La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Queso y vino hacen siempre amigos

Hace unos días zarpó de Fuerteventura con buenos vientos del noreste el Eendracht, una espectacular goleta holandesa de tres mástiles y 60 metros de eslora de la que ya os he hablado recientemente. Después de visitar la mayoría de las islas canarias, regresa a su puerto base en Róterdam con un singular regalo en sus bodegas: queso majorero y vino ecológico de Lanzarote.

Era lo mínimo después de los buenos ratos que he disfrutado en compañía de su tripulación y pasaje, pero especialmente con su capitán Leekke, un maravilloso lobo de mar. De “cabin boy”, de grumete me iba yo ahora mismo con ellos en una larga ruta de regreso toda a vela que pasará por Azores antes de enfilar el Mar del Norte. ¡Quién pudiera!

Cuando el invencible fue vencido

El regalo fue también un guiño a una vieja costumbre marinera que para su desgracia puso de moda nada menos que el contraalmirante Horacio Nelson en Santa Cruz de Tenerife. Fue allí donde tuvo su primera y única derrota. La que los españoles conocen como Gesta de 25 de julio de 1797 y los británicos prefieren ignorar para no quitarle el sobrenombre de invencible a su héroe. Batalla que, dicho sea de paso, evitó la conquista inglesa de Canarias.

Y mira que Nelson lo tenía aparentemente fácil. Llegó con una potente flota de ocho buques con 400 cañones y 3.700 hombres armados con los que estaba seguro de lograr la rendición incondicional de los 1.700 miembros de las milicias populares y sus 90 cañones. Pero no contaba con la genialidad del entonces comandante general de las islas Canarias, Antonio Gutiérrez de Otero, uno de los más importantes mariscales que ha dado la marina española a pesar de su meseteño origen burgalés, de Aranda de Duero para ser exactos.

La batalla resultó terrible y de desigual resultado. Las bajas españolas fueron 23 fallecidos y 40 heridos. El fracaso inglés se saldó con un buque hundido, 233 muertos y 110 heridos, entre ellos el propio Nelson. En el fondo de la bahía santacrucera acabó, pasto de los peces, el brazo derecho del contraalmirante. Un cañonazo se lo reventó; fue necesario amputárselo y tirarlo al mar.

Nelson es herido durante el intento de conquista de Tenerife. Cuadro pintado por Richard Westall (1765–1836)

Vino para olvidar las penas de la derrota

Pero como todos eran unos caballeros, terminada la contienda ambos comandantes hicieron gala de su buena educación. A cambio de la promesa de no volver a atacar las islas Canarias, el general burgalés liberó a todos los prisioneros, cuidó a los heridos y proporcionó avituallamiento a la derrotada flota.

Nelson le agradece los detalles y ofrece a Gutiérrez de Otero un singular obsequio: una barrica de cerveza inglesa y un queso.

A su vez, el burgalés le regalará “un par de limetones de vino, que creo no sean de lo peor que se produce”. Por su misiva no parece que le entusiasmara especialmente el vino tinerfeño a quien había nacido en la capital del Ribera del Duero. También resulta curioso que utilizara en lugar de garrafa la palabra limetón, un anglicismo que proviene de unas garrafas de cristal inglesas en cuya boca tenían una señal o marca rasante con la inscripción “Limit on”, limetón en burgalés de andar por casa.

Para los ingleses, el regalo de vino canario se recibió como un gran presente dada la fama que tenía en Gran Bretaña. Un vino que ya había seducido a William Shakespeare, quien en su Enrique IV dirá:

“Por mi fe que habéis bebido demasiado vino canario, un vino maravilloso y penetrante que perfuma la sangre antes de que se pueda decir: ¿qué es esto?”.

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