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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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La desgracia de nacer gallina

¿Sabéis cuál es el animal más torturado y masacrado del mundo natural? La gallina ponedora.

Ya os lo pregunté una vez. ¿Son felices nuestras gallinas? Quedó claro que la inmensa mayoría de ellas, las dedicadas a la producción masiva dentro de crueles jaulas batería, no pueden ser más infelices.

Gracias a una página web desarrollada por la Fundación Altarriba, hoy podemos conocer con detalle y en español un espeluznante informe sobre cómo malviven estos pobres animales, que sólo en Europa superan los 300 millones de ejemplares. Unas condiciones que la Unión Europea ha decidido abolir, pero cuya desaparición no se hará efectiva hasta 2012. Mientras tanto, las “gallinas batería” seguirán siendo torturadas en esos terribles campos de concentración animal que conocemos con la eufemística denominación de granjas avícolas.

Cuando nacen en las incubadoras sólo interesan las hembras, pero la mitad de los que salen del cascarón son machos, y los matan al cabo de uno o dos días porque no hacen falta. Ni ponen huevos ni producen carne en abundancia. No son seres vivos, son desechos industriales, poco rentables, y se tiran millones de ellos a la basura para asfixiarlos, o se arrojan todavía vivos a unas trituradoras de alta velocidad llamadas “picadoras”.

Cuando las hembras están en edad de poner huevos, con unas 16 ó 18 semanas, se trasladan a las granjas. Allí se las mete en estrechas jaulas metálicas, donde cada animal dispone de una superficie similar a la de medio folio de papel, apiladas en pisos a veces hasta el mismo techo. Estas jaulas tienen el suelo en desnivel, de forma que el huevo ruede hasta una cinta transportadora camino del siguiente paso de producción. Y muchas cuentan con cables eléctricos que sueltan descargas en las patas de las aves para evitar que pisen accidentalmente su puesta.

Picarse unas a otras de forma constante es una de las reacciones de las gallinas para combatir el estrés. Para evitar heridas, cuando todavía son pequeñas se les corta la punta del pico con una sierra cuya hoja está al rojo vivo para cauterizar la herida.

Le pregunté una vez a gran un empresario avícola (más de medio millón de ponedoras) si no le parecía que sus gallinas eran infelices. Me respondió muy serio:

“Si no fuesen felices no pondrían tantos huevos”

No es cierto, el mérito lo tiene la manipulación genética, pues en 1940 una gallina ponía al año 134 huevos y ahora pone cerca de 260. Y en cuanto baja la producción son eliminadas por viejas. Llevadas al matadero, acaban convertidas en un alto porcentaje en ingrediente de sopas, caldos o subproductos cárnicos similares, también como comida para perros y gatos.

¿Podemos hacer algo para detener esta salvajada?

En nuestras manos está la solución si logramos ser una mayoría de consumidores responsables.

Tan sólo debemos fijarnos en el código impreso en el etiquetado de los cartones y los huevos. Aunque muchas veces casi imposible de leer, el primer dígito es el que nos indica la forma de crianza de los animales. Como nos señalan desde Altarriba, toma buena nota de ello cuando acudas a la tienda:

El código 0 identifica a los huevos de producción ecológica, donde además de estar criadas en libertad, las gallinas son alimentadas con pienso sin insecticidas y no transgénicos, y gozan de amplio espacio interior y exterior según el reglamento 2092/91.

El código 1 identifica a los huevos llamados camperos. Las gallinas están alimentadas con pienso tradicional y viven en naves con acceso al exterior.

El código 2 identifica a los huevos de gallinas criadas en suelo. Gallinas alimentadas con pienso tradicional que viven en naves sobre el suelo, sin acceso al exterior. En realidad, viene a ser un hacinamiento horizontal, aunque de algún modo pueden considerarse algo más libres de movimientos.

El código 3 identifica a los huevos de gallinas criadas en jaula. Son las gallinas de batería de las que te he hablado y sobre las que poco más se puede decir.

La compra justa es adquirir huevos marcados con un código que empiece por 0 ó 1. Lógicamente es la elección más cara, pero recuerda que además de comprar calidad estás haciendo mucho por mejorar la vida de estos pobres animales. Y eso bien vale quitarse algún capricho.