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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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¿Qué pasará cuando el clima sea seis grados más cálido?

Cambio climático

© Greenpeace

Me gustaría recomendaros el libro más descorazonador (o motivador, según se mire) de todos los que he leído en mi vida. Se titula Seis Grados y su autor es el periodista británico Mark Lynas.

Nos nos pongamos catastrofistas con esto del cambio climático, pensará más de uno. Unos grados más no se notarán demasiado. E incluso puede ser hasta bueno. Que en mi tierra, la ciudad de Burgos, haga más calor, es algo con lo que sueñan todos sus habitantes al menos desde los tiempos del Cid Campeador. Seis grados más en el próximo siglo. Pues en lugar de rondar los 10 grados de media anual pasaremos a los 16. Mejor para todos.

Craso error, querido amigo.

Este libro de divulgación científica te explica, de forma tan amena como trepidante, pero ante todo contrastada, lo que supondría ese aumento de la temperatura global no sólo en Burgos o en Teruel, sino en todo el planeta. Grado a grado, tragedia tras tragedia.Seis grados

Un grado más: Igual que ocurrió hace 6.000 años. Desastre ecológico y económico. Tierras de cultivo perdidas. Las nieves retrocediendo, desapareciendo de continentes enteros como África. Las especies de alta montaña y las del Ártico caerían en barrena hacia su extinción.

Dos grados más: Se derrite la capa de hielo de Groelandia, como ocurrió hace 125.00 años por este mismo motivo. Las ciudades costeras quedan inundadas. El mar se acidifica debido al aumento de dióxido de carbono matando a una gran parte del plancton, la base de la vida marina. En tierra, más olas de calor insoportables y más incendios forestales gigantescos.

Tres grados más: La catástrofe. El Amazonas, nuestro pulmón verde, consumido por los incendios. Sequías, huracanes, inundaciones. La escasez de alimentos se hace insostenible. Guerras. Hambre.

Cuatro grados más: Ártico y Antártida se derriten. Todas las grandes ciudades costeras deben trasladarse al interior. España y el resto de los países mediterráneos se convierten en desiertos inhabitables.

Cinco grados más: Inimaginable. Retrocedíamos al Eoceno, hace 55 millones de años. El efecto invernadero es ya insoportable para la vida actual debido a la liberación masiva a la atmósfera de gas metano, mucho más nocivo que el dióxido de carbono.

Seis grados más: La mega catástrofe. Parecida a la que se registró hace 251 millones de años en el período Pérmico. Entonces más del 95% de las especies de la Tierra se extinguieron. La nuestra no existía. Pero esta nueva gran extinción es enterita mérito del Homo sapiens.

El sábado llega una nueva ola de calor a la Península. Normal, estamos en agosto. Pero nos puede dar una idea de lo que se nos viene encima… salvo que hagamos algo ya mismo. Ése es precisamente el mensaje positivo de Mark Lynas, su conclusión final en Seis grados. La ignorancia no es defensa. Es momento de actuar. Porque todavía estamos a tiempo de lograr que el futuro no acabe en catástrofe. Y este libro, cuya lectura os recomiendo encarecidamente, además de darnos una bofetada de realidad también nos ofrece la árnica para curarlo.

Compradlo, regaladlo, que se sepa, que se haga algo. Porque hasta para Burgos tanto calor es contraproducente.

FICHA

Autor Mark Lynas
Páginas 320
Formato 16,5 x 23,5 cm
Encuadernación rústica con solapas
Editorial Librooks
Fecha de publicación Junio 2014
Idioma castellano

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San Agustín y el musgo se enredan con el Big Bang

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Aún estoy asombrado por la noticia científica del año y seguramente próximo premio Nobel. Un telescopio en el Polo Sur ha sido capaz de captar los temblores del primer instante del universo, hace la friolera de 13.800 millones de años. El antes y el después del Big Bang me marean tanto como a san Agustín la esencia divina, quien también razonó lo suyo para responder a ¿qué hacía Dios antes de crear el mundo? Lo zanjó con algo así como que antes del tiempo no había tiempo ni para perderlo.Sant'Agostino,da

Y tiempo, mucho tiempo, es el que invierten los protagonistas vegetales de otro reciente descubrimiento anunciado esta semana pero mucho menos divulgado. Me refiero a los musgos, primitivas plantas descendientes de las algas verdes que fueron las primeras en colonizar los espacios terrestres hace 500 millones de años. Los ignoramos, y como mucho sólo echamos mano de ellos para adornar el Belén, pero tienen una importancia ecológica impresionante. Y también científica. Una especie en concreto, habitual de las regiones polares, se ha demostrado prácticamente eterna.

