy cerca del Parque Nacional de Tablas de Daimiel (Ciudad Real) y que pudieron fotografiar a los cazadores. Este hecho también fue presenciado por otros dos testigos que paseaban por la zona y que se acercaron a recriminar la acción al cazador y a su compañero de cacería. Los socios de SEO/BirdLife tuvieron el reflejo de fotografiar a los cazadores, así como la matrícula de su coche, pruebas que sirvieron para identificar posteriormente a los cazadores.

Hace falta ser bestia para disparar a un flamenco. Una bellísima ave que tan sólo se alimenta de pequeños moluscos, crustáceos, insectos y larvas que atrapa del barro gracias a su sofisticado pico cribador. Elegante e inofensiva. Menos mal que cada vez somos menos tolerantes con los energúmenos de la escopeta, y sin duda estas fuertes sanciones lograrán que otros salvajes se lo piensen dos veces antes de fusilar especies protegidas.

Podéis leer la nota de prensa completa de SEO/BirdLife en este enlace.

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Cazando serpientes pitón con el pie

Un vídeo en Internet me ha dejado hoy entre asombrado y preplejo. Es el método de caza más osado de cuantos ha desarrollado el hombre en su historia. Lo practican en Camerún para atrapar gigantescas pitón de Seba o africana (Python sebae), una de las serpientes más grandes del mundo, capaz de matar y zamparse un antílope en media hora. Sin embargo, cuando sus madrigueras son localizadas por la gente, el asesino se convierte en víctima, pues su carne es muy apreciada. Para ello utilizan toda clase de trampas, algunas más parecidas a la pesca. Ponen la carnada frente a la hura y esperan tranquilamente a que pique. ¿El cebo? El mejor es uno mismo.

No os cuento más, tan sólo os invito a ver este escalofriante vídeo en francés (dura 4,28 minutos), y luego me decís lo que os ha parecido. También podéis leer más sobre el tema en blogonoco.

Personalmente a mí me ha puesto la carne de gallina. Pobre animal, quizá con más de 20 años de edad, morir así. Pero en muchos lugares de África o matas o te matan. Y hasta las grandes pitones son allí una importante fuente de proteínas con las que combatir el hambre.

Siempre hubo ecologistas y malos cazadores

Ecologismo, respeto a los animales, caza sostenible no son conceptos modernos.

Un libro de principios del siglo XX titulado Tradiciones hispanas, de la editorial barcelonesa Araluce, escrito por María Luz Morales, ya defendía hace más de cien años esta filosofía de respeto a la Naturaleza que ahora todos abrazamos. E incluso mucho antes, pues apoyándose en una bellísima leyenda catalana de tradición oral, la escritora compone el cuento de El Mal Cazador.

En época ahora de tiradas, ojeos, batidas y otras masacres cinegéticas varias, bien está que los cazadores, buenos y malos, los que cumplen con la ley y los que se la saltan a la torera, tengan bien presente tan ejemplar y edificante historia que os paso a copiar a continuación.

Érase que se era un cazador tan aficionado a su oficio, con tan buenas piernas y mejor puntería que, como suele decirse, “donde ponía el ojo ponía la bala”. Es fama de toda Cataluña que jamás hubo en el mundo entero cazador como él.

Pero tanto y tanto llegó a cazar y siempre con tan buena fortuna, que los bosques de la tierra catalana empezaron a quedarse sin la gente menuda que suele poblarlos. Liebres, conejos, perdices, ardillas, gorriones, palomas torcaces o patos silvestres, no había casta de animal, corriera entre las matas o se elevara sobre los árboles, que estuviera libre del certero tiro de su escopeta o de la dentellada de sus perros.

(…)

Y sucedió que un día los moradores del bosque, cansados de sufrir, y viendo extinguirse, por culpa de aquel dichoso cazador, sus especies y castas, acordaron dirigirse al mismísimo Dios, Padre de todos, para suplicarle que se compareciera de ellos y pusiera término a tanto mal.

Y Dios se compareció de los pobres animalillos inocentes, y llamando al cazador a su presencia le orden que desde aquel instante no cazara sino lo indispensable para alimentarse.

El cazador prometió cumplir el mandato divino, y desde aquel instante empezó a padecer lo que no es ara dicho. Porque cuando tenía el estómago lleno no debía ya disparar un solo tiro, y las liebres pasaban entre sus pies, y las perdices volaban sobre su cabeza, y él tenía que hacer esfuerzos para dominar su impulso, que era echar el dedo al gatillo inmediatamente. Y tenía que sujetar a sus perros, lo que tampoco era flojo trabajo. Mas se contenía al fin y seguía cumpliendo el recepto divino.