Según ha difundido el Servicio de Información y Noticias Científicas (SINC), investigadores de dos instituciones inglesas recogieron muestras congeladas en la Antártida, las descongelaron al calor controlado del laboratorio y, ante su asombro, las plantitas comenzaron a crecer como si la primavera acabara de llegar al glaciar. Pero lo más sorprendente fue la edad de ese musgo dormilón. La datación por carbono no ha ofrecido dudas. Tiene al menos 1.530 años de edad. Habría nacido por tanto a mediados del siglo V. Casualmente, la época en que vivió san Agustín. Sólo que él era norteafricano y estas plantas, ajenas al espacio y al tiempo, son polares. Ya lo decía otro inmenso sabio, Isaac Newton:

“Lo que sabemos es una gota de agua y lo que ignoramos es el océano”.

Foto: Los investigadores cogen una muestra de musgo en la zona del estudio. P.Boelen / Agencia SINC

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Medio siglo de paraíso helado

Hace 50 años se puso en marcha uno de los tratados más revolucionarios de nuestra historia reciente. En medio de una inestable guerra fría que amenazaba con un tercer gran conflicto mundial, nos pusimos extrañamente de acuerdo para convertir a la Antártida en una gigantesca reserva natural, la menos poblada y contaminada del planeta.

Con la entrada en vigor el 23 de junio de 1961 del  Tratado Antártico, los 48 países firmantes reconocen que

“es en interés de toda la humanidad que la Antártida continúe utilizándose siempre exclusivamente para fines pacíficos y no llegue a ser objeto de discordia internacional”.

Desde entonces es el único continente sin fronteras, desmilitarizado, desnuclearizado y dedicado en exclusiva a la cooperación científica internacional. De momento hay un acuerdo mundial para prohibir toda explotación de sus ingentes reservas mineras y petrolíferas hasta el año 2040. También para preservar esa capa de hielo de más de 2,5 kilómetros de espesor en donde se atesora el 80% de toda el agua dulce del planeta. Paradójicamente, en este mismo continente helado se localiza el lugar más árido del planeta, los Dry Valleys, donde hace miles de años que no llueve por culpa de sus terribles vientos catabáticos.

Por supuesto, tan virginal espacio no está exento de peligros. El más grave de todos es el cambio climático, responsable de que precisamente en este último medio siglo la Antártida se haya calentando el doble de rápido que el resto del planeta y registre preocupantes procesos de deshielo. También sufre los efectos de la sobrepesca y de la inaceptable caza de ballenas.

A estas agresiones se ha añadido en los últimos tiempos una nueva amenaza: el turismo. El creciente flujo incontrolado de turistas que visitan en barco o sobrevuelan en aviones el continente antártico empieza a pasar factura ambiental. Más de 50.000 personas en el último verano austral. Y es que no somos capaces de dejar en paz ni los desiertos helados más protegidos del planeta.

Para refrescaros, nada más bello que este increíble documental sobre los pingüinos antárticos. Que lo disfrutéis.

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Descubren el secreto de la eterna juventud

La fuente de la eterna juventud, símbolo por antonomasia de la aspiración del hombre por lograr la inmortalidad, es una legendaria fuente que supuestamente devuelve la juventud a quien beba de sus aguas o se bañe en ellas. Los conquistadores de América la buscaron infructuosamente. Siglos antes, los alquimistas se obsesionaron por lograr el elixir de la vida, poción mágica que garantizaba la juventud, complemento perfecto a las riquezas obtenidas con la mítica piedra filosofal. Algunos incluso vendieron su alma al diablo para lograrlo. Ha pasado mucho tiempo pero seguimos igual, aferrados al sueño de no envejecer jamás: cremas, dietas milagro, productos exóticos, cirugía, botox,… Vanitas pecata mundi (la vanidad es el pecado del mundo).

Y sin embargo, la eterna juventud existe. ¿Sabes quién la disfruta? Las aves. Da igual la edad, en cuanto adquieren el plumaje de adultos su semblante no cambia más.

Hace unos días, en la BBC entrevistaron al guarda de las Islas Farne, un paraíso natural en el norte de Inglaterra muy próximo a las costas de Escocia. Este año capturó un charrán ártico que, tras comprobar los datos, resultó que había anillado él mismo como pollito en 1980. La especie, la más migradora de cuantas pueblan el planeta, cría en el Ártico e inverna en la Antártida buscando el verano permanente a costa de volar hasta 80.000 kilómetros al año. De este ejemplar en concreto calculan a groso modo que habrá volado un millón de millas (1,6 millones de kilómetros) en sus 30 años de vida, seguramente mucho más.

La pregunta que todos nos hacemos se la hizo el periodista de la BBC al ornitólogo: ¿Cuál de los dos ha envejecido mejor?

El pájaro,” respondió sin dudarlo.

“Estos condenados mudan cada año todas sus plumas y salen como nuevos. Yo solamente parezco 30 años más viejo”.


Agradezco a Dave Danglois la información, difundida a través del foro del Grupo Ornitológico Cacereño (GOCE).

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