Un domingo sucedió que el cazador pasó por delante de una ermita cuando el ermitaño estaba celebrando la misa. Y como el cazador era buen cristiano, dejó sus perros en la puerta, entró, y se arrodilló devotamente. Pero en el momento preciso en que el ermitaño alzaba el cáliz, cruzó por entre las piernas del cazador arrodillado una liebre tan magnífica como él no había visto jamás en sus largos años de correría por los bosques; los perros en la puerta empezaron a ladrar desesperadamente y el cazador, sin poder resistir aquella tentación, más fuerte que toda su buena voluntad, se levantó y echó a correr monte arriba, seguido de sus perros, tras la imprudente liebre.

Y dicen que tras ella corre todavía. Porque Dios le castigó a correr, correr siempre detrás de aquello que era para él más que nada de este mundo… ni del otro. Hace siglos que dura su carrera, y la liebre fantástica sigue corriendo delante de él, sin detenerse nunca ni para comer, ni para beber, ni para dormir.

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Las gentes de la montaña de Cataluña dicen que en las noches de tempestad, cuando silba el viento y retumba el trueno, es el Mal Cazador quien sale ruidosamente a cazar.

Dicen también que oyen el ladrar de los perros, el galopar del caballo, el sonar del cuerno y el renegar del escopetero y de los demonios que le sirven de séquito. Entonces cierran bien la puerta, se acercan al fuego y se santiguan.

Fuera, en la fría noche, el cazador maldito sigue corriendo, corriendo eternamente, tras esa imposible liebre fantástica.

Un cazador mata accidentalmente a un ciclista

Domingo, 26 de octubre por la tarde, en el bellísimo bosque Lagorce, cerca de Vallon-Pont d’Arc y de la reserva natural Gorges de l’Ardèche, un espacio protegido del sureste francés.

El joven ciclista Fabio Butali, 24 años, animador juvenil en su pueblo (sobre estas líneas puedes ver su foto), pasea en bicicleta junto a un amigo por una pista pública. Probablemente no vio el cartel que advertía de la celebración de una cacería en las proximidades y donde se pedía a los caminantes que estuvieran atentos. ¿Atentos a qué?

De repente, suena un disparo y el ciclista cae fatalmente herido en la espalda por una bala perdida disparada accidentalmente por un cazador escondido a tan sólo 20 metros de distancia. Dice que le confundió con un jabalí. La víctima murió poco después de la llegada del equipo de socorro, según informó el periódico digital Le Dauphine.com.

El autor del disparo, un hombre de unos cincuenta años, ha sido acusado de homicidio por imprudencia temeraria, a la espera de que la investigación judicial abierta determine las circunstancias exactas de la tragedia y si la caza se llevaba a cabo bajo todas las medidas de seguridad necesarias.

Se llegue a la conclusión que se llegue, nadie devolverá la vida a este infortunado ciclista, amante de la naturaleza, cuyo único pecado fue querer disfrutar del otoño un domingo por la tarde cualquiera. Su sensibilidad, frente al punto de vista diametralmente opuesto de algunos de sus vecinos, más partidarios de mostrar ese amor a la naturaleza a tiro limpio, le ha costado la vida.

Todos coinciden que fue una imprudencia, pero no en quién la cometió.

Para algunos, la culpa la tuvo el cazador, pues disparó hacia un camino público, incumpliendo con ello las normas básicas de la caza.

Para los cazadores, la imprudencia la cometió el ciclista, por adentrase en un coto de caza cuando se desarrollaba dentro de él una batida.

Precisamente el domingo participé en una larga ruta en bicicleta de norte a sur de Fuerteventura, la FudeNas. A lo largo de todo el recorrido me crucé con varios cazadores. No tuve ningún problema con ellos, pero confieso que pasando cerca de sus escopetas me sentía intranquilo. Otras veces me los he encontrado cazando y, por las buenas o por las malas, me conminaron a irme lejos, “no se escapara alguna bala perdida”, avisaban.

Y yo me pregunto y os pregunto: ¿De quién es el campo? ¿Es compatible la caza con actividades mucho más inocuas como el senderismo o el ciclismo? ¿Quienes son más peligrosos, los osos o los cazadores?

Sobre estas líneas, fotografía de la zona donde murió el ciclista, con el cartel que avisaba del desarrollo de una cacería en las inmediaciones, pero que en absoluto indica el peligro real que supone para el caminante.